La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 13 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 13

Salió de la farmacia para llevar el pedido hasta el lugar. La indicación era avisarle al portero que debía subir hasta el apartamento 6A. No sabía quién debía recibirlo, tan solo tenía la información de que no era con factura y que se abonaría en efectivo.

Eran las diez de la noche y el movimiento del jueves era poco comparado con los viernes, aunque los jueves y viernes eran de descuentos.

La gente tenía más predisposición para comprar con la libertad que le daba el que para algunos era el último día de trabajo de la semana.

Ella se encontraba entusiasmada por terminar su ronda e irse a su casa.

Ese día el calor estuvo cocinando personas en la capital y, a ella la estaba torturando desde muy temprano. No tenía aire acondicionado, solo un triste ventilador que a duras penas cumplía con su función.

Ella llegó hasta un edificio de nombre Elysium Park. Dejó la moto estacionada frente al lugar y con su mochila al hombro y su casco en el codo, entró al suntuoso lobby. Unas sillas de colores claros y mucha iluminación le daban un gran estilo al lugar. Lucila estaba impresionada.

Trató de concentrarse en lo que debía hacer y no distraerse con lo que le rodeaba. Cuando se acercó más hacia el ascensor, encontró al potrero.

—Buenas noches, señor. Traigo un delivery para el departamento 6A

—dijo.

—Sí, el señor pidió que subiera hasta el sexto piso —indicó el portero.

—Muchas gracias. —Ella le agradeció y caminó hasta llegar a las puertas del ascensor en donde tocó el botón para subir.

Una vez que se abrieron las puertas, ella se metió, pulsó el número 6 y le dio cerrar. En esos instantes se miró en el espejo del ascensor. Se veía desgreñada y cansada con las mejillas quemadas. Ser delivery era difícil, pero le servía para sobrevivir sin molestar a nadie de sus necesitados familiares, salvo a su primo que le había prestado la motocicleta.

Escuchó el timbre que indicaba que había llegado a su piso y se abocó en la búsqueda del departamento 6A. Pudo apreciar un par de cuadros y también plantas para lugares cerrados. Todo estaba finamente planificado, nada era al azar.

Al encontrar el departamento, golpeó la puerta y esperó con paciencia, mientras sacaba de su mochila el pedido envuelto en una pequeña bolsita blanca con letras verdes. También sacó vuelto para el efectivo que podría darle la persona que estuviese detrás de esa puerta.

—No esperaba a ninguna otra persona que no fueses tú, Lucila —

mencionó una voz.

Lucila reconoció esa voz al instante y no podía ocultar su sorpresa.

—¿Humberto? —indagó con una gran sonrisa.

—Sé que estás trabajando, pero me gustaría invitarte a mi departamento para que lo conozcas.

—Todavía no puedo creer que tú seas el de la caja de condones —

alegó entre risas.

Humberto también rio ante lo que ella había dicho. No se le había ocurrido nada para tener una excusa para verla.

—Pues quise comprar lo último que nos separó. Lo tendré conmigo por si llegara a necesitarlo —insinuó.

Ella se sonrojó y trató de ocultarlo con unos movimientos de su mano en el rostro tratando de quitarse caballos imaginarios. Menos mal que el sol abrasador de la tarde la había quemado para no quedar en evidencia.

—Más precavido que con el ibuprofeno...

—Por supuesto. ¿Quieres beber algo? ¿Tal vez un poco de agua? —

sugirió haciéndose a un lado para dejarla pasar.

—Estoy a menos de una hora de acabar mi turno. No puedo quedarme.

—La joven le mostró el pedido y le entregó la factura.

—Sí, sí, lo sé —habló Humberto que se su bolsillo trasero sacó su billetera, y se desprendió de un billete con la máxima denominación—. Te invitó a salir mañana, podríamos cenar...

La muchacha buscaba la otra parte del vuelto. No preparó tanto dinero para un billete de ese valor. Estaba tan nerviosa que no agarraba nada. ¡Él la estaba invitando a salir! No podía concentrarse, estaba al borde de perder su poco juicio. Humberto Albertini le había tendido una trampa sorprendente.

—Yo... Estaría encantada... —concedió avergonzada de sus propias respuestas.

—Cuando acabe tu turno, llevarás la motocicleta a tu casa y yo te buscaré ahí. Iremos en mi vehículo.

—¿Cómo sé que debo confiar en ti? —inquirió burlona.

—Porque estuve en tu casa y no hicimos absolutamente nada.

Significa que no soy un violador.

—Solo porque no tenías lo que te acabo de proveer. Eso cambia muchas cosas.

—Vamos, Lucila. Conoces mis casas y mi trabajo. Cualquier cosa puedes reclamarme cuando gustes.

—No voy a reclamar nada. Bien... Tengo que continuar o pensarán que no estoy haciendo mi trabajo. Gano por entrega, así que debo seguir...

Humberto aceptó el vuelto que la muchacha le daba, y después parecía que él lo metería en su billetera, mas cogió otros billetes iguales al que le había dado antes.

—Son para ti —musitó Humberto que deseaba la comodidad de la joven.

A Lucila se le desorbitaron los ojos al ver el dinero. No lo aceptaría ni de coña. Si Humberto Albertini pretendía ser amable, esa no era la mejor manera.

—No puedo aceptar ese dinero, no me lo he ganado.

—Quisiera que esto te ayude a llegar más pronto a tu residencia.

Quizá esta noche no consigas lo que esperas al repartir.

—Tengo tiempo de hacer esto. No me puedo acostumbrar a recibir esa ayuda porque cada mes la necesitaré. Es mejor que sigas pidiendo remedios o alguna que otra crema de afeitar o cremas para hidratar la piel —alegó entre risas.

—Entiendo que mi piel se ve un poco seca por tu comentario...

—¡No, no! No es una insinuación. Me sentiría mejor si guardaras tus buenas intenciones en el bolsillo. Es lo mejor. Me conformo con traerte los pedidos y salir contigo a cenar.

—Está bien. Te escribiré para saber a dónde quieres ir.

—Lo pensaré durante todo el día de mañana.

—Después podríamos pasar a conocer mi departamento. Te encantará, lo juro.

—Todo en este edificio es hermoso, por supuesto que me gustará…

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