La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 4 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 4

Lucila no dejaba de reír con el cliente que le había tocado. No solo era un cheto humilde, también tenía un gran sentido del humor. Le resultaba fascinante trabajar con personas así, amables y que gustaban de hacer conversación y que no la trataran como si fuese la empleada. Le encantaba que la respetaran en su trabajo.

—Lo tendré en cuenta, señor Albertini... —dijo Lucila entre risas.

—Me siento viejo cuando me dices señor, soy Humberto. Puedes llamarme así. Es probable que te vea en más ocasiones, siempre tengo alguna que otra dolencia.

—Entonces voy a ser como su médico de cabecera. Mi turno es el de la tarde, Humberto —correspondió con confianza—. De mañana estoy en la universidad.

—Estoy sorprendido de que estudies y trabajes, Lucila. Es sorprendente. En algún momento tal vez el holding de empresas de mi padre pueda promover becas. No sabes sobre la cantidad de desertores después del segundo año de universidad. Pocos son los que llegan a terminar.

—Sí. Muchas veces la necesidad obliga. En fin, tengo que irme, gano por cada pedido que entrego. Me encanta la plática. Quizá pronto vuelvas a llamar a la farmacia, con mucho gusto entregaré tu pedido.

—Disculpa, me gusta hablar mucho. Es seguro que pronto nos volvamos a encontrar, Lucila —pronunció Humberto para despedirse.

Él procedió a pagar y Lucila le sonrió a la vez que le entregaba el cambio.

—Un placer conocerte, Humberto.

—El placer ha sido mío. Adiós, Lucila...

—Adiós...

Ella se colocó su casco e intentó encender la motocicleta. Una vez que logró su objetivo, levantó su mano para despedirse de un cliente especial.

Sonrió después de abandonar el sitio. Ese hombre le había gustado mucho, no solo porque había estudiado administración de empresas, sino porque también era guapo, demasiado. Lucila consideraba que la gente de plata era más guapa que aquellos que no la tenían. Era probable que hasta su genética fuese diferente a la de los pobres.

Lucila se creía bonita en ocasiones. Era extraño. Un día se decía que era hermosa y otros era mejor considerar asaltar un banco y pagar una cirugía estética.

Cuando regresó hasta la farmacia para rendir los cobros por las entregas, se encontró pensando en el cliente del ibuprofeno. Rio como tonta por la conversación que habían tenido. Por lo general los ricos no

conversaban mucho con los trabajadores, al menos era lo básico. En cambio, quienes eran pobres, le decían que era peligroso el trabajo, no solo porque era mujer, había otros peligros involucrados como la gran cantidad de accidentes en motocicleta que se registraban en la capital del país. Todos iban a parar a emergencias, si no acababan muertos, terminaban amputados.

Sabía que corría riesgos, pero intentaba que ella no fuese parte de las estadísticas.

—¿Hay algún último pedido? —preguntó Lucila que después de eso bostezó. Casi devoró a la asistente de farmacia.

—Ya vamos a cerrar. Dudo mucho que alguien quiera algo más. Es mejor que esperemos un poco. Mientras podemos conversar —dijo Wanda.

—De lo que quieras, mi estimada, de lo que quieras —aceptó Lucila que, aunque estaba muy cansada por el trajinar del día, nunca se perdía un chisme.

—¿Qué pasó con tu novio?

—Hace mucho que terminamos. No recuerdo si te conté que se atrevió a levantarme la mano. Eso es imperdonable. Ayer le encontré frente a mi arriendo. Decirte que algo me subió hasta la garganta, es poco. No puedo con él y no voy a regresar a una relación así. Estoy muy bien sola, apreciando a los clientes de la farmacia. Ese señor Albertini... ¡Amiga! Era un sueño. Joven y excesivamente guapo. No deberían existir personas así.

Pude haber chocado mi motocicleta pensando en él todo el camino.

—¡Oh, sí! Los clientes en ocasiones son una tentación. Quizá tengamos suerte alguna vez y pesquemos a gente de plata que nos quite de la pobreza —alegó la dependiente.

Las dos chicas rieron sin parar. El sueño de Cenicienta no era para todas. Que alguien las sacara de la pobreza era una proeza.

Al llegar el momento de acabar con el trabajo, Lucila se despidió de todos y se dispuso a regresar a su casa después de un arduo día de trabajo.

Se encontraba cansada. Por fin estaba a punto de llegar y tocar su almohada con la cabeza, en verdad que lo ansiaba. No había nada mejor que dormir luego de estudiar y trabajar. Deseaba un descanso de la facultad. Cuando acabara el semestre, lo disfrutaría mucho. Podría descansar un par de horas más.

Después de abrir la puerta de su pequeño lugar de reposo, procedió a meter la motocicleta dentro. Era su rutina de todos los días. Se despojó de su mochila y de sus zapatos, al igual que también lo hizo de los móviles.

Los colocó sobre la cama. Se propuso enfriar sus pies antes de pisar el suelo frío.

A la vez que aguardaba ese proceso, cogió el móvil de la farmacia y guardó el número de los clientes del día con nombre. Cuando llegó el turno de Humberto Albertini, agarró su línea particular y asimismo lo guardó en él. No sabía para qué. Tal vez se trataba de calentura. No era la primera vez que le atraía alguien. No se trataba de que fuese o no enamoradiza, sino que apreciaba la bella del sexo opuesto. Mirar hombres que estaban tan fuera de su alcance era como un vicio.

—Debería comprarme un consolador y no estar guardando números telefónicos que no me servirán. —Se dijo en voz alta.

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