La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 29 de 56

Páginas del PDF

La chica del delivery

Capítulo 29

Lucila había pasado una noche terrible. En el sentido de haber sido atropellada, se sentía de esa manera. Después del accidente solo le dolía la pierna, pero eso debió ser a causa de la adrenalina. Casi no había estudiado para el examen. Tendría que pedir clemencia en la universidad. No estaba en condiciones de nada.

—No has dormido bien... —pronunció Humberto, preocupado.

—No. Me duele todo el cuerpo. Esto es horrible.

—Al menos sé que te tomas las medicinas a hora porque yo te las doy.

Si quieres vamos a mi seguro. No te han hecho exámenes completos.

Tuviste un accidente de motocicleta, no es cualquier caída.

—No me lo recuerdes. No tengo ganas de ir a que me pinchen. No me voy a morir. Me hubiese muerto ayer si Dios se apiadaba de mí, pero aquí sigo.

—¿Quieres que te muestre cómo usar las muletas para que puedas ir al baño en mi ausencia? Iré a justificar tu falta. Nunca pensé hacer esto. No soy ni siquiera capaz de justificar las mías...

—No soy una inútil, te aseguro que puedo hacerlo. Es cuestión de usar la lógica, primero una pata y después la otra, y ya.

—Confiaré en que no te romperás algo. Pídele a Blanca lo que quieras para desayunar cuando venga.

—Sí, al menos ayer cené algo normal. Ahora rezo para que traiga café con unos palitos.

—Me bañaré y salgo.

Ella intentó dormir, pero no podía hacerlo. No estaba tranquila y cómoda pese a que le indicó a Humberto todo lo que debía hacer. Tenía preocupaciones. Vivía del día a día y para colmo de males, su motocicleta estaba en una comisaría, no podía ni siquiera rendir su examen. Era un momento difícil, aunque pudo haber sido peor: fracturada o muerta.

Su novio salió del baño con la toalla envolviendo la parte baja de su cuerpo. A Lucila le encantaba ver a ese hombre desnudo. Dios le estaba permitiendo tener la aventura más extraña de su vida. Ellos no tenían ni una uña en común, eran opuestos en lo económico y en lo físico. Él tenía molde de varón esbelto y ella... Bueno, forma de salchicha mal cargada. No se cuidaba mucho en su alimentación. Comía lo que había y mientras más rápido, mejor. Vivía a las apuradas y no le daba tiempo de evaluar demasiado. Algún día comprendería qué había visto Humberto en ella, porque lo que Lucila había visto en él era evidente.

—Puedo hacerte el favor antes de irme —se ofreció enseñándole su cuerpo con desfachatez. Él estaba excitado y ella accidentada.

—¿En serio te estás ofreciendo?

—Sí. Mira lo ilusionado que estoy. —Humberto le enseñó su miembro erecto sin vergüenza alguna.

Ella se tapó la cara para evitar mirarlo. Sabía que era falsa decencia, pero debía evitarlo porque mientras más lo viera, terminaría en sus brazos.

—Estoy dolorida... —dijo para intentar zafar de la situación.

—Un dolor más, un dolor menos... Al menos este quizá lo disfrutes...

Lucila no pudo hacer mucho, él se había acercado a ella como un león hambriento. Lo que podía decir era que su papel de muerta le salía a la perfección, no había podido mover un músculo, así que dejó que hiciera lo que deseaba con su cuerpo. Ella también salía beneficiada.

Después de aquello, él se retiró para cumplir lo que esperaba hacer ese día por la mañana.

Dentro de su camioneta se puso en marcha para hacer todo lo que necesitaba. Su móvil comenzó a sonar y vio que era Nichole se sentía tentado a no contestarle. Cuando estuvo a punto de haberlo, ella había cortado. Luego el teléfono volvió a hacer lo mismo, pero la persona que lo llamaba era Cassia, por lo que contestó.

—Cassia —pronunció.

—Buen día, licenciado. Quería avisarle que el pedido ya está en la concesionaria. Me preguntan si retirará el automóvil o desea el servicio de grúa con costo adicional.

—Pues quiero que lo lleven a mi departamento, pero ahora recuerdo que solo tengo un espacio de estacionamiento. Llama al desarrollador del edificio donde vivo y pide que me vendan un espacio. Debe costar unos doce mil no quince mil dólares. Preparen el cheque por lo que se requiera.

—Sí, licenciado, otra cosa... Le volvió a llamar la señorita Nichole.

Esta vez ya no supe qué decirle.

—Por cualquier cosa dile que me llame.

—Sí, licenciado. Le envío un mensaje cuando todo esté concretado.

—Gracias.

Ambos cortaron y él continuó con sus gestiones. Dentro de todo ese ajetreo solo pensaba en que cuando Nichole regresara tendría que ser bastante amable con ella para que entendiera que ya dejó de quererla y no fue a causa de Lucila, sino porque en una parte del camino que transitaban rumbo a un futuro matrimonio, se dio cuenta de que no era feliz, porque no compartían los mismos ideales. Nichole quería vivir como si el dinero creciera en los árboles. Trabajarlo no era una opción. Humberto deseaba seguir capacitándose y ella prefería ir por la vida como una liebre. Se había aburrido de eso.

En cambio, Lucila arañaba cada día para vivir. Era una persona normal con días buenos y malos. Ella no quería que le diera nada porque prefería trabajarlo. Tarde o temprano cedería. Él quería darle algo para ayudarla a mejorar su vida. Sabía que llevaban poco tiempo, pero era un tiempo tan intenso que cada vez estaba más seguro de desear ir por ese camino hasta donde fuera que los llevara la vida.

Ninguno de los dos sabía hasta donde llegarían, y Humberto quería que siguieran sin presiones y tratando de vivir con tranquilidad. Esperaba que en algún momento pudiera conocer a la familia de ella y que Lucila lograra ganar el corazón de su mamá porque sí que aquella era una mujer que diferenciaba entre clases. Con todo lo que le había comentado sobre Lucila, su mamá ya estaba preparada para odiarla, al menos esa era su percepción, esperaba que las cosas cambiaran después de que se conocieran en persona.

OceanofPDF.com