La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 7 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 7

Humberto se sorprendió al encontrar en ese lugar a la chica del delivery a la que había conocido por la noche. Era increíble que esa ciudad terminara siendo tan pequeña. Tronó los dedos intentando recordar el nombre de joven.

—¿Lucía, no es así? —interrogó.

—Lucila... —Lo corrigió sonriente. Era bueno alimentar su vista de vez en cuando—. ¿Y el ibuprofeno? ¿Te hizo bien?

—¡Perdona mi tontería! No soy muy bueno con los nombres. Tengo el ibuprofeno en el cajón... Hmm... Sería absurdo que pregunte qué haces por aquí...

—Y para mí también sería tonto preguntar por el trabajo que tienes aquí.

—¿No quieres pasar a mi oficina y conversar?

—Me encantaría, pero tengo que regresar a la farmacia. Ya debo tener pedidos acumulados, es viernes de descuentos...

—Entiendo. Ya sabes dónde encontrarme, Lucila. Soy el dueño de Alberta, puedes pasar junto a mí cuando quieras.

—Por supuesto. Lo más probable es que le ruegue por un puesto en administración... —Lucila se carcajeó y miró a la secretaria de nombre Cassia—. ¿Dónde queda contabilidad?

—Te llevo... —dijo Cassia.

—Cassia, agenda a la gente del departamento que quiero comprar. Yo acompañaré a la señorita Lucila.

La asistente se quedó boquiabierta. El dueño de la empresa guiaría a una trabajadora común. Sabía que Humberto era una persona diferente a cualquier otro patrón, pero no se imaginó que fuese tanto.

Lucila se sorprendió por la amabilidad de Humberto. Cuando le llevó el calmante a su casa, supo que él era amable y no un engreído. Le agradaba cada vez más. Él parecía ser de esos amores platónicos. A esa hora del día podía distinguirlo mejor. Era alto, de cabello oscuro, sus ojos eran azules, y no grises como creyó la primera vez que lo vio, aunque eso no le restaba atractivo.

Humberto le indicó a Lucila que siguiera la señal que le hacía con la mano. Él la vio con sus mejillas quemadas por el calor. Era evidente que su casco no tenía bisagra y que por esa razón tenía la marca. La observó con más detenimiento. Tenía un vaquero y su remera verde. También tuvo la misma percepción que antes: era una chica común, no parecía relatar demasiado con sus ojos pardos y su cabello castaño, pero a él algo le resultaba agradable y tal vez fuese el aspecto común de su vida lo que llamaba su atención.

—¿Sabías que la gente de administración y contabilidad es la que está más hacinada en todas las empresas y cuya valoración es nula y su rotación de personal bastante alta? —preguntó Humberto para hacer conversación a su acompañante.

—¿Me dirás también que seré mal pagada? —replicó Lucila con humor.

—Sí. Nadie quiere pagar mucho por un personal que abunda. Puedes reemplazarlo si se siente que es una carga. Hay muchas personas esperando cubrir un puesto administrativo. La demanda de personal en ese ámbito es alta, y ya sabes la razón: mucha mano de obra barata.

—Suena horrible...

—Tienes que saberlo. En el mundo en el que ingresas, tendrás mucha competencia. No basta con trabajar bien. Hay ciclos que cumplir y los primeros en romper los ciclos son los administrativos. Imagino que tocarás estos temas en administración del personal. Lo único cierto es que la universidad no te prepara para la realidad. Lo aprendí aquí, cuando vine a poner en orden esta empresa. Muchos principios pueden usarse para lavar los baños...

—En verdad... Me estás animando a dejar la carrera, Humberto, o tal vez me dé más miedo trabajar para ti.

—Creo que soy un patrón justo. Estoy poniendo a prueba mis conocimientos y paciencia. Intento tener a la gente más eficiente a mi disposición.

—Es obvio que el patrón busca su propio beneficio, pero muchas veces con la mentalidad de empleado siempre terminamos satanizando a quien nos paga el sueldo...

—Cada quien lo ve desde el punto de vista de su conveniencia y ambos son válidos. Aquí está el departamento de los raritos... No hablan mucho, todo el tiempo tienen alguna factura en la mano o intentan explicarte algo de hacienda que es difícil de entender para cualquier mortal.

Suerte en tu entrega, Lucila. —Se despidió Humberto con una palmada en el brazo de la chica.

—Gracias por el susto, Humberto. Lástima que no pueda cambiar de carrera. Hubiese seguido enfermería.

—Nunca tarde. Fue un gusto verte... Que estés bien.

Lucila levantó la mano para despedir al dueño de la empresa y emitió un suspiro antes de golpear la puerta de contabilidad.

Después de entregar sus pedidos, regresó hacia donde se encontraba la asistente de Humberto y se despidió de ella con un gesto de la cabeza que la muchacha correspondió.

Suspiró al salir del aire acondicionado de la empresa para sufrir el sol abrasador de la tarde. Deseaba que fuesen las diez de la noche para que la temperatura bajar a unos 30 grados que eran más soportables que los casi 40

grados a los que se enfrentaba.

Subió a su motocicleta y se colocó el casco para partir de nuevo a recoger más pedidos que pudieran surgir.

Para un par de horas después, concluyó que una cerveza no le haría nada mal antes de irse a dormir. Le avisaría a Analía que la alcanzaría para tomar cerca de la universidad. También se merecía unos gustos, no se le iría la vida en una lata de helada y espumosa cerveza.

Ese viernes había sido terrible para ella por la cantidad de pedidos, pero eso resultaba conveniente, porque ganaba dinero por cada uno de ellos.

Los días de descuentos y promociones eran los mejores, pese a odiarlos, también los amaba.

Para las 23:00 horas, ella se disponía a abandonar el lugar. Se quitó la remera verde del trabajo y la guardó en su mochila. Tenía una sudadera que le ayudaría a no ir con ropa del curro. Eso podría ser perjudicial no solo para la empresa en la que trabajaba, sino también para ella. No se vería nada bien a un empleado con una lata de cerveza y el uniforme laboral.

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