La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 34 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 34

Lucila siguió a Juan hasta las oficinas de recursos humanos. Ahí le mostró el contrato por tiempo indefinido. Ganaría el sueldo mínimo y tendría un horario de 08:00 a 18:00 horas, de lunes a viernes y sábados de por medio de 08:00 a 12:00 horas. Estaba conforme. Tendría dos sábados libres al mes. Eso era más de lo que deseaba un empleado común en un país donde se intentaba explotar a las personas lo más que se podía.

Después de decirle que no tenían comedor y que la mayoría de ellos acostumbraba a comer en copetines cercanos o en el shopping. Lucila esperaba que su rostro estupefacto no la hubiera delatado al escuchar cuando dijo shopping. Con su sueldo mínimo con suerte comería en el copetín de la esquina.

Juan la llevaba por cada rincón de la empresa y la presentaba con los demás empleados. Ella sonreía ante todos y se sentía un poco ridícula con su pantalón de vestir negro y su blusa rosada. Además, cargaba su mochila desteñida por el sol de las tardes en la calle.

Cuando ella vio a Cassia, la secretaria de Humberto, quiso que se la tragara la tierra.

—Hola, Lucila, te anunciaré con el licenciado Albertini —dijo Cassia, amable.

—Gracias.

—Cuando el licenciado te suelte puedes ir a tesorería para empezar con tu capacitación —indicó Juan—. Mucho éxito, Lucila. Siéntete bienvenida.

—Así será —aceptó, sonriente.

Lucila observaba cómo Cassia levantaba el teléfono interno para llamar a Humberto. Aquella conversaba y sonreía. Ya ella comenzaba a pensar que alguien entre ellos coqueteaba. Eso no le gustaba a Lucila.

—Puedes pasar, Lucila. Hazlo rápido porque después el jefe tiene una reunión con la gente de diseño —avisó la secretaría.

Cassia se levantó de su lugar y la llevó por un pasillo que terminaba por una puerta, cuando la abrió le pidió que entrara con un gesto de la mano y los dejó a solas.

Los ojos de Lucila recorrieron a la gratificante figura que estaba frente a ella, levantándose para saludarla. Era Humberto, más guapo e imponente que nunca. Sus pulsaciones parecían estar en su oreja a causa del impacto que le producía verlo. Lo había extrañado demasiado, en verdad que se moría por él. Ella podía estar cometiendo un error al juntar su comida con el enamoramiento.

Humberto no estaba dispuesto a que ella pensara que lo tenía comiendo de su mano. Ni siquiera le ofrecería una disculpa que él no tenía razones para dar. Durante días estuvo azotándose la mano para no enviarle

un mensaje y menos para llamarla. Tampoco ella hizo ningún esfuerzo por contactarlo. Lo de ellos quizá estuviera irremediablemente roto.

—Bienvenida a Alberta, Lucila. —Humberto le extendió la mano para que ella la tomara.

¿La mano? Le había pasado la mano. Eso era un poco más doloroso de lo que ella pensaba. La cortesía era una de las mejores maneras de hacer sentir mal a alguien que era descortés. Tuvo que corresponder al gesto de él y ambos estrecharon las manos.

—Gracias —dijo.

—Siéntate. ¿Te han entregado el instructivo de visión, misión, atención al cliente, uniforme y otros? —preguntó Humberto. Haría lo que acostumbraba con la gente nueva.

—Sí. Me han dado todo —respondió.

—Los uniformes los hacemos nosotros por eso no tienen adicional.

Puedes pasar después a que te midan si es que ya no lo han hecho.

—Sí, ya he pasado por ahí.

—Bien, ahora te hablaré sobre tesorería. Cinthia Cazzola es una de las empleadas más antiguas en Alberta. Sus decisiones son siempre respetadas al igual que sus sugerencias —habló Humberto—. Tú trabajarás con ella, serás su mano derecha. Te encargarás de la caja chica y de los pagos a

proveedores locales. Eso significa que estarás mucho tiempo por aquí para las firmas de cheques. Los días de pago son los viernes a partir de las 14:00

horas. Para emergencias firmo en cualquier horario. El gestor de tesorería puede llevar los documentos a donde yo me encuentre porque no siempre estoy en la oficina...

—Sí, licenciado —respondió Lucila al ver que él no salía de su papel de patrón. Fue como si Humberto nunca la hubiera conocido, ni que ya tuvieran la bienvenida anticipada que festejaron en la cama en días pasados antes del altercado por el automóvil.

—¿Tienes alguna duda, Lucila?

—No, no la tengo.

—Espero tu compromiso para que puedas crecer dentro de la empresa y obtengas experiencia.

Lucila asintió. Estaba a punto de estallar de rabia. Humberto pretendía desquiciarla fingiendo que no la conocía.

Él vio como ella se levantaba para irse.

—Gracias, licenciado. Daré mi mejor esfuerzo para la empresa.

—Qué tengas un buen día, Lucila.

Eso último que le dijo fue la gota que colmó el vaso de su paciencia.

—¿Seguirás fingiendo que no me conoces? —increpó la chica.

—Te conozco, por supuesto que te conozco. Tú no quieres que piensen que teníamos algo, eso es muy diferente.

—No me has enviado un mensaje ni tampoco me has llamado.

—Tú saliste de mi casa azotando la puerta, me trataste mal por querer tu bien y ahora resulta que la indignada eres tú. Así no funcionan las cosas, Lucila. Y te recuerdo qué tú fuiste quien dijo que todo había acabado.

Entonces, si hay algo que reprochar, ve al baño, mírate en el espejo y conversa contigo.

—Y sigo enfadada y quizá me muera así. ¿Por qué no hacemos una cosa? Yo te respeto y tú me respetas.

—Eso siempre ha ocurrido de mi parte. Yo no te compré el automóvil para que te sientas pobre o miserable, lo hice para que estés segura.

Tampoco te dije que tú lo pagarías o le cargaría combustible, yo te lo proveería. Jamás te impondría algo que no puedes, pero tampoco intentes limitar lo que yo quiero darte, porque quiero hacerlo y no porque seas todo lo que crees que piensa Blanca.

Lucila suspiró. Ella sabía que él intentaba ser conciliador. La única que no sabía cómo enfrentar sus propios miedos y vergüenza era ella. Su labio inferior se dobló como si fuera a llorar.

—Lucy, no pueden pensar que soy un jefe malo. Si sales con los ojos rojos, todo estará mal. Te invito a cenar para conversar sobre esto —musitó Humberto. Después le acarició ambos brazos para que se tranquilizara—.

Ve y aprende con Cinthia, eso te hará bien.

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