La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 43 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 43

—Decídete, mamá, ¿es tu nieto o no? Si no estuviera seguro de que es mi hijo no le hubiera pedido que viviéramos juntos, ¿no te parece? —

replicó Humberto al escuchar las barbaridades de su madre.

—Si tú lo dices, te creeré, pero no me pidas que confíe en ella.

—No sé cuál es la razón por la que demonizas a esa mujer siendo que es lo que yo escogí, a quien quiero y con quien tengo proyecciones de una familia.

—¿Piensas en casarte con alguien que conociste hace seis meses?

—Ya está embarazada, muchas cosas estoy pensando y entre ellas el matrimonio es una opción. No hace falta que comparta años de mi vida con una persona. Con Nichole perdí cinco años en algo que no tenía proyecciones distintas a una salida o viajar. Ni siquiera teníamos un perro en común, mamá. Ya no me sentía vinculado a ella de manera sentimental.

Con Lucila es distinto.

—Te diré lo que tienes con ella... Una calentura con consecuencias.

Humberto, hoy en día no hace falta casarse para hacerte cargo de tu hijo.

Esto no está destinado a durar más de un año. Romperán por la presión que vendrá encima de ustedes. Es lo que puedo decirte como mamá. Espero que lo tengas en cuenta y que por nada de este mundo le pidas matrimonio a la tal Lucila.

—Yo haré lo que crea conveniente, ¿sí? ¿Solo viniste para decir e insinuar cosas sobre mi novia?

—También a visitarte, pues es evidente que prefieres a cualquiera antes que a los que te dieron la vida.

Humberto puso los ojos en blanco y regresó a su asiento. Su mamá no cambiaría.

—Hoy veremos al bebé por primera vez —contó Humberto.

—Espero que esté sano, por el bien de todos.

—Les mostraré las ecografías después para que no digan que los mantenemos ajenos. Si ustedes quieren alejarse no puedo hacer nada. No deseo que quebranten mi felicidad ni el estado mental de Lucila. Quiero que esté tranquila porque es un poco alharaca.

La mamá de Humberto siguió con él e intentó evadir el tema de Lucila. No le interesaba basar sus conversaciones en una fulana que pronto estaba destinada a desaparecer de su vida. Cuando viera a Nichole otra vez, sabría que era a ella a quien en realidad quería.

Humberto había quedado molesto y disconforme con la visita de su mamá. Ella no simpatizaba ni con él ni con su hijo y menos con Lucila. Una vez que dejó de preocuparse por alguien que no le deseaba el bien, recordó

que Lucila tenía su cita en el sanatorio y él quería estar presente para ver lo que ella llevaba dentro.

Le envió un mensaje para que ella no lo olvidara, pues una vez que se concentraba en el trabajo se perdía.

Él salió casi al mismo tiempo que ella. Cada uno de ellos fue en su vehículo. La idea era que Lucila lo siguiera para que pudiera estacionar cerca porque iban a un lugar donde el aparcamiento era escaso y el tráfico muy pesado.

Lucila siguió la camioneta de Humberto. Cuando llegaron hasta el edificio del sanatorio, sentía que temblaba. Eran los nervios por conocer a su bebé. Necesitaba verlo para poder pisar tierra con sus pensamientos.

Ambos aparcaron cerca el uno del otro. Humberto cogió de la mano a Lucila para que caminaran juntos.

—Los nervios me están matando —dijo Lucila.

—A mí también. Deseo saber mucho sobre él. Debe ser muy pequeño.

—Lo que más quiero es que esté bien...

—Y va a estar bien. De eso no hay duda. No pienses en cosas malas.

Ella asintió y se abrazó a él para confortarse.

Entraron a la recepción del sanatorio y preguntaron por el área de ginecología. Siguieron la indicación de la recepcionista y llegaron hasta una secretaria.

Lucila dio su nombre para confirmar la cita y la mandaron a sentarse.

—Me muero de vergüenza con la ecografía. Tendré que abrir las piernas...

—Yo te acompañaré. Todo es por el bebé. Si tienes que abrirlas, no queda más remedio que hacerlo.

—Qué fácil. Me hubiera gustado ser varón.

—La naturaleza ha sido sabia, por algo soy el varón y el padre de tu hijo.

—Siempre encuentras algo...

Esperaron unos minutos hasta que llamaron el nombre de Lucila.

Humberto no había soltado su mano. Era una marica por andar de esa manera temerosa por el mundo. Esperaba que esa etapa de inseguridad de su vida desapareciera pronto. No existían razones para preocuparse, pero su cerebro le decía que se preocupara por todo.

Una vez dentro del consultorio, el doctor sentó a ambos frente a su escritorio y comenzó con las preguntas como la fecha de la última menstruación de Lucila. Todo le resultaba embarazoso a ella, pues venía de

una familia conservadora. Cuando el médico le dijo que se pusiera la bata y se quitara la parte de abajo de la prenda, Lucila sabía que era el momento de la ecografía.

Entró a un baño del consultorio e hizo lo que le había dicho el doctor.

Al salir estaba llena de vergüenza. Después le indicó que se acostara en la camilla. Ella miraba como él le colocaba un condón al aparato que introduciría en su ser.

—Relájate, Lucila, vamos a mirar al bebé... —indicó el médico.

Humberto estaba junto a ella cuando dio un respingo al sentir el aparato.

—Aquí está... —indicó el doctor refiriéndose a un punto negro—.

Veremos si tiene latidos.

El hombre tocó varios botones de algo que parecía una computadora y se puso a medir el círculo negro.

De repente, en todo el consultorio se escuchaban los fuertes latidos.

Lucila tragó saliva al darse cuenta de que su bebé estaba vivo y que tenía un corazón. Ella apretó la mano de Humberto y sollozó.

Él aún no podía creer que dentro de Lucila estaba creciendo su hijo.

En ese instante estallaba de emoción y solo deseaba que pronto naciera para tenerlo en sus brazos.

—¿Ves que está ahí, Lucy? —curioseó Humberto, emocionado.

La pobre no podía responder, estaba desbordada por los sentimientos que la embargaban.

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