La chica del delivery
Capítulo 32
Él la llevó a la habitación en donde estuvieron de arrumacos. Para algunas cosas a Lucila no le dolía la pierna y más cuando se trataba de que Humberto la consintiera un poco.
Se dejó mimar en la cama hasta que ambos quedaron exhaustos.
Después de seguir entre las sábanas por un instante más, se acondicionaron para bajar al estacionamiento.
Lucila estaba feliz en compañía de Humberto. Él era atento y agradable. No parecía real. Era probable que ella estuviera muerta y que se encontrara viviendo un vibrante sueño junto a un cliente de la farmacia.
—Dime qué es... Hazme un adelanto —pidió colgada del brazo de él.
—No, es mejor que lo veas —replicó Humberto pendiente de cómo reaccionaría.
—¿Me vas a llevar a McDonald's? Se me antoja una hamburguesa.
—No, tal vez después. Dependerá de ti.
—¿Qué te traes entre manos?
—Algo para ti.
—En serio, me estás mareando.
—Entonces espera un poco. Soporta tu curiosidad porque ya hemos llegado al estacionamiento.
Ella observó el lugar y vio un vehículo blanco con un gran moño encima.
—Dime que no es el automóvil...
Humberto se rascó la nuca al ver que ella no estaba para nada feliz con el presente.
—Sí, es el automóvil blanco con el moño encima. ¿No te gusta el color?
—¡Por qué mierda no me escuchas, Humberto! —gruñó enfadada—.
Yo no necesito un automóvil, ni ropa cara, ni un trabajo en Alberta. ¿Qué quieres cambiar de mí? ¿Que soy pobre? ¡Por favor, me conociste en una motocicleta!
Lucila no estaba hablando, estaba exaltada y gritando.
—Baja la voz, Lucy. El vehículo es con la mejor intención del mundo.
¿No ves tu pierna? ¿Acaso quieres perderla?
—¡No, pero...!
—Y la ropa la compré en un apuro. ¿Querías que la comprara de un lugar que no conozco y para colmo que estuviera cerrado? Creo que deberías parar con este asunto de burlarte de mí porque tengo dinero.
—¿Me burlo de ti? ¡Tú te burlas de mí!
—Y también lo de Alberta, ¿piensas que soy tan macabro para despedir a alguien y colocarte a ti en su lugar? Envié tu currículo y ya.
—¿Y no te parece que si el dueño envía algo hay que hacer caso?
¡Todo es sesgado!
—¡Qué irritante eres!
—¡Si tanto te irrito me voy! ¡Terminó! ¡Adiós, Humberto! Voy a por mis cosas que quedaron arriba y tomaré un puto taxi. No era tan difícil quedar bien conmigo. Solo tenías que respetar mi estilo de vida. Soy una puta, una trepadora. Es así como debe verme la señora de limpieza.
Ella abandonó el estacionamiento y fue hacia el ascensor. Humberto supuso que a Lucila se le pasaría el coraje en cualquier momento. No devolvería el automóvil porque la haría entrar en razón.
En el ascensor, Lucila estaba demasiado enfadada, tanto que no podía con su propio genio. Menos mal tenía su mochila. Mañana mismo regresaría al delivery. Estuvo perdiendo el tiempo con un tipo que quería cambiar lo que ella era. Comenzaron a salir cuando estaba en una
motocicleta repartiendo pedidos. Ella no podía ni siquiera pagar una parte de ese vehículo y menos el combustible. Era tan humillante.
Cogió el ordenador de Humberto y buscó: taxi radio de Asunción.
Alguno debería aparecer en los alrededores. Encontró uno y lo llamó.
Después comenzó a agarrar sus prendas con las que se accidentó, incluso el pantalón que convertiría en un short y su mochila. Nada más le pertenecía.
—Lucila...
—No quiero hablar contigo. Voy a dejar todas estas compras que hiciste...
—¿En verdad eres tan irracional para no comprender lo que te digo?
—¿Y tú no entiendes que no quiero tus cosas? No soy tu putita. Me acuesto contigo gratis, porque me gustas.
—No seas vulgar. Te denigras sola, Lucila —pronunció Humberto, molesto por las expresiones que ella utilizaba.
—¿Y sabes otra cosa más? No sé manejar y no tengo dinero para el combustible. Y se suma otra cosa más. Se suponía que para follarnos somos novios. No necesitaba que me compres.
—Mira, mejor hablemos cuando te calmes, porque terminaré enfadado.
—Enfádate. No quiero volver a verte y tampoco iré a trabajar a tu empresa. ¡Por esto no quería ir a la entrevista!
—¿Y qué puedo hacer si quieres seguir en lo mismo? Te quejas de la falta de oportunidades y te das de digna cuando algo sale para ti.
—Me las doy de digna porque es mi comida. Si deseas cambiarme por otra, me despedirás y yo me quedo con una mano al frente y la otra atrás.
—¿Te sientes tan poco preparada para cumplir con las necesidades del puesto? Te pido que llames mañana a recursos humanos y les digas que no eres capaz de defenderte sola.
—Chau, Humberto. —Ella salió del departamento y casi echa la puerta por el golpazo. Los vecinos debían estar felices con un poco de chisme.
Humberto se sentó en el sillón para pensar. No saldría corriendo tras ella. Lo único que conseguiría era alterarse y alterarla. No pensó que se enfadaría tanto por sus buenas intenciones. Él jamás la había visto como trepadora. En verdad, ella no sabía cómo actuaba una trepadora. Nichole era eso.
Dejaría que se fuera y después se arrepentiría de lo que había hecho.
Si ella no lo quería volver a ver, en verdad le dolería, pero no podía obligarla a verlo. No sería tan tóxico como su ex. Él tenía dignidad.
Intentaría acercarse una vez y si en esa ocasión no lo lograba, tendría que hacerse a la idea de que ya no estarían juntos.
—Me quedé sin cenar, porque ella le dijo a Blanca que no volviera por hoy. Gran error.
Tendría que llamar a un delivery para que lo alimentara a causa de que ella se había creído la dueña de la casa. En verdad él quería que se quedara a vivir ahí, pero ya con el escándalo del vehículo, dudaba que fuera una buena idea reiterar su propuesta. Al menos trataría de convencerla de que anduviera segura por las calles y que cambiara de trabajo. Pronto sería licenciada y sin una experiencia en alguna parte administrativa, nadie la tomaría en cuenta, tal vez moriría siendo una secretaria como Cassia. No estaba mal porque ella era eficiente, no le quitaba mérito; sin embargo, quería más cosas para Lucila.
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