La coartada
Capítulo 12
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Claro, —aprobó Mariví—. Es que lo soy.
—Pero recuerda que lo importante es que sostengas que ignorabas que Gabriel había muerto, ¿entiendes? y que sentiste pánico en todas las ocasiones en las que me envió un mensaje amenazador. Y por cierto, ¿quién me los envió y por qué?
En ese preciso instante se abrió la puerta del despacho y entró el policía que había instruido la diligencia que habían practicado minutos antes, seguido del que había actuado como secretario y de los dos chicos jóvenes.
—Lo siento, señora letrada, —dijo, dirigiéndose deferentemente a Lilian—. Ha transcurrido ya el tiempo de que disponía para entrevistarse con su defendida. Ahora deben firmar las dos la declaración que ha formulado, es decir, que se ha acogido a su derecho a no declarar, en su presencia. Firmen las dos aquí.
Les indicaba un papel que había recogido de su mesa y en cuanto cumplieron todos los presentes ese trámite, hizo intención de acompañar a Lilian fuera del despacho, al tiempo que los dos policías jóvenes salían al pasillo con Mariví. Esta logró desembarazarse de ellos para abrazarse llorando a Lilian que le propinó unas palmaditas en la espalda pretendiendo tranquilizarla.
—Vamos, vamos, no te preocupes. Todo esto no es más que un error como demostraremos en el juzgado. Te mandarán a casa, ya lo verás.
Con un nudo en la garganta la vio ir entre los dos jóvenes, pasillo adelante. Al fondo del oscuro corredor adivinó el comienzo de la escalera por la que se bajaba a los calabozos y sintió una angustiosa desazón. Había tenido razón Pablo al advertirla de que no era aconsejable asumir la defensa de un ser querido. A la responsabilidad de hacerse cargo de su defensa había que añadir la congoja por la situación en la que se encontraba el detenido y de prever que sería difícil que su amiga saliera airosa del trámite que debería cumplimentar al declarar próximamente ante el juez. Si el hombre que había atropellado a Gabriel se hubiera limitado después a poner
pies en polvorosa, posiblemente no hubiera sido descubierto nunca, pero al retroceder con el coche para rematarle había incurrido claramente en un delito de asesinato, ya que, concurría en su acción las agravantes de alevosía y de ensañamiento. Y eso era lo de menos, porque no conocía a ese hombre y lo que pudiera sucederle le tenía sin cuidado. Lo preocupante era que Mariví le había ayudado a desembarazarse del cadáver, por lo que, si se la absolvía del delito de asesinato, aún podría ser acusada del de encubrimiento.
Siguió dándole vueltas a la cuestión mientras se tomaba un bocadillo en una cafetería cercana. Por lo avanzado de la hora no disponía del tiempo suficiente para acercarse a comer a su casa, en la que no había dejado nada preparado, porque ni siquiera se le había ocurrido que a Mariví, que era la que solía ocuparse de las faenas domésticas desde que vivía en su casa, la encerrarían esa mañana en el calabozo de una comisaría. No se sentía con fuerzas además de soportar el interminable cuestionario a que la sometería Anita si se dirigía al establecimiento en el que acostumbraban a comer, por lo que cuando salió de la cafetería dio un largo paseo por la calle. Recorrió la de Miguel Ángel de extremo a extremo, bajó hasta la Castellana y subió nuevamente por la de Abascal para torcer luego a su izquierda y dirigirse al edificio donde trabajaba. Soplaba un viento helado que zarandeaba las ramas de los árboles y que se le calaba hasta los huesos. Un panorama invernal y tristón que no contribuía a levantarle el ánimo, ya de por sí bastante decaído. Se preguntó si experimentaría la misma sensación si Mariví fuese únicamente una cliente más. Ella era luchadora. Ponía todo su empeño en sacar a flote a los que le encomendaban su defensa por peliaguda que se presentase, pero no recordaba haber sentido anteriormente tanta angustia. Ni tanto miedo, añadió intentando controlar un estremecimiento. Aún ahora que sabía que Gabriel ya no existía, seguía percibiendo la intangible y cercana presencia de alguien que suponía un peligro para ella. De ese alguien que le había enviado los mensajes amenazadores haciéndose pasar por la pareja de su amiga. ¿Qué habría pretendido con esa artimaña y por qué se los habría remitido precisamente a ella?
Pablo se presentó en su despacho en cuanto la oyó llegar poco después e intentó animarla. Parecía realmente afectado al verla tan acongojada y le brindó toda la ayuda que pudiera necesitar.
—Creo que te harías un favor a ti misma si me permitieras a mí asumir la defensa de esa chica desde este mismo momento, —le sugirió—. No la conozco de nada. Para mí no sería más que una cliente más, por lo que podría razonar con absoluta claridad y aconsejarla lo que pudiera serle más conveniente, sin la presión a que estás sometida en estos momentos. ¿Qué te ha contado?
Lilian le sonrió sin ganas.
—Lo que me haya podido decir no lo puedo repetir, ya lo sabes. Lo que es un hecho objetivo es que ella no le atropelló. No tiene coche y no sabe conducir, por lo que la circunstancia de que se manchara el bajo de los pantalones y los zapatos con la sangre de Gabriel carece de relevancia a los efectos de que pueda imputársele la autoría de su muerte. Sin duda tropezó con su cuerpo cuando él cayó al suelo. La cuestión es que quizás pueda ser acusada del delito de omisión de socorro por no llamar a una ambulancia o a un médico para que le auxiliase.
—En ese caso podrías alegar miedo insuperable, —sugirió Pablo inclinándose hacia ella desde la butaca de los clientes en la que se había dejado caer—. Es una reacción absolutamente comprensible en una persona que corre perseguida por un hombre que pretende matarla y en casos similares se ha estimado como eximente sin demasiada oposición por parte del fiscal, ¿qué te parece?
—Bien, —admitió ella animándose al oírle—. Si me veo obligada, también sería oportuno invocar la legítima defensa, aunque en nuestro sistema no se suele apreciar como eximente completa y porque además mi defensa se va a basar fundamentalmente en negar que ella sea responsable de ese atropello. Mariví iba corriendo por la calle, cuando un coche conducido por una persona que no llegó a distinguir, le atropelló. ¿Qué opinas tú?
—Me parece bien, —aprobó él—. Cuenta conmigo para todo lo que necesites. Sabes que yo haría cualquier cosa por ti.
Había bajado la voz al pronunciar sus últimas palabras y Lilian se preguntó si le estaría diciendo lo que verdaderamente sentía o si, por el contrario, pretendería únicamente apoyarla en unos momentos tan difíciles.
Hubiera deseado aclarar sin tapujos en ese instante lo sucedido durante el fin de semana, pero, aunque intuía que la única responsable era su amiga y que Pablo no había encontrado el medio de oponerse a las argucias de la chica, empeñada en atraerle, no se decidió. Aún le escocía la sensación de haberse sentido relegada en la sierra al papel de tercera en discordia, cuando hasta la semana anterior había creído que su relación con él avanzaba hacia un previsible y satisfactorio desenlace. Parecía que Pablo unía el momento que estaban compartiendo en ese instante con los días que habían precedido al fin de semana, en los que aún no conocía a Mariví ni había tenido por tanto que secundarla, muy a su pesar, en su caprichosa manera de actuar, dejándola a ella abandonada a su suerte. Al menos era así como ella lo veía.
Pablo la miraba fijamente como si estuviera siguiendo el hilo de sus pensamientos.
—Oye, he pensado… —empezó algo azorado, como si no acertase con las palabras oportunas.
—¿Qué?
—He pensado que ya va siendo hora de que te demuestre lo buen cocinero que soy. A ti no te ha dado la gana de enseñarme tu casa nueva, a pesar de que te regalé un perro precioso que te tiene loca de satisfacción, pero yo me siento magnánimo por lo que he decidido no tomártelo en cuenta. ¿Qué te parece si te invito a cenar esta noche en mi casa?
En cualquier otra circunstancia hubiera aceptado en el acto, pero dos días más tarde tendría que presentarse en al juzgado para asistir a la declaración de Mariví ante el juez y no se consideraba capaz de deslindar la preocupación que le inspiraba ese trámite procesal, que la mantenía obsesionada, con la cita que le estaba proponiendo.
—Esta noche, no. Estoy demasiado nerviosa y te aguaría la cena.
—¿Mañana entonces?
—Mejor cuando hayamos cumplimentado la diligencia que me tiene tan desazonada. El sábado podría ser un buen día. Así tendrás toda la mañana
para preparar ese menú con el que me vas a sorprender. ¿Me vas a sorprender?
—Espero que sí. Y al día siguiente, el domingo, podrías sorprenderme tú.
—¿Invitándote a cenar en mi casa?
—Eso es. Ya va siendo hora.
—No soy demasiado buena cocinera, —reconoció—. Tengo tanto trabajo que llego a mi casa agotada y suelo tomarme cualquier cosa. Estos días atrás guisaba Mariví.
Una nube de tristeza empañó sus ojos por unos segundos y al advertirlo, Pablo intentó distraerla.
—Tienes que hacer lo posible por no dejarte abrumar por ese tema.
Hace diez días ni siquiera recordabas a esa chica. No era más que una amiga de la facultad a la que habías perdido la pista y te sentías bastante feliz.
—Sí, pero…
—Pero nada. Aunque no suelo llevar asuntos penales, la defenderemos entre los dos si llega el caso, pero pase lo que pase no es ella una parte fundamental de nuestras vidas. Hay un refrán, que creo que es chino, que dice algo así como: “Tu carácter es tu destino”.
—¿Quieres decir que Mariví tiene lo que se merece por ser un poco alocada? y…
—Y un bastante inconsciente, —terminó él—. No sé si se merece el trago que le espera en el juzgado, pero sí lo que le ha sucedido con ese hombre, que no tenía otra virtud que ser un guaperas y que conducía un Porsche impresionante. Las dos cosas pueden deslumbrar a una adolescente, pero ella había cumplido ya veintidós o veintitrés años cuando le conoció.
—Todos podemos hacer una tontería, —sentenció Lilian nostálgicamente—. Si no fuera así, no nos encargarían a ti y a mí tantos divorcios como llevo, porque los tuyos me los endilgan. Seguramente no es fácil encontrar la persona adecuada para compartir tus alegrías y tus malos humores.
—A mí no me parece tan difícil, —musitó él bajando la voz.
En la grisácea claridad que se filtraba por los cristales de la ventana y que invadía la estancia, apenas si distinguía sus facciones, pero sus palabras resonaron cálidas e insinuantes. Por un segundo olvidó Lilian sus temores y se sintió transportada a una dimensión diferente en la que todo lo que la rodeaba parecía flotar en la ingravidez de la nada. Pero fue solo un instante.
El estridente sonido del teléfono interior rompió la magia del momento. La lucecita roja del aparato que tenía sobre la mesa destellaba intermitentemente, por lo que regresó ella a su prosaico presente para descolgar el auricular y llevárselo al oído. Reconoció, como esperaba, la voz de Anita.
—Doña Lilian. Ha llegado un señor que asegura que le había citado usted esta tarde. Yo no le tengo anotado en mi agenda, lo que le advierto por si está demasiado ocupada para recibirle.
Dedujo ella que ese visitante se encontraba en la antesala, junto a la mesa de la secretaria, y que a eso obedecía el inusitado formalismo con el que se le dirigía, ya que en ausencia de extraños la tuteaba con absoluta confianza.
—¿Cómo se llama ese señor? Porque se trata de un hombre, ¿no?
—Sí, sí. Se llama Iván Vasiliev. Ya ha venido otras veces.
En un primer momento pensó Lilian contestarle a la chica que le citase para la semana siguiente, pero luego recapacitó y llegó a la conclusión de que podría resultarle útil interrogarle con disimulo sobre su intempestiva visita al piso que compartían Mariví y Gabriel la tarde la de la muerte de este, por lo que le respondió:
—Dile que en cinco minutos podré atenderle.
Notó la extrañeza con la que la chica acogía su decisión por el tono de su voz, pero no se permitió hacer el menor comentario.
—De acuerdo, doña Lilian. Se lo diré.
Pablo se incorporó incómodo en la butaca.
—¿Quién es tu visitante? ¿Ese pelmazo que aparece de cuando en cuando sin pedir cita? Creo que no deberías permitirle que se tomara tantas libertades por tu propio prestigio y por el de este despacho.
—Puede que tengas razón, —admitió Lilian, que aún intentaba recuperar algo del encanto provocado por las anteriores palabras de él y que
se había extinguido como un soplo de viento con el sonido del teléfono—.
Se lo explicaré con claridad, porque no parece entenderlo.
Consultó Pablo su reloj de pulsera antes de ponerse en pie.
—También tengo yo una visita ahora, así que te dejo. Después, cuando terminemos los dos de trabajar…
No llegó a decirle en qué podía consistir el ofrecimiento que había pretendido iniciar y que había sido interrumpido por unos golpecitos propinados en la puerta del despacho, porque seguidamente Anita la entreabrió e introdujo la cabeza por la abertura. Sonrió con aire de complicidad al ver a Pablo disponiéndose a abandonar la estancia, pero se limitó a anunciarle a Lilian la llegada de Iván Vasiliev con la solemnidad que adoptaba ante los extraños.
Este apareció a continuación cuando la chica se hizo a un lado para permitirle entrar. Venía correctamente vestido con un pantalón gris, una chaqueta azul marino y una corbata de rayas rojas y blancas. Incluso parecía que había invertido más esfuerzo que el que acostumbraba en peinarse, pese a lo cual, algunos mechones se escapaban de su abundante pelambrera oscura para resbalarle sobre la frente cuando tomó asiento en la butaca que Pablo acababa de dejar libre. Se los retiró con los dedos, mientras se disculpaba.
—Perdona por haberme presentado así, sin cita previa, pero es que pasaba por aquí al salir de mi trabajo y…
—¿Pasabas por aquí? ¿Dónde tienes la oficina?
—En la calle Princesa.
—O sea, en el barrio de Arguelles, —puntualizó Lilian, que sarcásticamente añadió—: Pues está bastante lejos de aquí, ¿no?
—Sí, bueno, no, —se embarulló él—. Necesitaba hablar contigo y como por teléfono adoptas una actitud tan extraña conmigo…
—¿Tan extraña?
—Sí, como si fuera yo Jack el destripador. ¿Tienes algún problema psíquico? Me refiero a algún síndrome paranoide.
Experimentó Lilian una irritación sorda al oírle y replicó ácidamente:
—No, no padezco ninguna clase de síndrome paranoico, pero imagino que no habrás aparecido de improviso para someterme a un análisis
psicológico. Si ha sido esa tu intención, te la agradezco, aunque, como no tengo tiempo que perder en tales asuntos, voy a llamar a la secretaria para que te acompañe hasta la puerta.
Se la quedó mirando él con sus claros ojos verdes como si le hubiera desconcertado su explosión de ira.
—¡Vaya!, sabía que tenías mal genio, pero no imaginaba que fueses tan irritable. —Rezongó como para sí. Tomó aire antes de continuar y volvió a retirarse el mechón de cabello que se empeñaba en caerle sobre la frente, a la par que accionaba con la otra mano—. Verás, quería comentarte la cuestión del arrendamiento de mi piso.
Le interrumpió en el acto.
—Ya no tienes que desahuciar a Gabriel García, dado que, como tú mismo viniste a comentarme, ha muerto. Por consiguiente, el contrato que formalizaste con él ha quedado extinguido y puedes ocupar tú ese piso, tal y como deseabas. Eso sí, tendrás que limpiarlo a conciencia antes, porque, cuando lo visité yo daba asco.
Sonrió él con una expresión que parecía indicar que la limpieza del piso le tenía sin cuidado.
—Ya sé que la muerte del inquilino es una de las causas de extinción del contrato de arrendamiento, —la interrumpió—. Aunque no sea una enciclopedia, como tú, no ignoro las cuestiones jurídicas que me atañen, como pareces creer. Lo que vengo a decirte es que he cambiado de opinión.
Ya no quiero vivir en ese piso. Aunque es muy céntrico, me resulta demasiado pequeño, no dispone de ascensor y además no se puede aparcar en la calle en la que está ubicado el edificio. He venido a preguntarte si la chica que vivía con Gabriel García y que es amiga tuya tendría derecho a subrogarse en el contrato que suscribí con él. Victoria no figuraba como inquilina en el contrato. ¿Qué dice la ley a ese respecto?
Le extrañó a Lilian que se refiriera a Mariví por su nombre verdadero en lugar de por el apelativo popularizado entre los familiares y amigos. No recordaba a ninguna persona, a excepción de Gabriel, que la llamara Victoria. Y también le sorprendió que aludiera a ella como si fuera una antigua conocida, pero permaneció con el semblante imperturbable,
jugueteando con el bolígrafo que sostenía entre los dedos y considerando la cuestión con el ceño fruncido.
—Por supuesto que tendría derecho a subrogarse, ya que convivió con Gabriel García como pareja de hecho durante más de los dos años que la ley exige. Lo que no sé es si a ella le interesaría, pero puedo preguntárselo y darte una respuesta.
La imaginó en el calabozo de la comisaría donde se encontraría en esos momentos sopesando las posibilidades de salir con bien del trámite procesal que se avecinaba. Su respuesta a la propuesta de Iván dependería de que el juez decretase su ingreso en prisión o de que sobreseyese la causa por falta de pruebas y acordase su libertad sin cargos, aunque también era posible que, en cualquier caso, no deseara Mariví regresar al escenario que había compartido con Gabriel y en el que había vivido momentos tan difíciles.
Iván aguardaba su respuesta observándola con una fijeza un tanto excesiva, por lo que intentó sonreírle para que no pudiera adivinar el derrotero de sus pensamientos. Si podía evitarlo, nunca sabría por ella el lugar donde se encontraba esa tarde Mariví.
—Se lo diré, —repuso con voz clara—. Le preguntaré si desea subrogarse como inquilina en el contrato que firmó él y te lo comunicaré en cuanto me dé una respuesta. ¿De qué la conoces?
Parpadeó Iván como si su pregunta le hubiese cogido de improviso y vaciló durante unos segundos.
—Pues… pues realmente de nada. Ya te comenté que coincidí con los dos en Navacerrada en varias ocasiones y también, como sabes, con ella durante el fin de semana pasado. De nada, con ella apenas si he mantenido alguna relación, —concluyó con una expresión ensombrecida que no la engañó.
—¿De nada?, ¿por qué quieres entonces que se quede en tu piso? Dudo mucho que sepa ella que tiene ese derecho y si no te comunicara su intención de ejercitarlo en el plazo de tres meses desde el fallecimiento de Gabriel, lo perdería, con lo que podrías alquilárselo a otra persona que te pagara una renta más elevada.
Esbozó él un gesto vago con las manos.
—Ya te ocuparías tú de que no le venciese ese plazo y de que me lo comunicara oportunamente. ¿A qué sí?
—Por supuesto, —replicó escuetamente. Tabaleó con el bolígrafo sobre la mesa e insistió luego, dando a su voz el matiz más indiferente que fue capaz de emitir—. ¿Por qué deseas que ella se quede en tu piso? ¿Porque te cae bien?
—Sí, claro. Es simpática y parece buena persona.
—Y es muy guapa, ¿verdad?
Le sorprendió su pregunta y escrutó nuevamente su semblante como si se estuviera preguntando qué había querido decir.
—No sé si es muy guapa. La última vez que la vi en la sierra en tu compañía parecía otra y me costó reconocerla. Antes iba muy desaliñada.
—¿Antes? ¿Cuánto tiempo hace que la conoces?
—Pues yo diría que varios años…, cinco por lo menos. Ya te comenté que coincidí con los dos en el albergue de Navacerrada donde nos alojamos vosotros y yo el fin de semana pasado. Había heredado yo ese piso, cuando aún vivía en Toledo, de una tía abuela que fue mi madrina y por esa razón, como por entonces no podía habitarlo yo, decidí alquilarlo. Al principio los dos me parecieron muy tratables y durante los primeros años no tuve ningún problema.
—¿Y si vivías en Toledo, cómo conociste a Gabriel y a Mariví en Navacerrada?
Sonrió Iván como si la respuesta fuese obvia.
—Soy muy aficionado al esquí, ya lo sabes, y ellos también. En Toledo no nieva nunca, por lo que no hay ninguna estación en la que se pueda practicar ese deporte y dista pocos kilómetros de Madrid y de Navacerrada.
Con el coche no se tarda más de tres cuartos de hora, por lo que he pasado muchos fines de semana en ese albergue con Irina al principio y después sin ella. Es pintoresco y muy barato, por lo que en varias ocasiones nos citamos allí por teléfono con ellos. Después, cuando empezó a demorarse él en el pago de la renta, se enfrió nuestra relación y dejamos de vernos.
Volvió a sonreír con cierta ironía, observándola con la cabeza ladeada.
—¿Satisfecha? Tengo la sensación de que me estás sometiendo a un cuestionario. No sé cuál es el motivo de que te inspire yo tanto recelo y me
gustaría que me lo aclararas.
—¿Recelo?, —protestó Lilian con fingida inocencia.
—Sí, quizás sea por deformación profesional e interrogues exhaustivamente también a todos tus clientes. ¿O es por otro motivo?
Se acodó ella en la mesa y apoyó la mejilla en la palma de la mano. Para centrarse en el tema que le interesaba sin despertar las sospechas de él, lo más práctico sería que le refiriese parte de la verdad.
—Es por la muerte de Gabriel. La policía nos está investigando a las dos e incluso ha registrado mi casa, aunque no sé qué podría estar buscando. Como tú fuiste a visitarle en el piso que le habías arrendado la misma tarde en que murió, trataba de precisar algún dato que pudiera servir para aclarar lo sucedido.
Se quedó callado Iván sin apartar la mirada de su rostro. A Lilian le recordó su expresión a la del espía ruso de una película que había visto recientemente, que descubría la intrincada trama ideada por la CIA y era asesinado en la última escena.
—¿Qué quieres saber?, —le preguntó al fin.
—Lo que pasó. ¿Llegaste a verle cuando regresaste más tarde al piso en el que vivía?
Meneó él negativamente la cabeza.
—No, no había nadie en la casa. La portera me vio subir la escalera, porque el edificio no tiene ascensor. Encontré abierta la puerta de la casa, pero no había nadie dentro. Al menos no salió nadie cuando les llamé desde el umbral.
—¿Y entraste?
Vaciló con aire de culpabilidad.
—Solo hasta el vestíbulo. Bueno, no, hasta la puerta del salón, —se corrigió—. Conoces el piso, así que recordarás que el vestíbulo es un pequeño pasillo que da paso a un salón por el que se accede al dormitorio, al baño y a la cocina. Decidí no pasar del vestíbulo en el que, por cierto, vi platos rotos esparcidos por el suelo y los restos de lo que había sido una sopera, pero me resbalé nada más entrar en un charco rosado que olía a puré de algo que no llegué a identificar. Estuve a punto de matarme cuando me escurrí en ese charco y aterricé contra la puerta del salón. También estaba
abierta y desde el quicio vi más platos rotos. Pensé que mi inquilino era un guarro además de un moroso, pero como con ese olor se me había despertado el apetito, volví a bajar la escalera y me marché.
—¿Qué hora sería aproximadamente?
—Calculo que alrededor de las diez de la noche.
—¿Y te fuiste a tu casa?
—Sí. Cené inmediatamente un repollo rehogado con pimentón, obra maestra de una vecina que me cuida mucho y que me había sobrado del día anterior, vi un rato la televisión y luego me fui a la cama.
Sus labios se curvaron nuevamente con una sonrisa irónica.
—¿Contenta con mi declaración o deseas hacerme más preguntas?
Se apartó ella la melena de su rostro colocándosela detrás de las orejas e hizo un gesto de asentimiento.
—Sí, quisiera que hicieras memoria y me dijeras si cuando bajaste a la calle viste algo.
—¿Algo como qué? Del atropello no. Solamente un charco oscuro en la calzada a pocos pasos del portal. Lo esquivé prudentemente, me subí a mi coche, que había dejado aparcado bastante más arriba, casi a la altura de la calle San Bernardo, y me marché mascullando maldiciones contra Gabriel García y lo cochinos que eran él y Victoria.
Sonrió ahora Lilian imaginando el estado del piso al que, cuando ella lo había visitado con su amiga y con Fernando Costa, le había encontrado un aspecto muy similar al de una pocilga.
—¿Y aunque te forjaste esa opinión, quieres que Mariví continúe viviendo en él?
Desvió Iván sus ojos hacia la ventana y se quedó mirando cómo la oscuridad del crepúsculo se filtraba a través de los cristales poblando de sombras el despacho. Lilian se apresuró a encender la lámpara que tenía sobre la mesa y él parpadeó deslumbrado al girar la cabeza en su dirección.
Luego esbozó un gesto vago con los ojos guiñados.
—Lo limpiará, supongo. Ella me cae bien.
De improviso consultó su reloj y demostró cierta intranquilidad.
—Te estoy entreteniendo demasiado impidiéndote trabajar, así que ya me marcho.
Le detuvo Lilian con un ademán de su mano. Se sentía incapaz de centrarse en el cerro de asuntos que tenía pendientes y aún le quedaba algo de Iván por averiguar. Necesitaba ver su automóvil y convencerse de que no había rastro de un atropello reciente en su parachoques delantero.
—No, espera. Iba a marcharme ya, pero esta mañana no he conseguido arrancar el coche, por lo que he venido en Metro. Si tienes tiempo y no te ocasiono un trastorno, te agradecería que me acercases a mi casa. Vivo en…
—Ya sé dónde vives, —la interrumpió—. Lo averigüé cuando busqué tu número de teléfono e intenté invitarte a cenar, —y con guasa, le preguntó
—: ¿Por qué no quieres cenar conmigo? ¿Te caigo mal o es porque tengo un apellido ruso?
A su pesar se echó a reír, mientras descolgaba su chaquetón del armario y él la ayudaba a ponérselo.
—No me caes mal. Tienes bastante caradura, pero en el fondo me pareces simpático.
—Entonces, ¿por qué?
Se lo preguntó Lilian a sí misma. No tenía compromiso alguno con Pablo por el momento y la compañía de Iván le resultaba agradable aunque no se fiaba completamente de él. Se parecía demasiado al espía ruso de la película y además había algo en él que no acababa de discernir. Cuando le conoció en el albergue de la sierra había temido que se tratase de Gabriel que le hubiera dado un nombre falso, pero, ahora que sabía que sus sospechas eran infundadas, no había razón alguna para no aceptar esa cita, aunque por el momento y mientras no se resolviese el tema de Mariví, prefería no concertar ninguna.
—No acostumbro a relacionarme con mis clientes, —repuso cuando habían salido ya al pasillo y caminaban en dirección a la antesala.
—¿Y no puedes hacer conmigo una excepción?
Giró la cabeza hacia él, pero no alcanzó a distinguir con claridad su rostro. El pasillo carecía de ventana y la iluminación que disipaba la oscuridad del mismo provenía de la estancia a la que se dirigían.
—No lo sé. ¿Por qué habría de hacerla?
Los últimos metros del pasillo los recorrieron en silencio y pasaron por delante de la mesa de Anita sin pronunciar palabra. Esta levantó la cabeza
del ordenador para observar en silencio el chaquetón que ella llevaba puesto y el bolso que le colgaba del hombro.
—¿Se marcha ya, doña Lilian?
—Sí, si. Tengo cosas que hacer. Hasta mañana.
Les siguió la chica con la vista hasta que cerraron la puerta del piso a su espalda. Habían llegado ya a la calle cuando respondió Iván a su pregunta.
Le pareció a ella que había invertido todos esos minutos en buscar una en su mente que fuese apropiada y convincente.
—Porque me gustaría que nos conociésemos mejor. Hay algo en ti que resulta muy estimulante. Pareces tan competente, tan decidida, tan autosuficiente… Das la imagen de ser capaz de resolver cualquier problema. ¿Me equivoco?
Caminaban ahora por la acera de la calle Miguel Ángel e Iván le señaló un Rover rojo aparcado a pocos metros del portal de su oficina, que habían dejado atrás. El vehículo ostentaba una capa de polvo que agrisaba el color de la carrocería y el parachoques delantero parecía estar impregnado de barro, que impedía distinguir el número de la matrícula.
—¿Es ese tu coche?
—Sí.
—Pues necesita un lavado urgente.
Le sonrió Iván despreocupadamente.
—Por dentro está limpísimo. No te preocupes, que no te mancharás.
Pero no me has contestado.
—¿A qué?
—A lo que te he preguntado. ¿Responde tu forma de ser a la imagen que das?
Lo consideró ella mientras se introducía en el vehículo y llegó a la conclusión de que no se veía a sí misma como Iván ni como la conceptuaba Mariví, que la había descrito de una forma muy similar. Sí creía ser una profesional competente y quizás pudiera calificársela también de autosuficiente, pero distaba mucho de ser capaz de superar cualquier dificultad. Desde que Mariví se presentara en su despacho unos días antes, había sentido un miedo pavoroso en varias ocasiones y aún en las que no
tenía motivos para experimentar esa sensación, percibía algo inquietante a su alrededor que no llegaba a concretarse pero que le producía escalofríos.
—Me parece que me supervaloras, —murmuró, al tiempo que él ponía en marcha el motor—. No me asustan las brujas ni los fantasmas, porque no existen, pero siento tanto miedo como cualquiera ante un peligro real. De hecho, en la sierra, cuando empezó a nevar y se desató aquella tormenta que me obligó a echar a correr y a refugiarme en ese torreón que te tiene entusiasmado, pero que está a punto de derrumbarse, se me pusieron los pelos como escarpias.
Se echó a reír con ganas él.
—Es que te largaste en dirección contraria y te perdí de vista inmediatamente. No se distinguía nada a un metro de distancia, pero supuse que habrías dado media vuelta y regresado al albergue.
—¿Y cómo iba a regresar al albergue si no sabía dónde estaba ese edificio?, —objetó—. ¿Cómo lo averiguaste tú?
Volvió a reírse Iván.
—Pues precisamente por lo que te he dicho, porque di media vuelta, retrocediendo por donde había venido.
—Pero el camino había desaparecido bajo la nieve.
—Sí, pero me oriento bastante bien. ¿Tú no?
Se lo preguntó Lilian a sí misma.
—Supongo que sí, en condiciones normales, pero aquellas no lo eran.
La verdad es que no guardo un recuerdo demasiado grato del fin de semana último.
Se quedó callado Iván, con los ojos fijos en las calles que iban recorriendo. Un surco había aparecido en su frente bajo el mechón de cabello que, como solía ser habitual, le había resbalado sobre las cejas. Se habían detenido en un semáforo en rojo y la luz de una farola iluminó su rostro. Parecía abstraído, como si hubiera ascendido a otra dimensión y flotara entre la nada.
—¿Qué estás pensando?, —le preguntó ella con curiosidad.
—En el fin de semana. Yo sí guardo un buen recuerdo.
Estuvo Lilian tentada de insistir, pero el vehículo acababa de dejar atrás la amplia avenida de Arturo Soria y doblaba la esquina de la calle donde se
ubicaba su casa. Detuvo Iván el coche frente a la verja y dirigió una apreciativa mirada hacia el oscuro edificio que se adivinaba entre los árboles.
—¿Vives aquí?
—Sí.
—¿Y no es demasiado grande esa casa para ti sola?
Se encogió Lilian de hombros.
—Puede ser, pero quería una con jardín porque tengo un perrito. Un cachorro de Golden retriever y en un piso no se puede convivir con un animalito. Hay que sacarlo a la calle tres veces al día y yo no suelo volver a casa al mediodía a comer.
—¿Tienes un perro?, —la interrumpió entusiasmado—. Me encantan los perros. También yo he pensado comprarme una casa con jardín en cuanto me sea posible por la misma razón que tú. ¿Me enseñas tu cachorro?
Será solo un minuto. —Insistió al ver la indecisión que traslucía el semblante de ella.
Se preguntó Lilian por el motivo por el que se resistía a permitirle el paso a su vivienda al hombre que ocupaba el asiento contiguo del vehículo.
Había algo en él que le producía cierta inquietud. ¿Vería visiones o sería por el parecido de Iván con el espía ruso de la película que había visto días antes?
—Está bien, pasa, pero te advierto de antemano que estoy cansada y que no me encuentro con ánimos de recibir visitas.
—De acuerdo, de acuerdo, —se apresuró a aceptar él—. Me enseñas tu cachorro, le hago unas cuantas cucamonas y me despido inmediatamente.
Cronométrame, porque en cinco minutos soy capaz de hacer todo eso.
Seguía riéndose cuando ella abrió la cancela y le precedió por el jardín, iluminado por una luna pálida y tristona, hasta el porche, al que se accedía por tres escalones. Nada más empujar el portón de entrada, salió Peluche a recibirla, brincando, a la par que emitía cortos ladridos. Levantándose sobre sus patas traseras, alcanzó los pantalones de ella y luego los de Iván, al que acogió como si fuera un ocupante más de la casa. Él consultó su reloj de pulsera con un ostentoso ademán.
—Dos minutos, —anunció—. Aún me quedan tres por consumir.
¿Puedo sentarme en el salón durante ese tiempo con esta preciosidad?
Señalándole las puertas de cristales de esa estancia que estaban abiertas, había tomado en brazos al cachorro, que pretendía obsequiarle con unos lametones y Lilian no se atrevió a negarse.
—Vale, pero te quedan solamente tres minutos, así que aprovéchalos.
Se dirigía ya Iván en la dirección indicada, seguido de Lilian, cuando sonó el timbre de la puerta y esta se detuvo en seco.
—¿Quién puede ser a estas horas?, —se preguntó en voz alta—. Son ya las siete de la tarde y no espero a nadie.
—¿Quieres que abra yo?, —se ofreció él retrocediendo sobre sus pasos con el cachorro en brazos.
—No… sí, bueno, hazme ese favor.
En dos zancadas atravesó el vestíbulo y se aprestó a abrir el portón. En el oscuro rectángulo del umbral se destacó la silueta de a un hombre bajito y rechoncho, vestido con un mono azul que llevaba una caja de herramientas en la mano y que se dirigió a Lilian.
—Vengo a arreglarle la reja de la ventana del sótano. ¿No se acuerda que le dije que vendría hoy?
No recordaba ella que hubieran fijado fecha, pero se apresuró a hacer un ademán afirmativo y a indicarle que la siguiera. Le precedió hacia el pasillo, olvidándose momentáneamente de Iván, que se quedó en el vestíbulo con el cachorro en brazos. En compañía del hombre bajó por la escalera que comenzaba al fondo del corredor y que crujía bajo sus pies de una forma alarmante.
—Tiene que arreglar estos peldaños, —refunfuñó el hombre—. Y debe hacerlo cuanto antes si no quiere llevarse un disgusto cualquier día.
Le dejó en el sótano y volvió a subir hasta el pasillo que recorrió para llegar al vestíbulo, donde seguía Iván, en cuclillas tras una de las butacas mientras el cachorro correteaba a su alrededor. Al verla entrar, consultó su reloj y se puso inmediatamente en pie.
—Me marcho. Han transcurrido ya quince minutos, pero no me ha parecido bien largarme por las buenas, sin despedirme, aunque se ha cumplido sobradamente el tiempo que me has concedido.
Se dirigía ya hacia el portón de entrada y con la mano en el picaporte se volvió.
—¿Me darás la contestación de Victoria? Pensaba que la encontraría aquí.
—Pues no, ha salido, —repuso Lilian, imaginándola en el calabozo de la comisaría y preguntándose si habría utilizado a Peluche como excusa para ver a su amiga—. Tenía que hacer unas compras.
—Bueno, es igual. Llámame en cuanto tome una decisión sobre el piso.
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