La coartada
Capítulo 12
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
¿verdad? —Afirmó más que preguntó—. Ya sabe entonces que tiene que estar presente en el registro.
Lo tomó Lilian de sus manos y apenas si le dirigió una rápida mirada.
—De acuerdo, pero tendrá que decirme antes a qué obedece la orden judicial así como la presencia de ustedes en mi casa.
El secretario le indicó con un gesto el documento que le había entregado.
—Ahí se lo aclara. Doña Victoria Díaz pudiera estar implicada en el homicidio de don Gabriel García. Buscamos en esta casa indicios que puedan servir para su descubrimiento y comprobación. ¿Quieren designar a un letrado para que esté presente? Pueden hacer esa llamada.
Absolutamente desconcertada, le supuso a Lilian un verdadero esfuerzo reprimir un exabrupto cuando las palabras del secretario llegaron a hacerse inteligibles en su cerebro.
—No necesitamos ningún letrado más. Me basto y me sobro para actuar como defensa de las dos y para controlar el cometido que van a realizar.
¿Por dónde quieren comenzar?
Le sonrió el secretario como pidiéndole disculpas.
—Por el dormitorio de doña Victoria. ¿Dónde está?
—En la planta de arriba.
—Tienen que acompañarnos.
—Por supuesto. Vamos.
Les precedió escaleras arriba con Peluche enredándosele entre las piernas. La seguía Mariví, junto al secretario judicial, más ágil de lo que su aspecto permitía suponer, y los dos policías cerraban la marcha comentando algo por lo bajo que Lilian no alcanzó a oír. No solía entrar en el dormitorio de su amiga, porque daba por supuesto que esta se ocuparía de mantenerlo en orden, ya que su limpieza diaria corría a cargo de Leocadia. Por eso se sintió avergonzada cuando desde la puerta vio la cama sin hacer, pese a que eran las seis de la tarde, y enredos por todas partes. Al policía corpulento no pareció importarle. Portaba una especie de linterna que emitía una luz azulada y con la que, después de que bajara la persiana y dejara el cuarto en la oscuridad, fue examinando la ropa que aparecía amontonada en la butaca, la que colgaba de la barra de su armario, las zapatillas y los dos pares de zapatos de que disponía la chica, así como las botas que había llevado a la sierra. Los de tacón que le había comprado ella no debieron decirle nada al policía corpulento, porque los dejó inmediatamente de lado. Pareció
interesarse en cambio por los zapatones que llevaba la mañana en la que se personó en su despacho con el semblante desfigurado. Le comentó algo por lo bajo al policía jovencito, que extrajo de un maletín que portaba una bolsa de plástico transparente y los introdujo dentro. Llamó después la atención del corpulento los ajados pantalones de lanilla que vestía esa misma mañana. Pendían de la barra del armario y los descolgó para examinarlos concienzudamente con su linterna y guardarlos igualmente en otra bolsa.
Demasiado bien conocía Lilian el significado de la operación que estaban realizando y empezó a sentir que el corazón le latía desacompasadamente dentro del pecho. Mariví, en cambio, les veía hacer con los ojos desmesuradamente abiertos y expresión estúpida. No había vuelto a hacer intención de utilizar esas prendas desde que se había ido a vivir a su casa. Tanto los pantalones como los zapatos eran viejos, feos y estaban sumamente deteriorados, por lo que cuando Lilian le había comprado ropa nueva los había arrinconado dentro del armario y si no los había tirado había sido probablemente porque las dificultades económicas por las que había atravesado le habían enseñado a valorar exageradamente las cosas y a aprovecharlas aun cuando reclamaran a gritos que se las arrojara a la basura.
Levantaron también los policías el colchón, el cojín de la butaca, el cajón de la mesilla y los del armario, así como la alfombrilla de pie de cama y los fueron colocando en el lugar que les correspondía, de manera que la habitación presentaba mejor aspecto ahora que cuando habían comenzado el registro. Después el policía corpulento se dirigió a Lilian.
—¿Podemos pasar ahora a su dormitorio?
—Por supuesto, —repuso esta con fingida indiferencia, como si estuviera acostumbrada a recibir a diario la visita de la policía con idéntica finalidad—. Vengan por aquí.
Les precedió hacia el pasillo y les condujo seguidamente hacia el dormitorio contiguo, provisto de una cama de matrimonio, cubierta por una colcha blanca, una mesilla y un armario empotrado, todo ello perfectamente ordenado, por lo que no emplearon en registrarlo más de media hora. Se pasearon después por toda la planta, compuesta por dos dormitorios más, totalmente desamueblados, y dos baños y bajaron a continuación a la planta
baja que revisaron también concienzudamente y finalmente bajaron al sótano a repetir la misma operación.
Ya de vuelta en el vestíbulo, el secretario judicial rellenó un impreso que llevaba en la mano y se lo tendió a Mariví, así como otro similar a Lilian.
—Tienen que firmarlo, —les indicó.
—Por supuesto, ya lo sé —replicó ella en tono poco amistoso, devolviéndoselo suscrito e indicándole a la otra que efectuara lo mismo.
Poco después se marchaban y Mariví se dirigió angustiada a Lilian.
—¿Por qué se han llevado mis pantalones y mis zapatos bajos? Están muy viejos, pero todavía podría usarlos en casa. ¿Me los devolverán?
Habían retrocedido las dos hasta el salón y Lilian, sin contestarle, se dejó caer en el sofá como si estuviera mortalmente cansada. Luego se dirigió a su amiga que había ido a tomar asiento en la butaca de enfrente y que la miraba con sus grandes ojos color violeta muy abiertos.
—Tienes que contarme Mariví, exactamente qué fue lo que pasó, ¿me entiendes? ¿Sabes lo que quiere decir “exactamente”?
—Sí,… claro, —articuló a duras penas la chica—. Creo que te lo he referido varias veces. ¿Qué es lo que quieres?, ¿que lo repita de nuevo?
—No, quiero que me digas la verdad punto por punto. ¿Sabes por qué se han llevado los policías tus pantalones y tus zapatos bajos?
Con expresión de absoluto desconcierto negó con la cabeza, agitando a su compás su cobriza melena.
—No, ¿por qué?
—Porque han detectado manchas de sangre en ambos artículos. Se las han llevado para analizar esas manchas y si la sangre coincide con la de Gabriel, pues…
La expresión de desconcierto fue dejando paso a otra de pavor.
—¿Me incriminarán si coinciden con la de él?
—Por supuesto, a no ser que podamos demostrar que no tienen nada que ver con la agresión que le causó la muerte y eso no es demasiado sencillo.
¿Qué fue lo que pasó? ¿Se cortó con un cuchillo, cuando aún estabais los dos en vuestra casa y te cayeron algunas gotas de sangre en los zapatos y en
los pantalones o…? Quiero que me digas si esas manchas de sangre pueden ser de Gabriel.
Se quedó mirándola Mariví como alucinada.
—¿Estás pensando que le maté yo?
—No estoy pensando nada… aún, —repuso después de tomar aire y de procurar que su voz sonase normal—. Necesito saber qué pasó para poder defenderte en el caso de que sea necesario. Para que pueda defendernos a las dos, porque al parecer sospecha la policía que yo te he estado encubriendo con los mensajes que recibí a mi móvil y que cree que me los envié a mí misma.
—¿Y para qué habías de haber hecho semejante cosa?
—¿Que para qué?, —dejó escapar Lilian una risita, pero no sonaba a risa, sonaba más bien a una especie de burla sardónica de sí misma—. Está claro que la policía cree que he podido estar encubriéndote. No cabe duda de que el autor de la muerte de Gabriel se ha procurado a mi costa una coartada, simulando que este aún estaba vivo y me amenazaba por el móvil cuando había muerto ya. ¿No lo entiendes?
—¿Una coartada?, —repitió Mariví en tono interrogante y con expresión estúpida—. ¿Y para qué?
—¿No sabes lo que es una coartada?, —se impacientó ella.
—Claro que sí. Claro que sé lo que es una coartada. ¿Pero qué tiene todo eso que ver con las manchas de sangre que dices que han detectado esos policías en mi ropa y en mis zapatos? Estoy segura de que lavé los pantalones en la lavadora en cuanto me trajiste otros nuevos y que los zapatos los limpié también. No lo entiendo.
La envolvió Lilian en una mirada de conmiseración.
—Lo que traía la policía es un visor nocturno, —le explicó—. Es una especie de linterna con un filtro especial de luz azul que es capaz de detectar la presencia de sangre. Habrán llevado ahora esas prendas tuyas a su laboratorio y las someterán a la prueba del luminol.
—¿Y eso qué es?
—Es una solución química especial que puede detectar la sangre del pantalón, aunque lo hayas lavado con detergente. Se requiere completa oscuridad para hacer la prueba, por eso se lo han llevado.
—¿Quieres decir que aunque lavé los pantalones pueden descubrir esas manchas?
—Sí. Si la sangre es tuya, no tendremos de qué preocuparnos, pero si es de Gabriel…
—¿Me acusará a mí de asesinato y…?
—No necesariamente. Pueden acusarte simplemente de homicidio si lo perpetraste tú y fue accidental, pero es indispensable que me digas la verdad. Que me cuentes exactamente qué fue lo que pasó esa noche. A ti podrían imputarte la autoría del crimen y a mí del encubrimiento de ese delito por simular que recibía unos mensajes al móvil que en realidad me los enviaba a mí misma para procurarte una cortada, ¿lo entiendes?
—¿De encubrimiento? Creo recordar que no es un delito muy grave.
¿Es muy grave?
Se encogió ella evasivamente de hombros.
—Lo suficientemente grave como para ir a la cárcel en determinados casos, entre el que se encuentra el que podrían achacarme. ¿Pero quieres empezar de una vez a contarme punto por punto lo que pasó?
Se acurrucó Mariví en el sofá con las rodillas abrazadas y la cabeza baja, con la melena ocultándole parte del rostro.
—Verás, sucedió la noche anterior al día en que me presenté en tu despacho. Gabriel apareció a la hora de cenar completamente borracho y…
La interrumpió Lilian alargando una mano hacia ella.
—No, empieza por el principio. Esa tarde tuviste varias visitas.
—Tienes razón, —reconoció la otra levantando la mirada hacia ella—.
A eso de las seis de la tarde sonó el timbre de la puerta y le abrí a un hombre.
—A Iván Vasiliev, ¿no?
—No, ese llegó después. Primero apareció uno que se llama Juan González y que venía a ver a Gabriel, porque había quedado con él en nuestra casa. Le dije que no estaba y que no llegaría hasta la hora de la cena. No debió de creérselo, porque insistió mucho en que tenía que encontrarle e incluso me empujó y entró en el dormitorio buscándolo.
Cuando se convenció de que había salido, me advirtió de que regresaría más
tarde, porque Gabriel le debía una suma considerable de dinero que le había prestado para que apostara en las carreras de caballos.
—¿Era un hombre joven, más bien alto y muy moreno?
—Sí, mantenía una cierta amistad con Gabriel. Habíamos coincidido alguna vez con él en el albergue de la sierra donde nos alojamos el fin de semana pasado. Gabriel era muy aficionado al esquí y fuimos allí a menudo cuando sus negocios le iban bien.
—Quieres decir cuando acertaba alguna apuesta en las carreras, ¿no?,
—apuntó ella irónicamente.
—Bueno, sí, reconoció algo avergonzada.
—Está bien, continúa.
—Pues… pues eso. Gabriel y Juan intimaron bastante, pero en los últimos tiempos le esquivaba.
—¿Quién esquivaba a quién?
—Gabriel esquivaba a Juan.
—¿Y qué más pasó?
—Que al poco volvió a sonar el timbre y como pensé que podía tratarse de Juan González que regresaba furioso, miré por la mirilla. No era Juan.
Era un ruso al que habíamos conocido también en el mismo albergue y que antes de que me fuera a vivir con Gabriel le alquiló a este el piso de la calle Malasaña que conoces.
—Era Iván Vasiliev, —puntualizó Lilian—. Pero no es ruso. Es de Toledo y está satisfechísimo de serlo.
—Vale, pues toledano, —admitió dócilmente—. Es un tipo sumamente atractivo. Muy alto y con facciones de eslavo, aunque es muy moreno, pero tiene un genio de mil demonios. En otra ocasión anterior le chilló a Gabriel, porque no le pagaba la renta del piso y hasta le amenazó.
—¿Con qué le amenazó?, —trató de averiguar ella inquisitivamente, diciéndose que quizás pudiera utilizar las palabras que pronunciara en descargo de la otra, si llegaba el caso.
Mariví se mordió dubitativamente los labios.
—Le amenazó con… con pegarle un puñetazo en el estómago, —
recordó haciendo un esfuerzo.
—¿Solo con el puñetazo? ¿No le amenazó de muerte?
—No, no. Con un puñetazo y con echarle de nuestra casa.
—Continúa.
—Esa tarde me chilló a mí también. Me dijo que iba a buscar un abogado y que nos pondría a los dos de patitas en la calle. No le permití pasar del vestíbulo y se marchó como un energúmeno, asegurándome que volvería más tarde.
—¿Y volvió?
—No lo sé. En cuanto se largó, me fui a la cocina a preparar la cena y al poco apareció Gabriel borracho como una cuba. Mientras se tomaba la crema de calabaza que había preparado yo, tuve la ocurrencia de comentarle las dos visitas que habían aparecido esa tarde y entonces se puso como una fiera. Se levantó y estampó la sopera contra la pared y los platos que estaban sobre la mesa los arrojó en todas direcciones. Acostumbraba a reaccionar de forma similar cuando bebía y la semana anterior había destrozado ya la vajilla en la que comíamos, por lo que había tenido que salir a comprar otra en un saldo. Como no disponíamos de más platos, intenté impedírselo. Entonces estrelló los que quedaban contra los muebles de la cocina, contra el suelo, por todas partes, y luego me arrinconó contra la lavadora y empezó a sacudirme bofetadas hasta que me caí al suelo.
Desde allí me arrastró hasta el vestíbulo dándome patadas y cuando conseguí ponerme en pie, intentó estrangularme, pero le acerté en los genitales de un rodillazo, por lo que no tuvo más remedio que soltarme y resbaló en el charco formado por la crema de calabaza, instante que aproveché para abrir la puerta del piso y bajar corriendo la escalera. Me siguió con un cuchillo en la mano, tropezando en todos los escalones, porque estaba tan borracho que apenas si se tenía en pie, pero en el portal estuvo a punto de alcanzarme. Entonces salí corriendo a la calle y conseguí cruzar a la acera de enfrente. Lo intentó él, pero un coche que bajaba por la calzada le arrolló.
—¿Le arrolló accidentalmente?
—Sí, claro que sí. Fue un accidente.
—¿Y ese accidente tuvo lugar en la calle Malasaña?
—Sí, a pocos metros del portal de mi casa.
—Ya,
—musitó
inexpresivamente
Lilian.
Y
adoptando
inadvertidamente el gesto inquisitivo de los fiscales en los juicios penales en los que había actuado como defensa del acusado de turno, le preguntó—:
¿Y cómo es que si el atropello tuvo lugar en la calle Malasaña, apareció el cadáver en el jardín de un chalet abandonado de Ciudad Lineal, a mucha distancia de tu barrio?
Mariví tardó en contestar. Se la había quedado mirando como atontada con los labios entreabiertos y expresión de desconcierto.
—Pues… pues no lo sé. Yo eché a correr y…
—No echaste a correr, —la corrigió Lilian implacable—. Si te manchaste el bajo de los pantalones y los zapatos con la sangre de Gabriel, necesariamente tuviste que acercarte a él, que estaría caído en la calzada.
Acabas de decir que tú te habías subido ya a la acera de enfrente. Si vuelves a mentirme, no aceptaré tu defensa, en el supuesto de que sea necesario.
Se mordió Mariví nuevamente los labios.
—Bueno, sí, me aproximé a él. Estaba en el suelo, en la calzada, pero no le toqué, ni siquiera llegué a cerciorarme de si había muerto. Estaba aterrada, ¿no lo entiendes?
—Claro que lo entiendo y podríamos alegarlo como atenuante si te imputaran el crimen.
—¿A mí? —Mantenía la chica la vista fija en ella como si no entendiera sus razonamientos—. ¿Por qué habrían de hacer tal cosa? No sé conducir, no tengo coche y… yo no le maté. Te aseguro que yo no le maté.
—Vale, vale, —admitió condescendientemente Lilian—. Quedamos en que no fuiste tú. Sigue.
—Pues eso. Como ya te he comentado en otras ocasiones, eché a correr por la calle hasta que llegué a un hostal barato, donde alquilan habitaciones y allí pasé la noche.
Desconfiadamente, Lilian analizó las facciones de su amiga y su gesto de culpabilidad.
—¿A qué hostal fuiste?
—¿Cómo que a qué hostal? No me acuerdo de cómo se llama.
—Ni sabes tampoco si estaba en la calle Malasaña, en la de Divino Pastor o en la Plaza del Dos de Mayo, ¿verdad? El hostal apareció de pronto
ante tus ojos como por arte de magia.
—Es que estaba muy asustada, ¿no lo entiendes? No me encontraba en condiciones de reparar en esos detalles.
—¿No? pues es una lástima, porque en todos esos establecimientos hay un libro registro donde se toma nota de los huéspedes cuando pretenden alojarse y estos estampan su firma en ese libro antes de que se les entregue la llave de la habitación, así que haz el favor de hacer memoria, porque te lo va a preguntar el fiscal con toda seguridad. Si no puedes acreditar esa circunstancia, es más que probable que consideren que todo lo que has declarado es mentira también.
Al comprobar que la chica no era capaz de responderle, insistió ceñuda:
—¿Dónde pasaste la noche, Mariví? ¿Y quién era el tipo que atropelló a Gabriel? ¿Le conocías?
Negó la chica con la cabeza, pero no engañó a Lilian.
—De modo que sí le conocías. ¿Quién fue?
Los ojazos de la chica se cuajaron de lagrimones y algunos comenzaron a rodarle por las mejillas.
—No lo sé. Era de noche y estaba oscuro. Solo vi los faros, que me deslumbraron. Eché a correr sin volver la cabeza.
—Y te fuiste a dormir a un hostal que no existe. ¿Por qué no regresaste a tu casa?, si Gabriel no era ya una amenaza para ti, puesto que había dejado de existir.
—Yo no sabía que había muerto, —alegó la chica emitiendo un sollozo
—. Le vi en el suelo y me acerqué, pero no llegué a tocarle.
—¿Y el conductor del coche no se bajó a comprobarlo?
—No lo sé, ya te he dicho que eché a correr.
—Y yo ya te he dicho que eso no es verdad. Me has contado una sarta de patrañas desde la mañana en la que apareciste en mi despacho y me gustaría que al menos me explicaras por qué me elegiste a mí. Y no me digas que a la mañana siguiente de que ese desconocido atropellara a Gabriel te acordaste de que tenías una amiga que es abogado y te presentaste en su despacho para pedirle que presentara una denuncia por violencia de género contra un hombre que ya había muerto. ¿Puedes
decirme que fue lo que te impulsó a hacer ese absurdo o tampoco te acuerdas?
Emitió Mariví un sollozo y luego se echó a llorar desconsoladamente.
—¿Por qué no me crees?, —logró articular entre hipidos—. Te estoy diciendo la verdad. Yo no le maté.
—Esperemos que opine lo mismo la policía en primer lugar y después el juez que instruya el sumario —murmuró ella como para sí misma—. Me refiero al orden cronológico. Si la sangre de tu ropa coincide con la de Gabriel lo vamos a tener muy crudo.
—¿Pero tú crees que…? —balbuceó entre sollozos.
—No lo sé. ¿Te cortaste con los platos rotos? O mejor aún, ¿se cortó él con la sopera, con un cuchillo, se cortó en la cocina con algo?
Otro hipido fue la única respuesta de Mariví, a la que le costó encontrar las palabras para responderle:
—No lo sé. ¿No comprendes que me estaba abofeteando, que intentó estrangularme, que estaba como loco? Eres tan absurdamente normal, que no eres capaz de entender los horrores que nos han sucedido a los que no somos tan afortunados como tú.
Se lo decía acusadoramente y por primera vez se preguntó ella si tendría razón al conceptuarla de esa manera. En ese momento no se consideraba en absoluto afortunada y no solo por verse obligada a defender a una amiga.
También podía verse involucrada ella si la policía no era capaz de encontrar una explicación verosímil a los mensajes que había recibido en su móvil y era acusada de encubrir a Mariví simulándolos. Pero quizás se estaba anticipando y debería esperar al resultado del luminol. Casos difíciles, que luego habían resultado no serlo tanto, había tenido muchos y cabía dentro de lo posible que el que la estaba angustiando en ese momento fuera uno más y que las manchas en los pantalones y en los zapatos de su amiga obedecieran a una causa inocua.
Pero no acertó en estas últimas consideraciones.
A la mañana siguiente no consiguió arrancar el coche. Estaba tan nerviosa que ahogó el motor tras sus repetidos intentos de ponerlo en marcha pisando a fondo el acelerador. Pese a que como siempre había guardado el vehículo en el garaje, acusaba la helada nocturna que se había
filtrado por las rendijas del portón y la inquietud de su propietaria, que finalmente y tras desahogarse mascullando unos cuantos improperios, se decidió a tomar el Metro.
Se encontraba ya en su despacho comentando con Pablo los incidentes que habían tenido lugar la tarde anterior. Este parecía preocupado y se había sentado en el borde de uno de los sillones de los clientes, cuando la lucecita roja del aparato telefónico que tenía sobre la mesa comenzó a destellar intermitentemente, por lo que descolgó aprensivamente el auricular, llevándoselo al oído. La voz de Anita denotaba la agitación que experimentaba.
—Lil, te llama tu amiga, la maltratada, y dice que es muy urgente. Que la policía ha ido a tu casa a detenerla. Te la paso.
Sintió Lilian como si un aldabonazo la golpeara en el pecho al escucharla, aunque logró con un esfuerzo ímprobo que su voz sonara clara y aparentemente tranquila al dirigirse a su amiga.
—Mariví, ¿qué pasa?
Le costó entender los balbuceos de la otra, pese a que no expresaban otra cosa que lo que tanto había temido desde la tarde anterior.
—Tienes… tienes que venir, Lil. Está aquí… está aquí la policía.
—Sí, ¿por qué?
—Porque dice que esa prueba de la que me hablaste ha dado positiva y que tengo que acompañarles a la comisaría.
—Sí, sí, voy ahora mismo. ¿Te han informado de tus derechos?
Le respondió un sollozo de la chica.
—Sí y me han aconsejado que no diga ni una sola palabra.
Sonrió Lilian a su pesar, preguntándose cómo podría Mariví haber olvidado todo lo que habían estudiado juntas años atrás.
—Te habrán advertido que todo lo que digas podrá ser usado en tu contra. ¿Es de eso de lo que te han informado?
—Pues… no lo sé. Puede que sí. ¿Vas a venir?
—Por supuesto. Salgo ahora mismo para la comisaría que lleva la investigación de este caso, no te preocupes.
Pablo había escuchado en silencio y sin moverse de la butaca la conversación que había mantenido con la chica y se levantó al verla
dirigirse apresuradamente a recoger su chaquetón del armario empotrado.
—¿Qué pasa?, ¿han detenido a tu amiga?
—Sí, la prueba del luminol ha sido positiva y la acaban de detener. Voy ahora mismo a la comisaría a asistir al interrogatorio policial.
La detuvo él con un ademán.
—¿Quieres que vaya contigo? Puedo ocuparme yo, si quieres. Es difícil defender a un ser querido, porque no se suele razonar con la cabeza fría y tú te has involucrado demasiado. ¿Quieres que vaya yo?
En pie frente a ella, le estaba obstaculizando el paso, por lo que le apartó a un lado no sin antes esbozar un amago de sonrisa.
—Gracias, pero no es preciso… por el momento. Para asistirla en la comisaría no hace falta ser ningún cerebro, porque a los abogados no nos permiten formular alegato alguno, pero gracias de todos modos. Voy a aconsejarla que se acoja a su derecho a no declarar ante la policía. Así podré asesorarla en la entrevista privada que solicitaré a continuación. Debí hacerlo anoche, pero no pensé que los acontecimientos se iban a desarrollar con tanta rapidez. Y… me voy. Hasta luego.
La siguió él con la mirada cuando abrió la puerta y salió al pasillo con una chispita de admiración en sus ojos castaños, que ella no llegó a captar.
Tampoco atendió a las preguntas de Anita cuando pasó por delante de su mesa camino de la puerta de salida del piso. Su atención estaba concentrada en la diligencia policial en la que debía intervenir y ni tan siquiera reparó en los transeúntes con los que se fue cruzando por la calle.
En la comisaría, un policía la condujo directamente al despacho del Instructor, un hombre de mediana estatura y prematuramente calvo que la recibió deferentemente, poniéndose en pie tras su mesa y señalándole un asiento frente a ella. A la derecha de esa mesa vio al que iba a actuar como Secretario, preparado para materializar por escrito el contenido de la diligencia y un instante más tarde dos policías jóvenes se presentaron trayendo entre los dos a Mariví. Vestía esta los pantalones oscuros y el jersey color turquesa que le había comprado ella y su ondulada melena cobriza le resbalaba hasta media espalda cubriéndole también parte del rostro. Pese a su expresión, entre angustiada y compungida, la chica no podía resultar más atractiva, lo que el Instructor no pareció advertir. La
observó con marcada indiferencia y sin invitarla a tomar asiento le señaló su mesa para que se acercara a ella y en pie le preguntó:
—¿Se llama usted…?
—María Victoria Díaz Merchán, —repuso esta con un hilo de voz.
—¿Y de dónde es natural? —Como ella no pareció entenderle le aclaró
—: Le pregunto que donde ha nacido.
—¡Ah!, en Madrid.
—¿Y dónde vive?
Le dio ella la dirección de la calle Malasaña entre dos hipidos y el Secretario se apresuró a tomar nota, mientras el Instructor permanecía impasible.
—Pero desde que abandoné a Gabriel me trasladé a casa de Lil, —le aclaró señalándola.
—¿A casa de su letrada?
—Sí, solicitamos una casa de acogida, pero no había ninguna disponible, así que por el momento decidimos las dos que me alojara en su casa. Somos muy amigas. Estudiamos la carrera de Derecho juntas y ella me hizo ese favor, que nunca podré agradecerle bastante.
Dejó escapar otro hipido al terminar la última frase y el policía se rebulló incómodo en su butaca.
—¿Y cuál es su estado civil?, —le preguntó inexpresivamente.
—Soy soltera, —repuso sin vacilar—. Gabriel y yo éramos pareja de hecho.
—¿Inscrita?
—No, no, simplemente vivíamos juntos desde hace cinco años. A Gabriel le horrorizaban los formalismos jurídicos.
Dirigió el policía una disimulada mirada al papel que tenía sobre la mesa, en el que sin duda figuraban las preguntas que debía formularle y continuó:
—¿Ha sido usted procesada anteriormente?
—No, no, claro que no.
Se acodó el policía sobre la mesa y la miró de frente.
—Bien, haga el favor de referirnos lo que sucedió el domingo, veintiocho de febrero último. Según el informe del forense, don Gabriel
García murió esa noche a consecuencia del atropello de un coche.
En demanda de auxilio desvió Mariví la mirada hacia Lilian, que, sentada a su lado, permanecía en silencio y que se aprestó en el acto a intervenir, sin permitirle contestar a la pregunta del instructor.
—Mi cliente se acoge a su derecho a no declarar en este trámite.
Al suspiro de alivio de su amiga se unió el gesto de impaciencia del policía.
—En ese caso, hemos terminado, —murmuró este, que dirigiéndose a Mariví, añadió—: Volverá ahora al calabozo y en setenta y dos horas pasará usted a disposición judicial.
—¿Puede precisarme con mayor exactitud cuándo tendrá lugar esa diligencia?, —insistió Lilian.
El hombre consultó unos papeles que tenía sobre la mesa e hizo un gesto de asentimiento.
—Probablemente pasado mañana, a primera hora. Déjeme su número de teléfono y se lo confirmaremos.
—De acuerdo, pero antes quiero mantener una entrevista con mi cliente.
En privado, —puntualizó secamente.
El Instructor se puso cansinamente en pie y se dirigió hacia la puerta, empujando a los dos policías jóvenes hacia el pasillo.
—Está bien. Tiene cinco minutos.
En cuanto cerraron la puerta a su espalda, Mariví se dirigió a Lilian con los ojos cuajados de lagrimones.
—¿Por qué no has querido que declarara aquí, ante la policía?
Probablemente me hubieran mandado a mi casa, mejor dicho, a la tuya. Yo no atropellé a Gabriel, te aseguro que yo no le maté. Ahora me meterán en un calabozo durante al menos dos días, ¿verdad?
—Sí, pero hubiera sido peor que dijeras alguna tontería, —replicó Lilian—. Cuando declares en el juzgado tienes que relatarle al juez la paliza que te dio Gabriel y en general todo lo que sucedió esa tarde, es decir, las dos visitas que recibiste, lo borracho que llegó él y como se desarrollaron los hechos. Es importante que llores de cuando en cuando. Como eres una llorona, no te supondrá ninguna dificultad y así el juez podrá hacerse una
idea acertada de lo asustada que estabas cuando saliste del piso corriendo y te lanzaste escaleras abajo.
Asintió Mariví pensativamente con una sombra de inquietud oscureciendo su bonito semblante.
—Sí, y cuando me pregunte él o el fiscal cómo me manché el bajo del pantalón y los zapatos con la sangre de Gabriel, ¿qué digo?
—Que tropezaste con el cuerpo caído en el suelo y que luego seguiste corriendo calle arriba, hacia la de San Bernardo. Que por esa razón, como no sabías que había muerto a consecuencia del atropello, no te atreviste a volver a vuestro piso y que a la mañana siguiente viniste a pedirme asesoramiento jurídico a mí. Repite constantemente que estabas aterrorizada.
—Es que lo estaba.
—Ya lo sé.
—Y si me preguntan que dónde pasé esa noche, ¿qué digo?
—¿Dónde la pasaste?, —le preguntó Lilian inquisitivamente.
Se mordió los labios cavilosamente.
—No sé si decírtelo. Eres tan puritana…
—¿Soy puritana?, —se extrañó ella.
—Sí y te va a parecer fatal.
Sonrió Lilian a su pesar.
—Me da lo mismo lo que hicieras. Lo único que me importa es sacarte con bien de este asunto, ¿no lo entiendes? Así que dime dónde pasaste la noche.
Se apartó la otra la melena de su rostro y adoptó una expresión contrita.
—Estuve con un hombre, —musitó al fin.
—¿Con otro hombre?
—Sí, claro. Con otro con el que me veía desde el mes anterior.
—¿Y dormiste en su casa?
—Sí.
Lilian dejó escapar un suspiro de alivio.
—Estupendo. Podrá testificarlo y así dejaremos constancia de que le tenías tanto miedo a Gabriel que no te atrevías a regresar a vuestro piso.
¿Crees que estará dispuesto a declararlo así?
Meneó Mariví la cabeza en sentido negativo.
—No, estoy segura de que no querrá testificar.
—¿Por qué?
No respondió la chica y Lilian se la quedó mirando fijamente escudriñando su expresión y tratando de averiguar lo que pasaba por su mente. Como un relámpago cruzó la respuesta por su cerebro y parpadeó desconcertada ante el descubrimiento.
—Fue él, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir?
—Que fue ese hombre el que atropelló a Gabriel, ¿no es así? Se enteró este de que habías iniciado alguna clase de relación con ese tipo y por esa razón te agredió esa noche hasta el extremo de pretender estrangularte o clavarte un cuchillo. ¿A que fue así?
Bajó Mariví la cabeza y su larga melena le ocultó el rostro sin que ella tratara de impedirlo.
—Bueno… sí. Nos había visto por la calle esa mañana cuando terminé de trabajar limpiando el edificio de oficinas para el que me habían contratado. Él me acompañaba al principio y solía invitarme a una cerveza.
El caso es que más tarde se convirtió en una costumbre y finalmente… Era tan distinto de Gabriel, tan educado…
—Y finalmente tuviste una aventura con él.
—Sí, no soportaba ya a Gabriel, quería abandonarle y estaba planeando el mejor medio. Esa tarde, después de que apareciera Juan González a reclamarle su deuda y se marchara, empecé a hacer la maleta y cuando estábamos cenando, se lo dije. Entonces fue cuando estrelló la sopera contra la pared y se empecinó en arrojar los platos en todas direcciones. Luego me dio de bofetadas, me tiró al suelo, me arrastró por la cocina y… y ya te lo he contado. Salí corriendo y bajé a toda prisa la escalera.
—Y ese hombre te estaba esperando en la calle, en su coche.
—Sí.
—Y al ver que Gabriel te perseguía, le atropelló.
—Sí, creo que sí.
—¿En la calle Malasaña?
—Sí.
—¿Y qué pasó después?
Vaciló ostensiblemente Mariví. Se apartó la melena de su rostro, luego consultó su reloj de pulsera y finalmente se encogió sobre sí misma como un conejo asustado.
—Pasó que me fui a su casa y dormí allí, —repuso con voz apenas audible.
—¿Es soltero?
—Sí, sí.
—¿Pensabas casarte con él?
Se encogió de hombros.
—No, no lo sé.
—De momento querías cambiarle por Gabriel.
—Sí.
Pasó cansadamente Lilian una mano por su frente como si quisiera poner en orden y colocar en el lugar correspondiente de su cabeza lo que Mariví acababa de referirle para acoplarlo a lo que debía declarar esta en el juzgado.
—¿Y qué hicisteis con el cuerpo de Gabriel?, —le preguntó sin apartar la mirada de su rostro—. ¿Lo metisteis en la maleta del coche y lo transportasteis hasta la casa abandonada donde apareció?
—Sí, —repuso Mariví en un susurro.
—Y así fue como te manchaste con su sangre el bajo de los pantalones.
—Sí.
—Y a la mañana siguiente te presentaste en mi despacho con el chaquetón que habías dejado dentro de tu piso y con el bolso que habías colgado en el perchero, así que volviste a recogerlos, porque hacía un frío de cuidado.
—No, no. Los recogió él.
—¿El hombre que atropelló a Gabriel?
—Sí, a mí me hubiera visto la portera.
—Ya, —admitió ella—. Y ese lunes apareciste en mi despacho a contarme un bonito cuento y a pedirme que presentara contra Gabriel una denuncia por malos tratos, pese a que ya había muerto. ¿Por qué?
—Eso no viene a cuento ahora, —protestó bajando nuevamente la cabeza y fijando sus ojos en la punta de sus dedos—. Sobre ese tema no se va a interesar el juez. Lo que quiero que me digas qué es lo que debo contestar cuando me pregunte en qué lugar pasé la noche. ¿Crees que debo responder que volví a mi piso?
—No. Tienes que aparentar que no sabías que Gabriel había muerto.
Tienes que declarar que le atropelló un coche que bajaba por la calle Malasaña y tropezaste con su cuerpo caído en el suelo. Como estabas aterrorizada pensando que podía levantarse e intentar de nuevo estrangularte, echaste a correr calle arriba y pasaste la noche escondida en un portal que encontraste abierto. ¿Recuerdas si hay algún edificio en esa zona con un portal donde pudieras haberte refugiado?
Lo consideró Mariví con el ceño fruncido.
—Pues en este momento, no.
—Es igual. Di que entraste detrás de una pareja que abrió la puerta con su llave, fingiendo que vivías también en el edificio. Que te acurrucaste en el suelo detrás de una columna y que cuando amaneció te paseaste por la calle hasta que se hizo la hora oportuna de presentarte en mi despacho.
—De acuerdo, ¿pero si miento no podrán acusarme del delito de perjurio?
Aunque la situación en la que se encontraba Mariví no era precisamente para tomársela a broma, Lilian se echó a reír.
—¿Estás segura de que estudiaste la carrera de Derecho? Debes entonces de sufrir amnesia. En España no existe el delito de perjurio, sino el de falso testimonio que, como su nombre indica, pueden cometerlo los testigos cuando perjudican al acusado con una declaración falsa de los hechos. El acusado, por el contrario, no está obligado a decir la verdad, a él ni siquiera se le exige juramento. Puede, por consiguiente, guardar silencio o contar la versión que más le pueda beneficiar.
—¿De veras?
—Por supuesto. Se nota que has visto muchas películas de Estados Unidos, cuyo sistema judicial es bastante pintoresco y que no se parece en nada al nuestro, gracias a Dios. Aquí no cabe tampoco la posibilidad que habrás visto en esas películas de que la defensa decida hacer subir al estrado
al inculpado u opte por omitir ese trámite. En España declara en todo caso, en pie y delante del banquillo. Lo primero que te va a preguntar el juez o el tribunal es si te declaras culpable o inocente. Tienes que responder que eres inocente.