Los palabristas
Capítulo 8
Un día de agosto me subí a la moto de Vasek Prücha, tal como se lo habíamos prometido, fuimos a ver a Jarmilka. Era el mediodía, el sol brillaba tanto que la vegetación se había vuelto azul y los tejados rojos de los pueblos dañaban la vista.
No encontramos a nadie en el pueblo. A través de las paredes de los establos se oía el ruido de las cadenas de las vacas atadas.
Al lado de la capilla, sobre el césped y a la sombra de los tilos estaba sentada una vieja. Iba descalza, los dedos de sus pies estaban sucios de barro. El pañuelo de la cabeza le tapaba los ojos, sólo se le veía la barbilla.
Vasek le preguntó:
—Tía, ¿dónde vive Jarmilka?
Se alzó el pañuelo, pero el sol era tan intenso, que volvió a bajárselo por encima de los ojos.
—¿Cuál de ellas? Aquí hay dos…
—Quisiéramos visitar a la Jarmilka que trabajaba en Kladno.
—¡Ah, sí! ¡Ésa…! Ya pasó todo. Su hijo nació antes de tiempo, pero metieron al pequeño Jarda en una especie de jaula. Y ahora el mocoso ya está hecho un hombre. Pero todas esas cosas trastocaron a la muchacha. Ahora yace en la cama como si no tuviera alma, no es buena para nada.
—¿Señora, cómo podemos llegar hasta allí? —le preguntó Vasek.
—Pues tienen que bordear aquella casa tan grande, tienen que bajar, en la esquina verán la casita del remendón Marvánek… Cuando estén allí, desde la esquina, verán una casita que parece un embarcadero. Allí vive Jarmilka… En la ventana hay unos geranios…, ¡se los regalé yo! Si consiguen que les hable, salúdenla de parte de la vieja jardinera, ella ya sabe…
Vasek aceleró, el aire era tan cálido que parecía que avanzábamos por el agua caliente.
Vasek frenó en la esquina, después avanzó un poco más, y a nuestros pies se abrió una vista con una casita blanca que realmente parecía un embarcadero. Después bajamos por un caminito lleno de grandes ocas.
Se hizo el silencio, con el calor el aire ondeaba como una persiana transparente. Vasek dejó la moto apoyada en la valla, se secó el sudor y dijo:
—¿Por qué veo tantos colores?
Nos dimos la vuelta.
—¡La madre de Jarmilka no está en casa! ¡Ha ido al médico con el pequeño Jarda!
Era la jardinera. Estaba allí arriba, en la esquina, y gritaba la noticia formando una trompeta con sus manos. Llevaba un vestido de una tela basta, desgastada de lavarla, sus brazos y sus piernas eran negros, parecía la muerte.
—La bruja… —suspiró Vasek.
Pasamos por un huerto con chirivías, zanahorias, coles, y unas remolachas enormes. Después entramos al pasillo.
Encima del armario había, seguramente desde las últimas Navidades, un abeto pequeño y seco, los adornos de papel crujían con la corriente de aire… Vasek cogió el mango de la puerta.
La habitación estaba llena de sol, sobre la mesa estaba un gato enorme. No se movió, pero nos observaba a través de la rendija de sus ojos. En un rincón había una cama de campesinos, encima estaba colgada una imagen de Jesús rasgándose una túnica azul, con el dedo señalaba su corazón lleno de llamas y bordeado de espinos.
Sobre la cama estaba Jarmilka vestida con el mono de trabajo, las mantas, arrugadas, estaban a los pies de la cama, tenía un brazo debajo de su cabeza y estaba mirando el techo exactamente igual como lo hacía en el comedor de los altos hornos…
Le dije en voz baja:
—Jarmilka, ya estamos aquí. Vasek Prücha y yo. Todos los de los hornos le mandan saludos. Todos preguntan, ¿Cuándo volverá aquella chica? Los de las grúas dicen, Nadie nos trae la merienda como Jarmilka. La encargada del comedor le manda saludos…
Vasek se sacó de la cartera un pequeño jersey azul, mientras lo tenía en el aire sujetándolo por los hombros, sus manos temblaban.
—Le hemos traído eso… —balbuceó—. Eso se lo mandan todos los de los altos hornos… Dicen que además le mandarán unos zapatitos…, unos peúcos…, y las mujeres de los hornos preguntan si tiene suficientes pañales.
Se pasó la lengua por los labios.
—Y la responsable de las bocas de los hornos, Marka, dice que está tejiendo un abriguito de punto para el pequeño Jarda.
Pero Jarmilka seguía mirando hacia el techo apenada, tenía la frente empapada de gotas de sudor y miraba al infinito, hacia un mundo sin personas…
Vasek se llevó la mano al pecho.
—En todas partes cuecen habas, Jarmilka… Yo… en mi casa tampoco lo tengo… Cada quince días repito lo mismo… La mujer me ayuda a preparar las maletas…, abajo me espera un taxi, y después digo a la mujer, ¡Si tú me echas, yo me voy!, y la mujer me dice, ¿Yo te echo?, y le digo, ¡Si me echas y me tengo que ir… pues yo me voy!, y ella, Pues vete, pero que conste que yo no te echo, y yo le digo, ¿En serio?, y ella me mira de un modo… y empieza a deshacer las maletas, yo bajo a pagar el taxi… Pero al cabo de quince días el taxi vuelve a esperarme bajo las ventanas. Y todo, Jarmilka, porque no podemos tener hijos. Usted, Jarmilka, tiene un niño…
Nos quedamos mirando a Jarmilka, pero ella no nos hacía ni caso… Parecía que no quería saber nada de nada, que todo le era indiferente…
—¡Jarmilka! —Vasek se arrodilló al lado de la cama—. Todos, en serio, todos preguntan por usted, ¿me oye? ¡Nosotros dos la queremos, y volveremos! Ahora debemos marcharnos… ¿Me oye?
Vasek se incorporó y los dos la miramos. Estaba claro que las palabras no servían de nada…
Nos hicimos una señal con los ojos, y en silencio andamos de espaldas hacia fuera. El gato seguía sobre la mesa, se levantó y, bajo el sol que transportó su calor hasta una esquina de la mesa, se tendió un poquito más lejos.
La ropita del niño estaba al lado de la cama, y la imagen de Jesús seguía abriéndose la túnica azul y señalándose el corazón rojo con pinchos y maleza en llamas.
Pero Jarmilka no se movió. Lo había oído todo, pero no se sentía involucrada. ¿O quizás…?
Cerramos la puerta, y al salir la luz del sol parecía un bloque de níquel fundiéndose en un horno eléctrico.
La jardinera aún estaba arriba, con ambas manos se hacía sombra en la cabeza.
Gritó:
—¿Ha hablado?
Vasek hizo un movimiento negativo con la cabeza y una mano.
—¡Bien! —gritó la jardinera—. ¡Tenía tanta vergüenza que se quería ahorcar!
Vasek dijo:
—¡Resignación! A veces mi mujer se trastoca tanto que yo también tengo ese pensamiento. Pero después me repongo. Espero que la pobrecita también se reponga…
Y señaló la casita inocente que parecía un embarcadero, la de los geranios rojos en la ventana donde apareció la carita aplastada de Jarmilka.
—¡Saluden a todos los de los hornos! —exclamó y volvió a desaparecer.