Los palabristas
El Señor Notario
1
Cada mañana el señor notario rezaba en la capilla familiar. Era una habitación con vidrieras en las ventanas. En una estaba san Dionisio, que tras su decapitación fue capaz de levantarse y de pasear por el patíbulo su cabeza cortada. En la otra estaba representado un mensajero que había errado su camino, y devolvía una mano cortada a su punto de partida, al lado del cuerpo mutilado de santa Águeda.
El señor notario estaba de rodillas y rezaba, pero al mismo tiempo se reprochaba no haber hecho sus gárgaras. Después se santiguó, se levantó y abrió la ventana.
Cuando ya se había acostumbrado a los rayos matinales, subió la vista por encima de los tejados azules y, por encima del río, miró a la otra orilla, empezó a respirar el aire húmedo con gran complacencia.
—¡A-bue-laaa, a-bue-laaa! —gritaba desde abajo una voz infantil—. ¡Abuela, Zdénecek se come las cagarrutas del perro!
Y el señor notario se puso de puntillas y dejó caer su vista por el interior del patio de la antigua fábrica de cerveza, allí ya no se fabricaba nada, pero vivían algunas familias. Abajo, al lado de la bomba de agua, estaba una niña, con un delantalito rojo y un sombrero de paja, señalando a un niño de tres años que con sumo placer se estaba metiendo algo en la boca.
Y una mujer delgada salió del lavadero, levantó las manos y gritó:
—¡Malditos chiquillos! ¿Cómo podré terminar la colada? —Cogió a su nieto y lo sacudió encima del desagüe.
—¡Marrano, más que marrano! ¡Ya verás cuando tu madre llegue a casa. Té azotará de lo lindo! —lo amenazaba.
Después de pensarlo un poco dio una bofetada al chiquillo, y las cagarrutas salieron volando. Enseguida se metió con la niña:
—¿Por qué me miras ahí parada como un coche? ¡Búho! ¡A ti también te daré una tunda que tus ojos bizcos van a ponerse bien! ¡Toma, cógelo! —Y se sacó un pito del bolsillo del delantal azul—. ¡Desapareced de mi vista!, id a la cocina a jugar. Y tú, Lidia, si ocurre algo toca el pito, yo ya acudiré… Sí, vosotros, par de bandidos, ¿cómo queréis que termine de hacer la colada? — La abuela levantó de nuevo sus manos azules de tanto lavar.
El señor notario cerró la ventana, salió de la sala para ir hacia un pasillo tenebroso, y después entró directamente en su despacho.
—Buenos días, señor notario —le saludó la pasante mientras regaba las plantas.
—Buenos días, señorita, buenos días —murmuró el viejo señor, después se restregó las manos—. ¿Qué hizo ayer?
—Jugué a tenis… E imagínese, señor notario, perdí, perdí contra una señora que tiene quince años más que yo…, perdí por dos sets. ¿No es terrible eso? —dijo sacando las hojas secas del tronco de los geranios.
—Vaya, vaya —dijo el señor notario—. ¡A juzgar por lo que he oído, usted es una excelente tenista!
—¡No, tanto no! —Se ruborizó la pasante—. Aún me falta mucho para serlo, pero es que estaba nerviosa.
—¿Es decir que su rival era mejor?
—Eso tampoco. Pero es que yo soy así. Siempre que se trata de algo importante salgo perdiendo… ¡Lo lamento tanto! ¡Se trataba de subir de nivel dentro del club!
—Pues ya ganará otra vez, pero ¿qué hizo luego?
—Luego, cuando ya estaba oscuro, me desahogué llorando en el vestuario, después fui a bañarme. Con el bañador nadé a contracorriente hacia arriba, hacia los robles, ya estaba oscuro, y sobre el robledal salió la luna, una luna enorme y amarilla que se reflejaba hasta donde yo estaba, sentada en una piedra y chapoteando con los pies en el agua en que se reflejaba la luna amarilla…
—¿Y luego? —El señor notario levantó las cejas.
—Después entré en el río y nadé en el agua cobriza, me gustaba la idea de nadar en el reflejo de la luna, con un brazo apartaba el color de cobre, se me puso cobrizo, en realidad, señor notario, estar en el agua era una delicia…
—¿Y después?
—Después me asusté.
—¡Caramba!
—Sí —dijo la muchacha sentándose a la máquina de escribir—. Imagínese, señor notario, que a la sombra del robledal, de repente, en la sombra profunda, vi tres pantalones cortos de color blanco que se paseaban.
—¿Cómo es posible…? —se extrañó el viejo señor.
—Sí tres pantalones blancos, me quedé quieta entre las cañas, como un ratoncito. Y los tres pantalones caminaban por la orilla del río y pude oír cómo hablaban entre ellos… ¿Sabe qué era?
—¡Eso me tiene muy intrigado!
—¡Eran tres hombres desnudos! Estaban muy morenos, y como habían tomado el sol en pantalones, pues sus brazos, piernas y troncos se confundían con la sombra del robledal, ¡caminaban desnudos! Los tres iban desnudos… Y yo, señor notario, pensé que andaban los pantalones solos —se ruborizó la pasante.
—¿Y lo vio todo?
—Todo, absolutamente todo… Se trataba de tres jóvenes estudiantes, tan jóvenes como yo…
—Sería muy bonito —dijo amargamente el señor notario—. Sería precioso, una chica joven en el agua cobriza y tres pantalones blancos a la sombra del bosquecillo… ¿Pero, qué hizo luego?
—Después nadé hasta el club, pude oír cómo en el robledal los tres estudiantes se lanzaban al agua… Me sequé y me fui para casa.
—¿Y en casa?
—En casa me senté y me puse a dibujar debajo de la lámpara —dijo la pasante.
—¡Eso es exactamente lo que yo quería oír! —se alegró el señor notario.
Y la muchacha se levantó, y le puso delante una lámina de dibujo sobre la que en la noche anterior había dibujado una inscripción: Al padre meritorio, que después de una vida larga y fecunda encuentres un descanso ligero debajo de la tierra.
—¿Es decir que me lo escribió? —se alegró el viejo señor. Pero al leer de nuevo la inscripción para su tumba, que él mismo se había inventado, se quedó pensativo.
—Hmmm… ¿Pero por qué no descanso en el cielo? —preguntó.
—Es que usted me lo dictó así —se inquietó la pasante.
—Correcto, pero, señorita, las inscripciones de las tumbas son algo importante. A mí me gustaría tener una inscripción que aún leída al cabo de cien años dé a entender la clase de persona que soy yo.
—Señor notario, ¡en el cementerio judío leí una inscripción muy bonita! De la tierra a la tierra…
—¡Ésa es una inscripción judía! —El señor notario se defendía levantando sus manos—. Señorita, ¿usted no ha entendido que el cristianismo elevó al hombre a hijo de Dios? Y si la resurrección no existe, pues todo lo que hacemos en ese mundo es vanitas vanitatis… ¡Pero se me ha ocurrido una idea! ¡Señorita, escriba! —El viejo señor se espabiló. Y cuando la pasante estaba preparada, comenzó a dictar—: Atenuaba mi resplandor… me he igualado a mi polvo para poder iluminarme en el cielo…
Cuando la pasante terminó de escribirlo él le preguntó:
—¿Qué hará hoy por la tarde?
—Iré a ver a la modista, ¿sabe, señor notario?, quiero que me hagan una blusita modernista de seda blanca con rayas rojas, así, ajustada al cuello, una blusita muy decente, como las que llevaban las institutrices, como la que llevaba Paula Weselá en la película Mascarada, o en aquella, si es que la vio, en que actuaba con Joachim Gotschalk, en la película Te estoy esperando…
—¿Y luego?
—Luego iré a jugar al tenis y me bañaré de nuevo en el río, al anochecer… Y quizás, señor notario, me bañaré desnuda como los tres estudiantes de ayer, si alguien anduviese por la otra orilla del río vería un bañador de mujer de color blanco, porque mis brazos y piernas morenos se confundirían con la sombra del bosquecillo de robles… —dijo mirándole con ojos de complicidad. Pero se dio cuenta de que el señor notario no tenía compasión, y añadió educadamente:
—Y después, al llegar a casa, dibujaré cómo atenuaba su resplandor y se igualaba a su polvo… —Y estiró su cuerpo sin saber atenuar el resplandor de su juventud.
El señor notario bostezó, todavía tenía su boca medio abierta, pero su dentadura postiza ya se había cerrado.
—Muchas gracias —dijo sentándose a la mesa—. Pero mientras llegan los clientes seguiremos con el último punto de mi testamento —dijo hojeando los documentos que había sacado de un cajón.
Después se levantó y empezó a andar tranquilamente por el despacho.
Se paró delante de la ventana abierta del segundo piso y, por encima de los geranios y de los tejados, se puso a contemplar el río, en él los árboles andaban patas arriba. Seguía dictando:
—Que mi ataúd sea metálico, ricamente decorado, con un pequeño motivo egipcio, con decoración interior. Que durante mi entierro redoblen todas las campanas, que la cámara funeraria esté tapizada, el suelo cubierto con tela negra y en el cabezal una cruz suntuosa con ángeles…, pero ¿al atardecer irá a bañarse desnuda?
—Desnuda… ¿y qué? ¡Ya estará oscuro! —dijo la muchacha, y sus hábiles deditos resonaren en la máquina de escribir.
—¡Qué bonito! —dijo el viejo señor, y al oír que la máquina había enmudecido prosiguió—: Y en el cabezal una cruz suntuosa con ángeles…, treinta y seis velas de un cuarto de kilo… —dictaba, pero al oír unos pies que se arrastraban por el patio se asomó por encima de los geranios.
Y por el patio de la fábrica de cerveza avanzaba con dificultad el viejo cochero jubilado. Caminaba de una forma extraña, parecía que esquiase o pedalease. Iba a sentarse al sol, se sacó una pipa con una chapa que impedía que se le cayese de la boca desdentada, después se estuvo un rato escupiendo, se sentó junto a la pared, parecía un arbusto roto, pero de joven… ¡Dios mío, durante su juventud!, recordaba el señor notario, aquel cochero había maltratado a sus dos mujeres hasta matarlas. A la primera, si no quería complacerlo, la arrastraba por el pelo hasta un baúl de marinero, levantaba la tapa y metía dentro su trenza deshecha… Y a la otra mujer, al contrario, le anudaba las trenzas, descolgaba el cuadro de Jesús, y colgaba a la mujer por el pelo, así podía hacer con ella lo que quería… Tal vez a las mujeres les gustaba, tal vez quedaban satisfechas, algunas mujeres son el verdadero instrumento del diablo.
—Señor notario —le recordó la pasante—, treinta y seis velas de un cuarto…
—¡Ah, sí! Pues… —El señor notario se dio la vuelta, y cuando ya había mirado suficiente rato los rizos menudos, como de negro, de la pasante, prosiguió—: … El coro de hombres de la catedral cantará una canción fúnebre, tres sacerdotes bendecirán, y cuatro acólitos guiarán el séquito hasta el cementerio… Al frente de la comitiva, el organizador…, detrás de él la guardia de honor…, la cruz, las luces…, al lado del coche los empleados con luces…, quince coches de punto y dos coches funerarios… —iba dictando libremente el viejo señor y al mismo tiempo miraba el cielo azul, como si lo que decía lo fuese copiando del cielo despejado en el que las golondrinas iban dibujando monigotes…
Y la pasante escribía tan deprisa que parecía que dejase caer las letras del testamento en un tarro de latón.
Un grito en el patio obligó al señor notario a apoyarse con ambas manos en el marco de la ventana.
Allí abajo, al lado de la fosa séptica, estaba el portero gritando:
—¡Lád’o, Lád’o, Lád’ooo!
Y la ventana de la planta baja se abrió y de ella salió una cabeza muy bien peinada que dijo:
—¡Papá! ¿Qué ocurre?
El portero gritó:
—¿Qué ocurre? ¡Ven a ayudarme a llevar ese palo al río, lo limpiaremos! —gritaba señalando la pértiga con la que removía la fosa séptica.
—¡Pero papá, yo tengo las manos limpias! —gritó el joven desde la ventana.
—¡Te digo que vamos a limpiar el palo! —gritó el portero sacando la pértiga de la fosa. El joven irrumpió en el patio corriendo, llevaba una camisa blanca, enseguida cogió la punta limpia de la pértiga.
—¡No! —chilló el portero—. ¡Esa punta la llevo yo, tú coges aquélla!
El joven se defendió:
—Yo llevo una camisa limpia, y una corbata nueva, y una corbata así no la tiene nadie en toda la ciudad. —Pero su padre le ordenó:
—Yo te lo mando, te lo ordeno, soy tu padre. ¡No pretenderás que yo lleve la punta sucia de mierda! —aulló el portero señalándose.
—¡Yo tengo una corbata nueva! Pues voy a sacármela… —Se dio la vuelta.
Pero el padre insistía:
—No, quiero que me obedezcas de inmediato. En qué quedamos, ¿la coges o no la coges?
El joven reflexionó y dijo:
—No la cojo, no la cojo porque llevo esa corbata.
El portero se desgañitaba y gritaba al cielo:
—¡Vosotros sois así, toda vuestra generación de holgazanes! ¡Diantre, que yo, yo que soy el padre, tenga que llevar siempre, en lugar de vosotros, la punta sucia de mierda…!
El hijo dijo:
—¡Padre, si eso lo puede entender cualquiera! Si dentro de poco tengo una cita, no voy a perder el tiempo con el retrete. ¿Cómo podría dar dentro de nada la mano a Olina?
—Pero señor notario, hemos olvidado algo —dijo la pasante—. ¿Cuántos recordatorios?
—¿Recordatorios? —se asustó el señor notario—. Escriba que cuatrocientos. Y la misa de difuntos en la catedral de san Jiljí… ¿Corro demasiado…? Está bien… Un coro masculino cantará Animas fidelium…, después, al lado de mi tumba, tres sacerdotes harán Libera acompañados por el canto del coro… —dictaba el viejo señor, pero no podía evitarlo. Se puso de puntillas y vio que por el portal salían el portero y su hijo, entre los dos llevaban la pértiga para limpiarla en el río, el notario miró la mano del portero que sujetaba el extremo sucio de la vara, y el viejo señor asintió con la cabeza y prosiguió dictando—: … El cadalso decorado exactamente igual que durante el funeral…, los diez primeros bancos cubiertos de damascos negros…
Y del patio de la fábrica de cerveza subió un silbido insistente.
Abajo, al lado del pozo del agua, estaba una niña con un sombrero de paja que tocaba el pito, lo tocaba sin parar, escondía el silbato debajo del sombrero de paja, tocó el pito hasta que del lavadero salió su abuela que por el camino se secaba las manos en el delantal mojado y gesticulaba con las manos al sol y gritaba:
—¡Eh, vosotros bandidos! ¿Y ahora qué ocurre? ¿Por qué no estáis jugando?
La niña iba arrastrando un zapato por el césped y se quejaba:
—¡A-bue-laaa, Zdénecek se ha cagado en la alfombra y yo lo he pisado!
Y después siguió tocando el pito.
La abuela dio una bofetada a la niña y el silbato se le saltó de la boca.
—¡Maldita sea! ¿Pero qué piensas, que puedes silbar por cualquier tontería? Esta tarde yo aún tengo que ir a servir, ¿y vosotros dos, bandidos, me hacéis esto? A este paso, ¿cuándo terminaré la colada?
El señor notario se encogió de hombros y se apartó de la ventana. Se sentó a la mesa y dijo:
—La inscripción que usted me escribió ayer, el epitafio para la losa, la adjuntaremos al testamento, porque una persona de mi edad no sabe nunca el día ni la hora. Y mañana, cuando usted traiga la inscripción… me igualaba a mi polvo…, entonces la cambiaremos, ¿de acuerdo?
—Muy bien —dijo la muchacha, y se quedó mirando de qué forma hablaba el viejo, sabía que sus dientes postizos se cerrarían antes de que finalizasen las palabras. También había notado que el señor notario antes de estornudar se sacaba rápidamente el pañuelo del bolsillo y se lo apretaba contra los labios. Se imaginó lo que ocurriría si el señor notario se atase la dentadura con un hilo de seda como el que tenía su abuelo para sujetarse los quevedos… Y su abuelo llevaba también otro hilo, un hilo negro con el que se ataba el sombrero, un hilo atado a un ojal para que el viento no se lo llevase… Pero ¿y si el señor notario estornudase tan fuerte que la dentadura le quedase colgada del hilo como los quevedos del abuelo, como el sombrero del abuelo?
—Brrr… —Se estremeció la muchacha.
—¿Hace frío aquí? —se extrañó el señor notario.
—No, la muerte me ha tocado[34] —dijo abrazándose y acariciándose los brazos.
—¡Una expresión muy bonita! —dijo el señor notario, y se sumergió en un contrato mercantil que ya llevaba póliza. Estaba mecanografiado cuidadosamente, cosido con un hilo rojo y blanco con un sello de lacre al final. Cuando terminó de leerlo se levantó. Por la ventana abierta veía el río sobre el que se inclinaba una camisa blanca que agitaba una vara en el agua. El guardapolvo del portero casi se confundía con el color del río. Los dos hombres se levantaron y se miraron en silencio, la camisa blanca también se reflejaba en la superficie del río, donde el joven, como un artista de circo, estaba colgado por los pies, también…
—¡Señorita! ¡Apunte! —El notario se dio la vuelta impetuosamente—. ¡Aprisa, antes de que se me olvide…! El ataúd es mi cuna y la inscripción fúnebre sobre la losa es mi fe de bautismo… ¿Por favor, me lo repite?