Los palabristas
Capítulo 8
Entre el salón de baile y la cocina había una ventanilla de vidrio traslúcido, allí se recortaba la silueta de un hombre en frac, que en sus dedos sostenía un vaso con suma elegancia, como si se tratase del anuncio de un aperitivo. Se acercó el vaso a sus labios, y se bebió hasta la última gota del delicioso aguardiente. Después la silueta desapareció, y reapareció en el salón, en frac, era el profesor de baile. Dio una palmada y se puso en medio del parqué, se pasó sus dedos por encima de los botones de la bragueta, y dijo con una voz potente:
—Bien, señores, como la última vez, las damas todavía no han llegado, ¡sólo una! —Y señaló hacia el espejo, debajo estaba sentada la señorita Hroudová con un vestido de algodón a cuadros, y con los dedos clavados en un gran pañuelo—. No han llegado, ¡pero las que no están, ya vendrán! ¡Me prometieron participar en las clases de baile para adultos y avanzados! Mientras no llegan, ¡distribúyanse, los números pares harán de lo que son, de caballeros, y los impares de damas! Enseguida repasaremos el vals. Maestro, por favor ¡Strauss!
El profesor de baile hablaba muy alto, y sus alumnos se pusieron en fila, y él avanzó diciendo, par, impar, par, impar…, cuando llegó al último alumno dio la orden:
—¡Caballeros, inviten a las damas!
Y el maestro de orquesta, que de joven había tocado a U Spirkü y a Staré
paní[57], hizo una pequeña reverencia, pero cuando vio que los bailarines iban con ropas muy viejas, empezó a marearse, se equivocó, y en lugar de ir hacia el piano, avanzó hacia el espejo, como si quisiese entrar dentro.
— [58] Verfluchete Paralyse! —renegó y se sentó al piano, y en el salón empezó a tronar el vals Las voces de la primavera.
—Y enseguida el delicioso Vals del Emperador —gritó el profesor de baile—. Tengo que ir un momento a la cocina, ¡tengo que hablar por teléfono con las bellas damas!
Y se alejó de la sala muy preocupado por las bellas damas, después su silueta desapareció detrás de la ventanilla de cristal traslúcido, entre el salón y la cocina, y en el teatro de sombras chinescas, una mano le dio un vaso.
—¡Dios mío! —dijo el señor Bucifal que hacía de dama del jefe—. ¡Qué clase de gente está aquí!
—Son nuestros clientes —dijo secamente el jefe—. El carnicero sentado debajo del espejo fue el primero que picó. Escogió la pensión más alta. Bucifal, ¿ve al señor Viktor? Pues él está bailando con un maestro barnizador, el señor Timik, y también está a punto de caramelo. Si se fija verá que todos son pequeños comerciantes viejos, oficinistas, algunos solterones chiflados… Porque, ¿quién va a apuntarse a unas clases de baile en la periferia?
—¡Jesús! ¿No le he dado un golpe demasiado fuerte? —exclamó el señor Bucifal—. ¡Dios mío! ¿Quién es el tipo que baila solo?
—Un ayudante de Parques y Jardines, el señor Jirousek —le dijo el señor director al oído—. Durante la primera clase fue mi dama, pero al empezar a bailar la polca me dejó de golpe y se puso a bailar solo. Un carácter individualista… Tuvo dos hijos mentalmente alienados, cuando ya tenían quince años no se les podía enseñar a leer el reloj, su padre ponía las agujas en todas las posiciones posibles, les golpeaba la cabeza con el despertador… Ahora la situación ha mejorado, un hijo se ahorcó, y cuando el otro ve el reloj a las cinco y cuarto, dice que es la media… Y el ayudante de Parques y Jardines se siente feliz, porque a pesar de todo, va mejorando.
—¿Y a usted, quién le paga la inscripción a las clases de baile? — preguntó el señor Bucifal.
—La dirección de Ayuda a la Vejez. El año pasado, durante las clases de baile para adultos y avanzados, en el otro extremo de Praga, en total se inscribieron doce pensionistas nuevos —dijo el jefe mientras bailaba el Vals de Viena y desplazándose ligeramente hacia la izquierda.
—¿Pero sabe usted que los ayudantes de Parques y Jardines son responsables de muchos asesinatos? —preguntó el señor Bucifal poniendo suavemente su cabeza sobre el hombro de su pareja—. Parece que es consecuencia del aire fresco, te estás cinco años plantando y regando flores, y de repente se te ocurre un asesinato. Un triple asesinato bestial en Namést’nad Oslavou.
»El asesino fue un tal Filipi, un ayudante de Parques y Jardines, después de los hechos se quedó sentado en un pozo abandonado y esperó los acontecimientos… ¡Y Stépánek, en Roudnice!
»Mató a tiros a dos mujeres que iban en bicicleta, después mató a su prima, la metió en la bañera, y al final se fue a la comisaría y dijo, ¡Yo soy Stépánek, el famoso asesino, el ayudante de Parques y Jardines!, ¡pero tenga cuidado! —gritó el señor Bucifal.
Y por su lado pasó rápidamente el ayudante de Parques y Jardines, avanzaba a una pareja tras otra, las gotas de sudor brillaban en su frente, le goteaban por las cejas, y el jardinero bailaba con los ojos cerrados y los codos levantados, como si quisiese ponerse a volar…
—¡Ya ha llegado, que suerte! —dijo el jefe señalando la entrada con su barbilla—. Es mi amigo Bloudek, el vigilante del manicomio…
—¿También vienen locos?
—También, pero los que aún no han sido encerrados. —Se rió el jefe—. Bloudek está aquí para descansar u n poco de los locos. ¡Pero después de la clase haremos un picnic! Yo pongo las botellas, y Bloudek nos llevará al jardín. ¡Ajá!
Y detrás de la ventana traslúcida la silueta terminó de beber el licor y desapareció.
Y el profesor de baile entró de prisa en la sala, se pasó los dedos por encima de los botones de la bragueta, después se arregló los gemelos, levantó la mano, y el piano empezó a sonar.
—Señoras y señores —gritó el profesor—, hoy comienza la temporada de baile y yo tengo la obligación de darles algunos consejos valiosos… Por favor, que el señor deje de bailar mientras yo hablo, ¿de acuerdo? —el profesor se mosqueó.
Y el ayudante de Parques y Jardines siguió bailando solo, por debajo de sus párpados cerrados saboreaba la maravilla del compás de tres por cuatro. Algunos alumnos los cogieron, pero él, sin ningún tipo de esfuerzo, se soltó. Al final seis de los alumnos de las clases de baile se le echaron encima y lo inmovilizaron, entonces el jardinero abrió los ojos.
—Eso, lo que va a oír, también va para usted —dijo el profesor de baile, abrochó un botón de la camisa del jardinero, y añadió—: ¡Usted también se hubiera podido poner una corbata…!
—Se dio la vuelta y gritó: —Empieza la temporada de baile, y señores, les advierto, ¡tienen que venir en frac! Un frac consiste en unos pantalones negros, un chaleco blanco con un gran escote, una camisa blanca…
—¡A mí me gusta llevar la camisa de los boy scouts! —dijo el jardinero.
—¿Pero usted qué se imagina? ¡Con un frac debe llevar una camisa blanca! ¡De boy scout! —aullaba el profesor—. ¡Una camisa blanca! ¡Almidonada! ¡Y sobre el pecho, como máximo, son aceptables dos botones de perla! ¡No deben llevar joyas! Por favor, señores, ¡tengan en cuenta este detalle! ¿Qué quiere? —El profesor se giró hacia el ayudante de Parques y Jardines.
—A mí me gusta llevar el cinturón de los boy scouts, porque de la hebilla cuelga la llave de mi casa —dijo el jardinero, se apartó la americana de dril y mostró la llave.
—¡Dios mío! ¡Venga como le dé la gana! Pero yo en mis clases sigo el método Gutha-Jarkovsky —empezó a gritar el profesor—. ¡Y la corbata tiene que ser blanca, y los guantes también, y el sombrero de copa deben dejarlo en guardarropía!
—¿Y con el frac no podría llevar…? —empezó el jardinero.
—¡No quiero oírle más! ¡No quiero! —El profesor de baile se tapó los oídos—. ¡Tengo que telefonear a las bellas damas! —Y se puso a correr agitando las manos alrededor de su cabeza roja. Al cabo de un momento su silueta telefoneando a las bellas damas apareció detrás del cristal traslúcido de la ventanilla, el vaso de aguardiente hacía las veces de teléfono.
El pianista, que de joven había tocado en U spirü y en U Staré paní, cogió un trozo de salami de caballo que estaba sobre las teclas más agudas, le dio un mordisco, y empezó a tocar el Vals del Emperador.
El señor Blodek, el vigilante del manicomio, se sentó al lado de la señorita Hroudová que estaba llorando.
—¿Qué le ocurre? —le preguntó.
—No tengo ninguna gana de seguir en este mundo —dijo.
—¿Pero, por qué?
—¡En cumplimiento de mi función de vicepresidenta de la Sociedad Protectora de Animales, me he enterado de que en Sadská han vuelto a pillar a un aprendiz despellejando una cabra viva! ¿Cómo es posible que la gente trate de ese modo a los animales…? —La señorita Hroudová lo explicó con palabras entrecortadas y cubriéndose el rostro con su pañuelo.
—No llore, mujer —le dijo el vigilante—. ¡Fíjese en la cicatriz que tengo en la frente! Un día una portera tiró de la cadena, en el water estaba un gatito vivo y, antes de que se lo llevase el agua, el animalito le miró tan acusadoramente, que ella se trastocó.
—¡Lo merecía! ¡Dios la castigó! —La señorita Hroudová pasó de las lágrimas a las carcajadas.
—¡Pero eso no es todo! —dijo el vigilante inclinándose—. Una vieja gata fue a mirar dentro del water, puso su patita en el agua, y miró a la portera de una forma tan acusadora que la remató, la tuvieron que llevar al manicomio. Y cinco días más tarde rompió un water, y se quiso cortar las venas con un trozo de porcelana, y yo se lo quise impedir… ¡Y mire! —dijo el vigilante mostrándole la cabeza.
—Es decir que la justicia suprema todavía existe. —Se rió la señorita Hroudová, y girando su vista miró fijamente el corazón de la justicia.
—Están tocando el Vals del Emperador, ¿quiere bailar? —El vigilante se levantó dando un golpe de tacones.
—Otro día, aquí hay suficientes señoras… Y además… —dijo la señorita Hroudová intentando poner su mano en el bolsillo—. ¡Ay! ¡No llevo bolsillos, pero en mi casa, en un bolsillo, tengo un informe sobre unos carniceros que a menudo sacan los ojos a los toros porque no quieren descender a las minas!
—Pero por otra parte, ¡cuántos toros deben de haber matado a coces a los carniceros! —exclamó el señor Bloudek.
—¿En serio? —preguntó la señorita, se sacó el pañuelo de la cara llorosa, se sonó las lágrimas, y dijo—: Eso no lo sé, cuénteme algún caso bonito.
—Pues, por ejemplo, en el matadero de Holesovice un toro terminó con la vida de dos vaqueros. Al primero lo destrozó contra una pared. Después fingió que ya se había calmado, y el segundo vaquero, era mi cuñado, no tomó suficientes precauciones, y el toro lo embistió de golpe, empezó a correr, atrapó a mi cuñado, se dio la vuelta, y lo empotró contra una barandilla…
—¡Qué bien! ¡Qué bien! —exclamó la vicepresidenta de la Sociedad Protectora de Animales—. ¡Vamos a bailar! ¡Me ha dado una alegría! ¡Es que yo quiero tanto a los toros, pero tanto! Si fuera suficientemente fuerte me pondría en el regazo uno de aquellos toros de una tonelada, y le acariciaría el cuello y la tripita…
La señorita Hroudová se dejó llevar por sus pensamientos y movía la cabeza como si con su mejilla acariciase la tripita de un toro de una tonelada.
—Señorita —dijo el vigilante—, cierre los ojos e intente tocarse con el dedo la punta de su nariz.
La vicepresidenta se tocó con el dedo su ojo cerrado.
—Muchas gracias —dijo el vigilante—. Ahora intente estirar sus manos delante de usted y venir directamente hacia mí… —y añadió—: ¡Con los ojos cerrados!
Y la vicepresidenta lo hizo, pero con una desviación de cuarenta grados.
—Y ahora, por favor, siéntese —le dijo el vigilante—. ¡Ahora ponga una pierna encima de la otra!
Y dio un golpe al bies en la rodilla de la señorita, y después dijo:
—Reflejos casi nulos. Oscilación de los dedos de la mano casi imperceptible, ligera caída hacia un lado. Esquizofrenia, desdoblamiento de la personalidad. Un día ya no sabrá regresar y la llevarán allá… —dijo señalando con un dedo el rincón del techo donde él creía que estaba el manicomio.
Y en la sala de baile el profesor entró corriendo, durante la carrera comprobó los botones de la bragueta, con un gesto de las manos hizo que se parara la música y mientras señalaba a la señorita Hroudová dijo:
—Casi me había olvidado. ¡Entre nosotros tenemos a una dama!
Y la señorita Hroudová se sonó de forma muy ruidosa, y el vigilante se ruborizó.
—¡Una dama! —exclamó el profesor de baile—. Cuando las damas van al salón deben llevar un chal ligero llamado entré. Y normalmente llevan un pañuelo de encajes… Seguro que hace bastantes años vieron la película El pañuelo de encajes, con Irene Dunney y Charles Boyer… La dama debe ponerse el pañuelo de encajes en el escote. —El profesor se pasó los dedos por encima de los botones y exclamó—: Y ustedes, señores, si alguna vez tuviesen el honor de ser miembros del comité de baile, y llegase un personaje importante, no olviden darle la bienvenida, sacarle el abrigo en guardarropía, y acompañarlo con su séquito hasta el podio, mientras suena el solemne ruido de las fanfarrias. Eso se lo recomiendo de todo corazón.
—Pero yo hago el papel de dama —dijo el maestro deshollinador.
—Ahora sí, pero en la vida normal, usted es un caballero —gritó el profesor de baile—. Ya puedo darles una primera noticia, ¡tres damas han prometido participar en las próximas horas! ¡Y voy a llamar a otras!
—¡Qué pena! —dijo el maestro deshollinador.
—¿Cómo? —preguntó el profesor chillando.
—Es que me he acostumbrado a ser la dama de Jarda, y jamás de la vida había bailado tan bien. ¿Verdad Jarda? —dijo el deshollinador mirando al señor Timik, el barnizador.
—¡Dios mío! ¡Eso no debe decirlo en ninguna parte! ¡No quiero problemas con las instituciones! —exclamó el profesor de baile—. ¡Y ahora, maestro! ¡Un tango! ¡En la lejanía, más allá del ruar, está Hawai! Y yo voy a telefonear de nuevo —gritó gesticulando con las manos, y los puños de la camisa se le cayeron.
Al cabo de un rato su silueta apareció detrás de la ventana de cristales traslúcidos, entre la sala y la cocina. Se arregló los puños, y con una mano aceptó un vasito.
Cuando el pianista, que de joven había tocado a USpirü y a U Staré paní, empezó a tocar un dulce tango, con su codo tiró al suelo el salami de caballo, después se arrodilló, con una mano continuó tocando, y con la otra palpaba el suelo. Cuando encontró el salami se lo puso en la boca, y siguió tocando con ambas manos, cuando tuvo que tocar las octavas más agudas con la mano derecha, se sacó enseguida el salami de su boca y lo dejó sobre el teclado.
Tres parejas estaban bailando casi en el mismo sitio, mientras tanto el ayudante de Parques y Jardines empezó a acelerar la danza.
—¡Y a mí que me cuenta! —Se enfadó el deshollinador.
—¿Por qué no intenta destacar hoy, de un modo u otro? —dijo el jefe que estaba bailando con un suboficial sin moverse del sitio.
El deshollinador puso suavemente su mano sobre el hombro de su pareja, el señor Jarda Timik, pintor y barnizador, cuyos oídos estaban llenos de manchas de todos los colores, y dijo:
—Pues señores, mi abuelo era deshollinador en Benesov. Y en la taberna de Nigrin apostó que cuando el archiduque Ferdinand de Este fuese a la iglesia con su mujer, la condesa Chotková, él, mi abuelo, tocaría la pantorrilla de la noble señora. Aquel domingo todos los pequeños comerciantes se plantaron delante de la iglesia en frac y sombrero de copa. Y cuando el archiduque llegó, mi abuelo que estaba en el tercer escalón, se santiguó, y ¡chups!, su mano bajo la falda de la condesa…
—¿Estaba fuerte, la pantorrilla? —La tercera pareja se detuvo.
—Mi abuelo siempre decía que no había tocado nunca unas pantorrillas semejantes.
—En aquellos tiempos había unas putas que nadie valoraba suficientemente. —El maestro deshollinador se santiguó—. Pero el archiduque sacó su revólver y quiso matar enseguida a mi abuelo. Pero los pequeños comerciantes vestidos de frac se pusieron de rodillas e imploraron al archiduque que cambió de idea, le dijeron que si en la ciudad hubiese dos deshollinadores podría matar a uno, pero que no era así. El archiduque le perdonó la vida, pero dijo a mi abuelo que tenía que llevar dos mil monedas de oro al castillo de Konopisté, como obsequio a las aristócratas empobrecidas. De modo que mi abuelo se las ingenió para recoger las dos mil monedas de oro, y las entregó, y después se emborrachó tanto que tuvieron que llevarlo a su casa dentro de un barril, y en el camino el barbero tuvo la idea de afeitarle la barba. Y le cortó la barba y lo afeitó a la navaja, y después lo dejaron en un canapé. Y él, por la mañana, cuando se despertó, tiró agua al aguamanil y a su cara, y cuando se vio se quedó perplejo, y dijo, Ese no soy yo. ¿Y sabe dónde fue a parar, amigo? —preguntó el maestro deshollinador balanceándose dulcemente al ritmo del tango.
El señor Bloudek, el vigilante, asintió:
—Donde yo trabajo, en el manicomio…
Y el deshollinador y su pareja de baile se detuvieron.
—Y yo les pregunto: ¿podía haber alguien más famoso? ¿Quién más tocó las pantorrillas de la condesa? ¡Algo así sólo podía pasar en la época del imperio austro —húngaro!
Y cuando el señor Hurdálek, oficinista, dando vueltas con su pareja, volvió cerca de los que bailaban sin moverse de sitio, se dio la vuelta y dijo:
—¡Vayan con cuidado! ¡Yo no voy a dejar que insulten a la Primera
República [59]!
—¿Quieren una prueba? —dijo el maestro deshollinador ejecutando una figura de tango, parecía que mientras bailaba se riese.
—Bien, señores, mi padre, a los treinta años, era alférez de policía en Hostivar, la vigilancia estaba reforzada porqué allí vivía el primer ministro, el señor Svehla. Cuando el señor presidente fue allí de visita, el teniente distribuyó a los policías por el jardín, debajo de los arbustos de grosella. A la puesta de sol mi padre estaba sentado debajo de un grosellero, entonces el presidente entró en el jardín con el primer ministro, mi padre oyó, ¡Pues siga adelante!, y vio que el señor presidente se desabotonaba la bragueta, y empezaba a orinar sobre el arbusto, sobre mi padre. ¡Y aquello sí que era democracia, mi padre ni chistó! Después, cuando el teniente retiró la vigilancia del jardín, le preguntó, ¿Por qué estás mojado, Hurdálek?, y mi padre dijo que el señor presidente había meado encima de él. Y el teniente le dio unas palmadas en el hombro y le dijo, Hrudálek, ahora todo depende de usted, puede llegar muy lejos, y cuando el teniente entregó el informe al primer ministro, mencionó elogiosamente la valentía de mi padre bajo los
groselleros. Y cuando el primer ministro llegó al castillo presidencial[60], lo primero que contó al señor presidente fue el incidente del grosellero. Cuando se hartaron de reír, el señor presidente dijo, ¿Pues qué vamos a hacer con el alférez? Lo ascenderemos a subteniente por su valentía. ¡Y fue así cómo mi padre, a los treinta y un años, fue nombrado subteniente de policía! —gritó orgullosamente el señor Hurdálek, después bailó a paso ligero con su pareja.
—¡Yo también dejaría que se me measen encima! —dijo un suboficial jubilado.
Pero el profesor de baile, muy enfadado y con la cara roja, entró deprisa en la sala gritando:
—¿Éstos son temas para tratar en una clase de baile? ¡Guárdenselo para cuando vayan a bailar a locales como Na Vejtoni! ¿Y por qué no están bailando? ¿Y quién está durmiendo debajo del espejo? ¿Por qué no pasean cogidos por el brazo?
Y sacudió al carnicero dormido.
—¿Quién es usted?
—Josef Cuc, carnicero y tocinero, calle Vysehradská…
—¿Una dama, o un caballero?
—Una dama…
—¡Dios mío! ¿Pues por qué se duerme con las piernas separadas? ¿Dónde tiene usted sus modales? —gritó el profesor mientras pasaba sus dedos por los botones de la bragueta—. ¿Quién ha fumado? Noto vuestro olor. ¡Las clases de baile no son una cura de sueño!
Entró corriendo en los lavabos y al rato se oyeron sus gritos. Dos cocheros que habían ido a fumar un puro salieron compungidos y avergonzados.
El señor Bucifal llevó su pareja hasta medio camino y dio la vuelta.
—¡Tienen que girar, tienen que girar! —gritó el profesor desde la puerta —. ¿Es así como ustedes acompañan a sus damas? ¡Señor maestro, música! ¡Y ustedes dos, venga, al centro de la sala!
Y el pianista, que de joven había tocado en USpirü y en U Staré paní, palpó el piano, se sentó, y suspiró:
—Verfluchte Paralyse!
Y se puso a tocar el vals [61] Tesoro mío.
El señor Bucifal ofreció su brazo a su dama, un tratante de ganado, y cuando ya había captado el ritmo, se abandonó al compás de tres por cuatro. Y ambos estaban rojos porque los demás alumnos los miraban boquiabiertos, mientras el ayudante de Parques y Jardines movía sus manos y cogía una velocidad vertiginosa.
—¡Eso es! —dijo dulcemente el profesor—. Que pare la música. ¿Y cómo hay que acompañar a una dama hasta su mesa, cómo? Con su mano dirigía los buenos modales, con un gesto atrajo a la pareja que estaba bailando, les hizo caminar cogidos por el brazo hacia su mesa, después puso su mano detrás del oído, y escuchó al señor Bucifal que mientras hacía una reverencia decía:
—Querida dama, ha sido maravilloso, le ruego que me conceda el honor de otro baile.
Y el tratante de ganado bizco, que en Eslovaquia había metido veinticinco vacas en un vagón, en lugar de dieciocho, de las cuales cinco o seis murieron de sed o hambre durante el camino de Praga, a pesar de ello el negocio había merecido la pena, bajó su mirada y dijo muy bajito:
—Estoy comprometida.
Al profesor de baile le saltaron las lágrimas:
—Soy muy buen profesor…, compréndanlo, el caballero debe ser siempre galante. Señor maestro, ahora vamos a bailar el vals El jardín azul florecerá… —exclamó emocionado pasando su dedo por encima de los botones.
El ayudante de Parques y Jardines, empapado de sudor, se detuvo y dijo:
—¡Oh! ¡Qué delicia de baile! —Se retorció las manos como si se tratasen de un cordel y añadió—: Señor profesor, ¿podría mandar un telegrama de agradecimiento al comité de baile?
—Mándelo —dijo el profesor—. Pero diga quién le da las clases de baile. —Después levantó sus dedos—. ¡Señores, voy a llamar por teléfono a las bellas damas!
Se fue con su cabecita decantada, impresionado por el reconocimiento, desapareció en el pasillo, y una vez más su silueta se recortó detrás del cristal traslúcido con un vaso entre sus dedos.
Y de golpe se abrió la puerta de entrada, el barnizador, señor Timik, entró corriendo y gritando:
—¡Eh! ¡Eh! ¡Ha llegado una gran personalidad! ¡Deprisa! Que alguien vaya a recibirle, le saque el abrigo, y…
Nad’a entró en la sala arrastrando por la manga, detrás de ella, un abrigo de falso visón, se estaba riendo, se detuvo al lado de la puerta, esperó a que en la sala, donde todo el mundo estaba petrificado, entrase el señor Tonda Uhde, el agente de seguros, que llevaba una gabardina echada sobre los hombros con indolencia, y una rosa en sus dedos.
El profesor de baile levantó la ventanilla de la cocina y sacó su cabeza.
—Señores —exclamó—. ¿Qué les había dicho yo? ¡Ya ha llegado una bella dama, y llamo a las demás! ¡Señor maestro! ¡El jardín azul florecerá! — Y bajó la ventanilla, y su silueta levantó de nuevo un vaso.
—Verfluchte Paralyse! —dijo el pianista antes de hundir sus dedos en el teclado, y con la mano derecha tocaba las octavas más agudas, y cuando llegó a la última no pudo tocar el salami. El señor Tonda se sacó la gabardina, después hizo una reverencia a Nad’a, y tenía una rosa preciosa en sus dedos, y con unos pasos largos componía figuras elegantes y daba vueltas, y cantaba con el piano, En el corazón de quién entró la belleza de los pensamientos azules…
—¡Qué bien que canta usted! —dijo Nad’a apartándose un poco y mirando la cara noble del señor Tonda.
El ayudante de Parques y Jardines, en éxtasis, avanzaba a todos los bailarines, y el pianista tenía su mirada bizca fijada en el suelo, y sin perder el control de los dedos murmuró:
—Creo que ya me he comido todo el salami…