Los palabristas
Capítulo 4
H [17] oy nieva de nuevo. La nieve no es blanca, es la de Kladno, mezclada con polvo. Voy a buscar a Jarmilka en la cantina. La veo de pie, a un lado, mientras una repartidora tras otra se acerca a los cestos donde la vendedora tira los panecillos después de contarlos. Veo a Jarmilka que tiene las manos juntas bajo el vientre y que levanta un papelito con el número de la vez y grita:
—¡Helenka, démelos!
Por fin Helenka le llena el cesto de panecillos, le coge los cupones y yo, de un salto, ayudo a Jarmilka a levantar el cesto que le cuelgo a la espalda.
Las repartidoras gritan:
—Jarmilka, ¿es tu novio?
Y ella sonríe:
—No, no. ¡Qué va! ¡Jarda me haría una cara nueva!
Cojo los cubos llenos de café y salimos a la penumbra. Al lado de la valla de la cantina hay unas cabezas de ternera brillantes. Le digo:
—¿Qué tal?
—Bien, tío, bien, pero toque madera. En el segundo turno de trabajo Jarda se ha herido un pie con las tenazas. Ayer yo estaba sentada junto a la ventanita, y de golpe frena un coche, sale un hombre y me dice, Yo soy fulano
de tal, si quiere ver a Jarda, pues vámonos [18] . Y yo fui… Herrgott, tío, ándese con cuidado, no se dé un golpe, ¡en un santiamén se irán a la porra noventa y siete coronas!
Me asusto y le digo:
—¡Caramba!
Y Jarmilka prosigue:
—Su padre salió a recibirme, y su madre me dio media docena de huevos y un kilo y medio de harina para hacer pasta de bizcocho y galletas. Así pues, estuve sentada un buen rato, él lloraba porque no podía ir a la taberna. Cuando nos despedimos le dije llorando, Jarda, acompáñame. Pero él me respondió, ¡Estúpida! ¿Crees que puedo, con este pie? Su padre me acompañó hasta Stechelcev, y ya fue mucho.
—Y la boda. ¿Cuándo será?
—Creo que en marzo. Estaré aquí hasta febrero, y después, ¡adióóós, adióóós a los altos hornos de Poldovka!
Jarmilka se gira, y con una mano saluda a las chimeneas humeantes. Enseguida pregunta:
—Y usted, tío, ¿está solo?
Le digo:
—Todavía me queda un hermano, pero está en el hospital desde hace tres meses.
Jarmilka me consuela:
—Que sus padres enloquecieran tan pronto…
No sé qué decirle, así pues, vamos andando desde la penumbra hacia la luz de los faroles, se oye la radio de la fábrica con la música de una banda, los Mugrauer, con una voz alegre cantan, Las lentejuelas verdes del senderito, del senderito…
Jarmilka, que lleva atadas las correas del cesto, levanta su cabecita y grita hacia el cielo:
—¡Váyanse todos a la porra, y no me recuerden más la polka! ¡Ahora me toca a mí sufrir las consecuencias! Quería comprar un cochecillo, pero ¡cuatro mil! ¿De dónde puedo sacarlas sin robarlas? ¿Y dónde conseguiré la canastilla? ¿Dónde? ¿Dónde? Pero los Mugrauer no oyen la voz de Jarmilka, siguen cantando: … iré a la madrugada, porque yo sé muy bien… Jarmilka se señala con su dedito y dice:
—¡Éstos son los consejos que dan a las muchachas! ¡Yo también me lo tenía bien aprendido, y ahora me lo encuentro! ¡Lo que estoy tocando vale miles de coronas!
Se nos acercan y se alegran las mismas voces, pero desde otro
amplificador…,[19] para que nuestros padres sepan que yo voy a verte…
Jarmilka hace una mirada encantadora y dice:
—Nadie puede huir de esas voces, lo tienen muy bien montado. Entramos en el comedor, dejo los cubos sobre la mesa, Jarmilka desabrocha las correas, se saca el abrigo, hoy va muy mal vestida, pero a mí sus vestidos me gustan muchísimo, son el no va más de los vestidos.
Cuando termino de comer voy a cargar manganeso con Vasek Prücha. Vasek levanta una piedra de cuarenta kilos y la apoya en el canto de la canal.
—Precisamente nosotros transportábamos unas piedras como ésas para la
valla que el Sturmbandführer[20] Lowitz nos hacía construir para los osos que sus soldados le habían mandado desde Noruega —dijo mientras dejaba caer la piedra en la canal.
—Dime, Vasek, ¿por qué razón vosotros, los comunistas, lo pudisteis soportar?
—¿Cómo? Pues los comunistas teníamos en nuestras manos toda la organización del campo de concentración. Pues así. Por ejemplo, el diputado del Reichstag, el señor Najux, comunista, sabía que el diputado comunista checo estaba en camino hacia el campo. Najux, como jefe de pabellón, lo esperó en la entrada, allí le saltó encima y fingió que le pegaba, que lo deshonraba…, pero lo metieron en el bloque que él quería. Después empezó la deformación de los nombres, el cambio de números…, al final todo el mundo era una persona completamente diferente. Pero un día, cuando desde el exterior regresábamos al campo, a un Haftling se le cayó un papelito del bolsillo, se trataba de las últimas noticias de la emisora rusa…
—Lo detuvieron, lo registraron, debajo de la Wäsche[21] le encontraron una emisora secreta —me cuenta Vasek mientras va construyendo un dique en la canal—. Y al pobre lo cogió der eiserne Gustav. Primero le rompió las manos, le puso los dedos hacia arriba, por muchos sitios, pero el Haftling no soltó prenda, después lo llevaron al jardín y le pasaron una apisonadora, para construir aceras, por encima…, hasta que lo mataron. Pero no consiguieron que soltase prenda. ¡Qué cerdo era Gustav! —suspira Vasek mientras lanza rápidamente manganeso, un mineral duro y frágil, que al romperse forma unas aristas brillantes como el petróleo.
—A veces Gustav venía antes del toque de diana y no dejaba que la campana sonase… Él mismo había sacado el badajo y venía a despertarnos a golpes de badajo… Decía que era como una madre que diese besitos en la frente de sus hijos… De este modo mató a golpes a cinco o seis presos que dormían… Después colgaba de nuevo los cinco o seis kilos de metal, se calzaba los guantes, montaba a caballo, iba a bañarse… A veces en el campo incluso vivíamos momentos enternecedores. Los que habían venido del
Moorgebiet[22] nos contaban unas cosas tan horribles, que nosotros nos sentíamos felices de estar allí, en una región seca… Venían de algún lugar pantanoso de cerca de Lünebursk. Al principio de la guerra allí había sólo un destacamento para delincuentes profesionales, que trabajando en las marismas reducían sus penas a la mitad. Después trabajaron allí incluso presos políticos, a causa de la mortandad… Vivían en unas chabolas construidas sobre pilares de madera, siempre tenían humedad, trabajaban de sol a sol, rellenaban las marismas, después plantaban brezo, sobre el brezo plantaban el bosque. Cantaban una canción muy triste que al final incluso nosotros cantábamos, los de otros campos también… Era más o menos así… —Vasek se incorpora—.
Wir sind Soldaten… wir rüchen mit Spaten, für uns ist kein Frühling da[23]. Después era más o menos así… Vemos el sol a través de un velo de
mosquitos… [24] Y terminaba así, Die Arbeit ist unendlich…
Me quedo con el manganeso al lado de la canal. Miro la balsa donde se limpian las aguas residuales, como el agua está caliente, el césped alrededor de ella está verde. Después cargamos, nos sentamos un rato, pero a Vasek todo le recuerda aquellos seis años…
—Yo trabajaba en el transporte. Un día íbamos en una vagoneta por encima de un antiguo arenal donde en aquellos tiempos trabajaba el llamado
Sonnenkomando[25], había gente mayor desnuda que se moría bajo el ardor del sol de julio. Se quedaban en pie hasta que se morían o los mataban a golpes.
Sus cuerpos eran delgados, como ramitas, y sus pies hinchados como si fuesen jarras… Los SS les reventaban las ampollas y los viejos chillaban…, corrían y chillaban de una forma extraña… y nosotros, en la vagoneta, íbamos por encima de ellos, nos reíamos a gusto, nos moríamos de risa, ¡qué cómico era! Después nos miramos entre nosotros y nos dijimos, ¿Dónde estamos?, y sabes, aquella carcajada nuestra era algo más profundo que el llanto.
Cogemos los últimos pedazos de manganeso, nos cogemos por el brazo e, inclinados, avanzamos contra el viento. La nieve nos abofetea y nos obliga a cerrar un poco los ojos.
En una esquina nos topamos con Jarmilka.
—¿Qué le ocurre? —le digo.
Se acurruca.
—¡Me he olvidado de comprar cigarrillos para los hombres, y ahora no quieren devolverme el abrigo de pieles! ¡Pero que se lo metan donde quieran! De todas formas enseguida termino de trabajar…
Vasek me pasa su brazo por los hombros y contempla a Jarmilka con los mismos ojos que yo.
—Nosotros, Jarmilka, la queremos mucho, y cuando nazca su hijo la iremos a visitar.
Hace una mueca y se ruboriza:
—¡Espero que sea verdad! —dice corriendo hacia la cantina y sacudiendo sus manos enrojecidas bajo los copos de nieve.