Los palabristas
Capítulo 5
Por encima de los hornos la grúa transportaba una vagoneta atada con cadenas, pero debajo de ella todos trabajaban tranquilamente. Después la vagoneta descendió, y el conductor de la grúa la depositó exactamente sobre las vías. La empujé, hice una señal, y se asentó sobre la vía.
Cuando el encargado se cruzó conmigo me dijo:
—Simadl no ha llegado… ¡En la puerta tienes un gitano! —Y siguió corriendo hacia los hornos eléctricos.
Miré hacia la puerta y vi a Vasek acompañado de un gitano con sombrero.
—¡Bueno, patriarca, no te quedes parado mirando y ven a empujar la vagoneta! —le grité. El gitano se puso a andar lentamente, sin ninguna gana.
—No lo trates como a tu madre… —me aconsejó Vasek—. ¡Son como niños!
El gitano sólo se apoyaba en la vagoneta.
—¡Herrgott, gitano, empuja!
—Ay…, señor malo, malo… —murmuraba el gitano.
—¡No lo trates así! —me aconsejó Vasek de nuevo—. Hitler los diezmó, y ahora lo estás haciendo tú. Si hubieses visto a los gitanos bajitos andando por el campo, cogidos de la mano, y cantando marchas alemanas… Después los mataron como a las putas… —me dijo mientras abría con un palo de acero una caja llena de silicio plateado.
Pero el gitano no se sentía bien en los hornos, se consideraba como un huésped, enseguida se notaba que sólo pensaba en la manera de esfumarse.
—Patriarca, no irás a ninguna parte. ¡Veo que ya estás preparando una! — le grité.
—¡Dios mío! ¡Sagrado corazón de Jesús! ¡El gitano tiene que comer!
—¡Pero no haces nada para ganarte el pan! ¡Primero se trabaja y después se come!
—No. El gitano primero comer y después trabajar. Y hace frío.
—No se porte así con él —me dijo Vasek mientras tiraba el silicio en la vagoneta.
—Bueno, patriarca, mira. Caliéntate cerca del horno, siéntate en el espacio vacío, dentro de media hora iré a buscarte…
—Oh…, señor, señor bueno…, bueno…, bueno… —El gitano temblaba y se puso a correr.
—¡Hombre, desde luego tú…! —se rió Vasek—. Lleva una navaja encima, dice que el jefe no le apuntó tres jornadas y que lo quiere degollar. Me ha enseñado el arma. Y tú lo riñes.
—A mí la gente perezosa no me gusta.
Me subí a la vagoneta por la parte frontal y con las manos enguantadas esparcí el silicio.
—Mira —Vasek se apoyó sobre un palo—, yo a veces también miro a la gente como lo haces tú, pero cuando me acuerdo de Sachsenhausen enseguida me vuelvo benévolo. El hombre es algo completamente distinto de lo que estamos acostumbrados a leer en los libros de texto. Por ejemplo, cuando los SS se aburrían no nos daban de comer, pero a los cocineros les daban tanta comida como querían, y más de un barril de cerveza, y uno de aguardiente, y cuando estaban tan hartos que con un dedo se podían tocar la comida en la
garganta, recibían la orden [26] [27] nieder … y enseguida auf…, ¡nieder… auf! Y después les hacían rodar por el suelo hasta que lo vomitaban todo, los Häftlinge…, entonces escogían a los profesores, a los artistas… se lo tenían que comer todo del suelo… A los descendientes de la generación que se enorgullecía de haber conocido a Goethe, a los SS, eso les producía mucha risa, y les divertía muchísimo. ¡Oh, Heinrich Kampfe! —Cuando Vasek lo recordó dio un golpe de palo a la vía—. Un hombre muy atractivo, con una cintura fina como una virgen, ancho de hombros, el sombrero ligeramente caído sobre la frente… En resumen, una elegancia, pero un asqueroso. Si un
Häfftling [28] no le gustaba, como Lagerkommandant, sacaba un lápiz rojo y escribía en la frente del preso un número que indicaba el plazo en que debía ser liquidado. Durante les fiestas se liberaba a algunos Häfftlinge. Era como una lotería… ¿Me tocará a mí? Heinrich Kampfe preguntaba la nacionalidad. La única condición para liberar a alguien era que estuviese sano. Escogía a un
pobre desgraciado, y… [29] Wan geboren?, wo geboren?… etc., durante cerca de un cuarto de hora, hasta que al final Heinrich Kampfe preguntaba, und sind
Sie gesund [30] ?, y aquel pobre, con la voz más sana del mundo gritaba,
Jawohl[31]! Entonces Heinrich se inclinaba y le escribía en la frente el número rojo, porque aquel Häftling era un embustero. Así se cargaron incluso al campeón de Europa de atletismo de cien y doscientos metros, al holandés Osendarp. Le prometieron que si ganaba la carrera contra los dogs de Heinrich podría regresar a su casa… Le pusieron un collar de salchichas, cuando sonó la señal salieron el campeón de Europa y los dogs… Osendarp les llevaba ventaja, y hubiera mantenido su libertad hasta el final, pero un SS le atravesó la pierna de un tiro, los dogs lo descuartizaron y se murió…
Volcamos el silicio y amontonamos las cajas vacías…
El gitano se acercó de nuevo, cuando vio que había trabajo se cogió el vientre y comenzó a quejarse:
—¡Virgen Santísima! ¡El gitano está malo…! ¡Al gitano le duele la tripa!
Yo le dije:
—Vete…, vete, gitano… Con un poco de suerte romperás la letrina con tu peso.
El gitano se puso contento:
—¡Oh, señor bueno!
Fue directo a comerse la sopa.
Cuando ya habíamos aplanado la vagoneta de silicio salimos hacia el almacén. Allí estaba un empleado temporal muy delgado, todos le llamaban Átomo.
Abrió los brazos:
—¡Chicos, dadme la enhorabuena! ¡He vuelto a nacer!
Le dije:
—¿De qué estás hablando?
—He pasado diez días en la cárcel… ¡Por un error!
Vasek le felicitó, después le dijo:
—¿Qué tal los experimentos?
—¡Muy bien! Al principio el profesor no me creía. ¡Pero construí un cañón de cátodos y se quedó petrificado! ¡Aún me da miedo que detrás de mi culo se encienda el universo entero…! Por eso prefiero trabajar en el aprovechamiento de la electricidad natural. ¡Hay muchísima! Las líneas de fuerza en un campo magnético…, un montón de tensión de alta frecuencia… ¡Lo primero que construí fue una pistola electrónica! El profesor Fanin dudó un momento, yo me acerqué a la ventana y pregunté, ¿De quién es aquel perro? El profesor dijo, Mío, se llama Haryk. Yo apunté al can con la pistola electrónica, apreté…, y el perro se desplomó… El profesor Fanin lo fue a buscar enseguida, le hizo la autopsia del cerebro…, ¡lo tenía hecho añicos! ¡Chicos! Con la electricidad natural captada podría eliminar la Standard Oil Company, el carbón, los motores de explosión ¡Por todo ello andan persiguiéndome…! ¡Me quieren encerrar en la sombra! ¡Pero yo lo quiero patentar en Baltimore!
—¡No está mal! —dijo Vasek rascándose la cabeza.
Cogimos el mango de la puerta y Átomo gritaba detrás de nosotros:
—¡Chicos, hoy la utopía, mañana la realidad!
Entramos en el comedor.
Jarmilka me hizo una señal con la cabeza, enseguida me di cuenta de que se trataba de una noticia triste. Me cogí la cabeza, miré hacia otra parte y pregunté:
—¿Qué ocurre?
—¿Sabe usted, tío? Es tan triste que las muchachas de mi edad ya estén felizmente casadas… ¿Y yo? Todo lo que le conté era pura ilusión, todo, pensaba que al despertar todo sería como yo lo había imaginado… Pero él no me quiere, no se va a casar conmigo… Ni me habla… Yo pensaba que tal vez se sabría…
Yo tenía una taza en la mano, la dejé sobre la mesa y la volví a coger. No sabía qué decirle. Cambié de tema:
—Yo ya sé que a usted le gusta mucha bailar, ¿no es así?
Los ojos de Jarmilka estaban llenos de lágrimas, pero en su mirada ya empezaba a apuntar la alegría.
—¿A mí? Iba a todas las fiestas. Si se bailaba en Kladno, iba a Kladno, si había música en Bustéhrad, iba a bailar a Bustéhrad, cuando la banda tocaba en Hrebec, yo bailaba hasta reventar en Hrebec… ¿Y en casa, en mi pueblo? ¿Qué voy a contarle…? Éramos un grupo de treinta, nuestros amigos eran todos corpulentos, si alguien me echaba una mala mirada, ellos arreglaban las cuentas…
Yo la estaba mirando, y me daba cuenta de que cada frase la alejaba piadosamente de su vientre.
Le dije:
—¿No nacerá antes?
Se tocó el vientre:
—¡No, no, seguro que no! Si me lo hizo el dos de septiembre, lo volcaré el dos de junio… ¡Pero venga, usted, contaremos los panecillos!
Se levantó el delantal y yo iba tirando allí los panecillos que contaba.
—Hay noventa y seis.
Jarmilka cogió una bandeja con tazas llenas de café. Su compañera le gritó:
—¡No salgas de aquí! ¡Si vas a los hornos te pondrás a llorar de nuevo!
—Pues vaya usted, tía… —dijo Jarmilka.
Después se acercó a su pequeño armario, se quedó parada mirándolo, se bajó el pañuelo de la cabeza hasta los ojos, inclinó la cabeza. La vieja avanza hacia ella, le pasa la bandeja, y Jarmilka cuenta con los dedos a quién debe llevar café:
—Uno para Ondrej, uno para el encargado, uno para los planchistas, uno para Marka, la responsable de la boca del horno, uno…