Los palabristas
Capítulo 3
Tal como estábamos, negros, bajamos por la escalera hacia el depósito de la cal. Al llegar abajo nos pusimos a caminar cogidos de la mano, el fino polvo nos llegaba a los tobillos. Vasek recordó:
—En el campo de concentración andábamos exactamente así, pero esposados… El jefe de policía de Moravská Ostrava y el diputado comunista de Ostrava, Bílek. Baca, el jefe de policía, era bajito, y Bílek un gigante. Siempre caminaban delante de mí y se contaban cosas, ¡Señor Baca, tanto que llegó a perseguirme, y ahora me tiene aquí, bien cerca! Pero señor diputado, ¿Cómo pudo escaparse, si yo había dado la orden de detención? Señor Baca, en aquellos tiempos usted tenía unos policías muy tontos. Me preguntaron a mí, al diputado Bílek, la dirección del diputado Bílek, y yo, señor Baca, llevaba barba y un uniforme de guardabosques.
Vasek cogió la pala de un rincón, yo un rastrillo, y hacíamos descender la cal de las paredes, porque hasta allí la pala autoprensora no llegaba, después llegó la grúa, abrió sus mandíbulas, se dejó caer sobre el montón de cal, le dio un buen mordisco, y se levantó.
—¿Sabes qué me molesta? —se quejó Vasek—. Esa manía de nuestros directivos de andar persiguiendo a los escritores, en los jardines…, y siempre de punta en blanco.
—Es cierto —dije—. Recuerdo que Lenin iba elegante, ¡y su mujer, Krupskaia! A menudo veo aquella imagen. Lenin sentado en una butaca cubierta por una funda blanca y componiendo su discurso sobre el regazo. Y a pesar de que yo entonces era católico, lo veo perfectamente en el palacio sin luces, sin calefacción, señalando a través de los cristales algo que aún no existía. Decía, Allí construiremos una central eléctrica, allá una fábrica de máquinas de sembrar, allá una de tractores…
Vasek Prücha caminaba emocionado para arriba y para abajo, arrastraba las piernas por la cal que le llegaba hasta las rodillas.
Y levantó los brazos:
—Sí, veo aquel sueño. Y soy feliz de vivir precisamente en esta época. Una simple mirada a los gráficos de producción, y ya respiro mejor, porque los nuevos ideales deben ganar. Al fin y al cabo se trata de una gran fe, ¡y yo soy terriblemente fiel!
La grúa volvió a bajar y se hundió, nosotros nos apretujamos contra la pared. Levantó un montón de cal, volvió a subir rápidamente, hacia las vagonetas, con un sonido alegre.
Vasek se sentó sobre la cal.
—¿Te conté lo de los Bibelforscher [12]?
—No…
—Pues imagínate. Vivían en su pabellón, y cada seis meses los SS les querían hacer firmar un documento conforme abandonaban su iglesia, les decían que de ese modo podrían regresar a su casa. Pero sólo firmaron tres. Tres checos. Al principio de la guerra el jefe del campo era un austríaco que se llamaba Lowitz. Hacía formar a los Bibelforscher y les preguntaba al azar. ¿Firmas?, y si la respuesta era negativa Lowitz se sacaba la pistola y lo mataba de un tiro. Lo hacía nueve veces, una detrás de otra. Después siempre se giraba hacia su séquito, y como si hubiese ganado una apuesta, decía con la
sonrisa del vencedor, [13] Na, was hab ich gesagt? Durante nuestra estancia en el campo las hizo de todo calibre. Al lado de la letrina había una pequeña habitación que llamábamos Kapuff, estaba llena de escobas, grandes y pequeñas. Bueno, no exactamente…
Vasek se puso un dedo en la frente:
—Entonces Pohl ya estaba… ¡Pohl! El que hizo clausurar la puerta del Kapuff, no había ninguna ventana. Por el agujero del techo llenó de Bibelforscher aquella habitación, hasta el techo. Después mandó tapar el agujero con una manta, ocho horas después la mandó sacar, dos tercios de Bibelforscher estaban muertos. Preguntó a los vivos, ¿Firmaréis la renuncia a vuestra iglesia?, y todos le dijeron que no. Eso del Kapuff lo repitió varias
veces, la respuesta siempre era, Nein[14]. Para aquellos Bibelforscher el anticristo número uno era el papa, y el número dos, Hitler. Y hoy he leído en el periódico que el papa bendijo al exjefe del campo de concentración de Sachsenhausen.
Él miraba hacia el exterior del depósito, la nieve iba cayendo.
—Vasek, ¿viste a Himmler?
—Sí, lo tuve a dos metros de distancia.
—¿Verdad que a primera vista ya se notaba que era un hijoputa?
—¡Qué va! ¡Si parecía un cura! Y el conde Bernadott estaba con él, era miembro de la Cruz Roja. Nosotros, los Haftlinge, los fuertes, estábamos en primera fila de la formación, detrás estaban los más débiles… Y delante de la cantina había cerdos abiertos en canal, en los armarios había guisantes, arroz, cerdo, y debajo de cada artículo estaba su precio… El conde Bernadott, como representante de la Cruz Roja, nos preguntaba, ¿Por qué están aquí?, y nosotros, tal y como nos lo habían enseñado, respondíamos, Triple asesinato…, asesinato de un menor…, incesto con una hija menor… Esas cosas eran las más corrientes…
—¿Y el [15] Hochverrat?
Vasek se incorporó de un salto y volvió a arrastrarse arriba y abajo por la cal.
—¿Qué dices? ¿Hochverrat? Todo tenía que estar en el mejor de los órdenes posibles. Pero a pesar de ello, hoy todavía no me lo creo. Cuando me presentaba al conde como asesino de mi padre, le guiñaba el ojo… Pero el conde estaba satisfecho, saludaba a Himmler estrechándole la mano y se iba
con él al Lager[16] de los musulmanes.
—¿Qué era eso?
—Era el lugar donde yacían los enfermos moribundos. Los SS los cubrían de paja, sobre la paja ponían colchones, lo mostraban al conde a través de la ventana, Eso está preparado por si se dan casos de cólera, y el conde estrechaba la mano a Himmler.
Después llegó la grúa y nosotros descargamos la cal. Yo estaba muy cansado, pero Vasek Prücha estaba pletórico de salud y felicidad, irradiaba fuerza, como si todo lo que había vivido no le hubiese hundido, sino que le hubiese dado vitalidad. Pero yo sabía perfectamente que cuando regresó sólo pesaba cuarenta y cinco kilos. Ahora se reía, y una espuma blanca le brillaba en la comisura de los labios… Subimos por la escalera y salimos del oscuro depósito hacia la tempestad de nieve, y miramos las grúas electromagnéticas que se lanzaban contra la chatarra, que arrancaban todo tipo de piezas, y que se elevaban con su víctima para dejarla caer más tarde dentro de las vagonetas. Continuamos andando y después tuvimos que pararnos. Una de aquellas grúas bajaba hacia el montón de chatarra azul que el imán atraía, juntando unas piezas con otras y transportándolas por el aire hasta la vagoneta.
—¡Eso sí que sería la unidad! —sonrió Vasek.
—Lo sería…, ¿pero, cuánto pesas?
—Noventa y dos quilos. Los checos somos muy espabilados. ¡Nadie nos llega a la suela del zapato! Había gente de veinte nacionalidades distintas, pero sólo los checos sabíamos dónde estaba cada cosa y cómo conseguirla. Dónde comprar el pan…, etcétera. —Se refregó las manos—. Qué raro, cuando estamos en grupo nos gusta pelearnos, pero como individuos somos unos genios. Es raro. Una vez leí que durante las guerras napoleónicas diez húsares austríacos muy fácilmente hicieron añicos a treinta franceses, pero una división francesa venció muy fácilmente a una división austriaca… O un americano, es más valiente y está mejor cualificado que un alemán. Pero una compañía alemana ya son palabras mayores… ¿Te interesa?
—Sí que me interesa —le dije, pero envidiaba la buena salud de Vasek.
—Pues fíjate, en este patio una compañía de americanos en cautividad se moriría de hambre, pero una compañía de rusos siempre encontraría algo con qué alimentarse. Con las hierbas se harían una sopa, cogerían la grasa de los cojinetes de bolas y de las vagonetas y se harían una pasta para untar lo que fuese. ¡Y sobrevivirían! O una vieja rusa ¿qué te crees? ¡Es capaz de pasarse dos días tendida en la nieve esperando un camión alemán! A una vieja rusa le dieron un tonel de gasolina, y lo transportó al frente rodando… Yo por los rusos me juego cualquier cosa… Sólo los alemanes me desconciertan. ¡Si los alemanes se desarmaran…! Y los paquetes que mandaban al frente… Unas pocas golosinas para que los soldados no se durmiesen, algo de glucosa, fruta confitada. El paquete era pequeño, pero permitía aguantar dos días. También nos sorprendía que con los medios mínimos consiguiesen el máximo. ¡Pero los rusos! Fueron el motor de propulsión… ¿Las mujeres? No representaban nada. ¡La idea!
Yo dije:
—Pero esa idea ya debería estar en marcha, ya debería funcionar…
—¡Es cierto! Pero yo miro hacia delante. A pesar de saber que hay gente en contra, para mí lo más importante es lo que tengo en el horizonte. Y eso es el socialismo… ¡Ah, y me olvidaba! Había un SS muy espabilado, se llamaba Bagoda. Llamó a un médico y le pidió que abriese el tórax de un Haftling vivo, para poder ver un corazón humano palpitando.
—¡Dios mío! —Me llevé las manos a la cabeza, abrí la puerta del comedor, y me sacudí la nieve.
Jarmilka estaba contando el dinero.
Después se giró, me cogió por una manga, y cerró los ojos muy feliz:
—¡Imagínese! Han venido a traerme un mensaje. Jarda ya arregló la casita del patio de su casa. Me ha dicho que mañana vaya a fregar el suelo, que Jarda ha dicho que pensase dónde quiero colgar los retratos de la familia, el espejo…