Los palabristas
El Entierro
1
—Esta noche he tenido un sueño muy agradable, he soñado que yo estaba arrodillado en el bosque, delante de una trilladora, y que san José llegaba volando por los aires y dibujaba una gran cruz delante de mí. Y por la mañana he sabido enseguida que iba a apostar por el hoquey sobre hielo y el ciclismo,
porque san José es el diecinueve del mes tercero[37]… —dijo Jarda abotonándose el abrigo.
Un poco más tarde Jarda quería decir a Pepík que la Sportka ayuda a soñar y a descubrir el significado de los sueños, pero todo el recuerdo le fue arrebatado por un gran trompazo, el ruido de cristales rotos y un montón de juramentos. Los dos quedaron empotrados en la cloaca alquitranada de un urinario público, y cuando Jarda se levantó se dio cuenta de que hasta allí había llegado un ocho pintado sobre un vidrio translúcido.
—¡Hombre…, alpinismo! ¡El ocho! —dijo Jarda con mucha alegría.
—Pero fíjate en mi abrigo —dijo Pepík mirándose sus mangas.
—¡Nos lo ha mandado el cielo! —se alegró Jarda sujetando aquel pedazo de vidrio delante de su vista—. ¡Y además te aseguro que los demás números no tienen tanto valor cómo ése! ¡Ha sido el destino! Fíjate, por la mañana el hoquey sobre hielo y el ciclismo, y ahora el alpinismo…
—Y yo tendré que llevar mis prendas a la tintorería… —respondió secamente Pepík.
Al salir de los urinarios lo vieron todo. Justamente delante de
Palmovka[38] un camión había embestido un reloj público de cristal, uno de aquellos tan altos con cuatro esferas. El trompazo había derribado todas las esferas, que estaban sobre los adoquines, y la construcción metálica se había doblado por encima de los urinarios, los amigos sólo pisaban números.
—¿Se dan cuenta de la suerte que han tenido? —dijo un policía que llevaba un bloc de notas ceñido por una goma de un tarro de confitura—. No les ha ocurrido nada, ¿verdad?
—No.
—¿Han visto algo?
—¡No… sólo lo hemos oído! —Jarda señaló los urinarios.
—Bien, pueden marcharse —les dijo el policía caminando hacia el chófer del camión, que con los dedos temblorosos estaba poniendo en orden sus documentos.
—¡Alpinismo! Dentro de una semana seremos ricos —dijo Jarda besando el pedazo de cristal que tiró sobre los adoquines repletos de vidrios.
Pepík consultó su reloj y dijo:
—Eso está muy bien ¡Pero tenemos que ir al entierro!
Mientras subían por la calle Prazska soplaba un viento tan fuerte que tenían que andar encorvados.
Jarda fantaseaba:
—Con la Sportka siempre puedes esperar un poco de magia. ¡Devanarse los sesos no sirve de nada! Yo una vez me dediqué a escribir todos los números que salían, ¿y sabes una cosa?, ¡las regatas y las canoas no salieron ni una sola vez! Además, el número judío de la fortuna ha salido una sola vez, y nuestro trece de la mala suerte ya ha salido nueve veces. Tu tío Adolf, a quien vamos a enterrar, decía, Los topos hacen sus agujeros en las horas impares, los números impares traen buena suerte. Una vez apostamos sólo por los impares y, ex profeso, sólo salieron números pares…
Jarda se detuvo para retomar aliento.
—¡Se trata de eso, de tener una relación muy personal con los números! Tendríamos que encontrar una forma predestinada de ser amigos de los números, tendríamos que establecer con ellos una relación casi amorosa. Y
basta. Tal vez aquel [39] Spartak… para mí es un trasto corriente, pero si, por ejemplo, me atropella sólo un poquito, su matrícula ya significará algo para mí. Por lo tanto…
—¡Jarda! ¡Cuidado! —exclamó Pepík pegando un salto. Había visto un camión que descendía y del que se había desprendido un tonel muy pesado que fue a parar justamente bajo las ruedas del Spartak que circulaba por Prazská. A unos metros de ellos. Enseguida se elevó una columna de polvo amarillo, después se oyó un choque y el balido de los neumáticos.
Pepík estaba al lado de una señal y se miraba con desesperación el traje de luto que, sin poderlo evitar, ya estaba tan amarillo cómo aquella nube amarilla de la que Jarda acababa de salir tambaleándose.
—¡Maldito payaso! ¡Vaya forma de conducir! —gritó Pepík dentro de la nube mientras miraba sus ropas.
—¡No blasfemes! —Le tapó la boca Jarda—. ¡Es una indicación del cielo! —dijo señalando la columna de polvo amarillo que el viento ya empezaba a disolver, el polvo se esparcía por la nieve ennegrecida y por la pendiente de
debajo de Balkán, e incluso por Krejcárek[40].
—Seguro que este mes nos forramos —dijo asfixiándose. Después se puso a andar alrededor del Spartak que emergió de la nube, se arrodilló sobre una capa de medio metro de polvo, y limpió la matrícula que el viento enseguida tapaba con el polvo amarillo. Se concentró en los grupos individuales de números y los limpió rápidamente.
—¡Saltos al agua!
Siguió mirando…
—¡Equitación!
Rápidamente los limpió de nuevo…
—Y gimnasia rítmica —gritó a la tercera.
El viento llenó de nuevo de polvo la placa, y de debajo de la carrocería fue arrancando aquel polvo amarillo de anilina que se esparció mucho más. El chófer del Spartak seguía al volante, tenía los ojos cerrados y pensaba que todo era un sueño, que quizás cuando abriese los ojos nada sería como lo que
había visto y oído… Por fin los abrió, y vio un [41] Tatra 111 que descendía a gran velocidad, penetraba en la montaña polvorienta y ensuciaba las ventanillas del Spartak.
—Gimnasia rítmica —se alegraba Jarda.
—¡Vaya gimnasia…! —El dueño del Spartak se armó de valor y bajó del coche—. ¡Dios mío, y lo estreno hoy! —dijo, y cuando notó que el polvo le llegaba hasta las rodillas se llevó las manos a la cabeza.
—Me da miedo mirarlo. Por favor, ¿qué hay debajo de las ruedas? —dijo muy preocupado, y unas arrugas le atravesaron la cara hasta las orejas.
—Un tonel de anilina de dos toneladas —le dijo Pepík.
—¿Quién me mandaba salir? —El dueño se golpeaba la frente con la palma amarilla—. ¡Cómo se va a poner mi mujer! Me da miedo mirarlo… ¿Está muy destrozado?
—¿Y yo, y mi traje? ¡Vamos a un entierro…! Se me ha muerto un tío… —suspiró Pepík mirando el capó del coche. Después dijo—: No está muy abollado. Sólo la rueda izquierda está arrancada…, el guardabarros está un poco enrollado y el radiador un poquito hundido…
—¡Cómo se enfadará mi mujer! —El automovilista se cubrió la cara.
—Puede imaginarse que no se pondrá contenta… Pero lo peor es…, ¿se lo digo? —preguntó Pepík consultando el reloj que acababa de limpiar.
—¡Dígamelo! ¡Estoy preparado para cualquier cosa!
—Pues la carrocería está desplazada.
—¡Dios mío! —se lamentó el dueño—. ¡Vaya Nochebuena tendremos mañana!
Desesperado se introdujo en el Spartak sin quitarse el abrigo que también estaba amarillo. Del asiento de atrás cogió un plumero con plumas de gallo, salió a gatas del coche recién estrenado y comenzó a sacar el polvo con gran nerviosismo.
Un niño bajaba en trineo por la pendiente pelada y se acercó al coche. Cogió un puñado de polvo de anilina, tiró de la manga del propietario, y preguntó:
—¿Señor, eso qué es?
—¡Ay, ay, ay, ay! —gritó el dueño—. ¡Vete si no quieres que haga un disparate! ¡Sólo tengo un sistema nervioso! —gritó agitando en el aire las plumas de gallo de colorines.
—Le mandaremos un policía de la comisaría de Prazska —dijo Jarda poniéndose en camino. Iba repitiéndose, Saltos en el agua…, equitación…, gimnasia rítmica…