Los palabristas
Capítulo 3
El carrusel con sillas giratorias era una de las atracciones de la Noche Veneciana, estaba situado en la mismísima orilla del río. De las entrañas del gramófono salía, en todas las direcciones, una música espantosa similar a los cuadros con ninfas y náyades que decoraban el plafón del artilugio. Los montantes estaban llenos de bombillas multicolores, y cuando la rueda se aceleraba, las sillas y sus cadenas volaban sobre el río, y si alguien se inclinaba podía ver las vigas y los soportes del carrusel diluidos en el agua profunda, y el reflejo formado por círculos de cadenas, de piernas y de caras humanas, en la superficie del río. En el agua todo se duplica.
El agente señor Tüma cogió a la chica de los nenúfares, la empujó por detrás, y las cadenas de sus sillas se trenzaron. Después, con un movimiento potente, la muchacha se giró, estiró su brazo, el señor Viktor estiró el suyo, un poco más, un poquito más…, y sus dedos se engancharon, el agente atrajo a la muchacha, y con un movimiento intenso la llevó detrás de él, después la sujetó un momento y le decía dulces palabras al oído. La devolvió al espacio, hasta el límite permitido por la fuerza centrífuga y las cadenas del carrusel, y él se quedó casi parado. En aquel momento el jefe de Ayuda a la Vejez, que estaba sentado detrás de él, lo atrapó, y antes de lanzarlo al espacio le dijo:
—¡Tienes que conquistar a la muchacha!
Y Viktor, a quien un puntapié dirigió hacia arriba, cerró un ojo.
El dueño del carrusel tocó una campana, pasó la palanca a la máxima velocidad, y las sillas se alejaron más y más de la hierba pisoteada, y las caras de los viajeros desfilaban en círculo más allá de la frontera entre la luz de las bombillas y la sombra de la noche azul, como si fuesen cojinetes de bolas.
La chica de los nenúfares estaba asustada. ¿Qué ocurriría si su asiento se rompiese? ¿Hasta dónde podría llegar volando? Quizás hasta el centro del río, entonces rompería el reflejo de la luna. Pero también podría ir a parar a la barcaza decorada con farolillos de papel y animada con la música del club que navegaba en silencio. Seguro que reventaría la barcaza y que los farolillos de papel se apagarían silenciosamente… Pero ¿qué ocurriría si la silla se rompiese sobre el río y la fuerza centrífuga la llevase a la otra orilla, sobre la lona del tenderete de golosinas? ¿O qué, si llegase hasta el puesto de tiro al blanco, justamente entre las figuras de latón, y todos los resortes escondidos se disparasen, como si hubiesen dado en el blanco…? ¿O qué, si con sus cadenas aterrizase y tirase el tenderete con el hombre de la bata blanca que alrededor de unos bastoncillos iba enrollando el algodón de azúcar rosado? ¿O si volase aún más lejos, de cabeza hacia la bota donde habían puesto a enfriar las botellas de cerveza y otros refrescos?
Pero el dueño del carrusel truncó cualquier posibilidad. Redujo la velocidad y las cadenas se fueron juntando progresivamente, como cuando alguien cierra un paraguas lentísimamente… Luego algunas suelas de zapatos tocaron el suelo de madera del carrusel que se detuvo.
—Me da vueltas la cabeza —dijo la muchacha.
—Para esos casos lo mejor es tomarse una copita —la invitó el jefe.
Y cuando ya estaban debajo de la lona sorbiendo el licor dulce, el señor director le dijo:
—¿Cómo le van los negocios?
—Fatal. La gente no compra mucho —dijo—. Pero…
—¡Malditos mosquitos! —Hizo un gesto con su brazo y tiró el anisete en la cara del agente señor Tonda.
—Lo siento —se disculpó el jefe, y se reía tanto que las lágrimas le bajaban por las mejillas, abrió la mochila de la chica y sacó un nenúfar artificial envuelto en papel de seda.
—Que bromas más pesadas —el señor Tonda lo maldecía y se limpiaba el licor pegajoso de los ojos.
—Pues, ¿señorita…?
—Úrsula Krásenská. —Se inclinó ruborizándose.
—Pues, señorita Úrsula, ¿por qué un artículo tan bonito no tiene salida?
—Será que no sé venderlo. —Se ruborizó aún más.
—¿Cuánto vale cada pieza?
—Veinticinco coronas —dijo ella vaciando el vaso.
—¡Camarero! —ordenó el jefe—. ¡Otra ronda!
—¿Qué es lo que ustedes venden? —le preguntó.
—Mis amigos y yo ofrecemos a la gente un futuro feliz —dijo el jefe.
—¡Ah sí! ¿Venden horóscopos? —Se echó a reír.
—No. ¡A que no lo adivina!
—Oraciones, jaculatorias…, ¡o leen las manos!
—Tampoco. El señor Viktor se lo contará —dijo el jefe ofreciendo a la muchacha otra copa de anís.
—Señorita Úrsula, nosotros ofrecemos a la gente una gran ilusión. Pensiones, los comerciantes creen que lo que un día les prometimos se hará realidad, así pues, tienen un futuro feliz —dijo el señor Viktor con sus ojos brillantes dentro de los de la muchacha de los nenúfares.
—¿Usted vende esperanza? —le preguntó.
—Sí —dijo el señor Viktor—. Exactamente igual que cuando Jesucristo hacía de viajante, visitaba a sus clientes alrededor del lago de Galilea con tres artículos, fe, esperanza y caridad… Del mismo modo… ¡Pero acompáñeme en la Noche Veneciana!
—Usted tiene una profesión muy bonita —dijo la muchacha.
—Sí —dijo el jefe.
Cogió un nenúfar artificial y se abrió paso entre la multitud mientras gritaba:
—¡La última novedad de París! ¡Para su mesa! ¡Un nenúfar artificial que embellecerá su hogar! ¡Una oportunidad única! —gritaba y con la mirada iba sopesando los diferentes tipos de persona.
—¡Qué bromas más pesadas, las de nuestro jefe! ¡Apesto a anís!
Tonda maldecía y se olía sus dedos.
—¡Oh, qué bonito! —La muchacha se dio la vuelta hacia Viktor y con su dedo señalaba un tenderete. Un hombre iba cogiendo de una caja unas cosas flácidas parecidas a los guantes de goma, las metía en una bomba de oxígeno, daba la vuelta a una anilla, y debajo de sus dedos crecía un precioso globo de colores, tras unos movimientos rápidos, el globo se elevaba hasta donde se lo permitía el hilillo invisible… Los niños se llevaban los globos de colores y sonreían plácidamente… Y el hombre, bajo la luz de acetileno, fabricaba más y más globos.
Y llegó el jefe cogiendo a una mujer por la mano y gritando:
—¡Úrsula, esta madame quiere dos nenúfares!
Abrió la mochila y sacó dos flores artificiales que puso en el bolso de la mujer gorda que argumentaba:
—¡Tal vez una me bastaría!
—Dos, dos —gritaba el jefe—. Es como si comprase un cachorro, siempre es mejor dos, porque dos cachorros juntos comen mejor. Son cincuenta coronas.
La mujer sacó el monedero, las manos le temblaban y el jefe dijo:
—Perdone, madame. —Cogió el monedero y sacó de él un billete de cincuenta coronas, se lo dio a Úrsula, y devolvió el monedero al bolsillo de la señora. Después sacó la mochila de la espalda de la chica, cogió un nenúfar, y se abrió paso entre los espectadores, iba gritando:
—¡Compre la última novedad de Viena, un nenúfar artificial, prácticamente indestructible, una flor artificial que se puede mojar, por eso siempre parece fresca…!
—Yo quisiera uno… —dijo la muchacha.
—¿Un nenúfar? —le preguntó el señor Tonda.
—No…, un globo…
—¿De qué color? —preguntó el señor Viktor.
—¡Verde!
—Es el color de la esperanza —dijo Viktor.
Tonda se metió una mano en el bolsillo, se dirigió hacia los globos que provocaban la alegría de los niños, y compró uno de color verde. Mientras lo llevaba del hilo haciéndolo mover, se quedó petrificado. En la sien notó el golpe de una piedrecilla.
Se paró, notó que la sangre le corría, vio a dos chicos corriendo por la penumbra de la Noche Veneciana, hacia los sauces llorones del río.
El vendedor dijo:
—¡Esos bandidos siempre están aquí! Les gusta reventar los globos de los chiquillos con un tirachinas… ¿Y a usted le han dado en la cabeza, no?
—¡Por suerte no me han sacado un ojo! —dijo Tonda tapándose la herida con un pañuelo.
Después dio el globo a la muchacha de los nenúfares, el señor Viktor la cogió por el brazo y se la llevó caminando hacia los columpios con barquitas. Dos mujeres se estaban columpiando con tanto ímpetu que el dueño se puso a gritar:
—¡Oh, oh, oh! —Y apretó la palanca del freno con tanta violencia que la madera se astilló.
Pero las dos mujeres tenían tanta fuerza que se izaron hasta la horizontal, como si se tratasen de banderas ondeantes. Una de ellas estaba siempre en cuclillas y hacía que la barquita fuese para arriba y para abajo, la otra, en pie, se dejaba llevar hacia el cielo azul, hasta que lo tocaba con la cabeza… Después los movimientos de las mujeres se intercambiaron, la barquita se precipitó en el sentido contrario, porque la primera mujer subía derecha hacia el cielo, y con su cabeza dejaba en la sombra unas cuantas estrellas. Los cabellos sueltos de las mujeres ondeaban hacia atrás, de golpe hacia delante, y les tapaban la cara. Y así sucesivamente, cada una tenía detrás de ella la llama de sus cabellos, o la cara tapada…
El jefe se iba aproximando, de lejos levantó la mochila vacía, y tenía la boca llena de cacahuetes que iba masticando.
Pasó las correas por los brazos de la muchacha y le dio el dinero.
Con sus dedos hacía añicos los cacahuetes, ponía las cáscaras en el bolsillo de la gabardina de Tonda. De repente se puso a reír y a escupir trocitos de cacahuete a la cara de Tonda, le cogió por delante del brazo y lo llevó a un tenderete con una diana enorme e iluminada, con unas secciones pintadas con los colores básicos. Sobre la diana había un rótulo luminoso con
las letras DUHA[50]. Y una joven rubia gritaba:
—Señoras, ¿qué es el decolorante de la marca Duha? ¡Es un producto utilísimo para el hogar! —En sus dedos tenía un paquete de decolorante y lo agitaba.
—¡Usted siempre gasta bromas pesadas! —dijo Tonda sacándose del ojo una miga de cacahuete con el pañuelo sucio de sangre.
—Aquí tienes un apósito —dijo el jefe contento, metió en el bolsillo de Tonda un billete de cien coronas, y se quedó contemplando la Noche Veneciana, contempló los arpegios de la luna proyectados sobre el agua. Dijo —: Me encantan las noches así. Amigo, tengo una sensación muy agradable, como si yo fuese…, de estar en el mundo…
Y la muchacha que sobre una mesilla estaba haciendo demostraciones del uso del decolorante de la marca Duha gritó:
—Pero queridas señoras, algunas manchas son imposibles de sacar sin dañar el tejido.
—Muchas gracias. —La muchacha de los nenúfares se inclinó y el globo verde le lamió la cara—. Yo hubiese necesitado una semana para vender los nenúfares. ¿Cómo lo ha hecho?
El jefe dijo:
—Hay que saber vender. En Kolín veinte sastres que habían firmado la inscripción a Ayuda a la Vejez me pusieron una demanda judicial, alegaban que les había hipnotizado. Cuando me cedieron la palabra me defendí tan bien, que los veinte sastres retiraron su demanda, en el pasillo logré inscribir a dos personas más, dos miembros del jurado, especialistas… En cualquier caso, justo antes de abrir la puerta debe estar concentrada, lanzada, y cuando llegue el cliente tiene que doblegarlo de golpe, como si fuese un tigre…, debe presionarlo psíquicamente por el camino más corto, para que firme la inscripción y pague…, como en un sueño hipnótico. ¡Ningún diálogo! ¡Un monólogo!
El jefe hablaba, y era evidente que estaba orgulloso de sí mismo. La muchacha de los nenúfares le hizo una reverencia y se fue con Viktor, hacia el tiro al blanco.
La rubia señalaba la gran diana con las secciones de colores y gritaba:
—Pero si no tienen ninguna posibilidad de blanquear su colada sobre el césped, ¡usen, con toda confianza, nuestra lejía doméstica, el decolorante de la marca Duha! Pero ya les he advertido que algunas manchas son imposibles de sacar sin dañar el tejido.
—Señorita —dijo el jefe—. Yo en mi alma tengo unas manchas imposibles de sacar fácilmente… ¿Qué debo hacer?
—Para esos casos nuestro decolorante de la marca Duha no sirve. Lo mejor es recortarlas con un cuchillo… —dijo la rubia.
—¡Pero eso podría significar mi fin!
—Desde mi punto de vista, no sería una gran pérdida —le contestó riéndose.
—¿Qué significa eso?
—A buen entendedor… —Seguía riéndose. El público le compraba paquetes de decolorante y ella los iba cobrando.
Y la rubia, con una mirada lánguida, miraba a la lejanía, se oía el suave sonido de las mandolinas y la barcaza iluminada navegaba por el río y se perdía tras las ramas de los sauces llorones…
—Algunos viven tan bien… —suspiró.
—¿Qué es lo que le gustaría hacer? —le preguntó el jefe.
—Un paseo por el río.
—¡La invito!
—¿Y quién va a vender en mi lugar? Debía dar una conferencia en el hotel bajo el título. ¿Qué es Duha?, pero como estaba la Noche Veneciana lo he instalado todo aquí.
—Muy bien. Se nota que usted es de Praga. ¿Cuánto vale todo junto? ¿Doscientas? ¿Trescientas? ¿Cuatrocientas? —preguntó poniéndose una mano sobre el bolsillo trasero del pantalón.
—Cuatrocientas —dijo.
—Pues aquí las tiene. Basta…, vamos, vamos. ¡Al río! A mojarnos las manos con el agua de la luna —exclamó el jefe, y de un modo romántico levantó sus manos hacia la luna. Pero al mirar entre la gente, se agachó y se escondió detrás del anuncio de Duha.
—¡Tonda! ¡Por compasión, sálveme! Ése es el cliente que se ha vuelto loco —susurró y clamó al cielo.
—¿Y qué debo hacer? —dijo Tonda.
—Lléveselo a cualquier parte, no le pierda de vista, ¡le recompensaré generosamente!
Un hombre con la cara chupada se iba abriendo paso entre los visitantes de la Noche Veneciana y se iba acercando sin perder al jefe de vista.
—Señor, ¿podría decirme qué busca? —preguntó el señor Antonín Uhde.
El hombre empezó a gritar:
—¡Dicen que está aquí! Uno de los seguros que se llama Krahulík, el que me hizo la póliza. En la estación me puse a correr detrás de él, me arrodillé delante de su vagón para que me devolviese el dinero, pero él estaba mirando por la ventanilla y me dijo que era demasiado tarde, que no se podía renunciar al seguro, que era como los curas, que no pueden salirse de la Iglesia católica… El tren se puso en marcha, yo empecé a correr y a golpear el vagón diciendo que me devolviese el dinero… Mi mujer estaba enferma.
—No se preocupe, hombre —dijo con mucha seguridad el señor Tonda—. Seguro que ese hombre terminará en la cárcel, de un modo u otro.
—Hombre, eso me tranquiliza muchísimo. Para poder recoger el dinero de la pensión yo tendría que estar afeitando a los clientes hasta la madrugada. ¡Al diablo el futuro feliz! Debería envenenarle la comida —gritó el barbero.
—¡Qué va! —dijo el señor Tonda—. A semejante cabrón no le haría el menor efecto. Ya se sabe. ¡Cuanto más canalla, más resistente! —dijo mirando a la rubia que plegaba la mesilla y los decolorantes de la marca Duha, y lo ponía todo en una maleta pequeña.
—Si le cogiese —gritaba el barbero—, ¡le daría así en la cabeza! Mientras lo estaba mostrando señalaba un poquito más lejos, al tenderete donde los jóvenes comprobaban su fuerza. Con una maza pegaban golpes en un pilón tapizado que a través de un mecanismo los transmitía a una escala graduada iluminada por una bombilla. Pero los jóvenes se marcharon desilusionados, volvieron sobre sus pasos y sacudieron el aparato, pero el dueño los empujó hacia fuera con su gran barriga.
El barbero se plantó delante del aparato en cuatro saltos, y cogió la maza.
Un campesino joven y bonachón le dijo:
—Abuelo, sería mejor que se comprase unos rosarios.
Pero el barbero dio un golpe de maza y el aparato comenzó a sonar. Los jóvenes, que ya se marchaban, se dieron la vuelta, regresaron sobre sus pasos, no se lo podían creer. Tocaron los músculos al barbero, se pusieron de puntillas y leyeron la puntuación máxima en la escala graduada. El dueño escogió una muñeca negra y la ofreció como premio al ganador.
—Cuando uno tiene un objetivo se cansa menos —gritó el barbero—. Es así como yo pegaría a aquel tío. ¡Lo cortaría a pedacitos como si fuese una serpiente!
Cogió la muñeca por las piernas y se puso a romperla con tanto empuje que se le cayeron todos los botones del abrigo. Se fue corriendo hacia el tiro al blanco y pidió una escopeta cargada.
—¿La ha disparado alguna vez? —le preguntó la dueña.
—¡No! —gritó el barbero—. ¿Pero dónde están aquellas figuras que representan un asesinato?
—¡Aquí! —dijo la dueña señalándolas con un bastoncito—. Los cazadores furtivos disparan contra el guardabosques.
El barbero apuntó, apretó el gatillo, y derribó a los guardabosques.
A su lado estaba el señor Viktor, cogió a la muchacha de los nenúfares, la apretó por la espalda, y le aconsejó:
—En una misma línea tienen que estar el punto de mira y la mosca del blanco, ¿sabe usted?
—No, no lo sabía… —le respondió en voz baja.
—Pues así… —La cogió y con su barbilla le apretó la cabeza hasta que ella tocó el metal fresco—. ¡Así! —le murmuraba—. Pero usted es tan guapa, Úrsula, tanto que mi corazón no lo puede resistir. ¿No le oye latir?
—Sí, sí que lo oigo. Pero usted se está riendo de mí. —Giró su vista y puso su mejilla contra la mejilla de él.
La dueña les ofreció la escopeta cargada y les enseñó:
—¡Aquí está la cierva!
Y el barbero en un santiamén se llevó la escopeta a la barbilla, apretó el gatillo, y la cierva dio un salto y se cayó.
—¡Cuando le encuentre acabará así! —dijo el barbero.
—No me extrañaría en absoluto —le respondió Tonda.
El señor Viktor susurró:
—Úrsula, ¿dónde duerme usted?
—¡En la estación!
—¡Pero si no hay ningún hotel…!
—En la sala de espera, siempre duermo allí. El jefe de estación me ha prometido que hoy dormiría tranquila, que me pondría el libro de contabilidad debajo de la cabeza, que me taparía con su abrigo de ferroviario…
—¡Qué hoyitos más monos tiene usted en las mejillas! —le susurró abrazándola, los dos aguantaban la escopeta y se apoyaban en látela verde del mostrador.
—¡Qué ideas tiene usted!
—¡No…! ¿Por qué iba a decir algo que no es verdad? —le susurró en el oído.
—Y aquí están los leñadores cortando troncos. —Señaló la dueña.
El barbero cogió la escopeta y disparó a ciegas, sin apuntar…, y los dos hombres siguieron cortando leña con unos movimientos convulsivos.
—¡Eso sería lo mejor! —Se puso contento el barbero—. ¡Nada de muertes instantáneas, un poco de tortura! ¡Cortarle muy despacio! Cuanto más chillase más se alegraría mi alma.
—A mí también me parece muy buena idea —dijo el señor Tonda—. Pero jefe, cálmese, venga, vamos a dar una vuelta por la Noche Veneciana. ¿Qué le parece?
Viktor le susurraba al oído:
—Venga conmigo, dormiremos juntos.
—¿Usted me quiere? —le preguntó la chica de los nenúfares.
—Mucho. El amor es el intermediario entre el cielo y la tierra.
—Suena bien, pero si no fuera verdad no me lo diría. ¿No es así? — Sonrió deshaciéndose del abrazo de Viktor.
El señor Viktor levantó la escopeta, contempló todas las figuras de latón, y apuntó a la cierva que estaba saltando un pino. Apretó el gatillo y tocó la diana negra. La cierva se dobló. La muchacha de los nenúfares estaba jugando con el hilo del globo verde, con la otra mano se cogía al tenderete de madera. Tenía la vista fija en el río, en la orilla había una barcaza decorada con farolillos de papel colgados, sobre ella estaba el jefe llevando sobre la espalda una diana enorme con secciones de todos los colores, el jefe ayudó a la rubia a entrar en la barcaza, ambos se sentaron en un banco y se pusieron a mirar el agua. Vio que el señor Tonda, quien le había comprado el globo verde, llegaba a la barcaza acompañado de un hombre excéntrico. Cuando ellos ya se habían embarcado, alguien empujó la barcaza y la banda de música sentada en la popa empezó a tocar.
El señor director se tapaba la cara con la diana de Duha, la rubia sonriente metió la mano en el fresco elemento, cuatro muchachas guapas tocaban con mandolina Sobre el Elba de espuma plateada, y el viejo arenero empujaba la embarcación con una larga pértiga. En la superficie del río se podía ver la Noche Veneciana invertida, otro columpio, otro carrusel con sillas giraba en el agua profunda… Las personas que se asomaron pudieron ver otra barcaza con farolillos que navegaba con ellos, pero en el fondo, y con las caras invertidas.
—¿Qué le haría a aquel hombre si por error se le presentase en la barbería y le pidiese que lo afeitase? —le preguntó el señor Tonda.
—Lo enjabonaría, después cogería la navaja y… ¡ya sería mío! ¡Ya se enteraría de lo que es un futuro feliz! Le cogería de la oreja y le preguntaría. ¿Pues qué? ¿Qué vamos a hacer con estas orejitas?, y lo cortaría a poquito, a poquito, poquito —gritó el barbero, mostrando sobre el agente Tonda cómo cortaría la orejita a poquito a poquito.
Y las cuatro muchachas guapas iban tocando Sobre el Elba de espuma plateada, y detrás de la barcaza, sobre la superficie con remolinos, la luna se reflejaba como un largo arpegio.
—¿Qué le parece? ¿Cuál es mi nombre? —dijo la rubia al jefe que se tapaba detrás del anuncio de Duha.
Él, que estaba de rodillas en el fondo de la barcaza, le puso la cabeza en el regazo y susurró:
—Si usted fuese pelirroja, si tuviese pecas en la nariz y tocase el violín se llamaría Wanda… ¡Qué nervioso me pone ese barbero!
—¡Me llamo Nad’a! —dijo.
—¡Ah!, ¡Nad’a! Eso significa esperanza, Nadézda…, decolorante de la marca Duha, y qué bien están estas dos cosas juntas —le dijo el jefe en voz baja.
—Y después, ¿qué le haría? —se interesaba Tonda.
—Después cogería aquel hijoputa por la nariz y diría por el agujero de la oreja cortada. ¿Qué vamos a hacer ahora con la naricita? ¡Pedacitos, pedacitos, pedacitos! Y lo cortaría a poquitos, poquitos, poquitos, como si tocase el violín. ¡Ahora para poder pagar el futuro feliz tendré que esquilar ovejas!
—¿Usted sería capaz de hacer lo que dice? —preguntó Nad’a al barbero.
—Sí. Incluso iría más lejos. ¡Después, de una patada, le rompería el hueso de la espinilla! Así no se me escaparía. Y después lo torturaría despacito, despacito… —gritó el barbero. Y como prueba dio un fuerte golpe a una madera que estaba clavada en el fondo de la barcaza.
—Tranquilo, tranquilo —lo calmó el viejo arenero.
Y los farolillos comenzaron a balancearse, los remolinos y las olas de la superficie inquieta se alejaban de la barcaza, y la luna se estiraba en una línea larga.
El jefe seguía arrodillado en el fondo de la barcaza, con la cabeza en el regazo de la señorita Nad’a, con su mano sujetaba el rótulo publicitario de Duha.
—No me extraña que cada dos por tres haya asesinatos —dijo Nad’a.
—¡Asesinar a semejante bestia es poco! —gritó el barbero—. ¡Torturarlo poco a poco! ¡Circuncidarlo con un sacapuntas!
—Eso será un poco doloroso —dijo Nad’a riéndose.
—E irle rompiendo las costillitas de una en una, a patadas, y hundírselas bien en el tórax, y después escuchar cómo se van debilitando sus gritos. ¡Eso sí que sería un placer! —seguía deleitándose el barbero.
—¡Kupricka, para de una vez de dar puntapiés a la barcaza! —le pedía el viejo arenero.
—Y al final le pondría una navaja en la garganta y le preguntaría, ¿Y qué vamos a hacer con ese cuellecito? —gritaba el barbero fuera de quicio.
—¡Y le cortaría un poquito, un poquito, un poquito, hasta que la cabeza se le cayese hacia atrás como la tapa de una maleta! ¡Y al final lo degollaría, dejaría su cabeza en el suelo y le daría un porrazo y saldría volando como esa luna! —gritó el barbero, y con todas sus fuerzas iba dando patadas a la madera clavada en el fondo de la barcaza. Y la madera se desprendió y el río, con toda la presión, entró en la barcaza apartando la madera, el agua entraba formando un geiser, y la barcaza se hundía lentamente.
—¿Pero que has hecho, Kupricka? —gritaba el viejo arenero.
El rectángulo de la barcaza desaparecía bajo el agua, los farolillos tocaban el río, pero las muchachas, con el agua por encima de las rodillas, seguían tocando Sobre el Elba de espuma plateada, el agua ya les llegaba hasta la cintura, pero ellas seguían tocando…
Algunos pasajeros saltaron al agua y nadaron hacia la orilla. Los farolillos chisporroteaban y se apagaban, algunos se habían soltado y flotaban por la superficie, las muchachas levantaron sus instrumentos hasta la barbilla, y seguían tocando, el agua ya les llegaba a los senos, ellas levantaron las mandolinas por encima de sus cabezas e intentaban seguir tocando, pero el agua subía tan deprisa que perdieron pie… Sólo entonces se paró la música, las muchachas nadaban y amorosamente empujaban los instrumentos delante de ellas, exactamente igual como hacía el jefe con el rótulo publicitario con la inscripción de Duha…
El barbero, que nadaba con el agente señor Tonda, gritaba:
—¡Si el tío que me trajo el futuro feliz estuviese nadando por aquí, a mi lado, lo hundiría! Cuando notase que empieza a perder los sentidos le dejaría tomar un poquito de aire, ¡y otra vez bajo el agua! ¡Así! —Y mostraba cómo cogería el pescuezo del jefe y cómo lo ahogaría.
Pero delante de ellos nadaba una de las guapas muchachas empujando la mandolina, y su trenza ondeaba detrás de ella como una serpiente.
Y después los primeros pasajeros de la barcaza hundida comenzaron a salir del agua próxima a la orilla, les tendían manos para ayudarlos. Y las cuatro muchachas, cuando volvieron a tocar el suelo, vaciaron el agua de los instrumentos, y como habían perdido las púas, comenzaron a tocar las cuerdas con sus dedos, salían del agua hacia la orilla, a la luz plateada de la luna se distinguían sus cuerpos moldeados, no podían esconder sus senos preciosos, ni sus vientres firmes, ni, después, sus piernas fuertes y sus tobillos frágiles.
En aquel momento empezaron los fuegos artificiales, y la gente que estaba cerca de la orilla no admiraba los cohetes, ni las bengalas que explotaban al final de la curva balística y que caían en la hierba fresca entre chispas de colores. Todos admiraban a las guapas muchachas que marcaban el paso, tocaban sus instrumentos en el agua poco profunda y con sus tobillos salpicaban el agua plateada.
Y las muchachas se sentían miradas por una gran cantidad de ojos, pero no se avergonzaban de nada. Aún levantaron más el tórax moldeado por la blusa enganchada.
—Eso es la culminación de toda la noche —dijo el viejo arenero.
Después, detrás de los arbustos, se encendieron las bengalas.
El droguero, que había instalado toda la atracción pirotécnica, corría por la orilla del río y gritaba:
—Esto lo he hecho yo, yo, yo. Para la llama roja he usado estroncio, para la verde bario, para la rosa calcio, para la azul cobre y para el amarillo natrio. ¡Todo lo he mezclado con cloruro de potasio y azufre!
El cura, que con los gemelos miraba los cuerpos de las cuatro muchachas guapas, dijo:
—Yo sé que usted es un droguero materialista. ¡Pero hijos míos! — gritaba el reverendo manteniendo los gemelos delante de sus ojos—. ¡Hijos míos la belleza no está reñida con Dios, al contrario!