Los palabristas
¿Quiere Usted Ver Praga, la Ciudad Dorada?
¿QUIERE USTED VER PRAGA, LA CIUDAD
DORADA?
El señor Bamba, un hombre bajito, propietario de una funeraria, salió de la ciudad y descendió hacia el río. Después se adentró por el robledal.
—¡Señor Bamba!
Se dio la vuelta.
—¡Ah!, es usted, señor Kytka —dijo el señor Bamba—. ¿Qué anda buscando por la orilla del agua? ¿Inspiración?
—No —dijo el señor Kytka—. En realidad he ido a su casa, pero no he encontrado su físico. Señor Bamba, ¿no tendría un poco de tiempo para mí?
—Para un poeta siempre —dijo el señor Bamba.
—Es que el grupo surrealista querría alquilar su almacén por una noche.
—¡Caramba!, hombre, ¿qué dice? ¿Quieren montar un cabaret en mi almacén de ataúdes?
—Nada de juergas, señor Bamba, por si no lo sabía, nosotros no somos
sólo devotos de Bretón y Elouard, sino también de Karel Hynek Macha[74].
—Sí, ¿y…?
—En su almacén se daría una conferencia conmemorativa del aniversario de su muerte, y la conferencia la daría Jan z Wojkowic.
—¿Jan z Wojkowic? ¡Pero si hace veinte años que está encadenado al catre!
—Precisamente por ello recorremos a usted —dijo el poeta—. Para que sepa que llevamos a su almacén de ataúdes al viejo poeta y a su lecho.
—¡Eso sí que causaría sensación! —declaró el señor Bamba.
—¡Exactamente! —dijo el poeta Kytka caminando y mirando por encima de un pequeño muro de piedra detrás del que pastaban dos toros jóvenes.
—¿Se sacarán fotografías de todo, verdad? —preguntó el señor Bamba poniéndose de puntillas.
—Exactamente. Y mandaremos las pornografías a París, llegarán a las manos del mismísimo André Bretón. Estas vacas parecen toros —añadió el poeta.
—¿Dónde? —preguntó el señor Bamba poniéndose de puntillas.
—Si me lo permite, ¡yo le levantaré!
Y el dueño de la funeraria alzó sus manitas como alas y el poeta gigante lo levantó sin esfuerzo.
Cuando el señor Bamba ya estaba harto de mirar por encima del muro de piedra exclamó.
—¡Eso no son toros, son vacas!
—¿Qué? ¿Ya quiere bajar al suelo?
—Ya tengo bastante —dijo el señor Bamba mientras seguía andando—. Veremos si el viejo poeta está de acuerdo con la conferencia. Él sólo cree en la transmisión de las ideas.
—Ya está todo listo —dijo el poeta—. Mi último objeto sexual es una bella empleada de correos. Está delicada de los pulmones, y se cura con la imposición de manos del viejo poeta. Ellos ya han hablado de la conferencia.
—Señor Kytka, ¿no me estará tomando el pelo? ¿No está bromeando?
—¿Yo?, ¿hacer recortes?
—Pues bien. Le creo.
De este modo iban andando por el robledal y en la otra orilla los bomberos hacían prácticas. Sus cascos de latón brillaban y jugaban al escardillo. Dos bomberos estaban de rodillas y tenían la manguera, uno, con las piernas muy separadas cogía el caño esperando un chorro muy potente de agua. El trompetista tenía una mano en la cintura y con la otra se apretaba la trompeta hacia la boca y miraba de reojo a su jefe que en aquel momento le dio una señal y el trompetista se puso a tocar, pero de la manguera no salía ni una gota de agua.
—La libido no les funcionará muy bien —dijo el poeta.
—Pero mi almacén de ataúdes está en el sótano. Y el carbón voy a buscarlo en el primer piso —dijo el señor Bamba.
—Pues así aún será más paranoico. —Se alegró el señor Kytka, se dio la vuelta y gritó por encima del agua—: ¡Les deseo que sus mangueras funcionen!
—¡Tu bastardo, puerco! —gritó el bombero—. Anda con cuidado, que la tuya te funcione.
—A ver si conseguimos trasladar la cama al sótano. —Se preocupaba el señor Bamba—. ¿Y si llueve? ¿No sería conveniente llevar en un coche funerario la cama con el poeta dentro? ¿Y llevarlo por delante de las arcadas? Mientras el viejo poeta golpearía el cristal del coche y haría reverencias.
—¡Exacto! —exclamó el poeta—. Sería esquizofrénico. Pero señor Bamba, ¡qué ideas más buenas tiene! ¿No le gustaría formar parte del grupo surrealista?
—No, no me gustaría —dijo el señor Bamba con modestia—. Soy miembro del Club de la Belleza.
—Sobre todo que no falte de aquel terciopelo con el que decora los ataúdes. Con tela de esa adornaremos el sótano.
—Es verdad —añadió el señor Bamba—. Si se toca el terciopelo los cadáveres pueden colarse como por una criba.
—Exactamente. ¿Y qué le parecería si se imprimiesen las invitaciones de la conferencia sobre Macha… sobre aquellas cintas moradas de la funeraria? —preguntó el poeta y gritó por encima del agua—: ¡Les deseo que sus mangueras funcionen!
—Tú, bastardo, puerco, ¿quieres recibir una paliza? —gritaban los bomberos, y con una actitud amenazadora se adentraron en el río hasta que el agua les llegó a las rodillas.
—Así que las fotografías de mi almacén llegarán al mismísimo París… — Se alegró el dueño de la funeraria.
—Eso mismo. Es que nosotros, los surrealistas, somos un movimiento intercontinental —dijo el poeta señalándose a sí mismo con orgullo—. Somos hombres tocados por el rayo, hombres postrados a los pies de la esfinge. — Dándose la vuelta gritó por encima del agua—: ¡Les deseo que sus mangueras funcionen!
Los bomberos dejaron de montar las mangueras y con su jefe corrieron hacia el agua hasta que ésta les llegó a las rodillas y con destornilladores y llaves lo amenazaban:
—Tú, Bamba, puerco, ¿quieres caerte de cuatro patas en el Elba?
El señor Bamba se asustó:
—¡Pero si yo no he dicho nada! —gritó.
—Cuando vayas detrás de un ataúd por fin sabrás los chichones que puede hacer una cruz —ronqueó el jefe de los bomberos.
—¡Fíjese, hombre, la que ha armado! —dijo el señor Bamba cejijunto—. Hay muchos bomberos y encargarán los funerales a la competencia. Y los funerales de los bomberos son de primera categoría.
—Nosotros hacemos que la vida de esas buenas gentes sea distraída — proclamó el poeta poniéndose las manos en forma de trompeta y gritando—: ¡el que ha gritado soy yo, Kytka!
—¡Tú, Kytka, bastardo! —tronó la voz del jefe—. ¡Tú también vas a recibir!
El señor Bamba se frotó sus manecitas.
—Señor Kytka, usted no sólo es un poeta, sino también todo un carácter. ¿Qué le parecería si sacásemos el ángel blanco de la droguería y lo colgásemos en mi almacén, sobre la cama? ¿O que el relojero Sercha nos dejase descolgar aquel gran reloj que está sobre su tienda y lo instalásemos sobre el viejo poeta mientras éste leyese? Sería enternecedor que la segundera, gorda como mi pierna, acompañase con su tictac nuestra velada de Macha…
El señor Bamba se ahogaba y el poeta tragaba saliva.
—Señor Bamba —dijo al cabo de un rato—, por su interior transita una doble delta maniacal, yo me esfuerzo recogiendo las ideas de una en una con una aguja, y usted se las saca de la manga.
El señor Kytka dirigió la mirada hacia el cielo y dijo:
—No yo, si no él es el poeta. —Y señaló al dueño de la funeraria.
—Usted exagera —dijo modestamente el señor Bamba.
—No, no —dijo el poeta—. ¡Claro! ¡Los paganos, sin ninguna religión, llegaron a la verdad…! ¿Pues, señor Bamba, estamos de acuerdo? —Alargó su mano inmensa.
—De acuerdo —dijo el señor Bamba introduciendo su palma en la manaza del poeta.
El señor Kytka se sacó el reloj del bolsillo.
—Bien —dijo sacándose unas postales del bolsillo interior de la americana—, dentro de un momento echaré estos aspectos en el vagón de correos del tren de Praga. El jefe de estación excluyó del correo estos artefactos, decía que eran pornográficos.
El señor Bamba desplegó las postales como si fuesen un abanico y después se llevó las manos a la cabeza.
—¿Cómo los hace? —dijo atemorizado.
—Recorto La vida sexual sana de mi madre, después una lista de precios de productos de toilette íntima femenina, después la Biblia de Kralice —dijo el poeta y con una mano detuvo al amo de la funeraria—. Después me siento en un lugar especialmente alejado y me abandono a los cuchicheos automáticos. Y me pongo a pegar los recortes mezclados sobre unas fotografías modernistas de mujeres desnudas…
—¿Y en el vagón de correos qué dicen?
—Anteayer, ayer, y hoy volverá a ser igual. Echo los aspectos por una rendija del vagón y golpeo con la mano. El empleado recoge las postales y mata los sellos. Yo retrocedo entre las vías del tren y observo cómo se lleva las manos a la cabeza. El de la visera verde se sube a la máquina que está llenando sus depósitos de agua. El maquinista se limpia las manos con un manojo de hilachas, también mira los aspectos y también se lleva las manos a la cabeza. Señor Bamba, ¡el atractivo de los objetos surrealistas es monumental!
—Si yo soy miembro del Club de la Belleza. —Se defendía el señor Bamba—. Pero ¿a quién manda todo eso?
—A unas señoritas preciosas que no quieren vivir en la esclavitud sexual —dijo el poeta y añadió premonitoriamente—: Porque la realidad es alcohólica.
—Exacto —asintió el señor Bamba levantando su cabecita—. Pero cuando usted me ha levantado delante del pequeño muro de piedra para que viese aquellos dos toros, he recordado aquel caso, cuando una niñera enseñaba Praga, la ciudad dorada, al niño que cuidaba, cuando lo volvió a dejar al suelo el niño estiró la pata. ¿Oyó hablar de ello?
—No, no —contestó con interés el poeta.
—Y eso no es todo. El colmo fue el juicio, cuando el juez gritó: ¿Cómo puede haber ocurrido una cosa semejante? Y aquella niñera gigantesca, como usted, preguntó al juez que era bajito: ¿Quiere usted ver Praga, la ciudad dorada?, y el juez respondió: Sí, quiero. Y la niñera apretó con sus manos la cabeza del juez y lo levantó hacia el techo. ¡Y cuando lo volvió al suelo también estiró la pata!
—¡Qué macabro! —dijo el poeta dirigiendo la vista hacia el cielo y lamentándose—: Yo lo busco con una aguja, busco en las plazas y él — señalando al dueño de la funeraria—, ¡él se lo saca de la manga!
—Señor Kytka. —Se le arrimó afectuosamente el señor Bamba—. Este caso no me deja dormir en paz, tantas veces que mi padre me enseñó la bella Praga, y nunca pasó nada: ¿es que las personas de hoy en día son más frágiles? Venga, ¡lo probaremos!
—Si usted no podrá conmigo —dijo el poeta.
—Pero usted conmigo sí. A su lado parezco un niño —dijo el señor Bamba.
En la otra orilla del río el motor ya funcionaba. El trompetista se acercaba otra vez el instrumento dorado a la boca, el bombero aguantaba la boca dorada de la manguera y tenía las piernas separadas para que el potente chorro de agua no le hiciese perder el equilibrio. Y los cascos de todos los bomberos brillaban como si fuesen de oro. El jefe dio la señal y la trompeta comenzó a oírse por los prados. El potente choro de agua zarandeó al bombero de un lado para otro.
—¿Y ahora qué les parece…? —gritaba el jefe de los bomberos y con un gesto teatral señalaba el arco de agua que la manguera vomitaba y que llegaba hasta el centro del río—. ¿Sale o no sale…?
—Ahora sí —gritó el poeta—, ¿pero, y cuando tuvieron que apagar el incendio en Drahelice?
—¡Tú, puerco, bastardo, espera, ya verás cuando nos crucemos! —gritaba el jefe de los bomberos y se sacó del cinturón una hacha y corrió por dentro del agua y algunos bomberos que estaban de rodillas al lado de la manguera también se sacaron el hacha, corrían detrás del jefe y los tres amenazaban con sus hachas doradas que también jugaban al escardillo y gritaban:
—¡Te vamos a hacer una cara nueva!
—Al lado de usted yo soy como un niño pequeño —le recordó el señor Bamba, y sus ojos brillaban.
—¿Quiere usted ver Praga, la ciudad dorada? —preguntó el poeta.
—Sí, quiero —dijo el señor Bamba cerrando los ojos.