Los palabristas
Capítulo 5
En la bifurcación de una carretera comarcal había un carro parado. Delante del caballo estaba un hombre de rodillas, llevaba unos pantalones de montar de piel, con una cinta métrica de sastre estaba tomando las medidas del perímetro de las pezuñas, del ancho de pecho, de la altura de la pata, y desde la rodilla hasta el suelo. Se lo apuntaba todo en un bloc. Después de un mojón había un camino que conducía detrás de una casita, delante de una de sus paredes había un andamio. Detrás del andamio había una pared blanca, sobre ella, pintado con pintura de esmalte, había un caballo enorme sin las patas delanteras. Sentado en el caballo estaba un jinete en calzoncillos que levantaba un sable curvado.
Cuando el hombre de los pantalones de montar ya se había apuntado todas las medidas dijo:
—Muy bien. Quedará muy real.
Los dos agentes de Ayuda a la Vejez se extrañaron.
—¿Quiere hacer unos pantalones para el caballo? —preguntó el señor Bucifal.
Un cochero bajito señaló con el látigo la pared de la casa:
—¿Eso es mi Fuksa? ¡No me gusta en absoluto!
El hombre de los pantalones de montar dijo:
—Lo he elevado al cuadrado.
—Pero mi Fuksa es una yegua belga preciosa —replicó el cochero golpeando el lomo del caballo—. En la pared hay una mula que arrastra el vientre por el suelo. ¡Parece un hurón! ¡Eso no es mi Fuksa!
Y escupió, dio un latigazo en el aire, y el caballo belga se apartó un poco hacia un lado.
El hombre de los pantalones de montar gritó:
—¡Imbéciles! ¡Lo pinto para vosotros! Puedes decir a todos los cocheros y conductores que lo he pintado para que tuviesen algo para mirar desde muy lejos. Y que al atardecer ese san Wenceslao será iluminado desde abajo
exactamente igual que el Hradcany[53]
El cochero se dio la vuelta, avanzó de espaldas señalando con el látigo:
—¡Vaya san Wenceslao! ¡Parece que se haya fugado de Beíkovice[54]!
—Voy por el buen camino —dijo el hombre—. Si mi pintura gustase a este cochero, seguramente mis obras no tendrían ningún valor.
—Usted será el señor Nulicek…
—El mismo.
—Claro que sí —dijo el señor Tonda Uhde—. Nosotros somos los agentes de la jubilación de los pequeños comerciantes y artesanos. Nos escribió diciéndonos que le interesaba. Pues aquí estamos.
—Bueno, pues síganme —dijo el señor Nulicek, y cuando dio el primer paso brilló en su bota una mancha de sangre seca.
En el patio había una pértiga de donde colgaba una cabra despellejada. Tenía los ojos azules y vidriosos, y de la nariz le goteaba algo viscoso. Su piel vuelta al revés estaba tendida sobre los barrotes de la valla, y la sobrevolaban unas moscas negras y doradas. Unas gallinas picoteaban y estiraban por el patio los intestinos amarronados. En un rincón un perro ciego levantó la pata como si tocase el violín, y estuvo un largo rato orinando.
—¡Señores! —gritó el señor Nulicek.
—¿Qué ocurre? —Se asustó el señor Bucifal.
—¿Saben lo que voy a pintar un día? ¡El juicio final de todas las cabras blancas que he degollado en mi vida! Pero ¿dónde podría encontrar tanta pintura blanca?
—Cuando ya sea miembro de Ayuda a la Vejez tendrá derecho a una subvención extra.
—¡Me alegra oírle! —Se enterneció el señor Nulicek, se sacó un cuchillo de carnicero de su bota y empezó a cortarse los padrastros.
—No me gustaría pasarme la vida sobre la bicicleta y gritando ¡El peletero! Pintaría un cuadro muy bonito, ya lo veo. El cuadro se titularía El juicio final de las cabras. Yo me pintaría en el medio con este cuchillo… ¡Ay, señores!, ¡con qué gusto clavo este cuchillo en el cuello de las cabras! Pero ¿como peletero soy un pequeño artesano?
—Sí —dijo el señor Bucifal—. Es un oficio reconocido.
—¡Esta noticia me pone muy contento! —dijo el peletero.
—Y estas pinturas también —dijo el señor Tonda.
Y todas las paredes de los establos, de los cobertizos y de toda la casa, todas las paredes, estaban pintadas con colores de esmalte, y un fresco se unía al otro a pesar de no tener relación alguna.
El peletero estaba al lado del señor Tonda y se alimentaba de su propia admiración.
—¿Todo eso es suyo? —le preguntó el agente.
—Sí señor —dijo el señor Nulicek contento de sus frescos que veía reflejados en el entusiasmo de su huésped. Por encima de las paredes de los cobertizos se expandía un verdor de helechos y hiedras, en medio de ellos corría una mujer desnuda con su cabellera ondeante, de la izquierda salía un cuchillo de carnicero, en las ramas, por encima de ella, estaba un hombre barbudo que se estaba riendo y que doblaba un hilo de cobre. Muchos niños bajaban de una colina, sobre una tabla de planchar estaba un joven cadavérico que andaba descalzo en medio de trozos de cristal, y a su lado una muchacha con un cráneo de caballo en las manos…
—¿En serio lo ha hecho usted? —se extrañó Tonda.
—Sí señor, yo mismo —asintió el peletero sin sacar sus ojos del agente.
El señor Tonda se subió a una escalera para poder ver los frescos que tapaba el tejadito de una tribuna. Miró hacia el patio y vio una cabra despellejada, las gallinas estirando los intestinos en todas las direcciones, el viejo perro que todavía orinaba con la pata trasera levantada, como si tocase el violín, después vio una letrina abierta, en sus paredes estaban pintados unos monos pelirrojos, unas monas y unos babuinos, parecía como si el pintor hubiese mojado sus pinceles en el contenido del water. El señor Tonda comenzó a marearse. No tuvo tiempo de bajar los escalones, se cayó de espaldas en los brazos del peletero que le puso sus labios mojados sobre el oído y le susurró:
—Eso son variaciones sobre la clave de los sueños y sobre mis propios sueños.
—¿De dónde lo saca, eso? —le preguntó Tonda.
—Lo llevo dentro de mí, como si fuese una cabra —dijo el peletero—. Porque según la clave de los sueños, ver a los padres asesinados significa felicidad, ver a la propia mujer muerta significa alegría, estar fuera de sí ser feliz todo el año…
—¿Qué ha estudiado usted?
—Dos cursos de primaria —dijo el peletero muy contento porque el señor Bucifal andaba alrededor de la bomba de agua. En su base estaba un hombre que caminaba desnudo y llevaba un sombrero colgado del sexo, y seis mujeres desnudas se revolcaban alegremente por un estercolero.
—¿Qué significa eso? —preguntó el señor Bucifal.
—Yo también quisiera saberlo —dijo el señor Nulicek. Inmediatamente después se subió de espaldas a una escalera, puso su mano detrás de él y abrió la puerta de la tribuna—. ¡Lo mejor está por llegar! —Levantó su dedo y cedió el paso a los agentes, contempló de nuevo sus frescos diciendo—: Señores, ¡esto son variaciones sobre las queridas manos humanas, las queridas manos humanas! Aquí está un chico que va en tren a ver a su novia y le lleva un ramo de rosas. Aquí está, de pie, con una mano se aguanta al agarradero del tren y con la otra sujeta el ramo. Y aquí baja de un salto, pero, como pueden ver, se le resbala un pie y se cae de rodillas. Aquí ven una rueda de tren que le corta la mano del ramo de flores. ¡Al fondo está su novia levantando los brazos! Y aquí la mano cortada va rodando entre las vías. Y aquí ven cómo el joven estira la mano que le queda para coger la que aguanta el ramo. Pero el tren sigue en marcha y otra rueda le corta la mano que aguanta la mano del ramo… Y aquí ven al joven sin manos sentado en el escalón del tren en marcha que le rompe la cabeza, y él se cae… Quince secuencias, tal como las vi en la estación de tren.
—Quince variaciones sobre las queridas manos humanas… —gritaba el peletero recogiendo la fuerza de los ojos de sus huéspedes.
Y se dio la vuelta, andaba de espaldas a la puerta, movió el pomo y con el hombro empujó la puerta que se abrió de golpe, y los agentes se quedaron deslumbrados por la luz de un túnel inclinado.
—Señores, ¡esto es la cocina! —gritó el peletero entrando de espaldas en la habitación—. Aquí todo está pintado, no sólo la pared y el techo, sino también los armarios, y no sólo por fuera, sino también por dentro.
Y las paredes de la cocina brillaban como las paredes de una gruta. Unos hombres tristes besaban a unas mujeres embarazadas, en el fondo estaban tres bueyes blancos golpeándose con los cuernos, sobre la cama estaba una mujer de rodillas que lavaba unas vísceras en el agua del río, había un músico rodeado de sauces llorones que a su espalda tenía un helicón atado con una correa…
—Hagan el favor de mirar este aparador, las escenas continúan en los cantos, y entran en el interior del mueble, y viceversa, salen hacia fuera — dijo el señor Nulicek sonriendo—. Pues aquí, en este aparador, hay variaciones sobre desgracias, ¡unas variaciones que he llevado hasta la muerte! —exclamó señalando con ambas manos el interior del aparador—. Aquí pueden ver a un gitano que hace la colada en los altos hornos de Martin. Y aquí el gitano se cae dentro del depósito, dentro del acero hirviente, porque ha tropezado. Aquí pueden ver la grúa transportando el depósito, en el fondo está pintado el gitano, aquí ven cómo del acero se hacen lingotes, ¡pero en cada lingote está el gitano! Aquí vemos cómo de los lingotes se hacen planchas, planchas inoxidables, y en cada plancha sigue estando el gitano todo entero, y de las planchas se prensan cucharas, cuchillos y tenedores, y como pueden ver, dentro de cada cuchara, cuchillo y tenedor está dibujado el gitano que al principio se ha caído en el hierro fundido… Y así el gitano, dentro de los cubiertos, recorre todo el mundo, en todas partes hay un trocito de él, pero yo lo pinté entero dentro de cada cuchara, de cada cuchillo y de cada tenedor, bueno… —dijo el peletero sin sacar la vista de sus huéspedes que suspiraban y se ponían nerviosos…
El señor Nulicek se puso de rodillas al lado de la cama, se tendió en el suelo y entró dentro del armario de debajo del fregadero, sólo se veían sus pantalones de montar y las botas ensangrentadas a la altura de las espinillas.
—¿Cómo va eso de la pensión? —preguntó.
El señor Bucifal se arrodilló y vio que el señor Nulicek tenía dentro del armario un pincelito y un tintero, y que estaba dibujando unas figuras pequeñas en las paredes interiores.
—Para usted lo mejor sería un seguro de quinta categoría. Así tendría una pensión de mil cien coronas aproximadamente —dijo.
La voz del peletero resonó:
—¡Apúntemelo!
Y el señor Bucifal dejó su cartera sobre el edredón, puso en el suelo una carpeta con los impresos de inscripción, puso correctamente el papel de copia, escribió el nombre, el apellido, la categoría de la pensión, las señas, después calculó las cantidades y subrayó el resultado.
—Señor Nulicek —dijo el señor Tonda—, no se inscriba a la pensión, es una estafa.
—¿Cómo dice? —El peletero sacó la cabeza del armario.
—Mire, hombre, eso, esta pensión no es para usted… Para poder cobrar las mil cien coronas hubiese tenido que empezar a pagar hace veinte años… Eso no se lo hemos dicho, señor Nulicek. Es mejor que se compre pinturas y se dedique a pintar —le aconsejó Tonda.
—¿Es decir que tendré que ir por toda la provincia gritando, ¡pieleees!? Si los obreros tienen derecho a una pensión, ¿por qué no puede tener todo el mundo? —dijo el señor Nulicek gritando—. Además, ¿a usted qué le importa? ¡Quien me está rellenando mis papeles es su compañero, no usted!
—Sí —dijo el señor Bucifal—. Aquí tiene el lápiz y…
Y de repente se levantó el edredón, la cartera resbaló, y de dentro de la cama salió una viejecita en chandal. Cogió el bloc de las inscripciones, arrancó algunas hojas, las rompió en pedacitos y después esparció el confetti sobre los agentes que estaban de rodillas.
—Ésta es mi madre —dijo el peletero—. Ésta es mi musa, me da ideas y después yo las pinto.
—¡Encantada! —dijo la viejecita dando la mano al señor Tonda—. ¿Qué es toda esa historia del seguro? ¡Si no tenemos dinero ni para comprar pinturas! Pero vengan ustedes, vengan a echar un vistazo a la habitación, allí está el colmo —dijo colgando sus sabios ojos azules de los del señor Tonda. Empezó a andar hacia atrás, palpó el pomo, y abrió la puerta de la habitación. Después se dirigió a la cama de matrimonio sin colchón ni edredones, con unas placas de cristal que formaban un libro muy grueso.
—Eso es pintura sobre cristal. Es una delicia ver a mi hijo pintando con un pincelito el otro lado de la placa, parece un gatito tocando un espejo — contaba la viejecita mirando a la cara al señor Tonda y hojeando de memoria aquellas páginas de cristal que crujían al mellarse.
—Por ejemplo, aquí está san Agustín en un mar de trigo, montado en una máquina segadora-trilladora. Pero de sus caras deduzco que les gustan más los temas religiosos, ¿me equivoco? —dijo riéndose.
—¡Pues aquí está! —exclamó. Con sus ojos lamió el libro de cristal antes de quedarse mirando fijamente al señor Tonda—. Aquí tienen el momento en que a san Angelo se le caen las rosas de la boca. Aquí vemos un incidente que ocurrió a san Bernardo, durante la Santa Cena, junto al vino del cáliz se bebió una araña que después le salió viva de la boca…
—¡Pobrecita araña! Y aquí hay una cosa… ¡Oiga, usted! —gritó la viejecita sin dejar de mirar a Tonda—. ¡Usted, anticristo!, ¡venga acá! — Seguía mirando al señor Tonda.
El señor Bucifal entró desde la cocina.
—¿Aún está viva su madre? —le preguntó la viejecita.
—Sí, sí —respondió el señor Bucifal en voz baja.
—Pues mire. —No dejó de fijar sus ojos en Tonda—. Aquí tiene el sueño que tuvo la madre de san Dominico, soñó que daba a luz a un perro con manchas blancas y negras, y que iluminaba el mundo con una antorcha… ¿No es cierto que ese trabajo sobre cristal está muy bien hecho? Seguro que su madre también soñaba con usted, con su papel en este mundo, y seguro que en su sueño no soñaba que su hijo sería un estafador. ¿Cómo se llama usted?
—Bucifal.
—¡Qué nombre más bonito! —dijo—. Pero mientras esté a tiempo, no se líe más, si no acabará en la cárcel.
—¿Han vendido algo? —preguntó el señor Tonda.
—Sí —dijo cerrando la puerta de golpe.
Y sobre la puerta estaba colgado un Cristo de latón, tenía los brazos en cruz, el cuerpo amarillo, y sobre los riñones llevaba un bañador listado.
—Quizás nos pasamos un poco de la raya —dijo al cabo de un rato—. Ahora me doy cuenta. El Ayuntamiento pensó que saldría más barato si nos lo encargaban a nosotros. Y yo desde el primer momento pensé que el Cristo sería amarillo, como un pollito, que llevaría un bañador con los colores nacionales, una especie de tricolor. Cuando nos dieron la paga y señal nos fuimos a la ciudad, a la casa de un hojalatero, escogí a un aprendiz bajito, lo puse sobre el latón, le dije que abriese los brazos en cruz, y con un lápiz de carpintero dibujé su silueta, después la recortamos, y al cabo de dos días ya estaba colgado en la bifurcación. Pero era desmesurado. En seis días, seis accidentes, robaba la mirada de los conductores. Sobre todo el bañador. De manera que tuvimos que sacar el Cristo y devolver el dinero.
—¡Qué bonito! —Suspiró Tonda—. ¿Pero de dónde sacan esas ideas?
—Las llevo dentro de mí, como si fuese una cabra —dijo la viejecita.
—¿Y qué van a hacer con todo ello?
—Cuando esté todo pintado —dijo como si soñase, apartó la vista, se dirigió a la ventana, y empezó a mirar la puesta de sol—. Cuando estén pintados todas las paredes, todos los armarios y todos los suelos, entonces ofreceremos esta casita a la Galería Nacional, para que a cambio nos dé otra casita, limpia. Y también la pintaremos. Aquí tendrían que instalar un telesilla para que la gente no pise las pinturas del suelo… Nosotros pintamos gratis, para la gente, para que se llene de ilusión… —dijo como en un sueño.
Después el señor Nulicek salió del armario de debajo del fregadero, se puso de pie, bostezó y se estiró.
—Me he echado una buena siesta —aulló.
La viejecita acercó una silla al armario de donde bajó un quinqué, limpió la mecha, la prendió con una cerilla, y volvió a colocar el tubo de cristal. El peletero seguía estirándose, cuando vio el quinqué encendido se quedó rígido y dijo:
—Mamá, ¿sabe qué voy a pintar? —preguntó sin dejar de mirar la mecha prendida del quinqué—. Pintaré una fila de muchachas arrodilladas, justo antes de recibir la comunión, con las lenguas un poco hacia fuera y los devocionarios debajo de la barbilla, y un monaguillo que lleve el misal, y que al ver las lenguas de las niñas se le caiga el libro y se parta en dos… ¡Eso es lo que voy a pintar! —exclamó mirando la llamita que salía del capuchón, se quedó de pie, rígido, con las manos detrás formando una especie de palmera de pastelería.
—¡Vamos a pintar el caballo! —dijo la viejecita estirando la mecha.
En el patio, al lado de la cabra despellejada, se despidieron de los agentes de seguros.
El peletero subió a la escalera para subir al andamio, detrás de él iba el quinqué protegido por la mano de la viejecita.
Los agentes se sentaron a la cuneta y esperaron el autobús.
La luz del quinqué iluminaba la pared blanca, y la mano iba esbozando las patas delanteras del caballo.
En la carretera había un hombre montado en una bicicleta, y con una cuerda arrastraba un perrito blanco y negro que no quería caminar. El hombre le dio una patada, y el perro avanzó un poquito. Del portaequipajes de detrás colgaba un perrito muerto atado con una correa, de su hocico caían gotas de sangre…
El señor Bucifal se arremangó, pero el señor Tonda Uhde lo cogió por el codo.
—Oye —le dijo—. Algunas cosas hay que dejarlas tal como están. ¿Crees que alguien se come un perro como si comiese un plato exquisito?