Los palabristas

Bohumil Hrabal · Capítulo 24 de 31

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Los palabristas

Capítulo 2

 

 

En la cocina estaban colgados docenas de cuadros polvorientos.

La señora Burgánová colocó una silla debajo de cada uno, se subió con dificultad y después, con un paño mojado, limpió la tela, y de pronto en la cocina empezaron a brillar unos colores alegres y deslumbrantes.

Cada cinco minutos una detonación del campo de maniobras sacudía la casa, y dentro de la vitrina resonaban todos los platitos y vasitos. La cama de cobre, a cada granada, avanzaba un poco sobre sus ruedecillas y la señora Burgánová siempre miraba en dirección a la explosión y siempre decía tiernamente:

—¡Hijos de perra…!

El señor Burgán con la hoz señalaba los cuadros y explicaba:

—Fíjese, cuando nuestro chico pintaba esta puesta de sol en un estanque del sur de Bohemia calzaba un zapato de un número más pequeño, cuando

hacía este [67] Tema de Karlstejn, pues se clavó en el talón, a través del tacón del zapato, un clavo de medio centímetro… Aquí cuando nuestro chico trabajaba en el bosque de hayas, cerca de Litomysl, pues se estuvo un día sin ir de vientre… Y aquí, cuando nuestro chico creó los Caballos pastando cerca de Pribyslav, pues estaba de pie en una marisma apestosa, cubierto hasta la cintura… Cuando tenía que pintar En la cima de la montaña, pues tres días antes se los pasó en ayunas…

Contaba el señor Burgán, y la señora Burgánová iba poniendo una silla debajo de cada cuadro, se subía con dificultad y con un paño mojado limpiaba cada cuadro, y cada cinco minutos miraba a través de la pared en dirección a la explosión, y cada vez decía con ternura:

—¡Hijos de perra…!

Después tocaron las doce del mediodía y la cama de cobre atravesó la habitación, de parte a parte, con sus ruedecillas de cobre.

El señor Burgán señaló el último cuadro.

—Fíjese, por favor, nuestro chico lo tituló Estado de ánimo invernal y cuando estaba creando este cuadro se sacó los zapatos, se remangó las perneras de los pantalones y durante una hora entera estuvo delante del paisaje, en pleno mes de enero, de pie, en un riachuelo helado…

—¡Hijos de perra! —dijo la señora Burgánová y se bajó de la silla.

Después se hizo un silencio opresivo.

La señora Burgánová empujó la cama de cobre a través de toda la cocina.

—Unos cuadros preciosos y con mucho sentimiento —dije—. Pero ¿por qué Jirka calza zapatos pequeños, por qué mientras pinta se clava un clavo en el talón, por qué se mete descalzo en un riachuelo helado, por qué?

Jirka miraba al suelo y parecía que estaba ardiendo.

—Sabe —dijo el señor Burgán—. Nuestro chico no tiene estudios de Bellas Artes…, y así compensa con vivencias fuertes su formación insuficiente… Es, para que lo sepa…, nosotros le hemos invitado porque… Nos gustaría saber si nuestro chico podría tener éxito en Praga…

—Jirka —dije—. ¿Tú estos paisajes los pintas in situ? ¿Cómo haces para llegar a unos colores tan extraordinarios, y de dónde los sacas? ¿Cómo sabes poner el azul al lado del rojo? Los impresionistas no se avergonzarían en absoluto de tus colores. ¿De dónde los sacas?

El señor Burgán apartó con la hoz la cortina, de ella se desprendió un polvo finísimo.

—¿No lo ve? —exclamó—. ¿No ve estos colores? Casi todos los cuadros que están en la cocina, todos éstos, los pintó por los alrededores. ¡Fíjese en la explosión de colores!

El señor Burgán mantenía la cortina retirada y yo le acompañaba mirando el paisaje completamente gris, como una manada de elefantes viejos, donde el más mínimo movimiento provocaba unas largas cortinas de polvo de cemento, donde a través del campo de alfalfa gris un tractor arrastraba una segadora, detrás de ella se formaba una nube gris, como detrás de una carroza que fuera por una carretera llena de polvo, donde tres o cuatro campos más lejos había un carro con barandillas y un mozo lo llenaba con haces de trigo y cada vez que levantaba un haz parecía que se incendiaba, tan grande era la cantidad de humo y polvo gris que desprendía…

—¡Ve estos colores! —El señor Burgán y la hoz temblaban.

Y sobre el claro del bosque salió un soldado de infantería, desbloqueó una granada y la lanzó lejos de él.

La cama de cobre volvió a desplazarse.

Por primera vez la señora Burgánová se calló.

—¡Hijos de perra! —dije.

Me puso la mano sobre la manga, un párpado caído como una crepé y me aleccionó maternalmente:

—Usted no, usted, señor, nunca. Aquí sólo nosotros tenemos el derecho a insultar. Y nosotros no insultamos, nosotros sólo nos desahogamos. Se trata de un juego tácito. Si se trata de nuestros soldados. Señor, eso es igual aquí que en todas partes. Dentro de una familia se permiten muchas cosas, insultarse y mandarse a un sitio, y darse consejos. Pero sólo entre los miembros de la familia. Nadie puede hacerlo excepto ellos, eso sí que no. Sólo Jirka y yo podemos reírnos del padre… Y nadie más… ¿Pero qué le parece? ¿Nuestro chico debería ir a Praga? ¿Podría aportar algo a la pintura checa? —preguntó la señora Burgánová y me miraba con unos ojos sabios capaces de adivinar si en el fondo de mi alma se movía la más mínima brizna.

—En Praga se dirige el cotarro —dije bajando los ojos—. Y estos cuadros ya no son una promesa, son una obra de arte. Pienso que podría ir a buscar la fama…

—Veremos —dijo la señora Burgánová.

—El señor Burgán abrió una puerta y con la hoz señaló el interior de una habitación.

—Nuestro chico también hace escultura. ¿Ve? —exclamó, y con la hoz golpeó una escultura de yeso llena de músculos gigantes.

—Éste es [68] Bivoj sin el jabalí —dijo.

—¡Fantástico! ¡Qué bíceps! —dije—. Jirka, amigo, ¿quién te sirvió de modelo? ¿Algún levantador de pesos, un boxeador peso pesado?

Jirka miraba hacia el suelo y parecía que ardiese.

—Ni un levantador de pesos, ni un peso pesado —dijo el señor Burgán—. Yo mismo —dijo señalándose con la hoz.

—¿Usted?

—El mismo. —Se alegró el diminuto señor Burgán—. Nuestro chico siempre lo adivina todo. Cuando nuestro chico oye gotear un grifo, enseguida coge un lápiz y dibuja las cataratas del Niágara, cuando nuestro chico se da un pinchazo en un dedo va a preguntar cuánto vale un entierro de tercera categoría. Las causas mínimas y los efectos máximos —añadió el señor Burgán parpadeando con sus ojitos.

—Señor Burgán, ¿cómo es posible que usted entienda tanto? —dije.

—¡Pero si soy de Vrsovice[69]! —exclamó rascándose el pelo con la hoz —, ¿ha visto Troiloy Cresida de Shakespeare? Pues hace un cuarto de siglo yo era figurante en el teatro de Vinohrady, exactamente en esta comedia. En el acto quinto el director necesitaba dos esculturas desnudas y preciosas. Una era yo pintado de cobre, y la otra una chica, así es que en cada función, en el acto quinto, estábamos tendidos e inmóviles sobre una cornisa, los focos nos iluminaban, los tramoyistas nos miraban desde arriba, sobre todo a la chica guapa… Y después, cuando sacaron del programa Troilo y Cresida, pedí la mano de la chica desnuda pintada de cobre y ella dijo: Sí… Y así pues, ya hace un cuarto de siglo que estamos juntos…

—¿Ella es la estatua pintada de cobre? —dije.

El señor Burgán sonreía y asentía.

—¿La que en el acto quinto estaba tendida sobre la cornisa? —dije.

El señor Burgán sonreía y asentía.

—Que le parece, ¿dejamos entrar un poco de aire fresco? —dijo la señora Burgánová.

Sobre la alfombra caía una llovizna de polvo de cemento.

—Si algún día quiere que reposen sus nervios desbaratados —dijo la señora Burgánová—, venga a vernos, aunque sea una semana entera.

—¿Siempre andan tirando granadas? —dije.

—No —dijo la señora. Y del armario sacó un aspirador—. Sólo de lunes a sábado, y sólo de diez a tres. Pero aquí los domingos son muy tristes. Hay un silencio majestuoso, hasta que llega el barullo. Aquel silencio… Pues escuchamos la radio y Jirka desde buena mañana toca la trompeta. Nos alegra pensar que sólo dormiremos una noche y nuestros soldados volverán a estar aquí… —me contó la señora Burgánová.

—¿Es cierto que los dos estaban tendidos desnudos sobre la cornisa? ¿Es verdad? —dije.

—Es verdad —dijo la señora Burgánová y se balanceaba con dificultad hacia su marido y le pasó el enchufe y el cable enrollado.

—Papá —dijo la señora—. ¿Por qué no pasas el aspirador por el parterre de los ásteres del lado de la pared? ¡Yo después haré un ramo muy bonito para el señor! ¡Hijos de perra! —añadió con ternura y a través de la ventana miraba la pendiente de la montaña, el claro donde crecía una nubecilla blanca como un espino albar florido…