Los palabristas
Capítulo 7
Después del mediodía bajé a las duchas, quería que el responsable me abriese el vestuario. Había olvidado que me pusieran el sello a los cupones de racionamiento del azúcar. Fui a los sótanos, después a la sala de las calderas…, pero el responsable no estaba en ninguna parte. Subí por la escalerilla, miré hacia abajo, hacia la caldera, por si estaba echándose una siesta…, y abajo, tendida en el suelo, estaba Jarmilka. Bajé en silencio, ella dormía. Dormía con unos trapos debajo de la cabeza.
El horno entornado silbaba a unos dos metros de su pelo.
Me senté a su lado, le cogí una mano y le toqué la frente. Estaba ardiendo. Tenía un vientre tan prominente que pensé que ya iba a dar a luz.
Se despertó.
—Eh, tío, ¿es usted?
—¿Qué le ocurre? —le dije.
Se pasó la mano por la frente.
—Me siento mal…
—¡Pues voy a buscar al médico!
—No, no hace falta. Ya he ido yo… Hoy es mi último día de trabajo. ¿Qué hora es?
—La jornada ya se ha terminado… Las doce y media.
—¿No ha preguntado por mí la vieja? ¡No puede imaginarse lo mala que es! Pero tal vez sea porque no sabe qué es tener hijos… Cuando podía tener prefería abortar… ¡Ahora no puede! La vaciaron completamente.
—¡Usted tiene fiebre!
—Ya lo sé… Mis zapatillas están empapadas… Pero tío, ¿verdad que cuando esté en casa vendrá a verme?
—¡Ya sabe que sí! ¿Cómo puede pensar que no iré? Iré con mucho gusto. Con Vasek…
—¡Qué ilusión…! Pero ahora déjeme sola.
La dejé, subí la escalerilla, y al llegar al puentecito no pude evitar girarme, volví a ver a Jarmilka enroscada de una forma muy extraña, como si no pesase más de quince kilos.
—¡Tío!
—¿Qué quiere?
—Venga, voy a decirle algo…
Bajé deprisa y me acerqué a ella.
—¿Qué ocurre, pequeña…?
—Tío, ¡présteme un billete de veinte! Me compraré golosinas para el camino…
—¡No faltaría más!
Le di un billete de veinte, subí rápidamente la escalera y fui a ducharme… Después, cuando ya estaba limpio, subí arriba, donde estaba el reloj para fichar.
Jarmilka estaba apoyada en el marco de la puerta y miraba un punto del techo.
—¿Se siente mejor?
Hizo una mueca con los labios.
—Ya me siento bien… Estar aquí por última vez está bien, la última de verdad…
—Podrá irse de paseo —la animé.
—¡No! Tendré mucho trabajo. Mi hermana y yo le haremos la canastilla, iré a comprar muchas cosas… Tal vez seré incluso capaz de comprarle el cochecillo. Ya lo sabe, tío… —Me miró—. Va a nacer un niño y debemos darle la bienvenida. Voy a fichar. Y cuando tenga tiempo, vaya a verme… No sé cómo me sentiré, pero ¡vaya!
Jarmilka me dio su mano por primera vez. Su palma era humana, sencilla, rasposa como la lengua de un gato. Retuve aquella mano hasta que Jarmilka la retiró.
Cuando ya estaba en la puerta me di la vuelta, ella, con una mueca en los labios, miraba de nuevo al techo.