Los palabristas

Bohumil Hrabal · Capítulo 25 de 31

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Los palabristas

El Self-Service Svét

 

Por la pared de cristal del self-service resbalaban los riachuelos plateados de una lluvia vespertina, por la plaza, cogiéndose el sombrero o el paraguas, caminaban algunos transeúntes encorvados.

Y dentro del self-service, desde el saloncito del primer piso, se filtraba una música alegre y una conversación animada que se transformaba en una gran carcajada.

La señora [70] vycepní llenó algunas jarras de cerveza y se fue al lavabo.

Cuando abrió la puerta, a un metro del suelo colgaban unos zapatos con agujeritos en la lengüeta, encima unas piernas metidas en una falda de cuadros rojos y amarillos, un abrigo con unos brazos inertes dentro de las mangas y la cabeza de la chica caída sobre la solapa… Una chica ahorcada en la manilla de la ventana de ventilación con el cinturón de una gabardina.

—¡No! —exclamó la vycepní, después de llevar una escalera, una dependienta alzó a la chica ahorcada y la vycepní cortó el cinturón con el cuchillo largo de los embutidos. Y puso a la muchacha sobre un hombre y se

la llevó detrás del [71] vycep, en la trastienda, la tendió sobre una mesa auxiliar y le aflojó el cinturón que le rodeaba el cuello.

Y levantó la vista.

Al otro lado de la pared de cristal del self-service, debajo de la lluvia, había un hombre mirando fijamente hacia la mesa auxiliar.

La señora vycepní corrió la cortina de algodón.

Después llegó la ambulancia.

Un médico joven entró corriendo en el self-service, dos ayudantes sacaron la camilla. El médico puso su oído sobre el pecho de la chica, le cogió la muñeca y entreabrió la cortina y con las manos indicó a los auxiliares que no hacía falta que fuesen.

—Aquí ya no se puede hacer nada —dijo.

—¿Y nosotros qué tenemos que hacer con la chica? —preguntó la señora vycepní.

—Vendrán los de patología —dijo.

—¡Pues que vengan pronto! Aquí se sirven comidas y bebidas.

—Pues lo mejor sería que cerrasen un momentito —dijo el médico adentrándose en la lluvia, y la ambulancia arrancó haciendo sonar la sirena.

Y dentro del self-service, desde el saloncito del primer piso, se filtraba una música alegre y una conversación animada que se transformaba en una gran carcajada. Delante de la pared de cristal, apretando las palmas y mostrando unas manos blancas extremadamente grandes, había un grupo de fisgones con los ojos brillantes y llenos de curiosidad.

Después un joven alto se acercó a la puerta. Estaba empapado y llevaba las dos mangas sucias de blanco por haberse arrimado a las paredes. Cogió la manilla de la puerta y enseguida pensó dar media vuelta.

La señora vycepní abrió la puerta.

—Entre, hombre, entre, distráigame un poco —dijo, y cuando él ya había entrado se llevó las manos a la cabeza—. ¿Lo ha atropellado un tranvía?, o, ¿se ha caído de encima de una roca?

—Mucho peor —dijo—. Anteayer huyó mi novia.

Y se tocaba los ojos con las manos sucias.

—¿Usted tiene novia? Si aún no le he visto nunca con una mujer… —se extrañó, y sumergía las jarras vacías en el fregadero y cuando terminó de llenar las jarras de cerveza las puso dentro del pequeño ascensor que estaba detrás de ella, cerró la puertecita y pulsó el botón, cogió una jarra y la hizo resbalar por el mostrador de zinc húmedo, y la jarra avanzó y se paró bajo las manos del joven.

Bebió un poco, se limpió el zapato con la barra de bronce y miraba el agua que goteaba del zapato.

—Huyó —dijo—. Cuando para cenar partíamos el pan duro ella se acordó de que venía de una familia de barones y se puso a gritar: —Karlík, ¡me encantaría poner una granada de mano en la garganta de tu madre! Y yo la tranquilicé: ¡Chica, no me hables así antes del matrimonio! Pero ella cogió una navaja de matar ranas y la clavó en la puerta, y la navaja se cerró, y la muchacha se cortó. Enseguida cerré la ventana para que no saltara por ella. Es que la chica estaba obsesionada con la idea del suicidio como un barrendero está obsesionado con las colillas.

—¿Partían pan seco para la cena? —se extrañó la señora vycepní.

—Sí, sí. Pero ella también quería que nos matásemos juntos —prosiguió —. Me dijo: Eh, Karlík, abriremos la ventana, nos cogeremos de la mano y saltaremos al vacío. Ya estábamos bañados, vestíamos los trajes más bonitos, y yo de pronto miro hacia abajo, hacia el patio, para no caer sobre un niño, y miro, y en el primer piso había una antena puesta de forma tan estúpida, que si hubiésemos saltado desde nuestro tercer piso, seguro que el cable nos hubiera cortado la nariz, o una oreja, y hubiéramos quedado feos —dijo, y la cerveza se le caía alrededor de la boca como si fuera una barba poco poblada.

—¡Si da igual el aspecto que hubiesen tenido luego! —dijo la vycepní cruzándose de brazos.

—Y estaba preciosa, como una de las estatuas de delante del Ministerio de Agricultura.

Y dentro del self-service, desde el saloncito del primer piso, se filtraba una música alegre y una conversación animada que se transformaba en una gran carcajada.

—Yo soy un esteta, ya está dicho todo —dijo—. A mi novia le daba igual. Una vez ya se quiso ahogar con el cinturón de su gabardina, y la salvé por los pelos. Y ella gritaba: ¡Tú, idiota, por qué me has hecho regresar, si ya estaba en el limbo! Y los vecinos golpeaban la puerta y gritaban: Señor Karlícek, ¿qué están haciendo? ¡Aquí hay niños! Y mi novia gritaba: ¡A estos hijos vuestros los masacraría con mucho gusto, y después pegaría fuego a la casa! Y para tranquilizarla la cogí de una mano y una pierna, y quería hacerla girar por el aire, pero me equivoqué en los cálculos, y con su cabeza rompió la puerta, y derribó a la vecina que estaba de rodillas mirando por el ojo de la cerradura. Y mi novia dijo: ¡Señora, nosotros, Karlík y yo, podemos hacer en nuestra casa lo que nos venga en gana! ¿No es así, Karlík?

El joven sonreía y tenía los ojos enmarcados de rojo a causa de una conjuntivitis, parecía una receta de la Seguridad Social.

—Es horrible —dijo la señora vycepní—. ¡Fíjese, la chusma incluso ha venido con sus sillas! —Y añadió cerveza a las jarras, y salió de la barra dirigiéndose hacia la pared de cristal donde, al otro lado, aguantando el chaparrón, había decenas de fisgones, susurraban, algunos de ellos ya estaban sentados en sus sillas, y apretaban sus palmas contra el cristal, como si quisieran que éste los calentase. Y parecían monstruos.

La señora vycepní se bebió un trago de cerveza, se inclinó apretando su cara contra la pared de cristal, y desde el exterior parecía que llevase gafas, después retrocedió y tiró el resto de la cerveza sobre la pared transparente. La espuma descendió sobre los retratos de las personas de detrás del cristal.

—¡Praguenses! —dijo encogiéndose de hombros.

Y regresó detrás de la barra, terminó de llenar las jarras y cogió una y la hizo resbalar por el mostrador de zinc húmedo, y la jarra avanzó y se paró bajo las manos del joven.

—Hombre —dijo—. Yo siempre tengo que estar en medio de los líos. El año pasado iba caminando al lado de la vía, al otro lado iba andando una muchacha, y cuando pasó el tren, se tiró bajo la máquina, ¡y su cabeza parpadeando fue a dar con mis pies!

El joven estaba encogido como una máquina de coser plegable.

—No dejaré a mi novia de ninguna de las maneras —dijo—, aunque sólo sea porque con su frigidez ha hecho famoso el grafismo checo. Si tuviera una mujer normal, ¿qué? Haríamos el amor pero el grafismo absoluto se habría esfumado.

Levantó la jarra y la cerveza se le cayó dentro de la camisa.

Y dentro del self-service, desde el saloncito del primer piso, se filtraba una música alegre y una conversación animada que se transformaba en una gran carcajada. Por el pequeño ascensor bajaban desde arriba unas fuentes con jarras vacías y espuma seca.

—Mi chica también siempre me echaba en cara que yo estaba loco, ¿pero cómo puedo estar loco y al mismo tiempo ir a la fábrica, y con estas manos dibujar con una exactitud de centésima de milímetro los perfiles del fuselaje, los frenos de cañón de los reactores…?

—¡Basta! —Se enfadó la señora vycepní.

Y algunos fisgones se balanceaban sentados en las ramas resbaladizas, y, como en el tranvía, con las manos se aguantaban en la copa de los tilos, y desde aquella perspectiva de pájaro miraban directamente hacia abajo, hacia el self-service, la cortina de algodón ligeramente entreabierta, y la ahorcada que yacía sobre una mesa auxiliar.

—Yo siempre tengo que estar en medio de los líos —se lamentó la señora vycepní—. En una noche oscura yo iba por Krcák, me aparté del camino, fui a

tientas como el ciego Hanus del [72] Orloj… y cogí la mano fría de alguien, encendí una cerilla, la levanté… y me encontré a un hombre ahorcado que me sacaba la lengua. ¡Qué manera de llover…! —dijo, y por encima de las cabezas de los fisgones miraba hacia las lámparas de sodio, detrás de ellas el viento descubría las ramas de las acacias y el reloj iluminado del pequeño castillo.

Y dentro del self-service, desde el saloncito del primer piso, se filtraba una música alegre y una conversación animada que se transformaba en una gran carcajada.

En la puerta de cristal apareció un joven con un mono empapado y señaló una caja con jarras de cerveza vacías.

La señora vycepní abrió la puerta, después tomó las jarras, las llenó de cerveza y dijo extrañada:

—Hombre, con tan buena planta, ¿por qué vas tan disfrazado?

—Esto está de moda en nuestra fábrica —dijo el mecánico—. Los chicos que salen muy bien vestidos del trabajo, pues, para trabajar se disfrazan. ¡Madre mía! Durante un tiempo estuvieron de moda los monos remendados. Entonces los talleres estaban llenos de remiendos de payaso, como en un baile de pordioseros. Después empezaron a llevarse los monos cosidos con hilos metálicos, entonces en la fábrica se oía ruido de marionetas. Pero hoy en día se llevan los zapatos rotos —dijo el joven mostrando su zapato de trabajo sin suela, y que en lugar de cordones tenía hilo de cobre—. Y los pantalones deben tener una pernera cortada o deshilachada por un engranaje —dijo el joven mecánico y se alejó para que lo viesen.

—¡Guapazo! —le piropeó la vycepní e iba metiendo las jarras llenas de cerveza en la caja.

—Y las muchachas que van a la fábrica como si fuesen estrellas de cine, hoy en día en el trabajo llevan unas botas de goma con unos agujeros terribles —dijo el joven, y su pelo mojado y pelirojo formaba ondas y brillaba como las virutas de cobre—. Pero, señora vycepní, ¿a qué espera toda esa gente bajo la lluvia?

—En el piso de arriba hay una boda importante. —Giró la mirada hacia el techo. Después con una mirada experta observó al guapo mecánico que con el dedo pulgar se subía el tirante único que continuamente se le resbalaba. Cuando se marchó ella preguntó al joven—: ¿Y a usted, le sigue gustando la fábrica?

—Sí, aún me gusta —dijo el joven—. Sin la fábrica, como sin mi chica, no podría vivir. ¡Si allí hice mi primera exposición! —Se enterneció—. ¡Allí la hice! Pero antes tuve que pelearme con el comisario de cultura, que me había aconsejado que colgase mis grabados en la sala durante la noche. Así, pues, entré a escondidas y enganché en un tabique mis artefactos sobre el tema las vivencias del tacto. Cuando por la mañana el comisario los vio se quedó espeluznado y durante un breve rato nos peleamos, yo le desgarré un poco su abrigo…, pero el vernissage tuvo lugar. A los obreros les encantó. Como acompañamiento cultural cantaron unos niños ciegos, sobre ellos, a lo largo del balcón, había una pancarta: No debemos perder de vista nuestra unidad. Y hoy en día la fábrica se vanagloria de que yo hiciese en casa, en la…, la empresa, mi primera exposición…

Y dentro del self-service, desde el saloncito del primer piso, se filtraba una música alegre y una conversación animada que se transformaba en una gran carcajada.

Primero bajó la novia con un velo blanco, era joven, sus ojos brillaban por el alcohol y se dio la vuelta y mientras bajaba la escalera seducía al novio. Las damas y los caballeros de honor se cogían de la barandilla y se tropezaban con el velo. La novia cantaba y siguiendo el ritmo daba golpes con el ramo, y desde la diagonal de las escaleras fue corriendo hacia la entrada de cristal, alborotando a los fisgones, y después salió corriendo hacia las ramas plateadas por la lluvia, abrió los brazos, miró hacia arriba y sus cabellos y su sombrerito se quedaron flácidos y el agua moldeó su cuerpo precioso. El novio y otros invitados se añadieron con entusiasmo a la carrera debajo de la lluvia. Después caminaron por la otra acera, en fila india, la novia se dio la vuelta y con los tallos del ramo marcaba el paso y el ritmo de la canción.

—Una boda muy alegre, tal como debe ser —dijo la señora vycepní y bajó de la caja de cervezas—. ¿Pero su novia huyó ayer?

—No, anteayer —dijo refregándose el ojo enrojecido—, no me extraña de ella. Leía muchas novelas rosas y autobiografías de hombres famosos. Y quería que yo tuviese dos salones y que tuviese invitados, y que hiciese mis grabados absolutos por las tardes, en casa, como un hobby. Por eso también siempre me amenazaba con el pasado o el futuro, o con sus amantes, lo que cada uno hacía o sólo pretendía hacer con ella, o me decía que huiría y que regresaría a la casa de sus padres, que tenían un árbol genealógico de setecientos años de antigüedad, y que uno de sus antepasados fue camarlengo del papa, pero ¿de qué sirvió si yo me gastaba en ella, en dos días, el anticipo y el complemento del sueldo? Después, para cenar partíamos el pan duro con un martillo, o ella iba a devolver cascos, o recortaba sus vestidos a retales que iba a vender al encante, como ropa vieja. Era sugestivo de verdad, hubiéramos vivido en el absoluto.

A la puerta de cristal llegaron dos policías nacionales.

—Ya era hora de que viniesen —dijo la señora vycepní y los policías se sacaron el agua de las botas.

—Estos chalados han convertido esto en un panóptico. —Y señalaba a los curiosos que se habían callado y tenían los ojos brillantes por la espera—. Toda esta gente me hará volver loca —dijo—. ¿Pero qué hacen? ¡De espectadores de ejecuciones!

Y cuando miró hacia arriba, hacia el policía más joven, se estremeció:

—¿Ha tenido algún problema?

El policía se sacó un espejito del bolsillo, y cuando vio el cardenal de debajo del ojo dijo:

—Me han dado una coz.

Su superior añadió:

—¿Qué te he dicho? No empieces a discutir con una boda borracha. Y una palabra trae otra y nuestro joven ha recibido del novio un monóculo muy bonito.

—¡Pero lo he arrestado!, ¡cerrado a cal y canto! —contó el policía imitando el gesto y palpándose de nuevo la ceja con un dedo.

—Pero ¿dónde está la muchacha? —preguntó el superior.

—Aquí —dijo la señora vycepní y entreabrió la cortina de algodón. Y la pared de cristal del self-service estaba llena de palmas blancas; sobre la espalda de los que estaban cerca del cristal se apoyaban los que estaban detrás, algunos fisgones bajo la lluvia estaban colgados de las farolas, y un abuelo estaba de pie dentro de la copa de un tilo, como un babuino, y el viento empujaba la lluvia en forma de telones y cortinas…

El joven policía sacó un bloc y puso papel de calcar.

La señora vycepní caminaba a ras de pared, escupió a la cara de un fisgón que ni se inmutó, y el escupitajo resbaló sobre la pared de cristal como una lágrima de leche.

—¿Acaso he matado a mi padre con una cadena? —exclamó la señora vycepní dando un golpe a la frente de un curioso, y se puso a andar furiosa, se sacó el delantal y tapó los caños de cerveza, después se soltó los cabellos voluminosos que estaban enrollados formando una madriguera de termitas, se puso las horquillas en la boca y se peinó de nuevo, como si enrollase una

vanocka[73] de cinco kilos, hizo girar sus cabellos hacia arriba, en forma de serpentina, y cuando ya los tenía fijados con las horquillas, entró en la trastienda y se sentó en una silla.

—Suerte que ha venido —le dijo el superior—. Desabróchele la blusa. Esta muchacha va indocumentada y sólo lleva 30 halir… Después, a codazos, la novia llegó a la pared de cristal y llamó con su dedito sumiso. El joven le abrió. La novia entró, se sacó el zapato plateado y vació el agua de su interior. Su sombrero de boda y sus ojos estaban descoloridos.

—¿Pues qué? —dijo—. ¿Me lo soltará, sí o no?

—No, no lo soltaré —dijo el policía.

—¿Por qué no lo soltará?

—Porque me ha insultado mientras estaba de servicio.

—¡Pero si el cardenal no es muy grande! —dijo la novia inclinándose y bebiendo del grifo que sin cesar echaba agua sobre la pila.

—Tengo un ojo a la virulé, como el papel carbón —dijo el policía contemplándose en un espejito redondo.

—Pues hubiera hecho mejor dejándonos en paz. Usted ha empezado. Ahora tiene que acabarlo. ¿Cuándo me lo soltará?

—¡Mañana!

—Pues le esperaré aquí, y usted dormirá conmigo, porque yo, en mi noche de bodas, no voy a dormir sola.

—No es mi tipo —dijo el policía levantándose.

—Me da igual, aquí hay más —exclamó la novia dando una vuelta de vals y preguntó al joven:

—¿Y a usted qué?, ¿le gusto?

—Me gusta —dijo—. Se parece mucho a la chica que ha huido. Tiene la misma cara que cuando ella, por primera vez, vino corriendo a mi sótano, llevaba una maletita, como las que tienen la muchachas para las muñecas, también iba medio descalza, llevaba unos zapatos con la lengüeta llena de agujeritos, tenía el pelo cortado como las chicas del correccional de Kostomlaty. ¡Y además! También tiene un tintineo azul en los ojos, como un trocito de calcedonia. Usted me gusta. Es mi tipo.

—Y usted a mí también me gusta —dijo la novia y llenó de agua el zapato plateado, levantó el tacón transparente como una copa y bebió con mucho gusto.

—Contra gustos no hay nada escrito —dijo saboreando el agua. El joven policía se sentó, el superior retiró la cortina y empezó a dictar:

—La desconocida mide unos ciento sesenta centímetros, va vestida con un traje chaqueta a cuadros rojos y amarillos. En los pies lleva unos zapatos negros con la lengüeta llena de agujeritos. La blusa, de color rosa, está ornamentada con un cuello de encaje con unas rosas al final…

El joven policía se levantó para ir a cerrar la puerta por donde habían salido el joven y la novia que se adentraban en las perlas de la lluvia vespertina. Cuando se sentó siguió escribiendo lo que su superior le dictaba…

Después llegó el coche de patología.

—Mi chica, cuando llegó por primera vez, corriendo, a mi casa… —decía el joven.

—¡No le oigo, no oigo nada! —gritaba la novia y el viento se llevaba las palabras de su boca.

—Mi chica —le dijo al oído—, cuando llegó, corriendo, a mi casa, era precisamente cuando yo estaba terminando la máscara mortuoria de un amigo. Y quiso que le hiciese una parecida porque después iba a empezar una vida nueva. La tumbé sobre la mesa, la pinté con vaselina, en la nariz le puse un par de papelinas y después, sobre la cara, le puse un chorro de yeso líquido… en el cuello llevaba una toalla como después de un asesinato… Y yo le cogía la mano y sentía los latidos sismográficos de su corazón…

—¡Qué bonito! —gritaba la novia y el viento le arrancó el sombrerito y rápidamente se lo llevó por el cielo negro.

Después el joven se paró para mirar, bajo las luces de sodio, el pequeño parque donde el viento separaba a los jóvenes chopos de sus tutores y sus ramitas se enjuagaban en los charcos.

—Sujete este arbolito —gritó el joven, se desgarró la corbata y ató con fuerza los troncos con cada una de las mitades.

—¿Y a usted que le importan estos arbolitos? —gritó.

—¡Aguante fuerte!

—Digo, que qué le importan estos arbolitos.

—Se romperían.

—Pues que se rompan. ¿A usted qué le importa?

—Estos árboles públicos son míos, del mismo modo que lo que yo pienso y hago pertenece a la sociedad. ¡Señorita! Yo ya soy tan público como unos urinarios públicos, tan público como un parque público —gritó y arrancó el velo mojado y sucio de barro de la novia y con unos movimientos decididos, como si dirigiese una orquesta, rasgó la seda en tiras que después convirtió en cordones.

—Y cuando el yeso se secó —gritó—, no pude separar el yeso de la cara de mi chica, sólo con el escalpelo. Tuve que recortarle el pelo hasta la mitad de la cabeza y eso nos aproximó. Ella me dijo que con aquella máscara mortuoria empezaría una nueva vida. Durante tres días me hizo confesiones, y yo de tantas confesiones me daba golpes contra la pared. Suerte que tenía preparado un barril de alquitrán para aislar las paredes del sótano… En funciones de confesor yo mojaba la brocha en el alquitrán, y bajo las impresiones de sus palabras iba pintando sobre la pared blanca, mientras ella me contaba cómo la llevaban al water para vomitar colgada por los brazos, sin tocar con los pies en el suelo, cómo uno la había abandonado y ella se pasó las noches estirada en el parque Stromovka, y de tanta pena comía tierra… etcétera. Durante tanto tiempo me confesó tantas negruras que se volvió blanca, y yo, sobre la pared blanca del sótano, gasté pintando todo el alquitrán. ¿Podría darme otro pedazo de vestido? ¡Los cordones se han terminado!

—Usted mismo —dijo acercándole el hombro.

La cogió y con un movimiento brusco, como cuando se arranca una rama, o cuando el revisor toca el cordón para que el tranvía se ponga en marcha, arrancó el resto del vestido de novia. Relampagueaba y la novia estaba medio desnuda en el parque público.

—Oiga —dijo—. Hágame también una máscara mortuoria.