Los palabristas
Bambini Di Praga, 1947
1
La campana tocaba a mediodía.
El señor Hyrman, un carnicero gigante con un pequeño pendiente en la oreja izquierda, abrió el cristal exterior del escaparate y, por encima de una hilera de cabezas de cerdo y a través de unas esparragueras, miró hacia el interior de su tienda.
—¡Señores! —gritaba su mujer en la tienda—. ¡En las carnicerías y en las tocinerías la limpieza es media salud!
Y con un paño pequeño sacaba el brillo a las baldosas, y sus senos se movían de un lado para el otro, y cuatro agentes de seguros, representantes de Ayuda a la vejez, le miraban el escote.
—No pueden ni imaginarse —añadió la carnicera— hasta qué punto las esparragueras son capaces de absorber la grasa del aire.
—Por eso en los cementerios hay saúcos —dijo el agente señor Bucifal—. Cuando un saúco echa raíces, la absorbe toda en un par de años. ¡Mi señora, la salchicha estaba buenísima!
—Mi señora —dijo con la boca llena el señor Krahulík, el director de Ayuda a la Vejez— ¿Estas salchichas son de Kostelec o de Frankfurt? —Se inclinó y se limpió los labios con el mantel.
Y la carnicera se reía, trajo jamón en lonchas, levantó una loncha rosada por encima de la boca abierta del joven guapo y exclamó:
—¡Un jamoncillo especial para el señor Viktor!
Y el agente de seguros, el señor Viktor Tüma, una belleza de tipo beréber, lamió los deditos de la carnicera, y con sus rizos, como por azar, le dio un ligero golpecito en los senos.
—Ni de Kostelec ni de Frankfurt —dijo la carnicera—. ¡Estas salchichas las hacemos nosotros! ¡Yo y mi maridito!
Señaló hacia el escaparate donde el señor Hyrman, de rodillas, metía un limón amarillo en la boca del cerdo.
—¡Está arrodillado exactamente como la estatua del señor obispo, cardenal y duque de Hohenstejn en el cementerio de Mala Strana, en Smíchov! —dijo el señor Viktor.
—¿Usted también es católico? —Se alegró la carnicera.
—También —dijo el señor Viktor abriendo su boca y sus ojos azules. La señora Hyrmanová se inclinó, le puso en la boca una loncha finísima de jamón, y permitió que le mordiera afectuosamente un dedito.
Cuando el señor Hyrman lo vio, cogió el limón, y lo empotró en la cabeza de cerdo.
—¿Señores, desean algo más? —exclamó la carnicera.
—¡Más salchichas!
—¡Y para mí rábano picante!
—¡Y para mí rábano picante con mostaza!
—¡Y para mí, por favor, más jamón! —dijo el agente señor Tonda[43] Uhde, un hombre elegante, tenía una rosa entre sus dedos y llevaba una gabardina tirada con negligencia sobre los hombros.
La carnicera se dirigió a la trastienda, y los agentes de seguros, por encima de las esparragueras y de la cabeza calva del señor Hyrman, miraban hacia la plaza donde, desde la columna de la peste, llegó una mujer en bicicleta, en el manillar llevaba una corona de flores decorada con unas hojas puntiagudas y unas cintas moradas movidas por el viento. La mujer levantaba la barbilla para evitar las hojas de mahonia.
—¿Qué pone en la cinta? —preguntó el jefe.
Y quiso dirigirse hacia el escaparate. Al dar el primer paso tiró del taburete al agente Tonda Uhde, que se cayó de espaldas, y el jefe dio una zancada para evitarlo, a pesar de ello le dio un golpecito en la cabeza.
Después se apoyó en el escaparate, retiró las esparragueras, y empezó a reírse, y sus lágrimas gotearon sobre la mano del señor Hyrman que estaba de rodillas en el escaparate.
—A las doce del mediodía se cierra —dijo el carnicero—, cogió una cabeza de cerdo y la partió.
—Su mujer nos ha invitado. —El jefe recobró la calma.
—¡Qué ideas más idiotas! —Tonda se enfadó.
—¿Saben lo que ponía? —El jefe se dio la vuelta—. Ponía Duerme dulcemente —dijo eructando—. ¿Quién piensa en mí? —dijo soñador.
—En alguna parte han tirado de la cadena del water —dijo Tonda arrugando el entrecejo y sacudiéndose la gabardina.
—Dios mío, que puntilloso que es ese agente —suspiró el jefe. Recogió la rosa del suelo, puso en ella sal y pimienta, le dio un mordisco y después se dedicó a investigar su gusto masticándola alegremente, se deleitaba.
—¿Para entremés? ¡Fenomenal!, pero no le irían mal unas gotas de salsa Worcester. ¡Pero, divirtámonos! Señor Bucifal hoy hace una semana que usted está de prueba con nosotros por este distrito. Y yo todavía no sé por qué dejó de trabajar en el Servicio de la Catedral.
—¡Porque me discutí con un cura!
La carnicera llevaba platos con salchichas calientes.
—¿Usted se discutió con un cura? —se extrañó.
—Con un cura. Por culpa de santa Teresita —dijo el señor Bucifal.
—¿Es ésa la mostaza del cura? —preguntó Viktor.
—La del cura —dijo secándose los ojos, el rábano picante le hacía saltar las lágrimas.
Y los agentes le miraban el escote, sin vergüenza, y con sus cabezas asentían como expertos. El señor Hyrman entró en la tienda, tenía sus pequeños ojos y orejas tirados hacia atrás, como un caballo a punto de morder. Entró en la trastienda y salió de ella con la vara para bajar las persianas, se paró delante de las esparragueras. Era inmenso, y tenía la espalda tan ancha, que la tienda quedó a oscuras.
—Tengo que bajar la puerta —dijo y salió a la acera.
—¿Por culpa de santa Teresita? Cuéntenoslo —le animaba la carnicera. Cogió una silla, se cogió al respaldo y se quedó arrodillada en ella.
Y no paraba de reír, empezó a ir hacia delante y hacia atrás sobre la silla, y su falda le iba subiendo, apareció una rodilla regordeta. La señora Hyrmanová iba hacia delante y hacia atrás mirando el techo, cuando iba hacia atrás sus senos se enderezaban como conos de azúcar, y los agentes se quedaban desconcertados. El señor Viktor Tüma, que ya pagaba dos pensiones de alimentación para sus hijos, y que estaba celoso de todas las mujeres encinta, no por que estuviesen encinta, sino porque el hijo no era de él, dejó la salchicha y juntó las manos, como los católicos, para poder saborear mejor aquella maravilla de la naturaleza.
Y el señor Hyrman se aguantaba en el palo para bajar las persianas y se espeluznaba por lo que estaba haciendo su mujer.
—Es que, señora mía —el señor Bucifal tragó saliva—, las imágenes sagradas son increíblemente frágiles. Como esta salchicha. Así pues, un día yo llevaba la Teresita de yeso a Zbejsín. Abro la caja del camión, y vaya por dónde, la imagen tenía las manos rotas.
—Las manos. —La carnicera empezó a reírse—, y el cura, ¿qué?
—El cura se llevó las manos a la cabeza. Digo, Señor cura, voy un momento a la droguería a buscar una bolsa de yeso y le engancharé las manos, como en el hospital. Pero el reverendo señor, que no, que quería tener una Teresita sana.
—¿Sana? —Se reía la carnicera.
—Y así pues, tuve que devolver la imagen —proseguía el señor Bucifal —, encargué otra, y cuando vuelvo a estar en Zbejsín, dejo la imagen sobre un peldaño y voy a la iglesia con la factura. Y en el último escalón está el reverendo señor que mira por encima de mi hombro… Me doy la vuelta y ¡mocoso idiota!
—¿El cura? —Se reía la carnicera.
—No. Un mocoso estúpido que iba en bicicleta y que con el manillar tocó la imagen que empezó a caer… Y el cura baja corriendo y en el último momento coge a Teresita y dice, ¡Por un tris no ha tenido que ir a buscar a Teresita por tercera vez!
Y me mosqueó, y no tenía que haberlo hecho. Digo ¡a pesar de que usted sea el representante de Dios, no voy a permitir que me mosquee! Y empujé la imagen, y se cayó, y se rompió en mil pedazos. Y el reverendo señor mandó una carta al Servicio de la Catedral y me dio un empujón a mí. Y es así cómo me convertí en agente de Ayuda a la Vejez. ¿No hay más rábano picante?
—Ahora mismo lo traigo —dijo la carnicera—. ¿Sabe que cuando yo tenía diecisiete años quena ingresar en un convento?
—¿De hombres? —preguntó el jefe.
—Hoy sí…, pero entonces era muy beata… Pero mi padre murió y tuve que cambiar los rosarios por el cuchillo de carnicera. ¡Ay señores! Con mis manitas soy capaz de cortar unas lonchas de jamón tan finas, tan finitas… — dijo soñadora la señora Hyrmanová dejando de balancearse, después puso un pie sobre las baldosas, pero la falda arremangada se le quedó clavada entre los muslos, y el señor Hyrman, cuando lo vio, meneó la cabeza, y el pendiente de oro de la oreja brilló en el lóbulo, como un punto de cobre debajo de un interrogante. Se le desencajó la barbilla.
—Amigo, ¿qué le ocurre? —le preguntó hipócritamente el sombrerero Kurka.
—Nada…
—¡No me diga! Mi mujer y yo mirábamos desde nuestra tienda y ella me ha dicho, ¡Vilda! Hyrman tiene una cara tan pálida como la grasa del jamón. Allí ocurre algo —dijo el sombrerero.
—¡Ah, eso! Mire usted mismo. Hay tres hombres en la tienda.
—Tal vez un control, ¿no? —se alegró el sombrerero.
—¡Qué va! —mintió el señor Hyrman—. Han llegado, han pedido cubiertos y especias, ellos mismos se han traído la carne de sus casas. ¡Me da miedo entrar porque haría algún disparate!
—¿Y el cuarto?
—Se ha traído tres huevos en una bolsa de papel, me ha pedido que se los hiciese pasados por agua, porque está a régimen. Yo se los he hervido, él ha aparecido a mis espaldas, ha levantado un dedo, y me ha advertido. ¡Duros no, sólo tres minutos!
—¡Qué horror! —se alegró el sombrerero—. Desde que la religión ya no es obligatoria en las escuelas, la gente se ha depravado terriblemente. Honestamente, amigo, lo lamento mucho —dijo el señor Kurka incapaz de disimular la alegría de su voz.
Regresó a su pequeña tienda, pero a mitad de camino se arrodilló fingiendo que se ataba los cordones de los zapatos… se reía tanto, que las lágrimas reventaban en la punta de su zapato. ¡Qué suerte!, se decía.
El señor Hyrman puso el gancho del palo dentro de la anilla de la persiana metálica y tiró con todas sus fuerzas. Pero la persiana estaba bloqueada, él hizo un nuevo intento, la puerta no cedió.
El carnicero miró el interior de la tienda a través del escaparate, vio que la falda de su mujer estaba subida, como si quisiese atravesar un río, no se pudo contener y tiró con todas sus fuerzas.
El gancho había salido de la anilla de hierro y el señor Hyrman atravesó la acera caminando hacia atrás, después dio unos pasos más pequeños, como si en la espalda llevase una mochila con diez toneladas de ladrillos, como si su cuerpo se viera empujado por un deseo irrefrenable de dar una voltereta hacia atrás… Y el señor Hyrman, para equilibrar la caída inminente, agitaba sus pies, se aguantaba con el palo para bajar la persiana y oponía resistencia a las fuerzas que querían que él, el dueño de una próspera carnicería y tocinería, se cayese en la plaza de espaldas.
Dos púdicas aprendices de la tienda y fábrica de fajas y sujetadores Lydie estaban sentadas en el banco de al lado de la columna de la peste, y como almuerzo comían pan. Cuando vieron que el señor Hyrman se precipitaba hacia atrás, se levantaron aprisa, cada una cogió el banco por un lado y lo trasladaron fuera de la ruta por la que luego pasó volando el señor Hyrman.
—Buenos días, señor —le saludaron y volvieron a sentarse en el banco y continuaron comiendo el pan que sus madres les habían untado para el almuerzo.
El señor Hyrman atravesó un cartel publicitario sobre el que estaba escrito que todos los habitantes de la ciudad estaban invitados a la Gran Noche
Veneciana[44]. Rompió la valla que daba soporte al cartel y se cayó de espaldas, con las piernas hacia atrás, y con la punta de su zapato se dio un golpe en la frente, y con una valla metálica se dio otro en la nuca. El sombrerero, el señor Kurka, atravesó la plaza corriendo, retiró el cartel roto y preguntó:
—Amigo, ¿se ha hecho daño en la cabeza?
El señor Hyrman se sentó y se tocó la nuca.
—¡Por suerte no lo ha visto mucha gente! —le consolaba el sombrerero.
El señor Hyrman se puso de rodillas, después se levantó, cogió el palo para bajar las persianas y se fue.
—¿Aún le duele?
—¡Ya lo creo! ¡Muchísimo! —dijo el señor Hyrman.
—No se puede imaginar cómo lo lamento —el sombrerero le compadecía, pero no era capaz de esconder la picardía de su voz, y una vez más tuvo que arrodillarse y atarse el cordón de su zapato. Reía tanto que mojó su rodilla con su saliva, y con la voz ronca se burlaba, Qué suerte…
—No quiero ser presumido —decía en la tienda el señor Bucifal—. Mi señora, si usted me da diez millones, el Servicio de la Catedral le construirá una iglesia… ¡Llaves en mano! Sí, nosotros tenemos nuestros talleres, fábricas, donde se construyen púlpitos, talleres donde se confeccionan hábitos a medida, casullas preciosas por ocho mil doscientas coronas y cincuenta
halír[45], nuestros talleres de orfebrería, herrerías… —iba contando el señor Bucifal.
El señor Hyrman desenrolló el toldo, y sus listas rojas llenaron la tienda de un color rosado. El carnicero entró en la tienda, cogió una fuente de estaño, después abrió el escaparate desde la acera, cogió las cabezas de cerdo por las orejas y las fue tirando en la fuente, cerró el escaparate y volvió a entrar.
—Mi señora —proseguía el señor Bucifal—, el Servicio de la Catedral tiene sus viñas y sus bodegas, y su vino de misa… Y también tiene dos conventos de monjas que hacen sagradas formas para toda la República.
Todos se dieron la vuelta y vieron cómo el carnicero volcaba las cabezas sobre el tajo, después cogió una, la levantó haciendo y bendijo a los presentes con la cabeza, la puso sobre el tajo, y con la habilidad de un experto pasó la punta del dedo por el filo del hacha. De un solo golpe partió el cráneo del cerdo.
—¡Caramba! ¡Vaya golpe! —comentó el jefe tocándose la frente.
—¿No sería mejor que nos fuésemos de una vez? ¿Esta escena del tajo, no tendrá una oscura relación con nuestro destino? —preguntó el señor Viktor.
—¿No estará celoso su marido? —susurró el señor Bucifal.
—¡Pero señores! ¿Qué se imaginan? ¡Fanánek! ¿Celoso? ¡No tiene ninguna razón para estarlo! ¡Fanánek, dicen que estás celoso! —exclamó la carnicera con voz sonora.
El señor Hyrman cogió una cuchara, miró a los agentes, después sacó los sesos de la cavidad craneal, y los tiró con rabia en una fuente de porcelana.
—De repente me duele la cabeza —dijo el jefe poniéndose la mano sobre la raya del pelo.
El carnicero asió el rótulo del precio con un alambre puntiagudo y lo clavó en los sesos de la fuente.
—Ahora he notado un pinchazo —dijo el jefe.
El señor Bucifal se acercó al tajo y dijo:
—Maestro, ¿verdad que cuando se hacen esas salchichas lo más importante es la carne?
El señor Hyrman alineó las cuatro cabezas en el tajo y las partió con unos fuertes golpes.
—Carne, carne… —exclamó la carnicera—, señores, lo más importante son las especias. La carne no es más que un ingrediente. Señor Viktor, a usted, ¿qué es lo que más le gusta?
—¡Vaya una pregunta! —dijo en voz baja.
—Ah, sí —se ruborizó—. Me refiero además de eso. ¿Qué le gusta más comer?
—Salchichas de vino.
—Pues señores, con agua les voy a hacer unas auténticas salchichas de vino, y ni un aguador lo notaría. El agua es un regalo de Dios —decía riéndose—. Si no me creen, vengan a mirar en la trastienda. Pero señor Bucifal, ¿qué empresas suministran las estampas para las ferias?
—¡Nosotros, mi señora! —dijo el señor Bucifal dirigiéndose a la trastienda con sus amigos, en aquella penumbra brillaba la luz azulada de los fogones de gas, parecía un manojo de cardos violetas.
—En todas las ferias suministrábamos rosarios, pilas para el agua bendita, bolas de cristal con la Virgen de Stará Bolesav, y los pequeños niños Jesús de Praga, llamados Bambini di Praga —añadió el señor Bucifal y por la ventanita de la trastienda miraba hacia el patio iluminado donde, bajo un sol intenso, se veía la máquina para picar la carne para hacer salchichas, y donde las moscas doradas se amontonaban sobre las vísceras malolientes.
—Y a usted, ¿qué le gusta más? —preguntó el señor Viktor.
La carnicera bajó la vista:
—Aparte de aquello, las mejillas de cerdo hervidas por la mañana… Cuando en el matadero matan el primer cerdo, yo llevo mi lechera, y corto un pedacito de corazón, uno de hígado, un poco de mejilla y morro y orejas de cerdo, meto un litro de agua, cierro la lechera herméticamente, y la tiro al depósito de agua hirviente. Y después, cuando la carne ya cuelga de los ganchos, saco la lechera, la abro, sirvo el caldo… Pongo la carne en una fuente y todos nos comemos y nos bebemos aquella fuerza.
—¿Y el pan? —preguntó Viktor.
—El pan sólo nos sirve para limpiarnos los dedos. Vean, señores, aquí está todo el secreto de nuestra empresa, aquí están los premios y las condecoraciones de ferias y exposiciones… ¡El armario de las especias! — exclamó la señora Hyrmanová y abrió la puerta de un armario lleno de cajones.
El señor Bucifal regresó a la tienda y se puso a mirar al señor Hyrman que con una cuchara iba sacando los sesos de cerdo de su cavidad. Dijo:
—Señor Hyrman, ¡no puede ni imaginarse hasta qué punto han bajado los precios de los panteones! En el cementerio de Olsany podría conseguir tres. Y el sueño de todos los checos acomodados es poder dormir el sueño eterno en Olsany. ¿No le interesaría?
—Me da miedo despertarme en la tumba —dijo el señor Hyrman mirando de reojo hacia la trastienda.
—Eso le ocurre a muy poca gente —dijo el señor Bucifal—. Basta una palabra, y dentro de una semana el panteón será suyo. Está en un lugar seco, cerca de un grifo, por encima de la pared la vista hacia los campos y una taberna es muy bonita. ¡Una ocasión única!
El señor Hyrman que con el cuchillo estaba rascando los restos de sesos del tajo y lo limpiaba en los bordes de la fuente dijo:
—¿Sabe una cosa? Yo siempre he deseado tener un panteón. Y si miro a mi mujer, aún debería desearlo con más fuerza… pero ¡si el mismo mecenas, el señor Hlávka se despertó en su tumba! Y eso es, además de mi mujer, lo que me saca de quicio.
Después el carnicero clavó el cuchillo en el tajo y entró en la trastienda donde su mujer ponía otra ración de salchichas en el agua hirviente y gritaba:
—Los cajones llenos de mejorana, pimienta, pimentón, los cajones con comino, jengibre, eso nos da fama, ¿verdad Fanánek? —Y con su pecho, por encima del delantal blanco con sus iniciales azules y rojas, dio un golpe al de su marido.
—Hmmm —ladró el señor Hyrman abriendo la cámara frigorífica.
Colgados de la barra estaban los cerdos y las terneras abiertas en canal, como los dibujos del libro El médico en casa, y dos enormes muslos del buey
de la fábrica de cerveza[46].
—Todo el mundo le envidiaría un panteón como el que le ofrezco —dijo el señor Bucifal dentro de la cámara frigorífica.
El señor Hyrman, con la máxima facilidad, se cargó un muslo de buey en la espalda y dijo:
—¿Pero quién puede asegurarme que no voy a despertarme en la tumba, como Hlávka? ¡Dios mío, cómo lo encontraron…! ¡Sí, la tapa apartada, el ataúd ladeado, y el mecenas Hlávka de rodillas, con la barba y los dedos roídos!
—¿Por las ratas?
—¡Por las ratas! —gritó el carnicero—. ¡Él mismo, horrorizado, se había roído los dedos y la barba! ¡Prefiero que me incineren!
Tendió el brazo y sacó el tendón del gancho y se cargó al hombro el muslo de doscientos kilos, salió de la cámara frigorífica, cerró la puerta con la barra de seguridad, y entró en la tienda. El fémur de buey le oprimía la cabeza contra el tórax.
—¿Sabe lo que podría hacer? —dijo el señor Bucifal mirándole la cara de abajo arriba—. Puede escribir en el testamento que un médico le atraviese el corazón. En las familias nobles de Praga se hace, y en los círculos aristocráticos es una costumbre habitual.
—¿Atravesarme el corazón? —dijo el señor Hyrman—. Eso ya lo hace mi mujer. ¡Fíjese!
Y la señora Hyrmanová llevaba las salchichas humeantes y gritaba:
—¡Señores! ¡Casi me olvido! ¡Hoy se celebra la Noche Veneciana! Vengan por la noche. Yo tocaré la mandolina en la barcaza… Ay, señor Viktor, los farolillos de papel, la luna llena… ¡Les invito a todos! Y mi marido toca el ukelele con los del club —dijo poniéndose debajo del muslo de buey y cogiendo la mano de su marido, después le fue doblando un dedo tras otro y dijo entusiasmada:
—¡Observen qué deditos! ¡Parecen morcillas! El año pasado, en la fiesta del matadero, tocó la banda de Kmoch, construyeron un entarimado, Fanánek se subió en él, trajeron un buey de quinientos kilos, lo pasaron por debajo de unas correas…, y Fanánek lo levantó, y la música comenzó a sonar, y la multitud estalló en ovaciones… Pero hoy, señores, estos deditos que parecen morcillas rascarán el pequeño ukelele. Así pues, señores, ¿irán?
—Señor Hyrman, el panteón que le ofrezco está al lado del de un famoso poeta checo. Mi señora, ¡écheme una mano! ¡Jamás tendrá la oportunidad de comprar un panteón tan barato! —dijo el señor Bucifal.
—Dormir al lado de un poeta famoso sería sensacional —dijo la carnicera —. Mi padre también era un poeta. Y señores, ¡vaya fiestas organizaba! A la cabeza del desfile iban los aprendices, llevaban unos delantales blancos, en sus fuentes había cabezas de cerdo, vísceras y salchichas para la tómbola, después iban los oficiales con gorras blancas y chaquetas a cuadros, en sus hombros llevaban nuestra insignia, un hacha de carnicero plateada, después iba la banda, detrás de ella avanzaban, con paso pesado, los maestros carniceros, pesaban cien kilos, sobre sus cabezas una gorra con plumas de halcón, los carniceros, la flor y nata de la nación… Pero, señores, coman antes de que las salchichas se enfríen, coman —les animaba la carnicera.
El señor Bucifal dijo:
—Señor Hyrman, veo que el panteón será suyo… Pues bien, en caso de que el Servicio de la Catedral actuase como intermediario, en su interior se le podría instalar un aparato que inventó un teniente de alcalde ruso que vive en París. Es un mecanismo que se coloca en el interior del ataúd, junto a las manos. Lo fundamental son unos alambres que dominan las señales de alarma, de modo que si el ataúd se moviese sólo un poco, en el cementerio sonarían unos timbres, de un tubo saldrían cohetes, y para rematar el estruendo, sonaría un cañonazo… ¡Bummm! —gritó el señor Bucifal levantando los brazos.
El señor Hyrman se asustó, cuando se inclinó el muslo le resbaló, él perdió el equilibrio y empezó a volar hacia la puerta cerrada que en el último instante abrió la señora Hyrmanová. El carnicero salió corriendo a la acera cargado con el muslo, intentaba atrapar aquella montaña de carne, pero su centro de gravedad corría cinco metros por delante de él, y el señor Hyrman movía las piernas para dominarlo, tropezó y se cayó muy lentamente… Se trataba más de una caída anunciada que de una carrera. Las dos beatas aprendices de la casa Lydia, cuando vieron lo que ocurría, se sacudieron las migas de pan de las faldas, cogieron el banco, cada una por un lado, y lo llevaron a una distancia más segura.
—¡Buenas tardes, señor! —Se levantaron, y cuando el señor Hyrman pasó volando por delante de ellas, le hicieron una reverencia.
Después él tropezó con un listón del cartel que invitaba a la Noche Veneciana, y el muslo, como las nubes, lo sobrevoló y agujereó la valla metálica que estaba al lado de la columna de la peste, y arrancó la tierra, incluidos los rosales.
Por la plaza iba corriendo el sombrerero señor Kurka, con camisa y chaleco, en la mano tenía un sombrero de terciopelo.
—Amigo —le dijo apenado—, ¿se ha hecho mucho daño?
—Mucho —dijo el señor Hyrman.
—Yo miro por el escaparate y le veo a usted volando… ¿Pero sabe que yo creía que usted recuperaría el equilibrio? ¿Le duele mucho? —dijo el sombrerero, se levantó, se sacó un cepillo de su bolsillo, empezó a soplar sobre el sombrero de terciopelo y lo limpió con sumo cuidado.
—Me duele mucho —se quejó el carnicero.
—Lo lamento mucho. Mi mujer creía que usted se estaba entrenando para la Noche Veneciana… Pues, adiós, amigo —dijo el sombrerero dándose la vuelta y sin saber esconder la nota alegre de su voz.
Después llegó el señor Bucifal:
—Pero eso no es todo —dijo arrodillándose—, el teléfono principal va desde el panteón hasta la dirección del cementerio, de allí llegarían los sepultureros y lo sacarían enseguida a palazos.
—Yo a usted también hubiera tenido que sacarle a palazos… —El señor Hyrman se sentó—. Me han endosado un seguro de vida y aún me endosarán un panteón que de todas las maneras acabaré por comprar… Basta con que mire lo que está haciendo mi mujer… —Hizo visera con su mano y vio a su mujer corriendo, con una mano se levantaba la falda y con la otra cogía al señor Viktor, el agente de seguros.
—¡A mi padre le pasó algo peor! —Con un paño pequeño limpiaba el muslo de buey—. Señores, mi padre tenía el escaparate abierto y, como mi Fanánek, estaba metiendo limones en las cabezas de cerdo. Y precisamente en aquel momento pasó por delante un camión que había perdido una rueda delantera, fue a parar directamente al trasero de mi padre quien primero metió el limón en la cabeza de cerdo, después él y la cabeza rompieron el escaparate y fueron a parar al lado del tajo, ¡donde mi madre, con el hacha levantada, estaba a punto de cortar los suculentos ingredientes para un caldo de huesos de ternera!
—¿Y mató a su señor padre? —preguntó el jefe.
—No… pero se salvó por los pelos. Lo tocó con la parte plana del hacha. Pero, señores, ¡vengan, levántense y traigan el muslo a la tienda! —gritó la dueña.
Los agentes de Ayuda a la Vejez rodearon el bloque de carne y se agacharon. Cuando ya lo habían agarrado el jefe gritó:
—¡Haaale-hop!
Sacaron sus fuerzas, pero no lo movieron ni un milímetro.
—Nos resbala de las manos —dijo el jefe.
Cada uno sacó un pañuelo y el jefe volvió a gritar:
—¡Haaale-hop!
Pero no lo movieron ni un milímetro.
El señor Hyrman se levantó, apartó a los agentes de Ayuda a la Vejez, se agachó, y con una sola mano levantó el muslo del buey de la fábrica de cerveza, y se lo puso bajo el brazo, como si fuese un tablero.
La señora Hyrmenová se alegró:
—¿Lo han visto ustedes? Tiene unos deditos que parecen morcillas, pero por la noche rascará el ukelele con los del club. ¡Señor Viktor, deme la mano, prométame que vendrá!
—¿Lo ha oído? —dijo el señor Hyrman al señor Bucifal—. Esa mujer mía me llevará a la tumba, ¡consígame el panteón! ¡Y también el mecanismo!