Los palabristas

Bohumil Hrabal · Capítulo 17 de 31

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Los palabristas

Capítulo 4

 

La habitación del hotel U cerného kone estaba toda pintada de blanco, y los muebles también eran blancos. Tres camas de cobre, dos grandes armarios, dos mesillas de noche, y en las ventanas cortinas de color celeste. Las puertas de los armarios de vidrio, detrás unas cortinillas celestes atadas con un lazo blanco.

La señorita Nad’a entró en la habitación y miró a derecha y a izquierda. Detrás de ella caminaban las huellas de sus zapatillas mojadas. Dejó la cesta con el anuncio de la casa Duha, un círculo con secciones de todos los colores. Apoyó el anuncio contra el lavabo, abrió el armario, y después sacó una sábana de la cama.

El señor Tonda Uhde, agente de Ayuda a la Vejez, estaba parado delante de la puerta abierta y miraba a la chica con mucha curiosidad.

—¡Qué buena idea! —dijo cuando Nad’a se metió en el armario.

Y avanzó hacia el otro armario, y dejó tras él unas huellas mojadas. Y cuando quiso abrir el otro armario, vio que estaba cerrado y que en la cerradura no había ninguna llave.

—¿Verdad que usted no aprecia mucho a su superior? —dijo Nad’a desde el armario, y tiró el sujetador por la puerta semiabierta.

—No mucho —dijo el señor Tonda. Se puso a abrir los cajones de las mesillas de noche, después se puso de rodillas y empezó a buscar por debajo de las camas.

—¡Yo no dejaría que me tratasen así! ¿Es que usted tiene piel de elefante?

—¿Desde cuándo da conferencias para Duha? —le preguntó.

—Desde hace dos años.

—Tendría que saber que los vendedores de pacotilla se aburren terriblemente, y la mejor defensa contra el aburrimiento es la diversión… ¿Es natural, no le parece?

—¡Ah, usted es naturalista…! —gritó Nad’a mirando hacia el exterior del armario, dejó su combinación sobre la puerta y preguntó—: ¿Qué está buscando debajo de los colchones?

—Una horquilla.

—¿Y por qué no me la pide…? —Se rió ofreciéndole la cabeza desde el armario.

Tonda le sacó una horquilla, la dobló, y después metió el alambre en la cerradura, se puso a mirar el techo con mucha delicadeza, y al mismo tiempo movía la horquilla. Dijo:

—¿Sabe? Yo tengo que hacer un poco el payaso… Es que, entre nosotros…, ya no tengo fuerzas para hacer picar a los pequeños comerciantes y artesanos sin ninguna piedad con la historia del seguro, y encima, después sacarles dinero… ¿Sabe? Yo ya no sé mentir…

—¿De qué trabajaba, antes? —le preguntó Nad’a saliendo del armario envuelta en una sábana.

—¿De qué…? —dijo mirando la figura de la chica de pelo rubio que estaba de pie en el centro de la habitación. Ella metió su mano por debajo de la sábana, se bajó algo hasta los tobillos, se incorporó, marcó un poco el paso, se sacó unas braguitas, las cogió y las dejó caer sobre la puerta del armario.

—¿Por qué me mira así? —Sonrió.

—Porque pienso que usted es muy guapa.

—¿Y eso, qué significa?

—Que ya no sé mentir, ¡pero usted no se lo cree!

—Me lo creo, pero ustedes, los de los seguros… Si me dicen que hoy es jueves, prefiero mirar el calendario.

—La señorita se ha pillado los dedos muchas veces…

—¡Y el cuerpo entero!

—¡Ya está! —gritó Tonda y abrió la puerta del armario, después enderezó la ganzúa hecha con la horquilla, la pasó a Nad’a. Ella inclinó su cabeza y él se la puso en el pelo.

—Gracias —dijo.

Cuando él se sacó los zapatos y entró en el armario tropezó con algo.

—Aquí hay un gramófono —dijo.

—¿Un gramófono? —gritó Nad’a—. ¡Ojalá también hubiese un disco!

Y cogió el gramófono portátil y lo puso sobre la mesa.

—¿De qué trabajaba antes? —le preguntó mientras abría la tapa.

—De pirotécnico —dijo Tonda desde el armario.

—¡Sí, hay un disco! ¿Qué es eso de… pirotécnico?

—Es el hombre que desactiva los explosivos, las bombas y las granadas.

—¡Pero si es Benjamino Gigli! ¡En una cara canta Ave María y en la otra… Santa Lucia! ¡Es una pena que yo no sea una bomba a punto de explotar!

—Por favor, sáqueme…

—¡Dios mío! ¡No querrá que le saque los calzoncillos…!

—¡No, mujer! Una sábana de la cama…

—Me había asustado… —dijo y con sumo cuidado dejó el disco sobre la mesa.

Después llevó la sábana hacia el armario, llamó a la puerta semiabierta, y pasó el lienzo a Tonda.

—¿Sabe? A mí los hombres desnudos me parecen muy ridículos — añadió.

—¿Dónde vive? —le preguntó desde el armario.

—En Liben’.[51] ¿Por qué?

—En Liben’ pocos no están muy locos.

—¡Pero allí viven las muchachas más guapas!

—Muchachas hay. Pero las más guapas…

—¿Y usted dónde vive?

—En todas partes. Tengo un abono para los trenes regionales, y cuando termino la semana laboral, que dura cuatro días, voy en el rápido hasta que encuentro alojamiento en alguna parte…

—Qué bonito…

—Usted también es muy bonita —dijo Tonda y salió del armario envuelto en la sábana.

—¡Ave! —Levantó la mano.

—María —añadió Nad’a, cogió el disco y lo puso encima del plato. Después intentó darle cuerda, pero la manivela giraba inútilmente.

—El resorte está roto —dijo desilusionada.

—¿Qué me daría si a pesar de todo Benjamino cantase?

—Un besito de amiga, un beso de amistad.

—No es mucho, pero en fin…

—Lo pequeño es lo mejor. ¿Pero usted vive en un tren rápido? Jamás he oído algo parecido. ¿Y dónde le mandan las cartas?

Tonda apretó más la aguja y puso el brazo al principio del disco, después se sentó en la silla, puso su dedo sobre el papel del centro del disco que hizo girar con el índice, y una orquesta anticuada comenzó a tocar la obertura.

—¡A la redondita de san Andrés…! —gritó Nad’a y se sentó al lado de la mesa—. ¿Usted vive en un rápido? ¿Qué le diría su padre?

—¡Me bendeciría! —dijo Tonda—. Porque soy una copia de lo que el destino hizo con él. Era jefe de estación, pero al enterarse de que su mujer, es decir mi madre, le era infiel, se trasladó a vivir en un tren…

Benjamino llenaba la habitación con su voz potente:

O dolce Napoli, o suol beato, dove sorridere volle il creato…

—¡Que triste! —dijo Nad’a.

—Cuando mi padre terminaba el servicio se subía al primer tren que pasaba, y no regresaba hasta que no volvía a estar de servicio. Lo estuvo haciendo durante años…

—¿Y luego?

—Luego se suicidó en su despacho, se pegó un tiro. Se desnudó completamente, se estampó en el cuerpo tantos sellos como pudo. Cuando entraron en el despacho lo encontraron tendido sobre la alfombra y a su lado estaba un pequeño revólver con el puño de nácar…

Benjamino Gigli cantaba alegremente:

Tu sei ¡’imperio dell’armonia, Santa Lucia, Santa Lucia!

Nad’a adelantó su cuerpo, Tonda levantó su cabeza mientras con el índice hacía girar el disco.

Y dos personas envueltas en una sábana se besaron.

—¡Quietas las manos! —gritó el jefe desde el umbral de la puerta abierta. Con una mano levantaba una botella de champán y con la otra el asa de un cesto de mimbre de donde salían tres cuellos de botella.

El gramófono dejó de sonar.

—¡Yo pensaba —dijo Nad’a tocando la frente de Tonda—, que aquí había una chabola y resulta que hay un palacio!

Señaló a Tonda y contó:

—¡Ha arreglado el resorte roto con el método A la redondita de san Andrés! —Y con su dedo imitó el método de Tonda.

—¡Muy bien! —dijo el jefe, dejó el cesto sobre la mesa y sacó la servilleta que lo cubría—. ¡Chicos, qué noche de luna llena! Podríamos organizar un picnic aquí mismo. ¡Nad’a, prepare las copas, están dentro de la cesta! ¿Cómo se han cambiado de ropa? Ah, sí, se han metido en el armario. Después del baño he pillado mucho frío.

Entró en el armario, y su voz potente aún seguía resonando con alegría:

—¡Con los gramófonos he tenido muchas experiencias! Un día fui a casa del herrero de Unhost’. Él estaba cortando tocino y sus chiquillos estaban al lado del gramófono cantando Corre riachuelo, corre hacia el bosque…, uno de los niños fue corriendo a buscar cerveza, y el herrero cantaba con el gramófono Corre riachuelo… y yo le hablaba de las ventajas de la pensión, después rellené la inscripción, el herrero cantaba con el gramófono y los chiquillos Buenas noches, querida, te deseo buenas noches…, fue a buscar el dinero, y cuando ya lo tenía, ¡patapum!, el resorte del gramófono saltó y nos fue a dar en la cara. A mí me dio en el cuello, ¡miren!

El jefe hablaba con una voz alegre y potente, sacó la cabeza del armario, levantó la barbilla y prosiguió:

—Durante un año entero tuve una raya como las de las tórtolas, tenía que andar siempre con bufanda. ¡Deme también una sábana!

Nad’a sacó una sábana de la cama y la dejó en la puerta del armario. La voz del director resonaba:

—¡O el relojero de Mélník! Enseguida picó. Yo le di un lápiz para que firmase, pero el aprendiz, ¡qué estúpido!, estaba poniendo el resorte en un reloj de péndulo, se le escapó de las manos, y se llevó por delante todos los engranajes y relojes de las mesas, rasgó el impreso de inscripción, siguió volando por todo el taller, y sólo se calmó cuando llegó a un pequeño armario abierto donde estaban los engranajes de recambio… ¡Y el relojero renunció a su futuro feliz!

Salió del armario envuelto con una sábana y siguió hablando:

—Al día siguiente, cuando iba a coger el tren, di un vistazo al interior del taller, ¡el relojero y el aprendiz aún estaban de rodillas buscando tornillos y engranajes rodantes!

Lo dijo gritando, mientras se acercaba a las ventanas para abrirlas. En la blanca habitación entró una bocanada de aire caliente y las dos cortinas celestes se hincharon.

—Parece un romano —le dijo Nad’a.

—Sí. ¡Un pordiosero romano! ¿Y usted…? ¡Parece una romana de las que suele haber en las farmacias! —dijo el jefe. Cogió una botella de champán y aflojó el cesto de alambre de encima del tapón.

—¿Acacias?

—¡En las farmacias!

—Qué susto, había entendido acacias.

—Con una mano sujetan un mortero y con la otra una serpiente.

—Me alegro. ¿Y qué parece el señor Tonda?

—De él ya se ocupa la Sociedad Protectora de Animales. Tiene tanto empuje como un buey de tiro, ¡se le tendría que coser una piel de vaca y dejar que lo montase un buey! —exclamó el jefe y con un movimiento lento del dedo pulgar aflojó el tapón, y un potente chorro espumoso salió del cuello de la botella y salpicó la cabeza de Tonda.

—Champú para los cabellos. —Se reía Nad’a.

—Perdón —se disculpaba el jefe—. Este Duha tiene muchísima fuerza.

Y llenó las copas.

—Qué bromas más pesadas —se quejaba el señor Tonda con la mitad de su cara enfadada y la otra mitad risueña.

—¿Por qué brindamos? —preguntó el jefe, y con todas sus fuerzas corrió la cortina y con su copa señaló la luna colgada encima de la plaza—. ¡Por esta noche preciosa!

—¡Por los negocios! —dijo Nad’a.

—¡Por las manchas que son imposibles de sacar sin dañar el tejido! — añadió Tonda.

—Aún no hemos brindado por el champán —dijo el jefe golpeando el cuello de la botella.

—Y mirarnos a los ojos —dijo Nada parpadeando.

Y vaciaron las copas de un trago.

Nad’a las llenó de nuevo.

El jefe se sentó:

—¡Muy bien! ¡Por los negocios! ¿Pero cuáles? Nos encontramos en el crepúsculo de nuestros seguros. A cambio del bien que ofrezco a los comerciantes, ellos me atrapan con un resorte de gramófono o de reloj de péndulo… Y si aquel barbero de la barcaza hubiera tenido una navaja a mano, yo no me hubiese podido defender.

—¿Un agente de seguros en casa? ¡Garrote en mano! —Nad’a sorbió la bebida dorada.

—¿Y ahora qué? —El jefe señaló a Nad’a.

—¡Yo tengo mucha hambre! —dijo ella.

—En el cesto hay carne de Moravia. Y tú, Tonda, ¡ocúpate de la música! —ordenó el jefe.

Y la orquesta anticuada, gracias al dedo del agente de Ayuda a la Vejez, tocó la obertura, y Benjamino se puso a cantar:

Ave María…

Nad’a se bebía el champán y comía carne ahumada. Aconsejó:

—Pues déjenlo. Intenten vender artículos de utilidad cotidiana. Funden una cooperativa… de escultura funeraria.

—¿Cómo se la imagina?

Nad’a se secó los labios, entró en el armario y cerró la puerta tras ella. Después llamó.

—Adelante —dijo el jefe.

Nad’a salió, hizo una pequeña reverencia y dijo:

—Excelencia, soy una agente de Escultura funeraria. ¿Qué clase de monumento desearía para la tumba donde reposará en el sueño eterno? ¿No lo sabe? Pues la cooperativa de Escultura funeraria piensa por usted. Aquí tiene el catálogo. Tenga la bondad de mirarlo… ¿Le gustaría un monumento con dos palomas con el pico hacia arriba? ¿O este monumento más pequeño con un ángel llorando?…

Él jefe se acercó a la muchacha y dijo:

—¡Excelente…! Pero debe poner la mano sobre su corazón, impresiona más. Así…

—¿O tal vez desearía que sobre el monumento estuviese un árbol artísticamente esculpido con una rama rota? —dijo Nad’a con la mano sobre su seno izquierdo.

Benjamino gritaba con mucho sentimiento:

—Duha.

—¿O tal vez su excelencia tiene sus propias ideas sobre el monumento? Pues bien, Escultura funeraria se lo hará según sus deseos y esbozos… — Nad’a quería convencer al jefe que estaba sorprendido y le cogió la mano derecha.

—No sea tan patosa, un poco más de naturalidad en el gesto… Así… Con su mano libre haga un gesto dirigido al mismísimo cielo. Será una gran agente… Una hipnotizadora con los ojos y con los gestos…

—Ya no queda —dijo Nad’a deshaciendo su postura.

—Abra el whisky —dijo el jefe, y con los dedos se oprimió la raíz de la nariz, como si se pusiese unos quevedos—. ¡Madre mía! —gritó sin soltarse la nariz—. ¡Con eso se podría ganar dinero! ¡Habría trabajo para diez escultores! Podríamos ponerlo en marcha yendo a un treinta por ciento. Y podríamos conseguir los clientes a partir de las esquelas.

Nad’a abrazó la botella de whisky con sus muslos, y antes de sacar el tapón dijo:

—Con las esquelas llegaríamos un poco tarde…, con una buena propina cualquier empleado del hospital le diría qué enfermos están en las últimas.

Después olió la botella.

—¡Esto sí que tiene nervio!

La voz de Benjamino se marchitó, Tonda sacudía la mano para que se le calentasen los dedos entumecidos.

—Los vasitos de licor están en el cesto —dijo el director.

—Éstos son para ustedes, yo beberé en un vaso grande —dijo Nad’a.

Tonda dio la vuelta al disco y con el dedo lo puso en movimiento:

O dolce Napoli, o suol beato…

—¡Tonda, está demasiado alto! —gritó el jefe.

—Me gustan los cantantes —dijo Nad’a, se dirigió hacia el armario y regresó con los calcetines mojados—. Pondremos un amortiguador —dijo.

Metió los calcetines de hombre en la trompa del gramófono y la voz de Benjamino empezó a sonar a través del filtro.

… tu sei l’imperio dell'armonía…

—¡O probar un negocio con cuadros! —dijo Nad’a con el vaso tocando su labio inferior.

—¡Deje los cuadros tranquilos! —Saltó el jefe defendiéndose con ambas manos—. Es un negocio de mala muerte. Todo el mundo tiene la casa llena de cuadros. Mire donde mire, siempre hay cuadros. ¡Si hoy en día por pocos miles de coronas se puede tener una galería privada! ¡Apuesten lo que quieran, con la Escultura funeraria el negocio está asegurado!

Y empezó a correr y a saltar, hizo una pirueta y se sentó en el alféizar de la ventana, y su mirada se le quedó clavada en el cielo azul adornado con la luna blanca. Después miró la columna de la peste que salía del centro de la plaza, como un geiser negro, y que al final tenía una pequeña escultura de la Virgen… Y después miró el surtidor del que emergía con fuerza un chorro vertical de agua plateada que al final aleteaba y jugaba con una pelota de ping-pong. Si la pelota se caía sobre la reja de donde salía el chorro, el agua volvía a elevarla hasta su cima…

—En lo que se refiere a las ideas, jamás me quedo la última —dijo Nad’a llenándose el vaso con whisky. Se lo bebió, respiró, y sintió un hormigueo en los labios.

La voz moribunda de Benjamino atravesaba los calcetines mojados:

… ¡Santa Lucia, Santa Lucia!

Nad’a levantó un dedo, entró en el armario y después llamó a la puerta:

—¡Adelante! —dijo el jefe.

La muchacha salió del armario e hizo una reverencia.

—¡Señor director! Como usted sabe muy bien, el poder ha sido traspasado a sus manos, y con él, las obligaciones culturales. ¡Tiempos nuevos, nuevos intereses! Ahora los pintores están trabajando para ustedes. Aquí, en la sala del Consejo de Dirección de esta empresa, tiene que haber un cuadro. ¿Qué desea, Grupo de mineros trabajando, o Desayuno en los altos hornos, o Colada en los altos hornos de Martin?

El jefe saltó de la ventana y se acercó a Nad’a murmurando:

—Fantástico… Pero repítalo con gestos secos, casi imperativos.

Inmediatamente después miró las paredes para ver de dónde se podría colgar un cuadro…, con la mano hizo un gesto de director de orquesta:

—¡Obligaciones culturales! Siga usted… ¡Adelante! —La dirigía con la mano, se sirvió aguardiente y se lo paseó por la boca. Después cogió una toalla, se tendió en la cama y se tapó la cara con la toalla.

Nad’a bebió, puso su palma delante de su boca y olió su aliento. Se puso de rodillas al lado de la cama y susurró al oído del jefe:

—¡Capitán… Estamos en un pueblo! ¡Hay que adaptarse a los nuevos tiempos! A la nueva cooperativa estatal le corresponden unos cuadros completamente nuevos. Los nuevos artistas ya los han pintado. ¿Dónde colgaría el cuadro Labrando los ribazos?, ¿y dónde La segadora-trilladora en un mar de trigo? —preguntó Nad’a en voz baja.

Tonda se puso de rodillas al lado de Nad’a. A ella se le había resbalado un poco la sábana, y él le miraba los labios.

—Puede ir en coche —proseguía Nad’a—, tenemos decenas de cuadros pintados, también tenemos martillos, clavos, ganchos… Dígame, señor director, ¿dónde quiere que lo cuelgue? ¿Aquí, allí, dónde? ¡Podríamos convertirlo en una campaña estatal! ¿O sería mejor hacerlo en colaboración con la sociedad artística? ¡Tendríamos un sello de goma! Se podría pagar por giro postal…

Nad’a se incorporó y se quedó a cuatro patas. Después se puso en pie, se arregló la sábana y se llenó el vaso.

—¿Aún le gusta tanto beber? —le preguntó Tonda.

Ella negó con la cabeza, pero dijo:

—Sí, sí.

—Debería controlarse un poco —le dijo Tonda.

Ella, poniendo su cuerpo en actitud afirmativa dijo:

—No.

El señor director estaba tendido en la cama, tenía los brazos en cruz y la toalla sobre la cara. Nad’a puso un dedo delante de sus labios:

—Tonda —dijo—, tendría que ausentarme un momentito.

—Cuando llegue al pasillo verá otra habitación, después otra, y después el lugar que usted busca —le dijo señalando la pared. Nad’a salió y cerró la puerta, por la ventana del final del pasillo entraba la luz clorosa de la luna que recortaba el perfil de un enorme cochecillo de bebés que reposaba sobre los resortes de acero. Ella se internó en la caja blanca de la luz de la luna, presionó el fondo del cochecillo, las espirales cedieron un poco, entonces ella se sentó, después se tendió. Las piernas le colgaban, como si estuviese en una pequeña bañera. Miró a derecha y a izquierda, vio otra ventana que iluminaba la escalera, la luz de la luna brillaba sobre una palmera artificial puesta sobre un pedestal. Miró hacia la dirección por donde había llegado, vio un rayo de luz plateado e inclinado que salía de la cerradura de una puerta.

Saltó en silencio, y después se arrodilló y aproximó el ojo a la cerradura.

En la habitación, también pintada de blanco, había un hombre de pie delante de la cama, llevaba una toalla atada a la cintura, entre los edredones estaba una joven desnuda que con ambas manos aguantaba un sombrero tirolés.

—Sáquese el sombrero —le dijo el joven arrodillándose junto a la cama.

—No —se defendía la muchacha—. Si me sacase el sombrerito me quedaría completamente desnuda.

—Sáqueselo —le pidió el joven arrodillándose junto a la almohada.

—¡Que no! Si lo hiciese perdería todo el control sobre mí misma. Este sombrero es como el anillo de mi madre —dijo la muchacha, y con una mano sujetaba el sombrero y con la otra apagó la luz.

Nad’a acercó su oído a la puerta.

—¡Eso es lo que pensaban hacer conmigo! —se dijo.

Y con sus pies descalzos comenzó a andar silenciosamente por la alfombra de rafia y entró en su habitación.

—¿Quién está en la habitación de al lado? —preguntó.

—Viktor, otro agente —dijo Tonda.

—¿Viktor? ¿No debería llamarse Duha? ¡Tonda, venga, les llamaremos a la puerta!

El jefe se levantó, se sacó la toalla de la cara y bajó los pies.

—¡Vaya ocurrencia! —dijo poniéndose en pie—. ¡Pero qué mujer! Cada

viernes organizamos clases de baile en casa de Némecek, en Visehrad[52]. Venga usted, hablaremos de los monumentos y de los cuadros que esconden una esperanza real… ¡Tonda! ¿Por qué no llamas a la puerta de Viktor?

—¡Sí, hombre, para que me hinche un ojo!

—Te digo que vayas. Te dejaremos la puerta abierta y cuando ellos salgan tú podrás entrar aquí corriendo. ¿Aún sabes correr?

—Sí. ¡Pero Nad’a, déjeme la puerta abierta!

—Por favor… —Nad’a lo miró de forma seductora por encima de la copa de champán dónde bebía el whisky.

Tonda salió al pasillo dando zancadas, pasos de cigüeña, avanzó hacia la puerta de Viktor, giró su cabeza, vio a Nad’a y al jefe que sacaban sus cabezas por la puerta, se puso contento. Después llamó a la puerta con el puño.

Después acercó el oído a la puerta y escuchó.

Después volvió a llamar.

Vio que Nad’a y el jefe estiraban sus cuellos fuera de la habitación, y que Nad’a le indicaba con el puño que llamase bien fuerte.

Volvió a llamar, la puerta se abrió de repente, Tonda golpeó la frente de Viktor, después se dio la vuelta y empezó a correr hacia la rendija luminosa de la puerta de su habitación que ya se había cerrado. Viktor lo derribó de un porrazo sobre la alfombra de rafia.

La puerta se abrió y Tonda cayó en el interior de la habitación. Dio un salto, cerró la puerta, y la cerró con llave.

El jefe estaba de nuevo estirado en la cama boca arriba, tenía los brazos en cruz y la toalla sobre la cara. Nad’a había desaparecido, Tonda suponía que dentro del armario, porque desde allí se podía oír el ruido de sus puños tocando la pared y sus carcajadas.

—¡Qué bromas más pesadas! —dijo Tonda sirviéndose un whisky.

—El sufrimiento es el camino de la sabiduría. —El jefe se había quitado el trozo de toalla que le tapaba la boca, después se la volvió a tapar.

Cuando Tonda terminó de vaciar el vaso dijo:

—¡El hijoputa había jugado a fútbol!

—No jueguen con el fuego —dijo Nad’a desde el armario. Después añadió—: Lo leí sobre la puerta del parque de bomberos.

—¿Quién ha cerrado la puerta? —gritó Tonda enfadado y colgado del pomo como si se tratase de san Wenceslao.

Acercó la silla al lavabo, se subió, se arremangó la sábana, y se miró en el espejo.

—¡Me van a salir unos cardenales fenomenales! —dijo.

—¡Señoras y señores!, para los morados utilicen, con toda garantía, el decolorante de la marca Duha —gritó Nad’a mientras salía corriendo del armario y avanzaba por el pasillo.

Regresó a la habitación con el enorme cochecillo de mimbre, cogió impulso, y saltó dentro. La sábana se le resbaló, pero Nad’a, mientras saltaba, había hecho una pirueta para caerse de espaldas en el cochecillo. Las manos y las piernas le colgaban por fuera, y el cochecillo avanzaba movido por una gran carcajada que lo sacudía.

El director se sacó la toalla de los ojos.

—Ya empiezan a salir los cardenales —se quejó Tonda.

Nad’a se alzó sobre sus codos y movió la cabeza.

Después se secó las lágrimas y miró al hombre subido en la silla que se daba la vuelta y miraba sus piernas delgadas en el espejo. Volvió a explotar en una gran carcajada:

—Tonda, ¡algunas manchas son imposibles de sacar sin dañar el tejido! ¡Sólo se pueden recortar con un cuchillo! ¡En el quirófano! —Se desplomó y los brazos le colgaron de nuevo fuera del cochecillo que se movía al ritmo de las carcajadas. Tonda se bajó de la silla, dio el grifo, y con la mano iba recogiendo agua que se llevaba al trasero.

—¿De quién ha sido la idea? ¿De quién? —gritaba.

—Mía —dijo el jefe—. Es el precio que has pagado por haber llevado aquel barbero a la barcaza.

—¿Pero quién ha cerrado la puerta? ¿Quién? —Tonda se incorporó con la cara desencajada.

Nad’a se levantó:

—Yo. Quien bien te quiere te hará llorar —exclamó. Después se dejó caer en el cochecillo riéndose.

Tonda abrió la puerta, empujó el cochecillo con Nad’a hacia el pasillo, lo tiró por las escaleras. El cochecillo iba de escalón en escalón.

—¡Me volveré tartamuda! —gritó Nad’a.

Y el cochecillo chocó con el pedestal, y la palmera artificial se cayó al suelo y todo el hotel tembló. Tonda entró rápidamente en la habitación y apagó las luces.

El director se acercó de puntillas a la ventana, se subió al alféizar y, por encima de los tejados, se puso a contemplar los campos lejanos donde a la luz de los focos trabajaba una trilladora. Una mujer con la cabeza envuelta en un pañuelo, que estaba de pie sobre una tabla, iba cogiendo las gavillas que un hombre en camisa blanca le iba pasando desde el carro. Ella las introducía en las entrañas de la máquina que soltaba una gran polvareda. De la trilladora salía un tubo largo que lanzaba la paja al aire iluminado, una paja dorada que en la lejanía era expulsada a una gran velocidad. La escena del turno de noche de trabajo adquiría un aire fantástico. Cerca de la mujer se amontonaba la paja, y los campesinos y campesinas, cubiertos de paja hasta la cintura, con sus horcas la tiraban cada vez más arriba… El hombre de la camisa blanca pasó la última gavilla, la máquina la trituró, de repente en el vacío se oyó un sonido alegre, como si la máquina estuviese contenta de descansar un poco, exactamente igual que la mujer que había salido del círculo luminoso, se desataba el pañuelo lleno de polvo, respiraba profundamente y se bebía una cerveza directamente de la botella verde…

—Alguien baja las escaleras —dijo Tonda entornando la puerta. Entonces vio que de la habitación contigua a la de Viktor salía un viejo con una vela, después bajó la escalera e iluminó a Nad’a que dormía desnuda en el cochecillo.

El viejo, andando sobre el reflejo de la luz de la vela, subió de nuevo. Movía la cabeza con incredulidad y antes de entrar en su habitación dijo muy bajito:

—¡Qué crío más grande!

La luna estaba colgada sobre la ciudad, y en el surtidor el chorro de agua jugaba a ping-pong con la pelotita…