Los palabristas

Bohumil Hrabal · Capítulo 30 de 31

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Los palabristas

Romance

 

1

 

Hace ya un rato que Gastón Kosilka está parado delante de un supermercado iluminado, mira de nuevo su cara en el escaparate, y se le confirma una vez más algo que sabe desde hace ya tiempo, que no se gusta en absoluto, que es un joven completamente anodino, que ha salido del cine aún más deprimido que cuando entró. Ve su cara reflejada en el cristal del escaparate, y se le confirma que con su figura nunca podrá ser quien le gustaría ser, Fanfan la tulipe.

Se tortura con su imagen reflejada en la puerta del supermercado, de repente aparece una gitana, abre la puerta, y sale a la Hlavní Trida, en su mano lleva media hogaza. A Gastón le extraña el vestido de la muchacha. Dos mandiles, uno delante, otro detrás, unidos por imperdibles. Cuando ella está al borde de la acera, y mira a derecha e izquierda para que no la atropelle ningún coche ni tranvía, Gastón no sabe dónde está la espalda de la muchacha, ni dónde sus senos diminutos.

Se seca el sudor de la frente y dice:

—¡Vaya por Dios!

Y la gitana se da la vuelta y le enseña el blanco de sus ojos, y sus labios pintados. Y quiere decir algo, pero le falla la voz. Después, con el paso ondeante de los nómadas, atraviesa la calle con la media hogaza en la palma de su mano vuelta hacia el cielo, muy cerca de su pelo, y la corteza emblanquecida del pan esboza su camino de aquel atardecer. Se para delante de un escaparate iluminado de Tep, disloca su cuerpo y mira a Gastón de reojo.

Él se arma de valor y también atraviesa.

—¡Dame un cigarrillo! —dice ella.

Muestra sus dedos índice y corazón separados.

Él pone un cigarrillo entre sus dedos, y cuando se lo enciende dice con aire mundano:

—Tu pelo huele bien.

—Y a ti te tiemblan las manos.

—Tengo un trabajo muy pesado —dice parpadeando.

—¿Qué haces?

—Soy ayudante de lampista. —Se ruboriza.

—¡Oh! ¡Eres un gran señor! Pero ¿cuánto valdrá aquel jersey? —pregunta con su voz grave.

—¿Cuál? ¿Ése?

—¡No, aquél, el de color rosa!

—Cuarenta y cinco coronas.

—Pues cómpramelo. Yo voy a dejar el pan en casa de mi hermana y después saldremos juntos. Y vas a ver… —le promete, y a cada calada las mejillas se le hunden y los ojos se le encienden.

—¿Qué es lo que voy a ver? —Se asusta Gastón.

—Vas a verlo. Primero me lo compras, y después vas a ver. Juro por Dios que voy a quererte —dice ella, y como juramento levanta sus dedos con el cigarrillo.

—¿Por un jersey? —Se extraña.

—¡Por un jersey!

—Pero ya está cerrado.

—¡Da igual!

—Dame el parné, y yo mañana me lo compro.

—¿El parné?

—Sí, el parné —dice, y escupe la colilla, y con los dedos hace el gesto del dinero.

—¡Ah! ¡Eso! ¡El parné! —Cae en la cuenta—. ¡Palabra de honor que te voy a dar el dinero!

—Juro por Dios que si no me lo das, por la noche vendrá la Virgen María a darte miedo. ¡Sí, sí, que vendrá! —le amenaza y se pone seria, sin ninguna arruga, mira de cerca los ojos de Gastón, y los de ella ocupan la mitad de su cara, como la Lollobrigida. Y de repente, como quien acaba de hacer un descubrimiento, proclama—: ¡Tus ojos son así! —Y dibuja una o con sus dedos pulgar e índice, y la pone encima de su propio ojo.

—¡Y tú como dos manantiales!

Ella responde con naturalidad:

—Sí, como dos manantiales. Las gitanas, cuando somos jóvenes, lo tenemos todo precioso. Y yo soy joven —dijo abriendo sus dedos.

Gastón muy delicadamente le pone un cigarrillo entre sus dedos. Después él se prende otro. Durante un momento mira el escaparate, estira su cuerpo, y mira con valentía a las multitudes que circulan por la Hlavní Trida, las gentes le miran, y él, Gastón Kosilka, de repente desea que sus conocidos, chicos y chicas, y todos sus parientes pasen en ese momento por la Hlavní Trida, y que le vean tan cerca de aquella gitana preciosa que mientras fuma le mira a los ojos.

Y ahora están caminando uno al lado de otro, y la gitana, a pesar de llevar los zapatos agujereados, anda con pasos cortos, como una dama.

—Está muy bien —dice él dando un pequeño salto.

—¿Qué es lo que está bien?

—Todo, todo está muy bien —exclama cogiendo a la gitana porque una vecina cargada de víveres está a punto de cruzarse con ellos.

—Buenas noches, señora Fundérová —le saluda Gastón por si acaso, para que la vecina los vea.

Y la señora Fundérová, al ver a Gastón cogiendo a la muchacha por el codo, deja el cesto en el suelo, y lo atraviesa con la mirada, y hace un comentario:

—¡Pobre mamá!

Pero la gitana da la vuelta por una bocacalle que conduce al río, y sigue fumando, como si suspirase. Y el callejón está silencioso y destartalado, y promete que allí puede ocurrir, puede suceder, cualquier cosa. Delante de una casa en ruinas de estilo tirolés, hay una farola de gas muy alta. La escalera de madera desaparece en el primer piso. Por un lado la vetusta barandilla está derribada, cuelga torcida, como una escalera de mano.

La corteza blanqueada de la hogaza brilla, la gitana la rompe y se la come, y los trocitos de corteza blanqueada brillan como el blanco de sus ojos árabes.

Gastón le confía:

—Una vez…, una vez yo estaba aquí, no me encontraba muy bien, y llovía a cántaros. Y aquí, debajo de la luz de esta farola de gas, estaban tres chiquillos gitanos cantando y bailando, el agua los mojaba… Pero los chiquillos cantaban, no dejaban de cantar, cantaban sus ay, ay, ay…, y se entregaban y se desentregaban al baile…, y llovía a mares y de repente los chiquillos hicieron que me sintiese mejor.

—Eran los chiquillos de mi hermana —dice y pone su zapato en el primer escalón—. ¿Subes conmigo?

—Pues claro…, pero está tu hermana…

—Ha ido con los críos a la cosecha de lúpulo.

—¿Pues para quién es ese pan?

—Para mi hermano, pero ya se ha ido a trabajar —dice y empieza a correr por las escaleras, se para arriba y aconseja a Gastón—: ¡Párate! Aquí falta un madero… ¡No pises aquel escalón!

Y Gastón se coge de la barandilla que con gran estrépito se hunde hacia el patio. Al llegar arriba, ve que hay un agujero en el tejado, y se pueden ver las estrellas. Y la gitana da saltos de alegría, y se oye cómo el suelo de madera se va desmenuzando y cayendo al patio. Coge a Gastón por la mano y da una patada a la puerta que gruñe durante un buen rato. Después pasan por un pasillo oscuro, ella abre la puerta, Gastón entra y se lleva las manos a la cabeza.

—¡Caramba! —exclama.

Y en una de las ventanas brilla la farola de gas que crece desde la acera, y sus rayos inclinados iluminan el suelo de una gran habitación vacía, y la luz del farol se rompe en el espejo que está en el alféizar de la ventana, y salpica un rectángulo plateado en el techo, desde allí una luz fina y tierna cae en forma de llovizna, y se esparce por la habitación, y provoca la música de los abalorios de la araña de Venecia que está colgada del techo, y que brilla como una joyería. El techo es abovedado, y cuando se une a las paredes de la habitación parece un paraguas blanco y abierto, con cuatro varillas.

—¿De dónde ha salido esta lámpara…, eso…? —pregunta.

—¿Robado, piensas? —dice haciendo con la mano el gesto de robar.

—Sí…, robado —dice.

—¡Que se mueran mis hijos si no la hemos comprado en el bazar! —dice dejando el pan en el alféizar de otra ventana—. Mi hermana se hubiese podido comprar una cocina, pero prefirió comprarse ese espejo —grita y empieza a correr pegada a una pared de la que cuelga un espejo muy largo, va desde el techo hasta el suelo.

Gastón se da la vuelta, y la araña se refleja en el espejo, y emite un resplandor como el de un árbol de Navidad iluminado.

—¡Nosotros no somos unos gitanos cualesquiera! —dice ella poniendo sus pies en la posición básica de ballet—. ¡Nuestro abuelo era el patriarca de los gitanos! Iba con americana, y un bastón de bambú, y una de mis hermanas siempre le abría la puerta, y otra le limpiaba los zapatos. ¡Para que te enteres! —Levanta la cabeza y se pone a toser.

—Bueno, bueno…, ¿pero por qué estás tan resfriada?

—Nosotros, los gitanos, siempre. Fuimos al teatro a ver Carmen, Carmen era una gitana, y también cantaba como si estuviese resfriada.

—¿Dónde trabajas?

—¿Yo? Allí donde duermo, allí arriba, en la tejería, hago de comer y limpio. —Suspira, y coge el periódico y se pone a leerlo a la luz del farol.

Gastón toca la cara de ella en el reflejo del espejo, de su propia cabeza sale la araña, como si fuese un surtidor de agua, y salpica en forma de arco trocitos de cristal diamantino. A través del espejo Gastón ve cómo la gitana se sienta sobre el alféizar, y lee un periódico resplandeciente…, y se pone a pensar que si alguno de sus conocidos le viese allí, seguro que se volvería loco y se moriría de celos. Gastón abre sus brazos, se da la vuelta contento, y grita dulcemente.

—¡Oye, checo! —dice la gitana bajando de un salto—. Dame cuarenta coronas, no lo lamentarás. Nosotras, las gitanas, también somos limpias.

Para demostrarlo se levanta los dos mandiles unidos con imperdibles, y señala el espejo donde se iluminan unas braguitas blancas.

—¡O sea que me vas a dar cuarenta! —exclama arrimándosele.

Él la abraza como en las películas, le acaricia los omoplatos prominentes, se contiene y dice:

—¡Qué va! ¡Treinta y cinco y basta! ¡Ni esta pizca más! —Le muestra un trocito de uña.

—¡Pues treinta y cinco, pero ahora mismo!

—¡No, después. Cuando haya visto lo que me has prometido!

—Ya lo sé… ¡Todos sois iguales! Al principio prometéis mucho, y al final dais una patada a la muchacha.

—¡Pero yo no! —Gastón se señala a sí mismo y crece—. Yo, chica, siempre que prometo algo lo cumplo.

—Bueno, bueno —dijo con la voz ronca—. ¡Al menos muéstrame el parné!

Y la gitana con su dedo empieza a hacer dibujos sobre el pecho de Gastón y levanta la vista.

—¿Y por qué? Te he dado mi palabra… ¡Y aquí tienes mi mano!

—¡La palabra y la mano! Es mucho mejor ver el parné. ¡Es que a mí me gustaría mucho tener aquel jersey…! —Coge la mano que le ofrecen y se la pone sobre el pecho—. ¿Sabes lo bien que quedaría mi cuerpo con el jersey?

Después de la pregunta lo abraza, y junta sus manos detrás de la nuca de Gastón.

Él pone su mano en el bolsillo interior de la americana, separa los billetes con sumo cuidado, le da miedo sacar uno de cien, y saca cincuenta.

—Tú tienes parné. —Se alegra y se pone de puntillas y unen sus frentes, y ella abre bien los ojos, y gira la cabeza de tal manera que los extremos de sus ojos coinciden, mueve la cabeza, y parece que sus ojos se calquen, después parpadea con sus pestañas dentro de las del muchacho y grita—: ¡Tienes, tienes! ¿Pues qué, vamos? ¿O prefieres que nos quedemos aquí?

—¡No! —Traga saliva, y se saca un largo cabello de los labios—. No, mi madre no está en casa, ¿qué te parece, vamos? Nos vamos a preparar un café, escucharemos música de jazz… y… —No concluyó la frase.

Y la gitana lo besa, y cada beso huele a almendra amarga, y Gastón con un ojo se mira al espejo, y el espejo parece una pantalla de cine. Y su otro ojo se deja atraer por la boca pintada que le dice:

—¡Eso sería muy elegante!

—En casa no habrá nadie, nadie, ¡sólo nosotros dos, el café y el jazz!

La abraza, se repasa en el espejo, y dice:

—Eres adorable, Julinka.

—No me llamo Julinka, ¿verdad que me darás el parné?

—¡Aquí está tu dinero!

Y se mira en el espejo que es una pantalla de cine, y ofrece el dinero a la muchacha.

Ella lo coge, y para atraer la buena suerte escupe sobre él. Después, con sumo cuidado, lo dobla en ocho partes, se levanta el mandil, y se mete el billete de cincuenta coronas debajo del elástico de sus braguitas blancas.

Gastón, bajo la impresión de la corteza blanqueada del pan, del periódico resplandeciente, de las braguitas, y de la luz del farol de gas que el espejo echa hacia el techo, abraza a la gitana, la besa, después pasa su mano por los muslos de ella, como solía hacerlo Gérard Philippe. Se da cuenta de que la gitana, con su mano, está atenta al billete de debajo del elástico.

Después salen al pasillo, por el agujero del techo brillan las estrellas, Gastón sonríe y dice:

—¡Quién lo hubiera dicho! —Y añade—: Mi tía dice que cuando en una habitación hay menos de quince gitanos, todos se sienten solos… ¿Es cierto?