Noches de Sing Sing
19. Desenredando la Maraña
Capítulo 19
DESENREDANDO LA MARAÑA
El detective se quedó mirando a Casperson al oír su extraña afirmación.
—¿Por qué el japonés podía haberlo hecho, pero no lo hizo? ¿Qué quieres decir con eso? —exclamó, asombrado.
Casperson se volvió para coger el sombrero. Estaba todo sofocado.
—Eso que digo, y nada más.
Miró al reloj.
—Vete, tráeme eso, y no hagas más preguntas, por ahora, amigo; vamos a deshacer la maraña, y a ti te va a caber toda la gloria del descubrimiento.
El detective se levantó perplejo.
—Bueno, muchacho, haremos lo que quieres; pero te aseguro que no comprendo nada. Cojo la Vergitilla y voy derecho con ella a casa de Eldredge, ¿no es eso?
Casperson asintió.
—Exactamente. Perdona un momento, Mac. Tengo que dar un recado por teléfono —añadió, cogiendo el aparato.
Cuando hubo conseguido la comunicación, preguntó por Arturo Sennet, que acudió inmediatamente.
—Arturo —preguntó—: ¿Sabes ya la decisión del Jurado?
—No sé nada —contestó el otro con tristeza—, y eso que estoy en comunicación constante con mi antiguo domicilio.
—Bueno… Se me ha ocurrido que si el fallo del Jurado se supo anoche ya muy tarde, quizá el telegrama de felicitación, si es que lo mandan, no llegue hasta hoy; así que todavía podemos tener alguna esperanza hasta esta noche. Me voy ahora a casa de los Eldredge, y estaré allí bastante rato; así que si llega alguna noticia no dejes de avisarme como sea; por un chico, por teléfono o como quieras. Te pido ese favor.
—Lo haré encantado, Wilk: Iré yo mismo, entraré de un brinco por la ventana y daré unos gritos de indio salvaje que asusten a toda la reunión.
Terminada su conferencia, Casperson se dirigió a la mansión de los Eldredge. Caía la tarde, y empezaban a encenderse las farolas de la amplia avenida. Brayley le abrió la puerta, y Casperson le preguntó si podía ver al propio Rufus Eldredge.
—Precisamente le estaba esperando, señor Casperson —le dijo el mayordomo—. Pase usted directamente.
El mayordomo le condujo por el vestíbulo principal al despacho y encendió una gran lámpara de mesa, que arrojaba una luz suave sobre los magníficos muebles de cuero y las figuras de bronce y mármol. Allí le dejó solo y pasó a avisar al comedor. Inmediatamente entró Eldredge con Malcolm y Shirley.
Eldredge se quedó parado. Luego, una sonrisa sarcástica asomó a sus labios.
—Me alegro que haya usted comprendido las cosas, Casperson —dijo—; ya me parecía a mí que en cuanto se fijara un poco, vería que estaba usted en un callejón sin salida.
Casperson le miró fríamente.
—Señor Eldredge… No he venido a hacer la confesión que usted supone; pero no interrumpa su cena. ¿Puede prestarme atención por unos momentos?
—Nada, hombre; si estábamos acabando el postre —dijo Malcolm—, y hablábamos de la muerte del profesor Silvester; decíamos…
Se oyó el timbre de la puerta, y al cabo de un instante apareció Brayley en el quicio de la puerta del despacho, seguido de Mac Tavish, con un gran paquete envuelto en papel fuerte, que parecía, por el tamaño y la forma, la caja de cristal donde estaba encerrada la Vergitilla Phyleas.
—¿Ya estás aquí Mac? —dijo Casperson, saludando al detective—. Señor Eldredge, Malcolm, Shirley, permítanme que les presente al señor Mac Tavish, del Departamento de Policía de Chicago.
—Mucho gusto, señor Mac Tavish. Espero que venga usted a explicarnos algo del misterio del collar de mi hija.
—No —dijo Casperson—. El señor Mac Tavish no ha venido a eso.
Esperó a que se sentaran. En las facciones de todos ellos se reflejaba la curiosidad.
—Anoche —comenzó lentamente— me sacaron de su fiesta con un recado escrito con la letra más extraña que he visto en toda mi vida, y en el que me indicaban fuera inmediatamente a cierta casa de la calle Ernst Court. Más tarde averiguaremos si la escritura estaba o no disfrazada y si habían puesto tinta desvanecible para tapar el asunto. Baste decir que cuando llegué a Ernst Court me encontré con un cadáver, el del profesor Silvester, a quien acaban de asesinar de un tiro por la espalda. Este recado ha hecho sospechar que soy un ladrón, sospecha que aún no he podido desvanecer.
Hizo una pausa y miró a su alrededor; Shirley, con los ojos muy abiertos, le miraba entre asombrada y curiosa; Malcolm parecía estar incómodo, y Rufus Eldredge, echado hacia atrás en su butaca, con los ojos medio cerrados, no dejaba de observarle. Mac Tavish seguía teniendo el mismo aspecto extrañado que antes.
Casperson, continuando su historia, describió con todo detalle la engañosa esquela, su disfraz, el hecho de que siendo sus iniciales WC, tenía un asunto pendiente con un individuo cuyas iniciales eran A.S. Luego siguió narrando el crimen, sus investigaciones de aquel día, su visita a Diana Silvester, la visita que había recibido de «Cara de Luna» en su cuarto, y su tercera visita, en compañía del bandido y de Mac Tavish, al Plaza. No omitió ni un detalle, y cuando hizo una segunda pausa, se oyó a Rufus Eldredge murmurar bajo su bigote:
—¡Santo Cielo! ¡Y yo que creía que Cawthorne era un caballero!
Y meneaba tristemente la cabeza, mientras Casperson describía la riña de los dos compinches y su conversación en la habitación 5555 del Hotel Plaza.
Cuando todos estos hechos hubieron penetrado bien en la cabeza de sus oyentes, Casperson continuó:
—Ya no nos queda la menor duda de que Silvester iba a dar algo a Cawthorne, algo que había de costar a éste alrededor de diez mil dólares, y tampoco cabe duda de que Cawthorne es lo que se suele llamar un bandido internacional; ya vemos, por su robo de Buenos Aires, la clase de trabajos que hace: trabajos internacionales. Se ve que no es su costumbre dedicarse a vulgar ratero de brillantes o de alhajas, como «Cara de Luna», de manos más hábiles; pero aún no estoy seguro de si robó o no el collar, y si la escenita era pura comedia.
—Sólo dos cosas sacamos hasta ahora en limpio —continuó Casperson— de mis investigaciones, especialmente en casa de la señorita Diana Silvester: primero, que un hombre visitaba al profesor en su casa de la calle de St. Clair muchas veces. Su tipo corresponde al de Cawthorne, y sé que una de estas visitas tuvo lugar precisamente ayer por la mañana. Pero como una descripción no es prueba completa, añadiremos este hecho: Cawthorne vino al baile disfrazado de mariposa amarilla. Por casualidad o por descuido, usó la tarjeta de alquiler de su disfraz para apuntar sus próximas señas y dejárselas a Silvester, lo que muestra que necesitaban estar en contacto constantemente. Las palabras de la tarjeta son: «Mi dirección, desde el lunes, Hotel Ontario». Por el otro lado está el recibo de una cantidad, como depósito por un traje de mariposa amarilla, y ya he localizado la tienda y hasta el dependiente que lo despachó. El profesor Silvester metió la tarjeta en su cajón particular con su Vergitilla Phyleas, su mariposa tropical gigante, y allí la encontramos. ¿Está todo claro? ¿Ven ustedes cómo es una cadena perfecta de circunstancias? Ya recuerdan que mi primera indicación fue que podía haber otra mariposa amarilla en su baile de anoche.
—Lo segundo que me dijo Diana Silvester —continuó Casperson— fue que el profesor había visto que alguien le espiaba detrás de un tronco de árbol y se había puesto muy nervioso. Había subido a la habitación de Diana, en el segundo piso, y había mirado a oscuras; luego encendió la luz, y probablemente el individuo huyó. De todos modos, cuando Silvester salió de su casa por segunda vez, ya tenía sus planes hechos. Si aquella tarjeta blanca no era un engaño, entonces es posible que el profesor Silvester tuviera una letra de lo más extraño. Llamó a un recadero y mandó su aviso a Cawthorne, al baile. Seguramente éste había hablado de la fiesta de disfraces, o bien el sabio leyó en el revés de la tarjeta donde había puesto sus señas qué clase de disfraz llevaba. Sin embargo, aún queda esto por resolver: ¿por qué usó tinta invisible?
Nadie pronunció una palabra, y Casperson siguió hablando:
—De todos estos hechos, ¿qué deducciones sacaremos? En el laboratorio tenía Silvester unas tiras especiales de papel de seda, que usaba para sujetar las alas coloreadas de sus mariposas cuando las estaba disecando. El sabio, paralizado por el tiro, estampilló con la imprentilla de mano su mensaje en una de ellas: «Buscad a Ushi. El sabe». Y ya saben ustedes que han detenido a Ushi en la estación, cuando iba a tomar un tren que partía hacia el Oeste. El sostiene que se marchó de casa de Silvester por cuestiones de dinero, y que no sabe nada de su muerte; pero le creamos o no, es lo mismo. Ya sabemos por qué mataron al sabio. Lo principal sería saber qué había entre Cawthorne y Silvester, cosa que Cawthorne, no le ha dicho ni siquiera a su compinche. Sabemos que se conocían por ser del mismo pueblo, «de un pequeño lugar de calles con hierba y setos verdes, con una iglesia pequeñita y antigua, cuya campanita resonaba por las colinas al anochecer»; que, con su verdadero nombre, había hecho un testamento falso, arrebatando así la herencia a su hermano, y que había malvendido todas sus fincas para recorrer el mundo persiguiendo las mariposas nocturnas, que eran su chifladura. Todo esto era motivo más que suficiente para que Cawthorne le tuviera bajo su vista. Diana Silvester me dijo que últimamente parecía que su padre andaba mal de dinero, y quería reducir muchos gastos. ¿Sería que su fortuna, mal adquirida, se iba acabando, dilapidada por su afición a coleccionar mariposas?
—Sabemos —siguió diciendo Casperson— que hacía pocos meses el profesor había conseguido añadir un importante ejemplar a su colección de mariposas: la Vergitilla, mariposa tropical gigante. Bajo los auspicios del Instituto Jhonsoniano, de donde era probablemente miembro, había pasado dos meses en la región entre Costa Rica y Colombia/tratando de capturar ese famoso ejemplar nocturno, que sólo aparece cada veintiún años.
Casperson sacó los dos telegramas del bolsillo.
—Sin embargo, he aquí dos extraños telegramas: uno, del Instituto Jhonsoniano, diciendo que Silvester informó que no había conseguido capturar lo que pretendía, y otro, del profesor Hans Schwenmauer, perito internacional de lepidópteros de la Universidad de California, diciendo que la Vergitilla Phyleas pertenece al grupo de mariposas de cola redonda. Ahora Mac Tavish les mostrará, cuando desenvuelva el paquete que tiene en la mano, que el profesor Silvester trajo a los Estados Unidos un magnífico ejemplar de Vergitilla Phyleas, y hasta pueden ustedes leer el letrero que tiene debajo, si les queda alguna duda. ¿Qué conclusión sacaremos? ¿Por qué informó al Instituto Jhonsoniano que había fracasado por completo? Sencillamente, porque no había capturado la verdadera mariposa gigante, y no se atrevía a exhibir ésta ante el Instituto ni ante ningún experto en mariposas nocturnas. El telegrama del señor Schwenmauer nos lo prueba. Mac, ¿quieres abrir el paquete y enseñarnos esa mariposa? —añadió, dirigiéndose al policía.