Noches de Sing Sing
50. Un Ser Proscrito
Capítulo 50
UN SER PROSCRITO
Eustaquio Annesley abandonó el hospital llevando en el bolsillo ocho libras, once chelines y tres peniques, cantidad suficiente para vivir un hombre solo durante un mes. Iba completamente vestido de persona, con un traje negro que, desde luego, le sentaba muy mal, por las grotescas proporciones de su cuerpo de gorila; enormes zapatos del tamaño mayor que había podido fabricarle un zapatero del Strand, y que, sin embargo, le apretaban y molestaban a cada paso; sombrero de fieltro y unos gigantescos guantes de piel. También llevaba un bastón. Pero, desgraciadamente, no había manera de esconder su repugnante faz, cubierta de ásperos pelos negros y adornados de afilados y protuberantes colmillos, sus apretados labios rojos y los ojos pequeños, negros y malignos.
Sin duda a causa de todo esto, cuando acababa de poner el pie en la calle, un caballo que iba tirando del carrito de un panadero se encabritó al verle y relinchando de modo pavoroso echó a correr como un loco, haciendo que el carrito con su conductor y su carga volcase en mitad de la calle. Y al huir Annesley de aquel sitio, por temor a que le hicieran responsable del accidente, se encontró frente a frente con otro caballo, que también se encabritó y se precipitó al suelo, tirándose con carro y todo por la boca del Metro, de donde empezó a salir la gente despavorida. Inmediatamente, un alto policía del tráfico se acercó a él, y agitando su porra con aire justiciero ordenó:
—¡Márchese ahora mismo de este distrito, monstruo del circo americano! ¡Va a espantar a todos los caballos de Londres! Y si interrumpe el tráfico, le meto en la cárcel y le costará diez libras de multa. ¡Ande, váyase pronto!
Sin discutir, Annesley dio media vuelta, y viendo un taxi, cuyo conductor contemplaba el escándalo, le llamó y se metió en él.
—Lléveme usted —le dijo— al East End, y déjeme allí en alguna bocacalle tranquila.
El conductor, un poco preocupado al tener que llevar a tan extraño viajero, atravesó Londres hasta llegar a aquel sucio y miserable barrio de los suburbios. Allí, pensaba Annesley, entre tanta miseria y monstruosidad, seguramente pasaría inadvertido. Cuando paró el taxi, entregó al conductor un billete de una libra esterlina y le dijo que se quedara con la vuelta. El chofer se quedó admirado de tanta generosidad, y salió disparado por miedo a que el otro cambiara de opinión.
Entonces empezó Annesley a caminar lentamente por aquellas calles miserables, de casas viejas y sucias, con las persianas arrancadas, y moradores indigentes. Un grupo de chiquillos jugaba en medio de la calle. Los perros saltaban a su alrededor. Todo respiraba paz y tranquilidad, hasta que uno de los niños levantó la cabeza y le vio. Dijo unas palabras a su vecino, y todo el grupo levantó la cabeza. ¡Terror! ¡Pánico! Todos los chiquillos echaron a correr gritando, y se metieron en las casas más cercanas. En cada ventana apareció al momento una cabeza con expresión de terror y asombro. En la calle no quedaron más que los perros. Unos huyeron también con el rabo entre las patas, y otros quisieron asaltarle con feroces ladridos, y tuvo que defenderse de ellos empleando su bastón. Un gato, sentado en el quicio de una ventana, arqueó el lomo, se encrespó y le escupió fieramente. Y de repente la calle se vio llena de adultos en vez de chiquillos. Todos le rodeaban, dejando, sin embargo, una distancia respetuosa entre el hombre-mono y ellos. Le siguieron los pasos, formando una enorme caravana de personas que se interpelaban unas a otras:
—¿Qué es este bicho raro?
—Oye, tú, ¿qué demonio crees que es?
—¡Pues un animal! ¿Qué va a ser?
—¡Qué va! ¡Es un negro que se ha puesto pelos en la cara!
—¡Es un gorila salvaje, como el de la Casa de Fieras! Y se ha puesto pantalones y chaqueta, eso es.
—¡Eso es, un gorila! ¡Yo también lo he visto! ¡Mira esa vieja! ¡No quiere líos! ¡Menudo ladrillo para darle! ¡Tírelo señora, tírelo fuerte!
—¡Echarle de la calle! ¿Qué hace aquí el elefante ése? ¡Cuando debía estar en una jaula!
—¡Fuera, fuera! ¿Qué buscas aquí? ¡Esto no es un circo!
Todo ello acompañado del típico acento de los barrios bajos, con palabrotas, exclamaciones, gritos y discusiones. Annesley oía todo y seguía andando. De repente, una piedra lanzada con fuerza le dio en las costillas. Sólo la espesa piel que cubría su cuerpo le libró de una herida; pero la fuerza del golpe le hizo tambalearse. Llevado de la desesperación se volvió contra ellos, y todos huyeron en cien direcciones, como las hojas de otoño empujadas por el viento. Y en aquel momento Eustaquio Annesley comprendió que era un ser proscrito de la sociedad.
Siguió andando todo el día por aquellas calles, seguido de una inmensa multitud que se renovaba sin cesar, sin cansarse de contemplarle y de hacer comentarios. A mediodía, Annesley empezó a sentir hambre y a desear por lo menos una taza de té bien caliente, y echando una mirada de reojo a la gentuza que le seguía, se acercó a un pequeño restaurante con sus manteles blancos sobres las mesas y un apetitoso trozo de carne asada en el mostrador. Pero no había hecho más que abrir la puerta de cristales, cuando una mujer, que debía haber estado mirando detrás del visillo, se precipitó sobre él con una escoba, como un verdadero basilisco:
—¡Salga de aquí, bicho! ¡Monstruo! ¿Cree que le voy a dar de comer para que me espante a todos mis clientes y no vuelva a entrar nadie aquí en un año…?
El gentío coreó el discurso con una enorme carcajada. Él se escurrió tristemente. La multitud le siguió. Al cabo de un rato reunió todo su valor para acercarse a otra casa de comidas, que anunciaba chuletas de cordero a diez peniques. Pero el resultado fue el mismo: le echaron, dándole con la puerta en las narices antes que pudiera abrir la boca y explicarse. Y así pasó toda la tarde, tratando de ser recibido en algún sitio. Pero siempre tropezaba con un terror desaforado o con una hostilidad absoluta, y todas las puertas se cerraban antes de haber podido poner su velluda mano en el picaporte.
Al anochecer estaba tan débil que apenas podía ponerse en pie. Entonces cambió de sistema, y metiéndose por la entrada de una cuadra de caballos se acercó a la parte posterior de una casa de comidas de ínfima categoría, que por el anuncio que había visto antes en la calle principal, parecía no tener más que platos de caracoles en salsa a seis peniques. El dueño, un hombre negro de aspecto sucio, salió a la puerta trasera blandiendo el cuchillo de la cocina con aire amenazador.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó el hombre encerrado en un cuerpo de mono —. ¡Deme algo de comer! ¡Le pagaré lo que quiera, y usted me lo saca aquí! ¡No le voy a hacer nada! ¡Deme de comer!
El dueño vio una oportunidad de sacar dinero a aquel fenómeno escapado de un circo, y siempre con el cuchillo levantado le ofreció amablemente darle cuantos platos de caracoles en salsa quisiera a cuatro chelines el plato. Sin dudarlo, Annesley sacó cuatro chelines y se los entregó al tabernero.
Un momento más tarde estaba sentado sobre un viejo cubo de basura, devorando el plato de caracoles, lleno de agradecimiento.
Intentó luego buscar algún sitio donde pasar la noche; pero en todas partes halló un recibimiento parecido al que se le había hecho cuando buscaba algo que comer. Las puertas de una pensión se cerraron para no volverse a abrir al verle subir las escaleras. Un chino le recibió con una estaca erizada de clavos cuando se acercó a un establecimiento para marineros asiáticos de Penifields. Hasta en las más miserables casas de alquiler de las más sórdidas calles de los barrios bajos se pusieron a insultarle desde las ventanas, sin dignarse oírle siquiera.
Desesperado, pensó en probar el otro extremo: irse al Cecil o al Savoy; pero se miró, y se acordó con desesperación de su escaso capital de ocho libras, que ya iba disminuyendo. También pensó en su antigua pensión de la calle Guilford; pero al recordar los dignos personajes que la habitaban, sacudió la cabeza tristemente, pues comprendía que ese paso no le conduciría a nada. Y así continuó andando y andando, a la ventura.
Dieron las nueve, las diez, las once. El gentío que le seguía fue disminuyendo. Hacia las doce de la noche estaba ya completamente solo. A las doce y media tuvo la suerte de encontrarse con una compasiva mujer, portera de una pensión, que mediante cinco chelines le permitió dormir en un chamizo donde se guardaba la leña, y le dio un viejo jergón y una manta.
Y así terminó el primer día de su nueva vida, acurrucado sobre un húmedo jergón, con su espesa piel como principal protección contra el aire frío de la noche londinense.
De este modo transcurrieron días y más días; comía platos de seis peniques por cuatro chelines y dormía en un mal jergón por cinco chelines. Y naturalmente, su dinero se acabó pronto. Al cabo de siete días, siete horribles días de continuo sufrimiento, viendo que no dejaban de seguirle los curiosos, de ladrarle los perros, de espantarse los caballos y de regañarle los guardias, comprendió que había llegado el momento de tomar una resolución, ya que su capital había quedado reducido a un billete de una libra. Scarnum tenía razón.
El circo poblado de fenómenos, con sus plataformas de exhibición, era el único refugio que le quedaba, la única vida posible para él. Buscó un taxi, se hizo conducir a una gran librería y compró un número de la English Carnival Review, donde le había dicho Scarnum que hallaría siempre el lugar en que se encontraba el circo. Allí leyó, en efecto, que el circo se encontraba en Marsella. Provisto de esta información, se trasladó a unas oficinas de Telégrafos y puso el siguiente telegrama, con contestación pagada:
«Scarnum. Marsella (Francia). — Iré con ustedes. Proporcione transporte.
— Grilo».
Al cabo de media hora recibió la siguiente contestación:
«Grilo. Oficinas Telégrafos Trafalgar Sq., Londres. — De acuerdo. Envío
por telegrama billete y pasaje. Embarcamos para América semana próxima. —
Scarnum».
Fue el mensaje más agradable que Eustaquio Annesley había recibido en toda su vida. El paria había sido aceptado y sería ya igual a sus compañeros.