Noches de Sing Sing

Harry Stephen Keeler · Capítulo 3 de 55

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Noches de Sing Sing

La Extraña Aventura de la Mariposa Gigante

LA EXTRAÑA AVENTURA DE LA MARIPOSA

GIGANTE

Capítulo 2

EN EL QUE ENCONTRAMOS AL SEÑOR CHANG

 

«Cara de Luna», Eddy Chang, impecablemente vestido y dando vueltas a su bastón con el aire despreocupado de todos los jóvenes ociosos, interrumpió de pronto sus paseos a través del vestíbulo del Hotel Plaza. Su respiración quedó un momento en suspenso, y una expresión de angustia cruzó por su rostro escuálido, de rasgos orientales. Desde aquel mismo lugar donde estaba como clavado en el suelo, observó al hombre corpulento, que era sin duda el detective del hotel, y se encontraba hablando con el conserje.

«Cara de Luna» poseía una extensa colección de fisonomías, y su prodigiosa memoria le recordó que aquella cara y aquella figura no podían pertenecer a otra persona que a un antiguo policía de Chicago. Ante el resultado de su examen no se quedó allí parado mucho tiempo. Dio media vuelta, salió precipitadamente del hotel y se dirigió hacia la tranquila calle de Clark, llena de tiendas.

Ya en ella, se metió el bastón debajo del brazo, haciendo una mueca que nada tenía de elegante.

—¡Demonio! —exclamó—. ¿Quién hubiera esperado encontrarse con una de las antiguas fieras ocupando el tranquilo puesto de detective del hotel aquí, en el pacífico North Side? ¡Caramba, caramba! ¡Qué pequeño es el mundo!

Había dado la vuelta a la manzana, y llegó junto a una puerta lateral del Hotel Plaza. Allí cerca se veía el parque de Lincoln, cuyos árboles ponían una nota de color en la mañana alegre. Una brisa ligera movía las ramas, y grupos de niños jugaban sobre el césped. «Cara de Luna» vaciló un momento, y después entró apresuradamente por aquella puerta, mirando con precaución y disimulo hacia dentro.

Sin embargo, aquí no había más que una verja de metal, un ascensor y un sofá para esperar cómodamente los coches; el pupitre del conserje y el vestíbulo, con aquella desagradable figura corpulenta, quedaban al otro lado del corredor, y no se podían ver desde allí.

«Cara de Luna» se detuvo un segundo, y después, adoptando un aire despreocupado, entró en el ascensor, que al llegar al primer piso se detuvo para dejar salir a una mujer hermosa, deslumbrante de sedas y de joyas.

Cuando el ascensor pasó del peligroso primer piso, «Cara de Luna» respiró con satisfacción y consultó una hoja que llevaba en el bolsillo.

—Quinto piso —dijo con tranquilidad al «botones», y volvió a guardarse el papel.

Al llegar al quinto piso salió del ascensor, y echó a andar, atravesando salones ricamente alfombrados, hasta llegar frente a una puerta blanca en la que se leía el número 555. Se detuvo un momento, y después golpeó con los nudillos de una manera especial: primero, un golpe seco y un silencio, y luego, dos golpes seguidos, una pausa y otro golpe fuerte.

Dentro se oyó el ruido de una persona levantándose de una silla. La puerta, barnizada de blanco, se abrió y dejó ver a un hombre de talla elevada, con sonrosadas mejillas y aspecto elegante, aunque aparecía en mangas de camisa. En la corbata llevaba prendido un alfiler de gran valor. Podía tener unos cuarenta años, aunque había en toda su persona un aire de juventud, de vivacidad y astucia.

Sus grandes ojos azules tenían una mirada fría y calculadora, y era agradable su aspecto general, aunque se podía adivinar en su expresión que era de los que no reparan en obstáculos con tal de conseguir sus fines materiales.

Cuando vio a «Cara de Luna», su rostro adquirió un aspecto felino. Se volvió en silencio a la lujosa habitación, espléndidamente amueblada, cuyas ventanas quedaban sobre el parque.

—Siéntate, Chang. Veo que recibiste mi nota.

«Cara de Luna» asintió, y preguntó después:

—¿De qué se trata? Cuando recibí tu nota, comprendí que tenías un buen asunto a la vista. ¡Venga, Gryce, desembucha! ¿Qué es ello?

El hombre corpulento acercó su silla a la que ocupaba su visitante, y con voz apenas perceptible comenzó a decir:

—«Cara de Luna», es el mejor asunto que se nos ha presentado. Me parece que los hados se nos han mostrado propicios… A ti y a mí. Pero, bueno, vamos por partes. Antes de empezar, dime: ¿Has oído hablar de Rufus Eldredge, el agente de bolsa de la calle La Salle?

«Cara de Luna» arqueó las cejas mientras consultaba con su memoria.

—Sí, creo que he oído hablar de él. Tiene algo que ver con Chicago Wall Street; al menos su nombre me recuerda el de esa calle. Pero continúa. ¿Qué pasa con Eldredge? Le conoces, ¿no?

El hombretón asintió, sonriendo.

—¿Que si le conozco? Me parece que bastante bien. Conozco a la gente con quien se trata; he estado en su casa y formo parte de sus amistades. Por supuesto, nada de eso te interesa, pero mira, «Cara de Luna»: se me ha presentado el mejor negocio de mi vida, y a ti también, Eddy, en esta grande y estrepitosa Chicago existe un hombre tan singular que da ningún valor a su pellejo, y no le importa arriesgarlo en un asunto que a mí me vale cien mil dólares. Su nombre no importa ahora. Lo principal es que él sabe el interés que tengo en este asunto, y me pide una suma a tocateja.

—¿De qué se trata? —preguntó «Cara de Luna», interesado.

Por el rostro del otro hombre cruzó una expresión sombría. Tosió nerviosamente, y, fingiendo no haber oído la pregunta, prosiguió:

—Como te decía, Eddy, quiere dinero, sólo dinero. Y si puedo dárselo, tendré cien mil dólares al cabo de veinticuatro horas. ¿Comprendes? Pero él me pide diez mil por el servicio. Ahí está la cuestión.

—Haz el trabajo por tu cuenta —propuso Chang—. Pero, después de todo, ¿por qué no le das los diez mil dólares si puedes sacarte un novecientos por ciento?

—Lo primero no puedo hacerlo porque el otro es demasiado vivo. Puedo tenerlo en sitio seguro o quizá no. De todas formas, nadie puede robar una cosa que no sabe dónde está. Y en cuanto a dar al otro sujeto los diez mil dólares…

Sacó del bolsillo una cartera, la abrió, y fue desplegando una serie de billetes que empezó a contar rápidamente bajo la mirada de Chang, que brillaba de avaricia.

—Trescientos, cuatrocientos, quinientos… sesenta y tres dólares, «Cara de Luna». Es todo lo que queda de aquella estafa hecha al Consulado en Buenos Aires. ¿Comprendes ahora por qué no puedo comprar los servicios de esa persona?

«Cara de Luna» callaba. Una sombra de desconfianza cruzó por sus ojos, y desapareció después.

—Continúa —dijo al fin.

—Ésta es la situación —resumió el otro—. Para sacar noventa mil tengo que poner diez mil. «Cara de Luna», hombre, despabílate; se te presenta ocasión de hacer un buen negocio.

Se levantó, fue hacia una mesa-escritorio, y comenzó a buscar algo en ella. Cuando volvió a su sitio, llevaba en la mano un sobre grande. «Cara de Luna», completamente convencido esta vez, se enderezó en su asiento y se dispuso a escuchar.