Noches de Sing Sing
32. Tsung Hace una Visita
Capítulo 32
TSUNG HACE UNA VISITA
Cuando el periodista se hubo marchado, Tsung se quedó paseando indignado por el ahogado saloncito del departamento. En la habitación contigua se oían voces femeninas, un psicólogo experto hubiera descubierto en los tonos de voz más timbres de simpatía que de recriminación.
En cuanto a Tsung, acabó por asomar la cabeza a la habitación de las mujeres, y después de dirigir unas palabras a su esposa se encasquetó el sombrero, cerró la gran puerta cuidadosamente con dos vueltas de llave y bajó al vestíbulo. Una vez abajo, pidió un taxi y dijo al conductor:
—A las oficinas de El Correo de la Tarde. En cinco minutos llegó el taxi a la calle de la Prensa. Tsung dijo al conductor que esperase, y entró en el edificio de El Correo.
A la entrada preguntó a un redactor el medio de llegar hasta el «honorable señor León Raúl Frangenac», y subió la escalera. Atravesó unas cuantas salas de linotipias y se detuvo indeciso a la puerta de la sala de redacción, mirando con curiosidad cómo trabajaban febrilmente los redactores. Después, viendo el letrero de «Director» en la puerta de cristal, cruzó la sala y llamó con los nudillos.
Frangenac se hallaba en plena fiebre de trabajo, sin chaqueta, con las mangas de la camisa arremangadas y sin cuello ni corbata, rodeado de recortes de periódicos, fotos, números de teléfono, libros, telegramas y montones de papeles de todas clases. Al oír llamar a la puerta, gruñó:
—¡Adelante!
Y siguió trabajando sin mirar.
—¿Qué quiere? —preguntó sin dejar de buscar una palabras de difícil ortografía en un diccionario.
—¿Hablo con el honorable Frangenac, director de El Correo? —oyó que le decían con voz modulada.
Frangenac levantó la cabeza, sorprendido, y vio a dos pasos de él a un chino bajo y rechoncho, vestido con un traje de buen corte, de auténtico género inglés.
—Li Hwei Tsung es mi nombre —oyó anunciar a su visitante con deferencia—, y soy primer ministro del nuevo Imperio de la China.
—Encantado de saludarle, señor Tsung —dijo Frangenac, poniéndose en pie e indicando una silla junto a su mesa para que se sentara—. Siéntese, ¿en qué puedo servirle, señor Tsung?
Tsung se dejó caer en la silla, y después de mirar un momento la pequeña habitación en que estaban, fue derecho a su asunto:
—Señor Frangenac, soy hombre de pocas palabras, como la mayoría de mis compatriotas… Siento no hablar en francés, pues noto que usted lo es, y las pocas palabras que he de decir preferiría decirlas en su lengua materna.
Hizo una pausa.
—Sin duda, ya sabe usted que el honorable emperador me ha nombrado acompañante oficial de su hija, la princesa O Lyra Seng, en su viaje alrededor del mundo.
Frangenac, muy extrañado, asentía con la cabeza.
—La princesa no tiene nada de diplomática, y por esta razón su honorable padre me ha dado instrucciones muy especiales para que no conceda ninguna interviú a los magníficos periódicos americanos. Espero que me vaya usted comprendiendo.
Frangenac arrugaba el entrecejo.
—Me parece que no acabo de comprender del todo —dijo jovialmente—. Nosotros estaríamos encantados de hacer una interviú a la princesa, y si usted quisiera indicarnos en qué direcciones deberíamos encaminar nuestras preguntas…
Tsung hizo un gesto de impaciencia.
—No he venido a hablar de eso. Estoy aquí para hablar en términos concretos. Hace una hora uno de sus redactores consiguió forzar la entrada de la princesa y le hizo una interviú completa. No sé su nombre, pero…
—¡Qué demonio dice usted! —interrumpió Frangenac lleno de júbilo—. ¡Qué demonio! ¡Nunca creí que Barton pudiera hacerlo!
Las facciones de Tsung se ensombrecieron.
—Pero esa interviú no puede publicarse, porque si eso sucediera yo no podría presentarme en Pekín delante del honorable padre de la princesa. Por eso he venido, honorable Frangenac, a hablar con usted acerca del medio de suprimir esa interviú por completo. Ustedes, los americanos, y por estar usted encargado de un periódico americano le incluyo en esa categoría, son una raza especial, una raza que todo lo mide en términos llamados dólares. Por tanto, vengo a preguntarle con toda franqueza, honorable Frangenac, cuántos de estos dólares hacen falta para que El Correo de esta noche vaya a la imprenta sin que las palabras de la princesa adornen su espléndida primera plana.
Frangenac se echó hacia atrás en su silla, se retorció el bigote y soltó una fuerte y alegre carcajada.
—Mi querido señor Tsung —dijo, satisfecho—. No puedo calcular la cantidad de dólares que serían necesarios para hacerme abandonar un triunfo semejante para mi periódico. Verdaderamente, me parece que usted no sabe apreciar la Prensa como es debido.
Hizo una pausa.
—¡Pero, por Dios hombre, si no vamos a criticar a la princesa! Apostaría a que es la interviú más llena de cumplidos y alabanzas para ella que haya leído usted en toda su vida. No somos nunca descorteses ni groseros cuando escribimos sobre alguien. No la he visto, pues Barton no ha vuelto todavía. Para creerlo así me basta conocer sus métodos periodísticos.
Tsung se inclinó hacia adelante, dando furiosos puñetazos sobre la mesa.
—¡Está usted ciego, entonces, si mira la cosas de ese modo! ¿No se da usted cuenta del efecto probable que causará sobre los destinos del nuevo Imperio el que la princesa vaya por países extranjeros declarando sus teorías idealistas sobre la vida, el amor y otras cien estupideces?
Se detuvo para proseguir fríamente:
—Mire: soy un hombre ocupado y tengo muchas cosas que hacer antes de marchar de Chicago. ¿Quiere usted mil de sus dólares, pagados del modo que usted quiera y usted, en cambio, acaba con esa interviú?
La cara de Frangenac se ensombreció y su frente se llenó de arrugas.
—¿Hizo usted un ofrecimiento semejante a Barton?
—Sí, le ofrecí una recompensa análoga —replicó Tsung intrigado—, pues soy hombre de acción. Pero el muchacho es un loco, lleno de teorías idealistas sobre el periodismo; así que decidí dirigirme a alguien de más importancia, aunque fuera necesario presentarme al propietario del periódico.
—El propietario está viajando por California —replicó Frangenac, soltando una breve y fría carcajada—, y este su seguro servidor es agente, fiscal presidente, redactor-jefe, chico de recados y director de este papelucho.
Hizo una pausa y se puso a hablar imitando al oriental:
—Honorable Tsung, usted es de otra raza y no puede comprender algunas de nuestras ideas. Si cualquier otro individuo hubiera venido aquí con semejante ofrecimiento, le habríamos echado a puntapiés entre los doce redactores y yo; pero, como le decía, usted no tiene la culpa, porque no nos comprende. Es usted de otro planeta. Hubo una época en mi vida en que el poder del dinero me parecía todo en el mundo. Pero esa época pasó con mi juventud. Esa hoja de interviú es para mí como un juguete precioso para un niño; es mi vida, y sus mil dólares no me inducirían a borrar una sola palabra de la interviú, que puede procurar a mi periódico una ventaja sobre los demás. Aunque pusiera usted cien mil dólares sobre esa mesa, se los devolvería; pero por ser usted de otro país, lo haría con toda corrección. Yo ya voy teniendo años; pero ya ve usted: con respecto al periodismo me siento más idealista que el juvenil Barton.
Y dándose fuertes golpes en el pecho añadió:
—No hablaba usted con el señor Frangenac, señor Tsung; hablaba usted con El Correo. ¡Yo soy El Correo!