Noches de Sing Sing

Harry Stephen Keeler · Capítulo 2 de 55

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Noches de Sing Sing

Prólogo

Capítulo 1

TRES CABALLEROS

 

En la celda cuadrada y amplia de los condenados a muerte, cuatro hombres de diferentes nacionalidades se encontraron de pronto sumidos en el anonadamiento peculiar de aquellas tristes horas. Mc Caigh, el americano, paseaba lentamente por la habitación, mientras su mirada se posaba distraída sobre la pesada puerta de roble, con su ventanilla enrejada, o sobre la lámpara que iluminaba la celda y los toscos muebles de reglamento: sillas, una mesa cuadrada, el lecho y una estera.

El inglés Eastwood, el más joven de los cuatro, se hallaba sentado en una de aquellas sillas hechas en el taller de la prisión, y, mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente, miraba como fascinado a Shanahan, el guardián pelirrojo, que estaba encargado de vigilarlos durante aquella noche, la última que pasarían sobre la tierra. El rostro delicado del inglés, pálido a causa del largo confinamiento y la ansiedad sufrida durante los interrogatorios, parecía aquella noche más blanco que nunca, a la luz de la lámpara. Pero, a pesar de su palidez, sus facciones eran agradables y en sus ojos brillaba una llama de idealismo.

Krenwicz, el único que entre los tres parecía realmente extranjero, estaba tendido sobre el lecho y fumaba un cigarrillo. Su rostro, delgado y barbudo, tenía una expresión de ruso inteligente y ascético, y no representaba más de cuarenta y cinco años. Desde el lugar donde descansaba Krenwicz, vestido con el traje azul de presidiario, se podía ver, a través del ventanillo de la puerta, un corredor, y al final de él, una habitación grande, débilmente iluminada por una lamparita verde. En el centro de la habitación se levantaba una plataforma en la que había una silla de aspecto infernal, cubierta de níquel, cobre, cuero y soportes de goma. Pero la vista de aquella silla, que por la mañana iba a servir para acabar con su vida y la de sus compañeros, no consiguió alterar la compostura de aquel hombre anguloso, de facciones eslavas, que sonreía y fumaba tranquilamente, echando, de vez en cuando, la ceniza de su cigarrillo en un recipiente de latón empotrado en el suelo.

Realmente, el que parecía más asustado entre aquellos cuatro hombres era Shanahan, el guardián irlandés de Country Cork. En su rostro carnoso se reflejaban la preocupación y el malestar, y la pesada mole de su cuerpo se revolvía sin cesar en la butaca.

Mc Caigh, el que paseaba por la celda, fue el primero en romper el silencio que había descendido sobre el grupo:

—Bueno, señores —dijo con bastante calma, sonriendo de aquella manera despreocupada que durante el juicio le había valido el sobrenombre de «El Hombre de Hierro», pero que parecía forzada si se la comparaba con la sonrisa espontánea de Krenwicz— nos quedan unas nueve horas de vida. ¿Qué les parece que hagamos en esta gloriosa velada que el Estado de Nueva York ha tenido la amabilidad de permitirnos pasar reunidos?

—Casi todos los que se ven en este trance juegan a las cartas —dijo Shanahan nerviosamente.

Después de una pausa, continuó:

—Ahí, en el cajón de la mesa, hay una baraja.

Se calló, un poco cohibido por la tranquilidad de aquellos tres hombres que le parecían tres caballeros distinguidos, de una esfera social muy superior a la de los que él estaba acostumbrado a tratar.

Volvió a reinar un silencio absoluto. No había manera de entablar una conversación, y sólo se escuchaba el tic-tac monótono de un reloj colgado en el muro de piedra, y que resonaba como los disparos lejanos en un bosque inmenso.

Al fin Krenwicz rompió a hablar, sacudiendo la ceniza de su décimo cigarrillo. En sus palabras no se notaba el más leve acento extranjero.

—¿Cree alguno de ustedes que será posible una intervención del gobernador?

Shanahan contestó:

—No quisiera desilusionarlos; pero cuando el gobernador Willets quiere hacer algo, no espera al último momento. Me gustaría que les hubiera ayudado, porque son ustedes unos caballeros muy distinguidos; pero, cuando den las doce de la noche antes de…, antes de la electrocución… Vamos, que más vale que no se hagan ilusiones. Ya llevo once años en el oficio.

—Shanahan tiene razón —dijo Eastwood, dejándose caer en su silla—. Nos espera la muerte —aquí su voz se hizo más ronca—, y para mí sería un placer recibirla. Es más: si las cosas pudieran repetirse, yo haría exactamente lo que hice.

—¡Y yo, naturalmente! —exclamó Mc Caigh.

—Yo también, señores —dijo Krenwicz, y una sombra cruzó un momento por sus ojos alegres.

—Cuando empiece a girar la manivela… —empezó a decir Mc Caigh, pero se interrumpió.

Fuera, en el corredor, se oyeron voces y ruido de llaves. Un minuto después se abría la puerta de roble, y apareció en el dintel un carcelero acompañado por un hombre de unos sesenta años, elegantemente vestido de oscuro. Llevaba un abrigo al brazo, y en su rostro había una expresión grave y solemne.

Shanahan fue el primero en levantarse, tartamudeando:

—¡Es…, es su excelencia!… ¡El gobernador Willets!…

Una tensión agobiante se apoderó de los asistentes. El gobernador dio unos pasos por la sala, a la vez que observaba curiosamente a los condenados. El carcelero llevó aparte a Shanahan, y le dijo:

—El gobernador desea hablar a solas con Eastwood, Krenwicz y Mc Caigh.

Shanahan salió al corredor, y la pesada puerta de roble se cerró tras él, con un golpe sordo. El gobernador hizo una pausa y, dejándose caer sobre la silla de Shanahan, junto a la puerta, comenzó a decir:

—Señores: deben saber ustedes que soy el gobernador Willets, del Estado de Nueva York. Por lo tanto, conocen la facultad que tengo para conceder el perdón a quien lo merece. Pero, francamente, no he encontrado nada que pueda inducirme a usar de clemencia con ustedes.

En los rostros de los tres hombres se reflejaron diversas emociones: en el de Krenwicz, una calma absoluta; en el de Eastwood, una sombra de desilusión, y en el de Mc Caigh, una vaga esperanza de que, a pesar de todo, pudiese llegar una solución de alguna parte.

Después de una pausa, el gobernador Willets, continuó diciendo:

—Ahora, caballeros, voy a ser breve. Lo que tengo que comunicarles puedo decirlo en cinco minutos. Eastwood, Krenwicz y Mc Caigh: ustedes tres, esta madrugada, pagarán con sus vidas el asesinato de Howard Creynell, que se cometió en la noche del once de junio.

Por los rostros de los tres oyentes pasó una sombra casi idéntica de amargo y extraño desafío. El gobernador prosiguió imperturbable:

—Voy a recordar brevemente el caso: En la noche del once de junio, Howard Greynell, perteneciente al Club de Escritores y Artistas de New York City, fue asesinado a disparos en sus habitaciones de Belgravia, a las once y cuarto de la noche, cuando acababa de abrir la puerta de su departamento y encendía la lámpara de la biblioteca. Una patrulla de la Policía pasaba en aquel momento junto al Belgravia, y los oficiales rodearon el lugar del crimen. Usted, Mc Caigh, que es un hombre familiarizado con nuestras leyes; usted, que es autor de nuestras mejores novelas de intriga y misterio, fue sorprendido en el momento en que se dejaba caer desde la escalera de escape al camino, con el revólver aún en la mano. En el interrogatorio confesó usted que había estado horas enteras subido en aquella escalera junto a la ventana de la biblioteca donde Howard Creynell fue asesinado.

El gobernador Willets se volvió a Eastwood:

—Y usted, Eastwood, súbdito inglés fue sorprendido por la policía escondido detrás de aquel biombo japonés. Usted, que es un hombre cuya fama literaria se extiende por toda América igual que en Inglaterra; usted, que es autor de más de mil cuentos, a cual más original y extraño, que se han publicado tanto en nuestro país como en su patria; un hombre que ganó el premio de 5000 guineas ofrecido por «Mercurio» para el cuento más original del año…, usted, Eastwood, tenía en su mano un revólver con varias cápsulas descargadas, así como un manojo de llaves con las que se abrió paso en aquellas habitaciones, para esconderse detrás del biombo.

»Y usted, Krenwicz, un hombre que vino a este país emigrado de Rusia; un hombre que consiguió dominar nuestro idioma de tal forma que pudo emprender una brillante carrera como periodista; un hombre que escribió una novela tan sensacional como aquella «El vaso de jade» (¿no era ése el título?), y una comedia que obtuvo tanto éxito, «La hija de Chow-Chin», y que antes de su detención se había comprometido a escribir otra para una célebre actriz china, Sara Ying, que actúa en San Francisco; usted Krenwicz —repitió el gobernador, moviendo tristemente la cabeza—, usted, que había conseguido todo eso a la edad de cuarenta y cinco años, estuvo sentado en una butaca en la oscuridad, frente a la lámpara, para poder asesinar a Howard Creynell en el momento en que fuese a encender la luz. Usted no sabía que Eastwood estaba detrás de aquel biombo, en el centro de la habitación, ni que había estado allí medio dormido mientras usted entraba por la puerta de servicio. Tampoco sabía usted que Mc Caigh estaba encaramado en la escalerilla de escape, esperando también a que Howard Creynell volviese y encendiese la luz. Usted había dicho a Parkins, el criado de Creynell, que era usted un primo de su señor llegado de Siracusa, y que quería sentarse a fumar en la cocina para sorprender a Creynell a su regreso. Cuando Parkins se marchó, usted se deslizó en la biblioteca y se sentó en la butaca. Y ¡vaya si logró sorprender a Creynell! En el momento en que la policía entraba en la habitación, usted se entregó, empuñando su propio revólver con dos o tres balas disparadas.

El gobernador prosiguió implacable:

—Durante el juicio se descubrieron algunas razones por las cuales dos de ustedes asesinaron a Creynell. Sí —añadió, mirándolos alternativamente—, sólo dos de ustedes mataron a Creynell, porque no se encontraron más que dos balas en el cadáver. No se descubrió ninguna bala en las paredes ni en los muebles de la habitación, y las personas que estaban en el Belgravia aquella noche no oyeron más que dos detonaciones. En el hecho de autos no se disparó la tercera bala. Se dispararon dos, solamente, dos. Con la excitación, alguno de ustedes creyó que había disparado, sin haberlo hecho. Y sabemos positivamente que dos de ustedes usaron revólveres que tenían ya varias cápsulas descargadas.

El gobernador hizo una pausa, y después cambió repentinamente de tono:

—Durante el juicio se descubrió por qué dos de los mejores escritores americanos y un literato inglés querían matar a uno de nuestros compañeros del Club, que no era más que un aficionado —un diletante— de la literatura.

»Creynell, que estaba borracho aquella noche en el Club de los Escritores y Artistas, mientras jugaba a las cartas con ustedes tres, les contó con toda franqueza que tenía relaciones con una mujer, casi una niña, que estaba loca por él. No dio el nombre de la muchacha, y es posible que ésa sea la causa de que ese nombre no fuese citado durante el juicio. Sin embargo, ustedes tres declararon durante el interrogatorio que aquella muchacha les había sido presentada la noche anterior en el teatro New Ámsterdam, durante el entreacto de la comedia de Krenwicz «La hija de Chow-Chin». Era una muchacha joven, de aspecto inocente. Mientras jugaba a las cartas con ustedes, Creynell les contó que había prometido casarse con ella; pero que no tenía otra intención que la de aprovecharse de su loca admiración por él, en una casa de Fifty-Firth Street, de dudosa reputación.

»Ustedes tres confesaron ante el Tribunal que sabían que Creynell era ya casado, y que estaba llevando a aquella muchacha a la perdición. Declararon haber pensado, cada cual por su parte, que semejante víbora —así le calificaron— debía ser destruida para proteger a aquella muchacha y a otras semejantes.

»Mc Caigh: Creynell perdió una vez a otra jovencita que usted amaba. Desde entonces abrigaba usted un odio profundo hacia aquel hombre.

»Por lo que a usted se refiere, Krenwicz, Creynell había perdido a una pobre chica del barrio ruso. Esa muchacha era prima de usted, y ésa era la razón de su odio hacia Creynell.

»Y usted, Eastwood, no era más que un idealista loco, que, como usted mismo dijo, quería librar al mundo de aquella víbora. Y cada uno de ustedes, sin saberlo los otros, se preparó para entrar aquella noche en las habitaciones de Creynell y quitarle la vida.

El gobernador hizo una pausa, y después prosiguió:

—Ustedes, señores, conocen el fallo del Tribunal tan bien como yo. Ninguno de ustedes se decide a asegurar que no disparó el arma. Por terquedad o por idealismo, van a ir ustedes a la silla eléctrica por no querer buscar esa salida. Han dificultado ustedes la labor del Jurado, al no querer revelar la identidad de la muchacha en cuestión. Declararon ustedes que la habían visto y hablado; pero que Creynell había cuidado de no dar su nombre en la presentación. Eso es una tontería. Dos de ustedes asesinaron a Creynell; sí, asesinaron, caballeros, porque no van ustedes a tomarse la justicia por su mano en este Estado, mientras yo sea gobernador de él.

»No, caballeros; no obtendrán ustedes jamás mi perdón. Fue un asesinato en toda la extensión de la palabra, quizá justificado ante la conciencia de ustedes, pero no ante la ley.

El gobernador se levantó y miró su reloj; sacó del bolsillo de su americana un documento cuidadosamente plegado, y lo puso sobre la mesa, diciendo:

—Tengo que retirarme. Mc Caigh, Eastwood y Krenwicz: uno de ustedes no disparó en la noche del once de junio. Ese hombre, sea quien fuere, no necesita ir a la silla eléctrica, si quiere absolverse a sí mismo. Aquí hay un indulto firmado por mí. La primera línea está en blanco, y ustedes tienen que decidir quién pone en ella su nombre. Ustedes saben quiénes dispararon y quién dejó de disparar aquella noche. Ni la ley, ni la policía, ni yo, lo sabemos. Y el muerto, si lo sabe, no lo puede decir.

Se volvió, y oprimió un botón que había junto a la puerta de roble.

—Dentro de diez minutos haré volver al guardián. Al salir dejaré al vigilante una carta sellada, que abrirá unos minutos antes de…, antes de la electrocución, y les advertirá que uno de ustedes ha recibido mientras tanto el perdón oficial, y que el documento está en la mano de su legítimo poseedor.

Al sonar el timbre apareció el carcelero, y unos momentos después se abrió la puerta.

—Vaya usted dentro de diez minutos a buscar al guardián —le ordenó el gobernador.

La puerta se cerró tras él, y durante algunos minutos se oyó el ruido de sus pasos sobre el cemento del corredor. Los tres hombres se quedaron solos.

Ninguno quebrantó el silencio.

Al cabo de un rato, Mc Caigh, «El Hombre de Hierro», dijo:

—Caballeros: esta misma irritante pregunta nos ha sido hecha infinidad de veces durante los interrogatorios; entonces no podíamos culpar de los disparos a dos de nosotros y dejar libre al otro. Aquí tenemos un indulto: significa la vida de uno de los tres. No tenemos derecho a destruir este documento. Creynell ha muerto; la víbora está aplastada. Era el fin que perseguíamos.

Hizo una pausa.

—Ninguno de nosotros pedirá que su nombre figure en este documento; pero un nombre tiene que llenarlo. Lo que tenía que cumplirse se ha cumplido. Usted, Krenwicz, o usted, Eastwood, escriba aquí su nombre.

Silencio.

Entonces habló Eastwood, el idealista:

—Ya han transcurrido casi los diez minutos. Krenwicz tiene razón. No necesitamos morir los tres, ya que Creynell ha muerto. Y ninguno de nosotros, a causa de la excitación de aquella noche y de la rapidez de los disparos al encenderse la luz, puede saber con certeza si uno de esos dos disparos partió de su arma.

Al cabo de un momento prosiguió:

—Voy a proponerles una idea extraordinaria: dentro de unos momentos volverá Shanahan, que es un guardián inculto. Usted, Krenwicz, no es solamente autor de numerosos cuentos, sino que ha escrito también una novela y una comedia que han tenido gran éxito. Dudo que haya en América o en Inglaterra un escritor de novelas policíacas que sepa mezclar en la trama de sus argumentos temas amorosos de una finura tan admirable como los que usted escribe. Y usted, Mc Caigh, aunque no haya escrito para el teatro, ha conseguido tal reputación en el terreno literario, que tenía asegurado un gran porvenir si no hubiese ocurrido todo esto. Por lo que a mí toca…, bueno, también yo he hecho algo, no sé si bueno o malo; creo que si mis obras han sido acogidas con éxito esto se debe más bien a la indulgencia de mis críticos. Bueno; el caso es que les propongo que cada uno de nosotros invente su mejor historia ahora, en nuestra última noche, y que, en lugar de escribirla, se la narre al ignorante Shanahan, que será nuestro auditorio. Vamos a relatar nuestros tres cuentos hasta que amanezca, si es preciso; hasta la llegada de la alborada gris y de…, de… la silla eléctrica. El autor del cuento que entretenga más a Shanahan, aquel que Shanahan estime que es el mejor, escribirá su nombre en el indulto, y los otros dos irán a la silla eléctrica.

Después de estas palabras se hizo un silencio absoluto, mientras que la extraordinaria proposición de Eastwood daba vueltas en la mente de sus compañeros. Al cabo de unos instantes rompió el silencio una exclamación de Mc Caigh, «El hombre de hierro»:

—¡Eureka! —gritó—. ¡Esto es una lucha de caballeros!

—Un juego espléndido, emocionante —dijo Krenwicz—, entre tres caballeros en su última noche. Una batalla en la que las armas serán la oratoria, la inventiva, la emoción y la brillantez.

Se volvió, y miró sonriendo a sus compañeros.

—Y si Mc Caigh, Eastwood y Krenwicz ponen interés en el juego, resultará un extraño torneo reñido en la mente de un guarda de presidio. ¡Los Caballeros de la Fantasía, del Misterio, del Amor, tratando de vencerse unos a otros!

Hizo una pausa.

—¿De acuerdo, señores?

—De acuerdo —respondieron los otros dos a la vez—. El fallo corre a cargo de Shanahan.

No habían terminado de hablar, cuando el guardián en persona introdujo su llave en la cerradura, y entró. Cerró cuidadosamente la puerta y paseó una mirada intrigada por la celda. Krenwicz se había levantado ya, y había guardado el indulto en el cajón de la mesa.

—Shanahan —empezó a decir reposadamente—, esta es nuestra última noche… El gobernador lo ha decretado así. Y hemos decidido distraernos unos a otros y distraerle a usted también contando cuentos. ¿Comprende usted, Shanahan? Y como hemos hecho una pequeña apuesta entre nosotros, queremos que de madrugada nos diga usted cuál de los tres ha contado la historia más interesante, la que más curiosidad le ha despertado y le ha hecho sentir más emoción. ¿Lo hará usted?

—Sí, claro que lo haré —respondió Shanahan—. Y me alegro de ver que van ustedes a pasar su última noche tan tranquilos. ¡Toman la muerte como un juego…!

Después de estas palabras volvió a reinar el silencio. Aquellos hombres se fueron acercando por turno a la mesa, y se sirvieron un poco de «whisky» que había en una botella. Después de haber bebido, Eastwood se dejó caer en una silla y miró a Shanahan.

—¿Quiere usted escoger al que ha de contar el primer cuento, Shanahan? — Eastwood contempló a los otros con curiosidad—. ¡El mejor cuento, caballeros; pensadlo bien! Significa amor, felicidad, vida… ¡Cuánto, cuánto tendrá que esmerarse esta noche nuestro arte!

Shanahan dirigió una mirada embarazada a su alrededor, y al fin dijo:

—Bueno, señor Mc Caigh, ¿y si nos contase usted el primer cuento?

Mc Caigh, el americano, se mordió los labios, y después sonrió con aire divertido. Observó cuidadosamente a Shanahan, de la cabeza a los pies.

—Shanahan —le dijo, marcando bien las palabras—, creo que podré trasladarle a usted a un mundo fantástico; por lo menos, pondré cuanto esté en mi mano para conseguirlo. Lo único que no podré decirle es el título de mi cuento en este singular pasatiempo de una noche en el Sing Sing. Es una historia que nunca tendrá que ser titulada por un editor; así que solamente la llamaré «La extraña aventura de la mariposa gigante».

Sus compañeros escuchaban con atención. Mc Caigh continuó:

—Si quiere usted trasladarse ahora conmigo a un rincón tranquilo de Chicago, lejos del estrépito de las calles céntricas, me tomaré la libertad de presentarle a una persona a quien no suele uno atreverse a presentar a un caballero: a un tipo extraño, medio chino, llamado Eddy Chang y conocido por el sobrenombre de «Cara de Luna». Este hombre tendrá un papel importante y divertido en mi narración.

Después de pronunciar estas palabras, Mc Caigh, con aquella indescifrable sonrisa que le caracterizaba, comenzó su relato: