Noches de Sing Sing
29. Una Flor que se Abre
Capítulo 29
UNA FLOR QUE SE ABRE
La princesa O Lyra Seng bajó los ojos un instante. Miró luego al periodista con expresión decidida, y dijo, con las mejillas teñidas de rubor:
—Mi solución es radical. Yo creo, señor Jason Barton, que usted estará de acuerdo conmigo. ¿Qué es raza? No es color, aunque color sea una de sus características visibles; pero el color, pigmento, lo vencerá la ciencia en menos de cien años. Las diferencias raciales ser algo más profundo, mucho más que color, estar enraizadas tan hondo, que profesores en laboratorios no llegar a arrancarlas. ¡Y mi solución es tan sencilla! Es inter-matrimonio. Inter-matrimonio tiene que tener lugar entre todas las razas del mundo, hasta que desaparecer las llamadas diferencias raciales. Entonces, cuando en mil o cinco mil años exista una gran raza homo…, homo —¿cómo se dice esa palabra tan difícil?— homogénea que llene la tierra, no habrá más que una sola raza humana, y no habrá odios de raza, y no habrá guerra.
—Princesa —dijo Barton, después de contemplarla detenidamente largo rato—, es usted lo que aquí llamamos una idealista. Establece usted teorías osadas, de las que la gente se burlaría si se expusieran en este momento. Me admira usted con la profundidad de sus pensamientos, y, sin embargo, creo que usted ha abordado el problema y su resolución.
Se detuvo un instante.
—¿Me permite que le pregunte, por tanto, sus ideas sobre el amor? La mitad de los lectores de periódicos americanos son mujeres, que quedarían grandemente desilusionadas si no les dijéramos cuál es la opinión que tiene sobre el amor una mujer de un país lejano.
La princesa sonrió con dulzura y miró soñadoramente al vacío. La doncella seguía en cuclillas, sin moverse ni parpadear, como una figura de un Buda femenino.
—¡El amor! —dijo O Lyra Seng suavemente—. Si yo hablar de esto, usted decir más que O Lyra Seng es idealista. El amor, señor Jason Barton, ser una cosa real de la vida. La cosa mayor. Yo creo que sé lo que es amor; pero no ha sido nunca bien definido. Platón trató de definir y se acercó bastante. El sólo dice es atracción de opuestos. Pero él no analizó tan profundo como yo. Yo creo que es la percepción de una personalidad por su personalidad complementaria. Pero la personalidad, ¿qué es? Es nada más que un gran enredo de características sencillas, en que una característica es aspecto físico; otra, figura; otra, energía física; otra, valor físico; otra, valor espiritual, y así, todos los atributos humanos como generosidad, fuerza vital, profundidad de ideas, previsión, idealismo, espíritu práctico, viveza y cientos de otros, mentales, espirituales y físicos.
Se detuvo un momento para continuar casi sin tomar aliento:
—Al casarse, con ese matrimonio de libre elección que disfrutar ustedes en América, no siempre estudiar y analizar ustedes la personalidad del otro, y por eso no siempre escoger su personalidad complementaria. En China, ni siquiera podemos escoger. Sin embargo, yo creo con este corazón mío que no haber en el extenso, ancho mundo, más que una personalidad que tener las características opuestas para complementar nuestra propia personalidad. Si casamos con ésta, entonces tenemos amor. Si casamos con ésta, tenemos el verdadero matrimonio, porque ser también matrimonio del alma. Es comprensión mutua, previsión mutua de características opuestas, aprecio mutuo de cualidades humanas del uno al otro. Señor Jason Barton esto ser lo que hace esa cosa llamada amor.
Se detuvo, completamente transportada por sus propias convicciones.
—¿Y cree usted, señor Jason Barton, que esto satisfará a mujeres americanas?
—¡Espléndida, magnífica contestación! —exclamó él, levantando en el aire su lápiz, con el que había llenado su cuaderno de garabatos taquigráficos—. Es usted una idealista, una pensadora, una poetisa. Por favor, no se enfade conmigo si hago esta observación; pero deseo decirle que no debía su alteza ser la hija del emperador de China. Su personalidad, su personalidad única, no puede encontrar su personalidad complementaria por culpa de su rango.
Un velo de amargura nubló su rostro.
—Sí; temo que ha averiguado usted la tragedia de la vida de O Lyra Seng.
Él cambió de asunto rápidamente, preguntándole cuáles eran sus libros preferidos.
—¡Oh!, gustarme leer obras en idioma original, y luchar hasta conseguir esto. Una vez quería obras de Mendel sobre la herencia, problemas raciales, que tanto me interesan, y lloraba porque no estar en la biblioteca del palacio de Pekín, hasta que para no verme llorar, mi honorable padre prometió darme por mi cumpleaños tres «coolíes», pequeño palacete y estanque con peces de colores; pero yo llorar más y más, hasta que tuvo consulta y enviar a Alemania por ellas, y entonces yo ponerme contenta y ensayar sus teorías con plantas en mi jardín, con magníficos resultados.
Al oír esto último, Barton se quedó anonadado.
—¡Estudia y practica las teorías de Mendel sobre plantas! —murmuró para sí—. ¡Cielos si yo encontrara una muchacha caucasiana con la personalidad de esta flor del Celeste Imperio! ¡Qué no daría por ella!
Aturdido por un momento, contemplaba con admiración creciente las mejillas sonrosadas y los oblicuos ojos de oscuro terciopelo de la joven. De repente volvió a la realidad y continuó sus preguntas profesionales.
—¿Qué le parecen a su alteza el barullo y movimiento de nuestra ciudad?
—Yo lo adoro —respondió ella rápidamente—. Es espíritu de intranquilidad, intranquilidad es espíritu de creación. Es retrato de…, de fuerza aplastante, tan distinta de la placidez de nuestro país. Yo anhelo, yo deseo, me gustaría, señor Jason Barton, pertenecer a esta vida, actuar, hacer, pensar, votar, ser un engranaje de esta gran rueda de la vida.
Volvió a entristecerse su carita.
—Pero O Lyra Seng tener que conformar con el destino de su vida. Sólo es una muchacha de veinte años, que debe seguir el camino que le preparan.
Los dos callaron un rato; luego preguntó Barton con curiosidad:
—¿Qué le pareció Londres, princesa?
Una sombra pasó por el rostro alegre de la princesa.
—¡Ah, pobre yo! Londres ser fascinante. Yo tengo vivas imágenes de extraños, enormes autobuses, corriendo como locos por las calles. Las casas tan juntas…, sólo ahí ver yo casas, desde ventana del taxi, que es única abertura para ver yo cosas, que no tenían separación unas de otras. Yyo tener muchas ganas de viajar en lo que llaman «Metro»…
Se interrumpió para preguntar:
—¿Ha estado usted en Londres, señor Jason Barton?
—Sí —contestó él brevemente—; hice un viaje y pasé varias semanas allí.
Luego añadió, sonriendo:
—Princesa, también en Chicago tenemos esos mismos autobuses, y si en Londres hubiera viajado en el Metro kilómetros y kilómetros, no habría visto ningún paisaje; en cambio, aquí en Chicago, tenemos un sistema de circulación de ese estilo, en que se recorren millas y millas contemplando paisajes a los dos lados y de los más extraños que pueda usted imaginar.
—¿Paisajes? ¿En metropolitano subterráneo, que quiere decir bajo tierra? ¿Es que han hecho pintar cuadros preciosos en las paredes del túnel para divertir a los viajeros?
Él negó con la cabeza.
—No, princesa. Nuestro transporte subterráneo está hecho sobre vigas de acero muy altas en el aire, porque esta ciudad está construida sobre arena, y habría sido necesario cavar a muchísima profundidad para hallar tierra firme. Es un sistema de transporte rápido, elevado, y desde él se ve el interior de una quinta parte de las casas de Chicago.
—¡Qué curioso! —exclamó ella ingenuamente—. ¡Yo creo que a mí gustarse mirar a las ventanas de la gente…, si ellas no tener inconveniente!
—Nunca han puesto inconveniente —dijo él, riendo.
Luego, cambiando bruscamente de tema, añadió:
—¿Está usted contenía bajo la tutela del señor Li Hwei Tsung, princesa?
Ella le miró detenidamente; luego movió con lentitud la cabeza.
—A mí no gustar el honorable Li Hwei Tsung y… —volvió a mirarle fijamente —. Señor Jason Barton, yo ser mujer que confía en todas las personas. Quizá por eso no dejarme ver periodistas. Pero yo ver en sus ojos que poder confiar en usted; si yo le decir algo, ¿promete no ponerlo en periódico?
Él cerró su cuaderno con un golpe seco y se inclinó hacia adelante:
—En absoluto.
—Honorable Tsung —dijo ella— no tener corazón como el mío. Él odiar América y americanos, él odia amargamente. Él odiar Inglaterra e ingleses también amargamente. Él odiar todas las razas blancas inglesas y todos los países que hablar inglés. Yo hablo a él para convencer y hacer cambiar su pensamiento; pero él tener razones de atrás, muy de atrás, yo no saber cuáles, y no querer pueblos que le he dicho antes.
Barton contuvo con dificultad un silbido de estupefacción. Recordaba las almibaradas declaraciones de Li Hwei Tsung a los periodistas de Nueva York, en las que el alto dignatario chino había expresado los más cordiales sentimientos hacia América y los americanos, y otras parecidas que había hecho a la Prensa londinense y que se habían publicado algo resumidas en Chicago. ¡Y, sin embargo, esta infeliz princesa O Lyra Seng le decía todo lo contrario! Luego el señor Tsung mentía como una colegiala cuando prodigaba cumplidos y amabilidades a John Bull o al Tío Sam… Pero Barton sabía que ni una sola palabra de esto debía aparecer en su periódico. Se sentía como bajo la influencia de un arte mágico que no acababa de entender, y cuanto más miraba a la muchacha que tenía enfrente, mayor era el encanto que experimentaba. Le hubiera gustado hablar con ella de muchas cosas que no hubieran interesado a los lectores de la Prensa; pero él era Jason Barton, reportero de un gran diario, y tenía que hacer un trabajo para Frangenac. Cogió, pues, su cuaderno para reanudar sus preguntas.
—Una persona tan ilustrada como vuestra alteza, quizá haya oído hablar de la psicoterapia y quiera darme su opinión sobre esta nueva ciencia de las curas mentales.
—¡Oh, ya lo creo que he leído sobre ese tema! —contestó ella con gran entusiasmo—, y aunque no saber si tener razón, pone de manifiesto una gran realidad; que la mente ser mucho más poderosa que el físico y que todo el universo. Yo tener una visión en el fondo de mi cabeza que lo que nosotros queremos ser, eso ser nosotros. ¿La mente en sueños no asumir acaso las identidades y triunfos que desear? Yo haber leído Freud, Jung, Adler; pero —dijo, interrumpiéndose repentinamente—, señor Jason Barton, temo que hablar demasiado, como nunca tener con quien hablar de estas cosas… ¿Y todo Chicago leerá luego esto que digo y pienso?
—¿Todo Chicago? —repitió él, entusiasmado—. No, princesa, esta interviú se sindicará y se publicará en un periódico de cada población de los Estados Unidos de América. ¡No habrá hombre, mujer o niño que no la devore! Se tendrá una nueva idea de la hija del nuevo emperador de la China. Una interviú ordinaria no habría salido de Chicago; pero este espléndido retrato de la hija del emperador chino… Esto, princesa, lo leerán cuarenta millones de individuos. Será un «record» mundial. ¡Ah, princesa, ha hecho usted un gran bien al porvenir de un pobre periodista!