Noches de Sing Sing
6. El Payaso Rojo
Capítulo 6
EL PAYASO ROJO
Casperson miró el rostro que se levantaba impaciente hacia el suyo. Se sonrió a su pesar.
—Bien; es esto: En primer lugar, una de las mayores Compañías comerciales de los Estados Unidos, una casa que fabrica neumáticos, impermeables y otros artículos de goma, ofreció recientemente, por medio de anuncios en los periódicos comerciales, un premio de diez mil dólares para el publicista que idease el anuncio más llamativo para sus productos. Ese anuncio podía ser sencillamente una frase fácil de recordar, un dibujo, un reclamo, un proyecto de venta o un plan general de publicidad por el estilo. Yo tengo un amigo, un chico llamado Arthur Sennet, que es también publicista. Discutimos juntos los pros y los contras del asunto, y poco a poco desarrollamos un proyecto, un plan de propaganda, que consideramos como algo inédito, sobre todo en casos como éste.
El hada escuchaba interesada, con sus rojos labios entreabiertos.
—Un plan… —repitió como un eco—. Y ¿de qué se trata?
—Es esto —respondió Casperson—. Tú has leído ya uno o dos de mis cuentos policíacos, escritos cuando tenía más tiempo libre que ahora. También Sennet ha terminado una o dos novelas cortas de indudable valor literario; así que decidimos lo siguiente: Escribiríamos una novela policíaca de tamaño de un libro corriente, con un argumento basado en los productos de esta Compañía; una novela que se imprimiría por cientos y miles de ejemplares al precio de unos céntimos el ejemplar. Un libro que podría entregarse con la venta de cada producto, sin tener en cuenta que el valor de lo adquirido fuese unos céntimos o varios dólares. ¿Comprendes lo que esto sería si llegase a tener éxito, Shirley? Significaría que nuestros nombres como autores pasarían por fin a las manos de millones de compradores, que la circulación de esa novela alcanzaría un margen mucho mayor del que pudiera darnos ningún otro publicista de revistas o libros. Nuestro trabajo sería en adelante considerado desde el punto de vista novelesco y de propaganda, suponiendo que llegase a ser una novela policíaca de primera clase. Pero para llevar a cabo este proyecto hemos tenido que devanarnos los sesos y emplear en él todo nuestro tiempo y toda nuestra energía. Porque si fracasamos, la novela no podrá venderse en ningún sitio, ya que trata exclusivamente de esa casa y de sus productos. Bueno, el caso es que nos decidimos a hacer la prueba. Fuimos a Akron, en Ohio, y estuvimos en contacto con uno de los empleados, que nos puso al corriente de todo. Tomamos nota sobre las cuestiones principales, y volvimos a Chicago. Estudiamos los productos, desde los neumáticos hasta los impermeables; por fin. El gran misterio sobre la goma se terminó. Acabamos el manuscrito y el bosquejo de las posibilidades de propaganda unos días antes de terminarse el plazo para el concurso. He aquí todo lo relacionado con el asunto. Esta noche, a las nueve en punto, esperamos el fallo del Tribunal. El premio ofrecido es de diez mil dólares. Arthur Sennet está ahora paseando por las calles o sentado en su nuevo domicilio, en algún rincón de Chicago, tratando de calmar su impaciencia en espera de recibir un telegrama con buenas noticias. Por lo que a mí toca, ni siquiera me atrevo a pensar en ello… Si ganamos…, gano algo más que los cinco mil dólares: te gano a ti.
—Wilk, mi vida —dijo Shirley—. Estás completamente excitado. Si pierdes — porque no es seguro que vas a ganar—, va a ser un golpe muy duro para ti. Lo he comprendido en tu voz, aunque tu cara no es la del Wilk Casperson que conozco, con toda esa pintura encima. Por favor, Wilk; no te hagas demasiado a la idea de ganar. Si tienes que perder, va a ser terrible para ti. Piensa que también puedes perder. Créelo, Wilk. Estoy ansiosa por conocer el resultado. Si vieras cómo deseo que ganes el premio. Porque…, ¿sabes?, hay un hombre…, uno de nuestros conocidos del Club, que ha hecho gran impresión sobre mi padre. Este hombre no significa nada para mí, sobre todo desde que tú has aparecido en mi vida. Pero el hecho es que mi padre está como hipnotizado por él…, lo cual quiere decir que no va ser muy agradable para mí si no le doy…, bueno, la respuesta que ellos esperan. ¡Deseo tanto que ganes, si supieras! Porque ello significaría nuestro porvenir. Pero ¿qué pasará, Wilk, si todo se viene a tierra? Por favor, prepárate para todo, para todo lo que pudiera suceder…
Fueron interrumpidos por la llegada de dos personajes. Uno de ellos iba vestido de payaso, con un brillante traje de seda roja. Su rostro estaba cubierto con una mascarilla blanca, los ojos circundados por dos trazos de vivos colores y las cejas grotescamente tiznadas. El otro era un fraile alto, delgado, con un gorro de seda, que llevaba un bastón y una larga capa. Los ojos cubiertos por un antifaz negro, llevaban grandes gafas de concha sobre el mismo. Los dos personajes venían cogidos del brazo. El hada y Casperson los miraron. Casperson reconoció en el supuesto clérigo a Malcolm Eldredge, hermano de Shirley, por su figura delgada y juvenil y por las gafas de concha que llevaba generalmente. El payaso, sin embargo, le era desconocido. El joven Eldredge fue el primero en hablar:
—¡Hola, hermanita! Estamos de charla, ¿eh?
Miró a Casperson:
—Y usted…
—¡Hola, Malcolm! —exclamó la mariposa—. Soy Casperson. No me has reconocido, ¿verdad?
Malcolm le observó a través de sus gafas.
—¡Demonio! Pero, hombre, ¡vaya una caracterización! No te hubiese conocido ni tu padre.
Se volvió a su hermana y, señalando al payaso vestido de rojo, que estaba a su lado, preguntó:
—¿A que no adivinas quién es éste?
Shirley Eldredge sonrió al payaso sin reconocerle, y éste le hizo una mueca a través de la mascarilla.
—Me doy por vencida —dijo al fin—. Los polvos y el color son demasiado…
—Conque ¿no me conoce signorina Eldredge? Si hubiera traído el violín conmigo, entonces…
—¡Señor Di Paoli! —dijo la joven.
—El mismo —dijo Malcolm, sonriendo. Se dejó caer en el asiento y se quitó el antifaz, colocándose después las gafas—. Le encontré en un rincón adulando a la opulenta solterona tía de Jack Hennely, y le reconocí al momento. Siéntate, Di Paoli.
—No gustarme interrumpir —dijo el payaso, gesticulando—. Pero creo me agradaría un pequeño baile con signorina Shirley, como recompensa a toda la música que he tocado en su biblioteca.
Sacó de su bolsa de payaso el carné de baile, del que colgaba un lápiz dorado.
—¿De veras tendré el honor, signorina Shirley?
La joven consultó su propio carné.
—El próximo baile es el quinto, señor Di Paoli, y éste lo tengo con el señor Casperson.
Se volvió a éste y le dijo, sonriendo:
—Wilk, ¿no te has encontrado nunca con el señor Di Paoli? Éste es el señor Niccolo de Paoli, el conocido violinista, y éste es el señor Wilk Casperson —añadió, dirigiéndose al payaso.
Casperson saludó al payaso.
—Tengo un gran placer en conocerle —murmuró éste—. No recuerdo haberle visto en las reuniones musicales de signorina Shirley.
—No —contestó Casperson, que sintió una antipatía instintiva contra el payaso —. Soy un hombre muy ocupado, y casi nunca estoy libre durante el día.
Se volvió a la muchacha.
—¿Pero no ibas a ceder un baile al señor Di Paoli?
Volvió ella a consultar su carné.
—El próximo lo tengo con Wilk. El sexto es con Malcolm; el séptimo lo tengo comprometido con mister Jack Hennely, y el octavo, con un amigo…, con un amigo de mi padre que lo pidió la semana pasada. El décimo he prometido reservárselo a papá. ¿Le parece bien el noveno, señor Di Paoli?
Éste se inclinó.
—Espléndido, signorina Shirley. Tendré el carné completamente abierto para que no se me pase el baile que tengo con usted.
Hizo una breve anotación en su carné, y volvió a saludar.
—Ahora ya no interrumpir yo más.
Y salió del invernadero sin dejar de saludar.
Un momento después los tres del rincón se sonreían al verle sobre la pista encerada, jugueteando con sus dedos cerca del cuello de una obesa dama, del que pendía una reluciente gema de piedras rojas y blancas, que brillaba como las luces.
—Es un tipo divertido ese Di Paoli —comentó Malcolm—. Como todos los de su raza, irradia amabilidad. Siempre me ha sido simpático. Y tocando el violín… Es un portento. ¿No es verdad, Shirley?
Ésta asintió sonriendo. De pronto comenzó la música. Miró a Casperson.
—Wilk, mentí descaradamente al decir que tenía comprometido contigo el próximo baile. ¿Bailamos o nos quedamos sentados?
Casperson se levantó, y libertando sus brazos de las cintas que los sujetaban a las alas, dijo entusiasmado:
—Prefiero que bailemos.
Y despidiéndose de Malcom, condujo a la joven a la entrada del invernadero. Pero allí se detuvo, porque el hermano, volviéndose a calar el antifaz y las gafas le llamó de nuevo.
—¡Casperson! ¿Puedo hablar contigo antes del baile?
Casperson dijo a la joven:
—¿Quieres esperarme fuera, Shirley? Malcolm quiere hablarme.
La dejó y se volvió al muchacho del austero hábito.
—¿De qué se trata, Malcolm?
El nerviosismo que dominaba a este último podía notarse a pesar del antifaz.
—Casperson, ¿podrás esperar unos días más para los doscientos? Yo estaré pronto a flote. Voy a tener dinero en seguida. Estoy desesperado, chico. Ya sabes que estoy de vuestra parte… por ti y por mi hermana. De veras. Tengo una parte…, es decir, varias, y si mis planes salen bien, podré pagarte cualquier día de éstos. Y haré…
Casperson apoyó las manos en los estrechos hombros del muchacho.
—No te preocupes por esos doscientos, Malcolm. Lo principal es que la falta de los dos mil dólares en la cuenta de tu padre esté cubierta, y que él no se haya enterado de lo que pasó. Ese dinero no puede resolver el problema de tu hermana y mío, en modo alguno. Y por Dios, no trates de saldar esas cuentas personales por medio de más especulaciones temerarias. Si me sale bien cierto asunto, te ayudaré con otros mil, de manera que puedas devolver lo suyo a Jack Hennely y a los otros que te ayudaron. No olvides que tu padre me odia, pero yo soy tu amigo.
La música sonó más fuerte en aquel momento. Wilk se volvió hacia la puerta, y dijo:
—No lo olvides. Se acabaron las especulaciones. Deja eso de una vez. Estás seguro en la oficina mientras no te apuren tus amigos y te delaten; así es que ten cuidado.
Casperson abandonó al falso clérigo, y se reunió con el hada que le esperaba fuera, toda intrigada. Un segundo después bailaba con ella un «one-step».