Noches de Sing Sing
34. Cruce de Espadas
Capítulo 34
CRUCE DE ESPADAS
Barton permaneció en la tienda del difunto Sam Toy solamente el tiempo necesario para convencerse de que tenía las señales de las cuales había hablado la princesa, y volvió como una flecha a las oficinas de su periódico.
Entró en la sala de redacción y vio la puerta de Frangenac cerrada. Pero entró, por primera vez en su vida, en el despacho del director sin pedir permiso, con aire triunfante.
—¡La tengo, señor Frangenac! —anunció triunfante—. ¡La interviú más maravillosa de la mujer más maravillosamente femenina del mundo! ¡Jason Barton, mezcla de británico y de americano, entrevistó a la princesa O Lyra Seng! —exclamó dándose fuertes palmadas en el pecho.
Bien se puede permitir un hombre unas cuantas frases heroicas cuando acaba de hacer un imposible.
Una extraña sonrisa se dibujaba en los labios de Frangenac. Se levantó y extendió la mano lentamente para estrechar al muchacho la suya.
—Muy bien, Barton. Le debo mil excusas por todo lo que dije esta mañana. ¡Perdón, chico, perdón! Y, como dicen los americanos, le saludo con el sombrero en la mano. Ha cumplido usted como los buenos.
Tosió nerviosamente, observando con el rabillo del ojo a los pocos redactores que había en la sala.
—Los otros le habrán contado que hace un ratito vino un chino muy furioso. Era Li Hwei Tsung, que quiere a todo trance, impedir la publicación de la interviú. Me pidió la dirección del amo; pero no quise dársela. Ha amenazado con ir a ver a los cónsules de China y de Inglaterra. Asegura que no se publicará esa interviú, aunque tenga que revolver todo el Ministerio de Asuntos Exteriores. Pero es pura fanfarronería, porque no puede conseguir nada…, me parece.
—Claro que no puede —protestó Barton—. El cónsul inglés no se va a preocupar por una cosa así. Lo dice para ver si nos asusta.
Frangenac asintió distraídamente; luego dijo:
—Bien muchacho. No se entretenga en contarme cómo consiguió la interviú. Póngase a la máquina y escríbala en limpio, para que salga esta noche en primera plana, y podamos mandarla a la Prensa Asociada para sindicar el artículo. Y apresúrese, que tengo que darle una buena noticia.
Barton, muy suavizado por la actitud amable del director, se dirigió a su máquina de escribir, y mientras buscaba las hojas de papel en su cajón, pensó que le gustaría conservar una copia de la romántica interviú, que le serviría de recuerdo en años futuros. Hizo dos copias, trabajando durante dos horas sin detenerse, y compuso el artículo con ayuda de las notas taquigráficas que había tomado.
Cuando hubo terminado, recogió las copias que había hecho para su uso particular, las metió en un sobre con la firma de la princesa, y guardándoselas en el bolsillo interior de la americana llevó el original con la otra firma al director.
—Lea y admire —dijo en tono grandilocuente—; aquí tiene el autógrafo de la princesa para ponerlo al pie de esa maravilla.
Frangenac hojeó el artículo, simulando extasiarse.
—¡Espléndido, Barton; esto es magnífico! ¡Una interviú notable! ¡Realmente…, realmente… notable!
Siguió hojeando, sin dejar de hacer comentarios.
—¡Espléndido! Ahora deme usted también su cuaderno de notas para poder comprobar en caso de que hubiera alguna duda. Ya sabe: ¡ante todo, seguridad!
Barton, algo sorprendido, le entregó su cuaderno, y el director se dirigió cojeando a la gran caja de caudales que había en un rincón de la habitación, y lo guardó con llave.
—¡Y ahora —observó Barton en tono alegre— espero que usted conseguirá que no cambien mucho eso al publicarlo! Le contaré más tarde cómo lo conseguí; ahora me voy a seguirle la pista a la historieta más sensacional que ha podido nunca imaginar este Londres del Oeste. ¡Y Dios sabe cuándo hallaré los hilos y podré volver con ella!
—¡Espere! —exclamó Frangenac, levantando una mano—. ¡Espere, que se ha olvidado de las buenas noticias! Va usted a Washington hoy, en la Flecha de Washington de las tres en punto. Queda usted nombrado corresponsal especial durante el juicio público del diputado Farley. Si tiene usted una historieta a medio hacer, se la pasa a otro compañero.
—¡A Washington! —exclamó Barton en un tono de decepción que sorprendió al otro—. ¿A Washington? Pero señor Frangenac, ¿no le digo que estoy olfateando una historia sensacional, mucho mejor que todo lo que haya publicado El Correo hace seis meses? ¡Y me manda usted a Washington!
—Sí; Carstairs está muy ocupado allí con el último escándalo de distracción de fondos, y ahora que empieza el juicio ha telegrafiado que vaya alguno a ayudarle; ya le he contestado que le mandamos al mejor de la casa en la Flecha de Washington. Carstairs le dará toda clase de instrucciones. Ahora coja un taxi y vaya a su casa a meter lo necesario en una maleta, pues el juicio empieza mañana, a las diez de la mañana. Tendrá que hacerme una columna diaria de información del Capitolio y conseguir interesantes interviú con todos los diputados metidos en el asunto. ¡Muchacho, hoy le sonríe a usted la suerte!
Cogió unos papeles del cajón de su mesa y añadió:
—Aquí tiene usted su hoja credencial a su nombre, sellada con nuestro sello, y cien dólares para gastos de viaje y estancia. Firme aquí el recibo. ¡Ah! Y subo su salario a quince dólares semanales.
Barton, estupefacto ante este repentino cambio de su suerte, no sabía si volverse loco de alegría o patalear de rabia.
—¡Pero…, pero…, Frangenac, si yo no puedo ir a Washington! ¿No me comprende? Le digo, Frangenac, que mande usted a otro en mi lugar.
Por la mirada de Frangenac cruzó un relámpago de ira ante la resistencia de uno de sus humildes empleadillos. Se pasó la mano por la negra barba y se torció el bigote, exclamando ásperamente:
—¡Vamos, vamos, Barton! Deje usted eso, que no tenemos tiempo que perder. Si no coge usted el tren de las tres, ha terminado usted para siempre con El Correo. Me ha traído usted una interviú magnífica y le he felicitado efusivamente. De acuerdo. Y ahora le ofrezco una ocasión estupenda, a la que todos se agarrarían como a un clavo ardiendo, y se me pone usted a gemir diciendo que posee los hilos de una historieta que, probablemente, resultará una bobada. No me importa su historia. Aquí tiene algo bueno. ¡Despiértese, hombre! ¿O es que se ha atontado usted?
Barton estuvo a punto de contarle todo lo que conocía del lavandera asesinado y su mensaje misterioso, y su parecido con el guardián de las doce monedas de Confucio. Una voz interior parecía decirle que se callara. Además, no se atrevía a excitar al «mandarrias» de El Correo, pues recordaba el triste aspecto de su amigo Fawcett, periodista mucho más afamado que él, y que, sin embargo, había recorrido las calles de Chicago sin encontrar ningún empleo. No resultaba muy político indisponerse con el individuo que controlaba su pan de cada día; pero al acordarse de Fawcett se le ocurrió un plan atrevido. Pediría a Fawcett que fuera en su lugar a Washington; era un buen periodista, que sabría cumplir su cometido, y él quedaría en Chicago, tratando de resolver el misterio de las monedas desaparecidas. Si fracasaba, el director no necesitaba enterarse, y si, por el contrario, resultaba algo interesante y sensacional, esto ablandaría la indignación del jefe ante su desobediencia.
—Bueno; iré —gruñó por fin.
Cogió el papel credencial, lo examinó para ver si estaba correctamente extendido a su nombre y se lo metió en su cartera vieja de cuero. Recogió también el dinero y firmó el recibo extendido, diciendo tranquilamente:
—Tengo que darme prisa si quiero recoger mi maletín y llegar al tren de las tres. ¿Qué tengo que hacer cuando llegue?
—Yo enviaré instrucciones telegráficas a Carstairs esta noche —contestó Frangenac, dejando escapar un suspiro de alivio—, y él le informará de todo. Él seguirá con lo del escándalo financiero, y usted se dedicará al juicio del diputado Farley. Mande usted todo cuanto le parezca interesante.
Miró el reloj, que marcaba las dos menos cuarto.
—Ande, muchacho; tiene que estar en el Capitolio a las nueve de esta noche.
Un minuto más tarde, Barton estaba en la calle buscando un taxi, mientras gruñía entre dientes:
—¡Maldita sea mi estrella! ¡Que me ocurra esto cuando estoy sobre semejante pista! Menos mal que voy a matar dos pájaros de un tiro.
Tomó un taxi que pasaba en aquel momento y le dio la dirección de la pensión de su amigo. El taxi atravesó la ciudad a toda la velocidad que le permitía su vejez, y pronto frenó con gran estrépito de hierro viejo ante la destartalada casa. Barton descendió, encargó al conductor que le esperase, subió de tres en tres los escalones renegridos y entró sin llamar en la habitación de su amigo.
Fawcett estaba delante del espejo, afeitado y limpio, poniéndose el cuello y la corbata. Barton echó una rápida ojeada a la habitación y no pudo descubrir señal alguna de botellas ni de vasos. La mirada de su amigo era clara y enérgica, completamente distinta de la mirada lánguida del borracho que le caracterizaba desde hacía algún tiempo.
—¡Que dem…, Barton! —exclamó Fawcett sobresaltado.
Barton fue rápidamente al asunto:
—Carlitos ¿sigues queriendo un empleo de periodista? ¡Aprisa, di! ¿Quieres un empleo temporal en Washington?
El otro asintió con la cabeza, sin comprender.
—Pues entonces te vas al Capitolio, con un papel credencial de primera y un montón de billetes para gastos de viaje y estancia, con el nombre de Jason Barton. Mandas una información diaria del juicio del diputado Farley, y este tu seguro servidor se queda aquí, de incógnito, tratando de desenterrar el mayor misterio que ha conocido Chicago.