Noches de Sing Sing

Harry Stephen Keeler · Capítulo 45 de 55

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Noches de Sing Sing

44. ¡Y el Reloj Dio las Cuatro!

Capítulo 44

¡Y EL RELOJ DIO LAS CUATRO!

 

Una pausa intensamente dramática siguió a la narración de Krenwicz. De repente, el reloj de pared dio cuatro campanadas, como queriendo recordar a aquellos hombres que sólo les quedaban ya ciento veinte minutos de vida. Los tres esperaban con curiosidad anhelante oír la opinión del irlandés. Éste sacudió las cenizas de su pipa de barro en la escupidera.

—¡Vaya, por mi salud! —exclamó, como había hecho después de oír a Mc Caigh —. ¡Esto fue una historieta bien movida, que me interesó desde el principio hasta el fin! ¡Ya estoy yo pensando en casarme con una chinita!

Hizo una pausa.

—Y me parece, señor Krenwicz, que es usted otro señor Mc Caigh… Hacen como una maquinaria, con ruedecitas que encajan unas dentro de otras, y otras más pequeñas, que encajan también, y todo se va moviendo…

Miró con curiosidad a Eastwood.

—Pero no va a ser ahora cuando voy a decir cuál es la mejor historia, si la del señor Mc Caigh o la del señor Krenwicz. Son diferentes una de la otra, como dos borrachos, por ejemplo, uno irlandés y otro escocés.

Sonrióse con su ancha y simpática sonrisa irlandesa.

—Lo que no entiendo, señor Krenwicz, es cómo consiguen empezar una de esas cosas que ustedes llaman tramas. ¿Cómo lo hacen?

—Sí —insistió Eastwood, apoyándose contra la pared de piedra con aire cansado —. ¿Cómo hacen ustedes eso, Krenwicz? Yo puedo decir que he llegado a escribir cerca de mil historias, entre cuentos cortos y novelas; pero siempre he trabajado partiendo de una idea central, mejor que con esa coordinación especial de motivos e incidentes que llamamos trama. Creo que me despistaría por completo si tratara deliberadamente de crear una trama o asunto. Y su historia estaba admirablemente tramada, permítame que se lo diga.

—Muchas gracias —respondió el literato ruso—. Ha sido mi canto del cisne, y ya saben que el cisne canta, antes de morir, el más dulce de todos sus cantos.

Se detuvo un momento, mirando al suelo.

—El arte de crear la trama de una novela consiste en la manipulación psicológica de unas cuantas ideas iniciales, lo cual, como tendrá que reconocer hasta el propio Mc Caigh, que quizá no haya analizado jamás sus propias reacciones psicológicas, es un sistema infalible. Hoy en día, cientos de escritores profesionales y miles de aficionados de todos los países, tratan en vano de crear una trama para sus novelas, y se ven obligados a abandonar este sistema tan satisfactorio de construir una historia o una comedia bien redondeada y rematada, porque ignoran el principio básico, que no se ha establecido nunca matemáticamente. La estructura preliminar del aficionado que quiere urdir una historia de trama, invariablemente se derrumba por escasez de hilos con que tejer la novela. En otras palabras: porque el novelista se encuentra en un callejón sin salida.

Después de una pausa, añadió:

—Y, por tanto, como, después de todo, sólo uno de nosotros llevará este pequeño secreto al mundo exterior, se lo voy a explicar a ustedes ahora.

Calló un momento. Los otros dos hombres le miraban con curiosidad, y Mc Caigh, aunque tenía costumbre de urdir sus novelas con una trama preliminar, se inclinaba, interesado, hacia adelante.

—El autor —comenzó a explicar Krenwicz— debe tener presente en la memoria con toda claridad, cuando prepara este tejido o trama de una historia, cualquier carácter u objeto vital inanimado, como la novela, por medio del cual se ha de ver de mayor relieve; por ejemplo, una carta, un arma, una fotografía, que puedan constituir un hilo para la novela. Por tanto, hay que concebir, ante todo, un hilo, que podríamos llamar el hilo esencial, representante del carácter de parte de ella; le llamaremos el hilo «A». Este hilo «A» tiene que figurar en un incidente de entrada con otro hilo «B», y a este incidente llamaremos incidente «n», puesto que su orden cronológico relativo al primero de todos los incidentes, de toda la estructura de la trama, depende únicamente de las revelaciones que se vayan haciendo sobre sucesos vitales que ocurrieron antes del momento en que dé principio la novela. Bien. Después de inventar el incidente «n» entre el hilo «A» y el hilo «B» tiene que inventarse inmediatamente un incidente de orden numérico, «n + 1», que entreteja el hilo «A» con otro hilo «C»; después, un hilo «n + 2» que enlace el mismo hilo «A» con un hilo «D»; después, un incidente «n + 3», que comprende un incidente entre el hilo «A» y un nuevo hilo «E»; y esto, para evitar quedarse atascado, debe continuarse como regla, por lo menos, con incidentes de orden de «n + 4» y «n + 5»; y ahora fíjense bien en esta regla esencial, después de esta invención preliminar: el incidente «n» tiene que producir el incidente «n + 1»; el «n + 2» tiene que resultar del incidente «n + 1»; el «n + 3» tiene que resultar del «n + 2», y así, haciendo esto correctamente, cualquier escritor tendrá en su mano una colección de hilos con los que urdir novelas, así como también el núcleo, si me permiten usar semejante término, del propio tejido. ¿Qué les parece mi teoría? —terminó, dirigiéndose a Mc Caigh.

—Afirmo que tiene usted razón —respondió Mc Caigh, asintiendo lentamente con la cabeza—, pues sólo por el sistema que ha expresado usted matemáticamente, conseguirá el escritor de asuntos novelescos asegurarse materiales suficientes para desarrollar sus temas y poder trabajar. Sí, Krenwicz —continuó—. Ha explicado usted el método que yo he empleado en mi historia de «La extraña aventura de la mariposa gigante». Verdaderamente, ha expuesto usted una verdad psicológica de modo admirable.

Eastwood, sin embargo, los miraba con aire poco convencido.

—Yo sigo manteniendo —dijo tranquilamente— que por haber hecho más de mil cuentos o novelas en las que procedí partiendo de una idea central, puedo trabajar muy bien sin esas leyes matemáticas.

Aquí el «Hombre de Hierro» hizo esta sucinta observación:

—Pues yo creo, Eastwood, que sus procesos mentales, al crear alguna obra, siguen esa ley subconscientemente, como me ha ocurrido a mí toda la vida, sin darme cuenta, hasta que Krenwicz ha expuesto la teoría tan claramente.

Eastwood no respondió, sino que preguntó, dirigiéndose a Krenwicz:

—Krenwicz, me ha llamado la atención su teoría. Un escritor no suele revelar sus métodos técnicos en sus obras. Y todo arte, ¿no es la vida vista por ciertos temperamentos? ¿Cree que una solución para el eterno sentimiento de antagonismo entre las distintas razas y naciones sería la homogeneización completa, si se me permite la palabra, de la raza humana por medio de la interfusión? ¿Cree usted en esa teoría?

Krenwicz, «el entusiasta», se inclinó hacia adelante con los ojos resplandecientes.

—Sí, aunque se necesitarán muchas modificaciones, que los adelantos de la ciencia están empezando ya a darnos. ¡Si fuera posible la creación de una lengua universal, que se enseñara en todas las escuelas del mundo! Dentro de cien años, o lo más doscientos, esto —cuando nosotros ya hayamos vuelto al barro— será un paso decisivo para el acercamiento de las razas. Cuando las líneas de aviones gigantes acerquen los Estados Unidos a la India, o a Francia, Inglaterra o Italia, de modo que sea cuestión de horas el ir y venir de un continente a otro, esto redundará en una mezcla mucho mayor de las gentes, y a cualquier hora, en cualquier paseo de la tarde de cualquier gran población, se verán, como cosa natural, gentes de cien nacionalidades diferentes.

—Pero, Krenwicz —replicó Eastwood—, ¿cómo espera usted que las varias razas negras del África, con sus narices aplastadas y su pelo crespo, se mezclen, por ejemplo, con las rubias razas sajonas? Y ¿qué pareja puede hacer un malayo del Asia, chato y rechoncho, de pómulos exageradamente altos y ojos oblicuos, con una delicada muchacha de América o de Inglaterra? Y eso, admitiendo que todas las complicaciones ulteriores de la mezcla de razas hayan sido resueltas.

—Eso —dijo Krenwicz— se realizará en el laboratorio fisiológico, en lugar de hacerlo en las glosas escritas del antropólogo. Recuerden que no existen causa ocultas para que el pelo del negro sea crespo y su piel oscura. El pelo en espiral se debe solamente a que tiene el corte transversal ovalado, así como el hombre blanco este corte transversal en un círculo. Recuerden que la pigmentación tiene sólo la profundidad de la piel, y que es la distribución de una sencilla materia orgánica entre la dermis y la epidermis, y que contiene casi invariablemente sulfuro. Nada hay de misterioso en todo esto. Y sabemos que el endocrinólogo con su nueva ciencia de las glándulas, está preparando el camino a posibilidades de cambios radicales en el cuerpo humano, tanto físicos como psicológicos. Se llegará por esa ciencia a cambiar el corte transversal del pelo en el tiempo que se tarda en hacer dos visitas a la peluquería, o sea en lo que tarda la naturaleza en hacer crecer otro pelo nuevo; la piel podrá ser pigmentada o despigmentada en pocos días, etcétera, etcétera… Y entonces, ¿qué repulsión podrá sentir una muchacha blanca americana o inglesa al casarse con un indígena del África desnegroizado, con el pelo laso o hasta rubio, de cuerpo esbelto y musculoso, nariz aquilina y labios finos, educado en una Universidad del África, que hable su mismo idioma, esté familiarizado con su tierra y sus costumbres y tenga modales finos y corteses?

Mc Caigh, el americano, soltó una dura y fría carcajada:

—Tiene usted teorías muy radicales, Krenwicz. Yo le confieso que, por ser de familia del Sur, no puedo familiarizarme con la idea de los negritos desnegroizados y convertidos en blancos, por muchos atributos físicos que le arrebaten al blanco, ni tampoco me hago a la idea de que un chinito, porque se traslade el color de su cara a los pelos, sea por eso un europeo. Yo no me he dedicado a leer cuestiones de medicina como usted, ni he alternado con tantos grandes cirujanos como el amigo Eastwood, aquí presente.

—Además —advirtió Eastwood lentamente, dirigiéndose a Krenwicz—, se tardaron muchos billones de años para que el hombre de Pithecantropus evolucionara en el hombre de Piltdown, de éste al de Neandertal, y muchos billones más de años para que se convirtiera en el de Cromagnon. Y ese hombre de Cromagnon se parece mucho más al Pithecantropus que se parece hoy un chino a un negro, o un negro a un caucasiano.

—Eso no importa —respondió el ruso amablemente—. Una familia blanca, pongamos que del País de Gales, ha tenido un hijo en el año 1928 —una de esas anomalías médicas—, un idiota mongólico, de ojos oblicuos y pómulos subidos y con todas las características de un mongol. Si aceptamos la teoría de que las razas mongólicas, etíopes y caucasianas descienden de precursores simios, especies de grandes monos definitivamente diferentes, resulta que en el corto período de nueve meses se ha originado una evolución hacia atrás o desevolución de trillones de años hasta el antecesor original de estos precursores simios, y de ahí, hacia abajo, por otros trillones de años, descendiendo por la otra rama evolucionaría. O, si esto les parece demasiado fantástico, entonces, por lo menos, lo que ha sucedido es una evolución hacia atrás de varios miles de años, hasta llegar al tiempo en que los mongoles invadieron Europa y se establecieron en Gales. Si se tomase a ese pobre idiota y se le tratara con endocrinas para su deficiencias mentales y psicológicas, especialmente con extractos de glándulas de tiroides, de thimis, suprarrenales y pituitarias, se conseguiría convertirle en un chino capaz de pensar y de hablar, pero de padres blancos. ¿Dónde se quedarían sus billones de años?

Nadie respondió. La conversación había decaído irremediablemente. En cuanto a Shanahan, que se había quedado contemplándoles estúpidamente mientras discutían estas cuestiones científicas y que estaba acostumbrado a ver hombres fuertes abatidos en estos momentos críticos, decidió animarlos a que prosiguieran en la entretenida competición, que estaba haciéndole tan sencilla y fácil su desagradable vigilia. Miró al reloj: eran las cuatro dadas. En la ventanita cuadrada de la celda de la muerte, el negro cielo aterciopelado mostraba todavía el centelleo de las estrellas. El alba estaba aún lejos. Mirando a Eastwood, le dijo campechanamente:

—Y usted, señor Eastwood, ¿no me contará su historia? Sus compinches han entretenido a un pobre vigilante de prisión como nunca le habían divertido hasta ahora.

—Sí —contestó Eastwood.

Y añadió, después de una pausa:

—Mc Caigh confiesa que prepara una trama para su cuentos, y Krenwicz hasta expone sus razones en una especie de ley matemática. Yo trataré de entretenerlos con un cuento desarrollado según mi técnica propia, un cuento cuya trama puede salir de una idea central, en vez de reunir ideas para formar su estructura.

Se detuvo para servirse la fuerte bebida de la jarra y encender un cigarrillo. Sus manos mostraban ahora leves señales de temblor y dejándose caer en la silla, se echó hacia atrás bajo la luz de la lámpara de la celda.

—No he de situar mi historia en ese dudoso tiempo futuro en que las glándulas han de hacer tantas cosas, como Krenwicz espera, sino en los tiempos presentes, en que nuestros hábiles cirujanos hacen maravillas. Con las experiencias médicas que han conseguido en la Gran Guerra, nos demuestran que el hombre es una máquina altamente complicada, pero una maquinaria. Y gracias a lo que Mc Caigh llama mi manía de alternar con grandes cirujanos, los voy a llevar conmigo a una pequeña habitación amueblada con una cama blanca de hierro; una habitación en el corazón de Londres, donde les presentaré a mi amigo Eustaquio Annesley, quien, gracias a los modernos conocimientos científico quirúrgicos, se encuentra frente a un dilema que nadie hasta ahora había tenido que resolver. Llamaré a mi cuentecito «La falta de un eslabón».