Noches de Sing Sing
49. Una Oferta de Trabajo
Capítulo 49
UNA OFERTA DE TRABAJO
Cuando el doctor terminó, Annesley se quedó unos minutos sin poder hablar. Mil pensamientos distintos se arremolinaban en su mente, en aquella mente suya, aprisionada en el cuerpo de un animal. Quería comprender lo que sería para él la vida, ahora que no poseía forma humana. Pero cuanto más trataba de pensar en ello y de hacerse una composición de lugar, más extraño, más terrible, mis imposible le parecía aquel asunto. En esos momentos, que fueron para él un siglo, temió perder la razón.
Se agarró la peluda cabeza con sus no menos peludas manos, y trató desesperadamente de pensar, de llegar a hacerse una idea sobre este nuevo orden de cosas, que iba a persistir ya todo lo que durase su vida. El doctor Michaelovitch había salvado su cerebro —el cerebro de Eustaquio Annesley—, esto era cierto; pero lo había encerrado para siempre en el cuerpo repugnante de un gorila.
Así, pues, ¿qué había ganado? ¿La vida? Sí, la vida. Pero ¿qué iba a ser una vida semejante para la personalidad, la mentalidad, la parte psicológica de Eustaquio Annesley? Solamente el tiempo podría llegar a explicarlo.
Después de un rato de agonía espiritual contestó al doctor, que tan minuciosamente le había explicado el asunto:
—Doctor Michaelovitch, yo no puedo darle las gracias por haberme salvado la vida. Aún no me he dado cuenta del todo de mi situación. No puedo entenderlo en este corto espacio de tiempo. Pero creo una cosa, desde luego, y es que hubiese sido mucho más caritativo que hubiera ustedes dejado morirse del todo a Eustaquio Annesley la noche del 3 de abril.
Se detuvo, anonadado por el tumulto de ideas y sentimientos. Luego, incorporándose en la cama, continuó, cada vez más excitado:
—¡Usted, en sus entusiasmos científicos, cree que ha salvado una vida; pero yo le digo que es usted un asesino, doctor; que ha asesinado usted el alma de un hombre!
Con gran sorpresa vio que de los ojos del médico brotaban dos gruesas lágrimas, y que con voz alterada y triste respondía a sus acusaciones, diciéndole:
—Está usted equivocado, completamente equivocado. Por encima de todo está el deber del cirujano de salvar la vida o de prolongarla. Grilo, el mono, se moría por momentos, y lo mismo sucedía con Eustaquio Annesley, el ingeniero. Éste, con el cerebro ileso; aquél, con el cuerpo completamente sano. Era mi deber salvar una de las dos vidas, y esto fue lo que hice. Algún día llegará usted a pensar lo mismo que yo. Y aparte de esto, estaba mi deber con respecto a la ciencia, al progreso humano. No olvide usted esto, amigo mío. Recuerde que de hoy en un año se publicará un libro firmado por mí, que causará una completa revolución en el mundo de la cirugía. Y entonces yo le rogaré que se presente usted como prueba viva de lo que yo afirmo. Este libro contendrá mis variaciones particulares de la técnica quirúrgica, de las operaciones de cráneo y cerebro, así como también la fórmula secreta de mi fluido cerebroespinal artificial, que hará posibles operaciones insospechadas hasta hoy.
Después de una pausa añadió:
—¿No querría usted ver las cosas desde ese punto de vista?
Annesley meditó durante unos minutos. Después de todo, reflexionó, ¿por qué abrigar rencor y odio contra el cirujano? Éste creía que había hecho las cosas lo mejor que podía. Y ya habría en el inmenso mundo algún rincón donde el nuevo Eustaquio Annesley pudiera refugiarse y tratar de ser feliz siendo útil a la sociedad. Así, pues, extendió su peluda mano hacia el anciano. Una expresión de alivio asomó a los ojos de Michaelovitch, que la tomó y se la estrechó afectuosamente.
—Haré lo que pueda —dijo el paciente—. Pero mucho me temo que no podré ya vivir de acuerdo con los hombres.
Y Annesley tenía razón. Los hechos ulteriores vinieron a demostrarle que la vida no era para él más que una carga espantosa.
Después de su conversación con los doctores Michaelovitch, padre e hijo, fue recobrando la salud y las fuerzas rápidamente. El primero solía hacerle largas visitas, hablándole afectuosamente y tratando de ayudarle a resignarse con su trágica y extraña suerte. Pero notó que al segundo día mandaron quitar el espejo de la habitación.
Muchas veces, en las largas y tediosas tardes, estudiaba su estado estrictamente desde el punto de vista de causas y efectos, y trataba de convencerse a sí mismo de que Sibila Mainwaring tenía la culpa de cuanto le había sucedido. En efecto, ¿no había sido a causa de su negativa a casarse con él por lo que había ido a ver el circo Scarnum para distraer su pena? ¿Y no había sido en el circo donde le ocurrió el horrible accidente? Pero por mucho que se esforzaba en culparla, no conseguía recordarla más que con amor, con ternura, con todo el afecto de su corazón enamorado. Y así sucedió que por esa reacción mental tan propia de todos los individuos del mundo que pretenden siempre culpar a alguien de las calamidades que les ocurren, acabó por odiar a una persona a quien nunca había conocido ni visto: a Geoffrey Olford, a lord Olford, su afortunado rival.
Sólo había un rayo de alegría en los taciturnos pensamientos del infeliz. Pensaba que, por lo menos, no tenía a nadie: ni padre, ni madre, ni hermanos que lloraran la muerte supuesta de Eustaquio Annesley. Por eso, al menos, podía dar gracias a Dios. Tan sólo una solterona vieja y antipática, propietaria de una pensión de la calle Guilfor, era probable que se hubiera posesionado ya de cuanto pertenecía al ingeniero.
Antes de abandonar el hospital tuvo que recibir la visita de Scarnum, el empresario del circo americano. Tres días después de haber escuchado las revelaciones del doctor Michaelovitch, se presentó en su blanco cuartito un individuo alto y extravagante, que reflejaba con todo detalle el tipo del auténtico americano nuevo rico, con sus botines grises, su chaleco de igual color, su alfiler de corbata adornado con un brillante de tamaño enorme y su traje de fantásticos cuadros blancos y negros. Después de contemplar a Annesley con aire insolente durante un rato exclamó:
—¡Maravilloso, maravilloso, maravilloso! Desde luego, escapa al alcance de mi inteligencia. El viejo doctor Mike me ha explicado todo abajo, y yo le digo a usted que su fortuna y la mía están aseguradas.
Sacó del bolsillo una hoja de papel escrita a máquina y una pluma estilográfica.
—Aquí tiene usted un contrato que le incorpora al circo Scarnum por diez libras semanales. ¿Qué le parece?
—El dinero no me interesa —replicó Annesley desde su butaca de convaleciente —, y no pienso exhibirme ante las multitudes odiosas que van en busca de curiosidades, novedades y cosas raras. Así es que no se moleste en hacerme ofrecimientos.
—¡Maravilloso, maravilloso! —exclamó de nuevo el hombre del traje a cuadros, aparentemente imperturbable ante la fría negativa—. ¡Ese cuerpo… y habla humana! ¡Grilo, el simio parlante! El solo anuncio va a causar una sensación inigualada en América. Amigo, he querido decir guineas en vez de libras. ¿Hace?
La respuesta de Annesley fue una carcajada amarga y burlona:
—Me sube usted el sueldo diez chelines, ¿eh?
El peripatético americano, vestido de palabras cruzadas, se quedó anonadado.
—Mi querido amigo, me equivoqué al decirle diez guineas semanales. En realidad quería decir veinte guineas.
—Es completamente inútil —exclamó Annesley, indignado ante la seguridad del americano, que confiaba en que su dinero iba a inducirle a él, Annesley, a firmar semejante contrato.
Poco a poco, Scarnum fue subiendo el sueldo hasta cincuenta guineas semanales, y cuando Annesley rehusó despreciativamente este último ofrecimiento, una expresión fría y dura se dibujó en la cara del empresario, que amenazándole con el dedo índice exclamó:
—Se olvida usted, mi querido amigo del reino animal, de que aunque su cerebro le pertenezca está usted usando un cuerpo que me pertenecía, el cuerpo del llamado Grilo, que me costó cinco mil dólares cuando se lo compré a un cazador del África Ecuatorial. Y eso me valdría a mí hoy ese cuerpo. Así que o me lo entrega o me lo paga usted al contado. Le tengo yo a usted muy bien cogido.
—¡Basta ya, Scarnum! —intervino en este punto el viejo Michaelovitch, que acababa de entrar en la habitación—. Tengo testigos que le oyeron decir la noche del accidente que si el mono fallecía, su cuerpo no llegaría a valer ni cien dólares. Y puesto que sobre el desgraciado Annesley hallamos una cartera que contenía treinta libras, le ofrezco a usted veintiuna libras… y tres minutos para aceptar.
Y Scarnum, que ya conocía los tortuosos y complicados vericuetos legales, aceptó el dinero sin más discusión, y firmó un documento entregando a un tal Eustaquio Annesley la posesión absoluta del cuerpo de Grilo, conocido por «La Falta de un Eslabón». Pero al recoger su sombrero y su bastón para marcharse, se volvió a Annesley, y con tono muy amable le advirtió:
—Recuerde siempre, amigo, que mi ofrecimiento de cincuenta libras o doscientos cincuenta dólares, según estemos en Inglaterra o en América, queda en pie. Creo que con ese aspecto de animal este mundo no le resultará a usted un sitio muy agradable para vivir. Así que le dejo a usted, por ahora; pero creo que pensará usted como yo dentro de poco. Mándeme usted un telegrama en cuento decida unirse con nosotros. En la revista English Carnival hallará usted mi dirección en cualquier momento, y si estoy en América, cualquier oficina de Telégrafos localizará en seguida al Circo Scarnum. ¡Hasta la vista!
El tiempo demostró que Scarnum tenía razón. El día en que Eustaquio Annesley abandonó el hospital, se despidió amistosamente del viejo doctor Michaelovitch, con la firme decisión de no volverle a ver, pasara lo que pasara. No quería volver al punto de partida de esta nueva fase de su vida. Y aunque no había hecho ningún proyecto respecto al porvenir, tenía esperanzas de llegar a encontrar algún trabajo, alguna ocupación apropiada en que pudiera ser útil a la sociedad de alguna manera y a pesar de su tremenda desventaja. Pero los sucesos de aquel primer día convirtieron sus ilusiones en un sentimiento de profundo desconsuelo.