Noches de Sing Sing
3. La Sonrisa de «Cara de Luna»
Capítulo 3
LA SONRISA DE «CARA DE LUNA»
Gryce abrió el sobre, sacó de él dos tarjetas y se las alargó a «Cara de Luna». Eran iguales, de buen papel, llevaban un escudo grabado en la parte superior, y decían:
Miss SHIRLEY ELDREGDE
Tiene el gusto de invitar a usted al baile de máscaras que tendrá lugar en
su domicilio de 1400 Lake Shore Drive, en la noche del viernes 7 de junio
para celebrar su cumpleaños.
(Tenga la bondad de dejar a la entrada esta tarjeta firmada por Vd.
mismo).
«Cara de Luna» miraba las dos tarjetas intrigado, y después murmuró:
—Dos invitaciones. Dos invitaciones…
—Sí —continuó el otro con voz animada—. Dos invitaciones en lugar de una. Sin duda se han equivocado al meterlas, y han puesto dos tarjetas en mi sobre en vez de una. Eddy, hace ya varias semanas que miss Shirley Eldredge me viene hablando de este baile de máscaras. El viejo Eldredge es millonario y tiene un magnífico salón de baile en su casa. Por lo que ella me ha dicho, van a asistir a la fiesta unas trescientas personas. ¡Figúrate la cantidad de mujeres que irán allí cargadas de joyas! Y, sobre todo… —aquí su mirada brilló de una manera especial—, sobre todo, Shirley Eldredge lucirá el collar de diamantes que heredó de su madre. Yo lo he visto dos o tres veces. Lo he tocado cuando bailaba con ella, y te aseguro que no vale menos de cincuenta mil dólares. ¡Chico, es una bonita suma! ¿No crees? Y tú, el hombre que posee los dedos más ágiles de América y Australia, vas a estar allí vestido de payaso, con la cara embadurnada de pintura de colores, y antes de que termine la fiesta te habrás hecho con algo que pueda ser vendido por diez mil dólares; luego compras eso de que hemos estado hablando, y sobre lo cual ya te daré más detalles cuando tengamos el dinero, y al final nos repartiremos cincuenta mil dólares para cada uno. ¿Qué te parece?
«Cara de Luna» estaba todo excitado. Sus ojos brillaban febriles, y sus dedos, largos y estrechos, se movían como si quisieran asir las joyas que brillaban ya en su imaginación. De pronto pareció preocuparse, y exclamó:
—Oye, tú, escucha. Todo está muy bien pensado, y sabré hacer mi papel una vez dentro de aquel salón. Pero mira esto —y señaló la tarjeta de invitación—. Aquí dice que hay que firmar y dejarlo a la puerta. ¿Cómo saldrá el pobre Eddy Chang de este paso?
El otro hombre sonrió.
—Muy sencillo, verás: vamos a suponer que se dan cuenta de la sustracción. Buscarán dos soluciones: o la joya se ha perdido o la han robado. Lo primero que harán será examinar todas las tarjetas que haya a la entrada y fijarse bien en las firmas. Si ven que todas pertenecen a personas conocidas, a quienes ellos han invitado, ¿crees que van a empezar a desenmascarar y examinar a cada uno de los trescientos invitados? No, por supuesto; eso no pueden hacerlo. Produciría demasiado alboroto.
—Así que lo que tenemos que hacer es buscar un nombre para esa tarjeta. Pero un nombre que, siendo de algún amigo de la casa, no pueda estar duplicado. Si lo conseguimos, al examinar las firmas verán que todas son de personas de confianza, y creerán que la joya se ha perdido.
«Cara de Luna», que escuchaba atento, asintió.
—Has planteado muy bien el problema, Gryce. El momento culminante será cuando examinen las tarjetas de la puerta al producirse la alarma.
Gryce continuó, imperturbable:
—Hay dos personas que tienen mucha amistad con los Eldredge, y yo estoy presentado a ellas. Estoy seguro de que figuran en la lista de invitados, porque Shirley lo ha dicho en mi presencia. Uno es Jack Hennley, el millonario jugador de polo, un solterón despreocupado que lleva una vida muy alegre. El otro es Nicolo di Paoli, el famoso violinista, que ha asistido a muchas reuniones en casa de Eldredge cuando yo estaba allí. Así que ya tenemos dos personas que figuran sin duda alguna en la lista de invitados. Vamos a suponer que alguno de los dos no asiste a la fiesta, y que ha escrito unas líneas excusándose… ¿Qué te parece, Eddy?
El chino se removió en su butaca, y objetó:
—Me parece demasiado bonito para ser verdad. Pero, además, ¿cómo vamos a cerciorarnos de que esas dos personas están en la lista de los invitados? ¿Y cómo vamos a saber si alguno de ellos va a dejar de ir?
Gryce se frotó las manos con un gesto de satisfacción.
—Escucha, «Cara de Luna»: Ayer llegué a Chicago, después de haber estado en una partida de caza en una finca cerca de Elgin. Encontré la invitación, es decir, las dos invitaciones entre mi correo. Después de haberte avisado para hablarte de nuestro asunto, empecé a darle vueltas a mi cabeza. Por la mañana se me ocurrió esta solución de que te acabo de hablar. Primero llamé a Jack Hennley, pero no contestaban. El muy sinvergüenza debe de pasarse todo el día durmiendo, después de estarse toda la noche de juerga. Si le hubiese encontrado, me habría hecho pasar por Rufus Eldredge en persona. Bueno, al grano. Después llamé a Di Paoli, y él mismo se puso al teléfono. Le dije que yo era el señor Eldredge, y le pregunté si iba a ir al baile que mi hija da mañana por la noche. Figúrate mi alegría cuando empezó a aturdirme con sus excusas —me lo estaba figurando, manoteando junto al teléfono—. Y me dijo que había recibido un telegrama aquella misma mañana, y que no tenía más remedio que salir de viaje hasta pasado el domingo. Me pidió permiso para presentarme sus excusas de palabra en lugar de escribírselas a miss Shirley. Con eso ya tenía bastante, «Cara de Luna»; los dioses nos protegen.
»Mañana por la noche tú serás Nicolo di Paoli; tienes aproximadamente la misma estatura y el mismo aspecto; pero ¡por lo que más quieras, Eddy, tápate esa birria de cara con siete arrobas de pinturas! Bueno, y ahora, ¿qué dices a esto?
«Cara de Luna» se guardó una de las tarjetas apresuradamente, como si temiese que el otro fuera a volverse atrás.
—Sólo tengo que decir una cosa —contestó rápidamente—, y es que estoy dispuesto. Es el mejor asunto que se me ha presentado en todo el año. Efectivamente, parece que lo han preparado los dioses. Presentándome en la fiesta como «Cara de Luna», Eddy Chang, tendría muy pocas probabilidades de éxito. Pero créeme, chico: una vez que haya conseguido entrar y bailar con las damas, te aseguro que salimos de allí más ricos que al entrar.
Miró la invitación con complacencia.
—Mientras tanto, iré haciendo mis planes y estudiando el asunto. Tú, Gryce, podías ir escribiendo el nombre de ese violinista; no quisiera equivocarme al firmar y estropear este juego tan bonito.
Hizo una pausa.
—Sí, claro, iré vestido de payaso: de esa forma tendré un pretexto para embadurnarme la cara con pintura. Y tú, ¿de qué vas a ir disfrazado?
El rostro congestionado de Gryce palideció un poco.
—Por lo que más quieras, «Cara de Luna»; tú no te ocupes de mí. No te ocupes de mí. No te acerques a mí en toda la noche, ¿entiendes? No puedo arriesgarme; así que no te preocupes por mi disfraz.
Alzó la voz mientras continuaba:
—Recuérdalo bien «Cara de Luna»; no trates de buscarme ni de hablarme. No quiero que te ocupes de mí. ¿Está claro? Ya te he dicho que no quiero exponerme.
—¡Ah, bueno…, está bien! —respondió Chang fríamente—. Como quieras.
Los dos hombres siguieron discutiendo algunos detalles de su plan.
Gryce describió a la muchacha, Shirley Eldredge; a su padre, Rufus Eldredge, y al hermano, Malcolm. Cuando hubieron ultimado los detalles, «Cara de Luna» se levantó para marcharse, llevando bien guardada en el bolsillo del chaleco la tarjeta de invitación y empuñando su bastoncito de hombre elegante.
—Entonces, ya está todo listo, ¿no es eso? —dijo alegremente—. ¿Dónde quieres que nos encontremos la tarde del baile?
—Ven aquí directamente —dijo Gryce— y tráeme el regalito.
Buscó en el bolsillo del pantalón y sacó una llave.
—Aquí tienes una llave que hice yo mismo copiando la del hotel. Si no estoy aquí, abre mi habitación con ella, y espérame dentro hasta que vuelva. Estas galerías altas suelen estar desiertas; pero de todas formas, si no te atreves a venir aquí, llámame por teléfono y dime dónde nos podemos ver. Tendremos que despachar pronto el asunto.
«Cara de Luna» abandonó la habitación musitando unas palabras de despedida. Bajó en el ascensor y, deslizándose como una sombra fuera del hotel, saltó dentro del primer coche que pasó por Clark Street. Pasados veinte minutos paró el coche en Halster Street. «Cara de Luna» descendió de él, y entró en una tienducha de aspecto sucio, en cuyos escaparates se amontonaban tenazas de latón, cuadros descoloridos y toda clase de objetos raros.
De las profundidades del almacén salió un viejo de larga barba y aspecto innoble, vestido con una capa de seda negra, y se quedó observando a su cliente detrás del mostrador.
«Cara de Luna», familiarizado sin duda con la tienda y su dueño, señaló con la cabeza el fondo del almacén y, saltando al otro lado del mostrador, entró en un cuartito oscuro, en el que había una cama y algunos muebles desvencijados. El barbudo tendero le siguió cojeando, y así estuvieron alejados de la tienda, «Cara de Luna» preguntó en voz baja:
—Krelhvitz, ¿podrás comprarme el sábado por la mañana o por la tarde algunas joyas? Esta vez tendrás que preparar una buena suma…
—Siempre tengo lo necesario, «Cara de Luna» —respondió el viejo con voz cascada—. ¿Cuánto tendré que preparar esta vez?
—¿Cuánto pagas ahora por quilate?
—Como siempre, cincuenta dólares por quilate si se trata de un buen diamante.
—Eres un indecente ladrón —gritó el joven, indignado—. En el mercado se pagan a doscientos cincuenta. Pero bueno. Ten preparados unos diez mil dólares para el sábado. Por hoy basta con esto. Ya te veré otra vez.
Salió de la tienda, mientras el viejo se frotaba las manos sarmentosas y gruñía de satisfacción. Una vez en la calle, «Cara de Luna» respiró con deleite el aire de la mañana, mientras en su rostro aparecía una sonrisa de astucia y triunfo.
—Amigo Gryce: ¿tú querías tomar el pelo al pobre «Cara de Luna», eh? ¿Crees acaso que nací ayer? Me parece que esta vez te van a salir mal las cuentas, amiguito. Seguiré tus instrucciones hasta que tenga las joyas en mi poder, y después, con una visita a Krelhvitz, arreglo el asunto por mi cuenta.
Y haciendo una irónica reverencia en dirección del Hotel Plaza, continuó hablando consigo mismo:
—¡Muchas gracias, amable compañero de los tiempos de Sudamérica, por la invitación al baile de los Eldredge! ¡Si resultan bien las cosas, creo que «Cara de Luna» estará el sábado al mediodía camino de Australia!
Metió un cigarrillo en una boquilla de ámbar, lo encendió y echó a andar calle abajo con paso alegre, sonriendo con aire distraído a los chiquillos desarrapados que jugaban en las aceras.