Noches de Sing Sing
A Modo de Presentación
Quizás resulte pretencioso por mi parte esperar una cierta perplejidad del lector al comprobar el nombre del autor de estas breves líneas. Perplejidad que, en su caso, vendría producida por mi condición de codirector de una Colección de Clásicos del Pensamiento Jurídico en esta misma Editorial REUS. «¿Pero qué hace éste escribiendo la presentación de una novela policíaca?», sería su expresión aproximada. Aunque si bien es pretencioso, como he advertido, que el autor sea mínimamente conocido como jurista, no lo es tanto que esta novela se edite en las prensas de REUS, ésta sí, una editorial acendradamente jurídica.
Sin duda, mi calidad de codirector de colección constituye una justificación formalista y pobre; desde este ángulo, efectivamente, las presentes líneas podrían haberse encargado a cualquiera que tuviera cualquier clase de relación, por pequeña que fuese, con la Editorial, desde el empleado más modesto, hasta el autor más prestigioso. Hay, sin embargo, una respuesta aceptablemente satisfactoria a esta cuestión: para dejar las cosas en sus justos términos es necesario subrayar dos órdenes de consideraciones, uno relativo a la propia Editorial, y el otro relativo al autor y obra que se presenta.
Por lo que se refiere al primer punto, mi vinculación con la Editorial REUS me ha permitido un conocimiento de primera mano del excelente fondo editorial con que cuenta. Si bien el grueso del mismo está constituido por obras jurídicas que abarcan importantes períodos de nuestro Derecho, situadas tanto en los años anteriores como posteriores a la guerra civil, y con contenidos y problemáticas relevantes en todos los campos jurídicos (por cierto, un campo en constante ampliación, que cuenta en la actualidad con significativas aportaciones doctrinales), si bien este fondo es el más importante y singular, como digo, la Editorial cuenta también, en su fondo clásico, con textos no jurídicos, que comprenden, tanto ensayos de filosofía y pensamiento, como históricos y, para lo que ahora interesa, de narrativa general.
En este último apartado se inscribe, precisamente, la obra de Harry Stephen Keeler, más específicamente, en el apartado de novela policial. En su excelente ensayo El simple arte de matar, Raymond J. Chandler aborda, desde el interior del propio género, el estudio de esta clase de narraciones, cuyo origen se encuentra en buena medida en el folletín y la novela por entregas de finales del XIX, que en los años previos a la Segunda Guerra Mundial habían despertado un interés inusitado y que hoy se han consolidado plenamente. Ahora bien, Chandler traza una radical distinción, dentro de la novela detectivesca, entre lo que viene a llamar narración de misterio y de enigma, por un lado, y la que identifica como narración directa y realista, por otro, que constituye lo que se suele denominar «novela negra», en la que se inscribe justamente su propia obra. En el primer caso predomina la lógica, la deducción, el planteamiento cerebral y la resolución inesperada. Sus protagonistas son detectives de extraordinaria inteligencia no exenta de cierta extravagancia. En el segundo predomina la acción, ocasionalmente el engaño y la falsa apariencia, siendo sus protagonistas detectives «duros», escépticos, frecuentemente fracasados sentimental o incluso laboralmente, aunque dotados de contenidos éticos un tanto insólitos para los ambientes en que se mueven.
No obstante, Chandler no se refiere en ningún momento a un subgénero o temática más concreta que vendría caracterizada por lo que llamaríamos novela policíaco-jurídica, en la que el contexto estaría determinado, fundamentalmente, por el proceso judicial, en alguna de sus partes, bien la que se refiere a las pruebas, a las decisiones de un jurado, a delitos societarios o mercantiles con complejas tramas de corrupción, etc. A pesar de ello, es una narrativa que cuenta con destacados ejemplos, desde la inolvidable Testigo de cargo de Agatha Christie, hasta Veredicto de doce, de Raymond Postgate, pasando por la espléndida colección de Erle Stanley Gardner protagonizada por el abogado Perry Mason, y que en este momento conoce sofisticadas aportaciones, por ejemplo, de Grisham.
En lo que se refiere a Keeler en concreto, podría pensarse que pertenece a este grupo de escritores jurídico-policíacos, y que ello es lo que explica que una editorial eminentemente (aunque no exclusivamente, como se ha indicado ya) jurídica haya procedido a recoger desde la década de los años cuarenta del pasado siglo su obra completa, esmerándose en la edición, tanto con cuidadosas impresiones como con sólidas encuadernaciones. Y lo que es más, procediendo a su reedición, al menos, de algunos de sus títulos más señalados.
Pero nada más alejado de la realidad: en el sentido que ahora se considera, (naturalmente, ya que, en líneas generales hay una vinculación inevitable entre lo policíaco y el Derecho) los textos de Keeler no contienen apenas aspectos jurídicos.
Hay, eso sí, un cierto gusto, detectable en general entre juristas españoles de cierta edad, por la obra de Keeler, gusto e interés que se extiende hasta los años sesenta y setenta, en los que deja de editarse y reeditarse. Curiosamente, y por una razón que se me escapa, he comprobado (con todas las cautelas de que este tipo de afirmaciones debe rodearse) una mayor atracción ejercida por el escritor entre notarios que, como tal vez cabría esperar, entre penalistas; al menos, mis primeras noticias de Keeler provinieron de varios notarios que me hablaron de su obra en mi juventud.
Al margen de estas curiosidades personales, puede decirse que, definitivamente, no es posible encontrar conexiones propiamente jurídicas que justifiquen la publicación por una Editorial como REUS de la obra de Keeler, que era una de las cuestiones que inicialmente se habían suscitado. En realidad, su obra es una combinación de los dos elementos que Chandler presentaba separadamente, es decir, una mezcla de acción, pero nunca con el nivel a veces brutal de alguna novela negra (esto es más bien en la versión francesa y no norteamericana de dicha concepción) y misterio, en un desarrollo plagado de sorprendentes y aparentemente inexplicables acontecimientos. En especial, cultivó las tramas complejas y al mismo tiempo de una sencillez lineal, enigmas protagonizados por los más diversos personajes, en unos Estados Unidos a punto de salir de la depresión y entrar en la guerra.
Su capacidad para hacer converger factores tan diferentes en un punto susceptible de explicación y coordinación racional es lo que ha hecho de Harry Stephen Keeler un autor tan singular y prácticamente único en el género policíaco. En este sentido, puede ser oportuno recordar que en las caricaturas de la época, alguna de ellas recogida en los títulos de la Editorial, se le representa como un actor de marionetas, calzando guantes de los que penden hilos que se unen a personajes que son hábilmente movidos y opuestos entre sí. En este sentido, Keeler no es un escritor de un solo protagonista; carece de un detective que se repita en todas o la mayoría de sus obras. Por el contrario, raramente sus personajes son policías o detectives; suele ser gente corriente, como modestos periodistas de provincias, empleados de oficinas de patentes, ocasionalmente condenados… Es cierto que se repite en él la figura de la joven agraciada en apuros, aunque sin connotaciones «machistas», pues son figuras de gran decisión y capacidad, constituyendo, más bien un tributo a esos orígenes folletinescos del género y, en especial, parte de la deuda que tiene contraída con el mítico Edgar Wallace.
Por estos motivos, independientemente de la vaga atención que en algunos juristas pueda haber despertado, el acierto de la vieja Editorial REUS consiste precisamente en haber apostado en unos momentos tan difíciles como los de nuestra inmediata postguerra por un maestro que termina por trascender la propia novela policíaca, convirtiéndose por todas estas circunstancias, en un autor de gran público, esto es, de todos los públicos. Y naturalmente, el acierto reciente de la Editorial es el de proceder a su nueva publicación.
REUS publicó, en efecto, como primera novela de la serie, Noches de Sing Sing, en 1941, año de particular importancia. A este título siguieron otros, hasta un total de sesenta y seis, siendo el último que vio la luz la tercera edición de Las gafas del señor Cagliostro, que data de 1968, con una frecuencia de unos dos o tres títulos anuales. La última obra que es posible contabilizar, The Face of the Man of Saturn, fue traducida y editada en otras prensas distintas de REUS en 1984. Muy pocos escritores del género han superado este número de obras y esta fertilidad de ideas, tal vez solo comparable a la de John Dickson Carr.
Noches de Sing Sing, primer título de los editados y primero de los reeditados que se vuelve a ofrecer ahora, es probablemente uno de sus trabajos más acabados. Se inscribe en lo que podríamos llamar una temática característica de Keeler, aunque no extraordinaria dentro del panorama general de la literatura. Se trata de una coincidencia del motivo «noche» con el motivo consistente en la determinación de un «espacio» concreto, cerrado, algo claustrofóbico (que puede ser un palacio o una cárcel), en el que se desarrolla la «acción», si puede hablarse de tal, pues ésta consiste en la narración de ciertas historias que relatan sus habitantes (condenados, verdugos…), y que pueden versar sobre un mismo objeto, entrar en contradicción o ser diferentes entre sí. En el conjunto de la bibliografía de Keeler es posible encontrar otros trabajos que siguen esta misma línea, como Noches de ladrones, de 1942, o Noches de verdugos, de 1952.
El paso del tiempo, el aplazamiento de su final inevitable, representado por el amanecer, mediante una urdimbre de historias sabiamente contadas terminan introduciendo al lector en esa misma noche y en ese mismo espacio. No es una novela para leer únicamente por la noche, pero sí lo es de lectura reposada y apartada, en cierto modo personal. No me queda sino desear que el lector disfrute de la lectura de estas Noches de Sing Sing.
Joaquín Almoguera Carreres
Madrid, noviembre de 2009