Noches de Sing Sing
La Extraña Aventura de las Doce Monedas de Confucio
LA EXTRAÑA AVENTURA DE LAS DOCE MONEDAS
DE CONFUCIO
Capítulo 24
BARTON, REDACTOR DE EL CORREO, ES
ENCARGADO DE UNA DIFÍCIL MISIÓN
—Cuando haya acabado de contemplar su belleza, haga el favor de pasar a mi despacho. Estas palabras, desbordantes de mal disimulada ironía, hicieron levantar la cabeza, con indignación, a seis redactores de El Correo de la Tarde, de Chicago. Jason Barton, el número siete, que delante de un espejo rajado trataba de reducir al orden un mechón de su pelo castaño que le caía sobre los ojos grises, se volvió sobresaltado. El gran reloj de madera marcaba las ocho y catorce minutos. Un alegre sol matinal, que entraba por las ventanas, iluminaba mesas y pupitres, el piso de madera usado y recién fregado por las mujeres de la limpieza, las filas de máquinas de escribir, cuidadosamente cubiertas con sus fundas de hule, y el departamento de cristal esmerilado que, al fondo, encerraba al ogro del Correo, aquella fuente inagotable de sarcasmos, Frangenac, el director del periódico.
Barton metió su peine en el bolsillo y, sin dirigir una mirada a sus compañeros, atravesó la habitación, de cuyo aspecto de rígida limpieza y orden matemático pronto no quedaría ni el recuerdo cuando llegara una docena más de redactores. Entró en la jaula del director y se acercó a su mesa.
—¿Hay algo para mí, señor Frangenac? —preguntó con forzada amabilidad.
El señor León Frangenac, sentado ante su gran mesa de despacho, levantó la cabeza, sosteniendo unas tijeras en la mano. Era un individuo fuerte y corpulento, de tipo indiscutiblemente francés, aunque hablaba el inglés sin asomo de acento extranjero. Tenía unas mejillas pálidas, que ofrecían un fuerte contraste con su puntiaguda barba negra y su lacio bigote. Los ojos que contemplaban a Barton eran fríos, negros, salientes e insondables.
—Cierre la puerta y siéntese —ordenó, señalando una silla—, y pasee sus órganos ópticos por esto —añadió, alargando un recorte de periódico, en el cual el joven reconoció el tipo de letra de El Sol, el periódico que ejercía más influencia en los senadores y diputados de la región, y cuya consigna, según rezaban los gruesos caracteres negros en lo alto de la primera página de todos sus números, era: «Cancelemos todas las deudas europeas, o por lo menos, una parte proporcional de cada una».
Barton se sentó y leyó lo que sigue:
LLEGA A CHICAGO LA HIJA ÚNICA DEL EMPERADOR DE LA
CHINA
La princesa O Lyra Seng termina su educación con un viaje alrededor del
mundo, en compañía del primer ministro de China y de su esposa
La princesa O Lyra Seng, hija de Seng Hoang Ti, emperador de la nueva
China, llegó ayer a Chicago en su viaje alrededor del mundo. Viene
acompañada de Li Hwei Tsung y su señora, y de su doncella particular. Se
hospeda en el Hotel Rydenour. Ayer por la tarde visitó las grandes fábricas de
la industria de conservación de carnes. Se dice que la princesa está más
instruida que la mayoría de las muchachas americanas y que habla varios
idiomas, además del suyo. Tiene veinte años, y termina ahora su educación
con un viaje por todo el mundo, acompañada del primer ministro chino, Li
Hwei Tsung y de su esposa. El señor Tsung ha hecho saber a la Prensa
americana que, por razones diplomáticas, la princesa no concederá ninguna
interviú. Vienen de Londres, y su estancia en América durará una semana.
Pasado mañana saldrán para San Francisco, donde embarcarán para Pekín.
Los círculos políticos conceden gran importancia a esta vuelta de China a
la Monarquía, y creen que esta forma de gobierno durará probablemente un
siglo, hasta que el pueblo chino alcance un grado de educación que le permita
gobernarse como República democrática. Esta duración se apoya además en
otros dos factores: que todos los partidos han dado su aprobación a esta
Monarquía, y que Seng Hoang Ti es descendiente directo de los Seng, que han
reinado durante siglos sobre la China. Por ser la princesa O Lyra Seng hija
única del emperador, y ser éste de avanzada edad, hay grandes probabilidades
de que la princesa llegue a controlar los destinos de cuatrocientos cincuenta
millones de almas.
—Muy interesante —comentó Barton cuando terminó de leer—. Veo que hay poco que hacer en cuanto a entrevistar a la mosquita real, ya que El Sol ha tenido que rellenar los huecos con historia.
El señor Frangenac miraba distraídamente por la ventana, con el brazo apoyado sobre el último número del El Correo de la Tarde, que llevaba en primera plana la siguiente frase, como un guante arrojado a su adversario El Sol: «Cancélese la deuda de Francia a los Estados Unidos; pero que Jhon Bull y los demás paguen hasta el último céntimo».
—Barton —dijo bruscamente—, el papel está hoy tan caro como hace diez años, cuando acabó la Gran Guerra. Según un frenético telegrama del amo, desde California, hemos gastado demasiado el mes pasado. Creo que en cantidad equivalente al sueldo de un redactor. Como he observado que su trabajo no ha sido nada notable en esta última temporada, voy a tener que sajarme este grano que me ha salido con la cuestión del papel. ¿Me entiende? —terminó, acariciándose la barba.
—Me voy dando cuenta de que soy el grano —observó Barton tranquilamente—; pero ¿por qué tanta literatura china? ¿Era un anestésico antes de la operación?
Frangenac se echó hacia atrás en su butaca y soltó una fría carcajada.
—Muy bueno, Barton; eso ha sido digno de mí.
Su risa se apagó, y volvió a hablar de negocios.
—Ayer me encontré con Howard Britton, el dueño de El Sol, y tuvo la amabilidad de aconsejarme que no perdiera el tiempo tratando de entrevistar a la princesa O Lyra, ya que él mandó ayer tres hombres y no consiguió nada. También acabo de telefonear al Rydenour. El encargado dice que tiene órdenes especiales de la mosquita real, transmitidas por medio de Li Hwei Tsung, de decir a los periodistas que no hay nada que hacer, y de negar la comunicación a cuantos traten de llamar por teléfono a la princesa. Parece que tienen un departamento completo en el piso catorce, y, según Britton, están muy bien aislados y mejor defendidos. ¿Me comprende ahora?
—La luz va penetrando en mí —contestó Barton—. Tengo que ir a entrevistar a su señoría la princesa Chow-Chow para evitar el sajado del grano. En otras palabras, o hago un imposible o me considero despedido. ¿No es eso?
—Esta tarde, a las seis —dijo Frangenac con toda tranquilidad—. Lo siento, pero ese grano molesta. Vaya usted; consiga que la princesa hable a su cuaderno de notas, y le prometo un abrazo, y buscaré otro grano que operar. Si no…
Se paró para oír la llegada de varios redactores que entraban en el turno de las ocho.
—En cuanto a hacer un imposible, ustedes los yanquis, me dan dolor en el epigastrio. En Francia no existe la palabra imposible; pero es que un francés tiene más empuje y más energía que dos polacos, tres suecos y cuatro ingleses o americanos flemáticos. Si no fuera por mi pata de palo, saldría yo a demostrarles a todos ustedes cómo se llena El Correo de noticias sensacionales.
Barton enrojeció de ira. Él era de familia americana, yanqui de Texas, y tenía una abuela inglesa; esta ascendencia le hacía enfurecerse ante las impertinencias del odioso Frangenac, bien conocidas por todos los redactores del periódico. Siempre salía diciendo que un francés era igual a dos polacos, tres suecos o cuatro ingleses o yanquis, y a veces hasta cinco o seis de éstos.
Como si quisiera afirmar lo que había dicho de su pierna mecánica, Frangenac se levantó a buscar unos papeles de un armario, y su pierna derecha dejó oír unos crujidos que parecían mil demonios en el purgatorio.
—Esto es todo, Barton; el viejo me ha telegrafiado que quite un empleado, y como me hace el efecto de que a usted no se le paga bastante por su brillante actuación… Por otro lado, temo mucho que El Correo se hunda la semana en que usted nos abandone, y para conservar sus útiles servicios y salvar el periódico, le propongo que vaya y consiga la interviú con la mosquita real, y entonces buscaré otro grano. Pero si es usted un caso de demasiada mezcla de sangre yanqui y británica, puede usted pasar por caja esta tarde y tendrá un cheque preparado.
Barton se levantó más rojo que una amapola; sentía un deseo salvaje de provocar a Frangenac a que se quitara la chaqueta y saliera al centro de la habitación. Pero la misma objeción que a él le hacía vacilar había detenido a otros muchos redactores antes: el francés era un inválido. También sintió un impulso momentáneo de decirle unas cuantas verdades y marcharse inmediatamente; pero un resto de sentido común le hizo ver que sería un triunfo muy pobre, ya que virtualmente estaba despedido.
Así que, inclinándose ligeramente hacia el otro, le preguntó con toda la suavidad que pudo:
—Señor Frangenac, si fuera usted mismo, ¿conseguiría la interviú con la princesa O Lyra Seng?
—¿Yo? —dijo el otro sorprendido—. Pues… Bueno; quiero decir…
—Eso es lo que yo quería saber —exclamó Barton despreciativamente—. De modo que usted cree que es imposible hacerlo, ¿eh, Frangenac?
En su indignación se olvidaba de anteponer el «señor».
—¡Pues yo lo haré! —continuó todo agitado, dando un golpe sobre la mesa—. En cuanto a su condenada ecuación despreciativa, sabrá que no es más que un insulto que nos lanza porque usted es aquí el archipámpano y nosotros unos pobres empleadillos. ¿Y se atreve usted, porque tuvo la suerte de encontrar hace quince años un jefe tan francés de corazón y tan incapaz de sentir la justicia en asuntos de finanzas internacionales, que pide que se cancele la deuda de su tierra y que paguen los demás países? Por mi salvación eterna, que no creo que el amo sea más francés que Britton, el dueño de El Sol. Es inglés, y, sin embargo, no se le oye gemir para que se cancele la deuda de John Bull y se cobren las otras. ¡Por Júpiter!, en ese asunto es cien veces más justo que usted y su amigo. Y sí no fuera por la norma inflexible que tiene Britton de no tomar más que redactores que lleven diez años trabajando en un mismo periódico, me pasaría a trabajar a El Sol. ¡Ya lo sabe usted! Pero vamos a seguir hablando de su interviú. Dice que si soy capaz de conseguirla no perderé la colocación, por haber llegado a demostrar que valgo el suficiente número de polacos y suecos; pues bien, le cojo la palabra. Si es usted tan mentiroso como francés, si no juega usted limpio, hablaré con el amo de California. Sí, Frangenac; le juro que he de conseguir esa interviú, recuérdelo. ¡Y tendrá usted que tragarse sus palabras sobre la mezcla de sangre yanqui e inglesa, aunque sea la única cosa que haga en mi vida! Volveré a mediodía, aunque sea con veinte palabras.
Giró sobre sus talones y salió del despacho ardiendo de furor. Descolgó su sombrero y buscó en sus cajones su cuaderno y su lápiz. Dos redactores que acababan de llegar le miraban asombrados. Mientras reunía sus cosas, oyó que en el despacho del director sonaba el teléfono y que Frangenac hablaba breves momentos y colgaba después. Cuando cruzaba la habitación para dirigirse hacia la salida, el director abrió su puerta y le llamó:
—Barton, espere un momento.
Barton se volvió desde la puerta.
—Se me había olvidado —dijo Frangenac— expresarle mi admiración por su discurso: Ha sido un tónico para comenzar mi trabajo, con mucha más gracia que el discurso de Lincoln en Gettysburg, o que cualquiera de las parrafadas de Disraeli; estoy seguro de que Marco Antonio se ha revolcado de envidia al oírle desde su tumba. Pero ¿no es un poco temprano para hacer visitas a altezas reales?
Varios de los redactores aguzaron el oído; pero en sus rostros se veía que sus simpatías no estaban, en modo alguno, con Frangenac.
—Ya que esta mañana la dedica usted a asuntos orientales, aquí tiene usted una cosilla que hacer primero, antes de favorecer al Hotel Rydenour con su presencia. Un tal Sam Toy, lavandera chino, calle Hurón, 144, acaba de ser hallado por el guardián de vigilancia atravesado por un puñal. Debe de ser algo de las luchas entre los Tongo. Vaya allí primero, y si esta tarde estamos escasos de original, podemos rellenar con esa noticia, aunque no creo que sea necesario, ya que la primera página quedará llena con la interviú capturada por un fiero tragafuegos de Texas, cuya abuela inglesa cruzó el Océano azul.
—Ya telefonearé lo que haya de ese Sam Toy —contestó Barton secamente—, y veré de conseguirle esa interviú.
Y salió disparado. Fuera, a la puerta del antiguo edificio del periódico, se detuvo; la sangre le hervía en las venas.
—De todos los tipos odiosos que hay por el mundo, ese Frangenac es el más asqueroso —barbotaba entre dientes—. Dios sabe la falta que me hace la colocación; pero me da rabia mover un dedo para ese tío imbécil. ¡Esos aires que se da y el crujido de su pata de palo me atacan los nervios de tal manera, que de buena gana los dejaba plantados a él y a su Correo para siempre!… ¡Y esa condenada manía de echar abajo todo lo que no sea francés! Aunque me rompa un hueso, he de conseguir esa interviú. ¡Aunque sólo sea para demostrarle que no se dirige un periódico con una vara de sarcasmos y un látigo de ironías! ¡Lo conseguiré! Pero ¿cómo? Ahí está la cosa.