Noches de Sing Sing

Harry Stephen Keeler · Capítulo 42 de 55

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Noches de Sing Sing

41. Las Monedas de Confucio

Capítulo 41

LAS MONEDAS DE CONFUCIO

 

Barton, siempre con las manos en alto, asintió, y entonces habló Tsung.

—Usted es joven —observó—. Pero quizá haya oído hablar de…, de la …, de la revolución de los bóxer en China en el año 1900.

—¿De la gran revolución contra los extranjeros blancos? —replicó Barton—. Desde luego.

—Pero, como digo, es usted joven —continuó el otro, mordiéndose los labios—, y no sabe usted todo lo que pasó entonces. El hecho es, amigo mío, que hubo un hombre blanco, un hombre de su propia raza, que enseñó y dirigió a esa gente de mi país, que trataba de sacudir el odioso yugo extranjero. Este hombre era un desertor de la guardia de la Legación francesa de Pekín. Había servido también en el ejército inglés, y en el belga…, y sólo Buda sabe en cuántos ejércitos blancos más; pero los odiaba a todos, quizá porque aun en el de su propio país no había pasado del grado de capitán. Este desertor trajo a las fuerzas de los bóxer secretos militares y técnicos de valor incalculable, que ayudaron notablemente a la insurrección. Si el movimiento hubiese sido favorable a los revolucionarios, aquel hombre hubiera tenido un gran puesto en China; pero hubiera sido a costa de la sangre de cientos de hombres de su propia raza.

Tsung se detuvo un momento.

—Pero Pekín cayó ante las fuerzas reunidas de los ingleses, franceses, rusos y alemanes, y los bóxer tuvieron que huir a los montes, llevándose con ellos al capitán Napoleón Savegeau, herido por una bala «dum-dum» en la pierna. Y este renegado de su raza, ese traidor a los de su propio color, era…

—Frangenac, director de El Correo —exclamó Barton, lanzando un silbido de indignación—. ¡Santo Dios! Yo siempre me había preguntado quién sería y de dónde habría salido.

Miró al chino, diciéndole:

—No me choca ya que tuviera usted poder sobre él, honorable Tsung. Si eso se difundiese y el mundo supiera que había dirigido a los bóxer contra sus compatriotas, no habría un lugar del globo donde pudiera dormir tranquilo. ¡Canalla! ¿Y qué…?

—Permítame que le interrumpa —dijo el profesor Fu con suavidad—. Creo que usted había quedado en decirnos dónde está la otra mitad del papel rosa. Esperamos, pues, pacientemente a que usted cumpla su parte del compromiso.

—Con mucho gusto —asintió Barton, soltando una carcajada—. La otra mitad de la etiqueta, querido profesor Fu, está en Bentleville (Ohio), entre los restos humeantes de un furgón de equipajes. Ha sido reducido a una delicada ceniza en el descarrilamiento de la Flecha de Washington. Lo sé por el número extraordinario del periódico que acaba de salir.

Miró a los dos hombres con curiosidad, pensando qué efecto les causaría su noticia.

El efecto fue, desde luego, mágico. Ambos hombres se sobresaltaron como si hubieran recibido un latigazo, y el aspecto de Tsung denotaba una derrota completa. Luego, reponiéndose, exclamó lleno de rabia:

—¡Mientes, perro!

Y volviéndose a Fu:

—¡Fu, regístrale! Esta broma ya ha durado bastante. No era más que un truco, y yo he sido bastante tonto en hablar el primero. Regístrale todos los bolsillos.

El profesor chino se aproximó unos pasos, con aire de no gustarle demasiado su trabajo. Se acercó a Barton, que seguía con los brazos en alto, y le metió sus largas y amarillas garras en el bolsillo superior de la chaqueta. Barton parecía dejarse hacer mansamente, hasta que el chino empezó a desabrocharle el chaleco; entonces bajó repentinamente las manos, y dándole al profesor un violento empujón, le lanzó sobre el estómago de Tsung, que con el revólver ligeramente inclinado hacia abajo, estaba vigilando la operación.

Este último perdió el equilibrio al caer sobre él su compañero, se tambaleó hacia la pared y extendió una mano para agarrarse. Pero Barton saltó sobre él, pisando el cuerpo de Fu, que estaba en el suelo caído de espaldas, y descargó un tremendo puñetazo en la barbilla del primer ministro de la China. Al mismo tiempo agarraba con la otra mano el cañón de la pistola…, y las circunstancias empezaron a cambiar.

Lanzó Tsung un gran juramento en inglés y trató de golpear al joven con su puño amarillo, sin soltar el revólver. Barton eludió el golpe, tratando de arrancar el revólver de la mano del chino. Juntos rodaron por el suelo, luchando y lanzando juramentos, mientras Fu trataba de incorporarse. De pronto, cuando Barton tenía la muñeca de su contrario embotellada bajo su codo, se disparó la pistola y se oyó el ruido de la bala y un rodar como de cacharros rotos; nadie prestó la menor atención, empeñados como estaban en la lucha. Por fin, tras una última y poderosa llave, el chino soltó el revólver con un grito de dolor y quedó en manos de Barton, que dio un salto imponente hacia atrás al levantarse para evitar justamente a tiempo al enfurecido Fu, que había conseguido levantarse y se abalanzaba sobre él con sus dientes negros reluciendo a la luz de la lámpara.

Un segundo más tarde, Barton estaba apuntándolos con el revólver:

—¡Alto ahí, caballeros! Alto, o disparo, como hay un cielo… para los cristianos.

Fu se paró en seco. Sus piernas parecían negarse a sostenerle, y, gesticulando con sus largos brazos, exclamaba lleno de pánico:

—¡No tire, que yo me he parado! ¡Estoy parado! ¡Estoy parado, parado!

Tsung, detrás de él, levantó los brazos. Comprendía que había perdido la partida y que toda resistencia era inútil. Habló fríamente al otro en chino, y éste cesó en sus gritos.

—Ahora mismo, media vuelta los dos —ordenó Barton—. Rápido, de cara la pared del fondo —dijo, señalando la pared con su mano libre.

Tsung, lleno de ira y de amargura, se volvió con las manos en alto. Fu, demasiado asustado para obrar por iniciativa propia, siguió el ejemplo del chato y cuadrado primer ministro.

Entonces Barton se encontró dueño de la situación.

—¡Ah, señores, señores! —dijo riendo—. ¡Qué ganas me dan de jugar con ustedes a cierto juego que practicábamos de pequeños en nuestra granja! Se usa para ello la punta del pie humano y…

Sus palabras se helaron en su boca, y quedó con ésta abierta más de un palmo.

Estaba mirando al suelo, cerca de la pared. Recordó el golpe metálico de la bala que se había disparado en el curso de la lucha, y ahora, por primera vez, veía cuál había sido el blanco. El proyectil había dado en el tazón de barro amarillo y lo había partido en una docena de fragmentos desiguales, pero algo especial se veía a la luz humeante de la lámpara de petróleo.

Por casi todos los rotos fragmentos del tazón asomaba una moneda redonda y maciza. Algunas estaban casi fuera del todo; otras apenas asomaban entre el barro cocido. Pero las partes que se veían mostraban el brillo del oro, ¡de oro viejo verdoso, de oro chino! Barton se quedó mirando las monedas atónito, con los ojos que se le saltaban de las órbitas. Pero recobrando su presencia de ánimo:

—¡Un paso adelante; marchen caballeros! —ordenó con gran prisa, mientras se agachaba y se metía los trozos del tazón en los bolsillos—. Tengo que despedirme de ustedes. ¡Pero me parece que, al marcharme, me llevo conmigo las doce monedas de oro de Confucio!