Noches de Sing Sing

Harry Stephen Keeler · Capítulo 36 de 55

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Noches de Sing Sing

35. Una Conversación Telefónica

Capítulo 35

UNA CONVERSACIÓN TELEFÓNICA

 

Fawcett miraba atónito a su visitante.

—Oye chico, ¿no te estarás riendo de mí? ¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio —replicó el otro—. Ponte la corbata y atiéndeme. Primero: ¿conoces a Reedy, a Carstairs, a Mac Clintochk, a Hempfield, a Van Slyke, corresponsales de los periódicos de Chicago en Washington?

—No, Jason. No conozco a ninguno de ellos.

—¡Estupendo! —comentó Barton rápidamente—. Yo tampoco.

En pocas palabras le relató su entrevista con Frangenac, sin dar apenas explicaciones sobre el asunto que le retenía en Chicago.

—Ya ves, Carlos: me has llegado a tiempo. Te vas a Washington con mi papel credencial, le dices a Carstairs que eres Jason Barton, y te dedicas a escribir lo que te diga el otro y a mandarlo a diario. Cuando termine la investigación contra ese Farley, te vuelves. Si el asunto que tengo entre manos resulta, como espero, algo sensacional, iré a Frangenac y le confesaré el engaño. Si me llevo chasco, esperaré a que vuelvas, procurando no ser visto, y cuando tú llegues entraré en el despacho de Frangenac como si acabara de llegar de Washington. ¿Te parece bien?

—Pero óyeme, chiquillo —observó el otro, algo inquieto—: eres un loco al desperdiciar una ocasión semejante de conocer en el Capitolio a senadores y diputados de mucha categoría. No sé cuál es el otro asunto; pero te aconsejo que lo abandones. Dios sabe lo bien que me viene esto a mí; pero de todos modos…

—Nada de peros —replicó el otro con firmeza.

Se agachó y sacó la maleta de debajo de la cama.

—Qué, ¿hacemos la maleta?

—La hacemos —dijo el otro tranquilamente—. Ahora ya no dejo que te vuelvas atrás. El empleo de Washington es mío, y no te pago nada por usar tu nombre. Nada, recuérdalo.

Mientras Fawcett acababa de arreglarse, Barton fue metiendo en la maleta el equipaje, sin dejar de darle todos los detalles posibles de su futura actuación. En diez minutos, todo estuvo listo y metido en su sitio.

Bajaron juntos. Fawcett entregó la llave de su habitación al mugriento tipo en mangas de camisa que fumaba en el primer piso, y se dirigieron a la estación.

Llegaron con un cuarto de hora de adelanto; ya estaba el tren en el andén, y mientras Fawcett tomaba el billete y facturaba la maleta, Barton le buscó un sitio en el vagón de fumadores. Fawcett llegó en seguida, ocupó su asiento y se puso a hablar con su amigo por la ventanilla. Eran las tres menos ocho minutos, cuando le indicó que se acercara más al vagón para decirle una cosa en voz baja.

—Jason, tengo tus tarjetas de visita; pero por poco se nos olvida el papel credencial. Dámelo. Y tampoco me has dicho en qué hotel está Carstairs; voy a tener que dar muchísimas vueltas por los alrededores del Capitolio hasta dar con él.

Barton, confuso, se rascó la cabeza.

—Carlos, lo del papel credencial no se me ha olvidado; lo metí en la maleta, en la bolsa de la tapa. Pero en lo del hotel de Carstairs sí que no había caído, y es extraño que no se me ocurriera. Bueno; como quedan siete minutos para que salga el tren, voy a ir de una carrera a la sala de espera y llamaré a Frangenac, diciéndole que voy a partir en este momento y que me he acordado de este detalle.

Si no me da tiempo no tendrás más remedio que buscar a Carstairs por el Capitolio; ya darás con él. Hasta ahora mismo.

Y despidiéndose con la mano del sombrío Fawcett, que se había dejado caer en su butaca con un cigarro sin encender en los labios, se dirigió rápidamente a la sala de espera. Una vez allí, se encontró con las seis cabinas de teléfonos ocupadas, y tuvo que esperar, lleno de impaciencia, a que saliera alguno de sus ocupantes. Por fin pudo entrar en una, y echando una moneda, pidió el número 4444.

Le contestó la telefonista de El Correo.

—El señor Frangenac, por favor.

—Lo siento —contestó ella—; pero el señor Frangenac está comunicando. ¿Quiere usted volver a llamar, o espera a que termine la comunicación?

—Oye, Nelly —dijo Barton con impaciencia—. Aquí Jason Barton, de la Redacción. Estoy en la estación para salir para Washington dentro de siete minutos, y a Frangenac se le ha olvidado darme ciertas instrucciones. Tengo que hablar con él. Ya está el equipaje en el tren y están tocando la campana. ¡Interrúmpele, por favor!

La muchacha parecía indecisa.

—¿Sabes lo que voy a hacer? Ponerte la comunicación, a ver si puedes hablarle y coger el tren.

Barton sintió el golpe que anunciaba el cambio de comunicación, y ya abría la boca para gritar: «Oiga, Frangenac: aquí Barton», cuando sus palabras se le helaron en la garganta. Frangenac estaba hablando; pero lo extraño del caso es que hablaba precisamente de él, del propio Barton.

—Ya me las arreglaré con Barton —decía la voz de Frangenac—; le he mandado a Washington con subida de sueldo y comisión, y pasará varios días antes de que sepa que hemos suprimido su interviú. Para entonces será lo que llamamos nosotros «noticia congelada». También tengo su cuaderno de notas, el trabajo en limpio y el autógrafo de la princesa. Tendré sumo gusto en entregárselo todo si se pasa usted por aquí. ¿O quiere que se lo mande al Rydenour con un botones?

La voz de Li Hwei Tsung se oyó a través del hilo.

—Está muy bien, Savegeau. Li Hwei Tsung le felicita por su habilidad.

Se detuvo un instante.

—Pero ¿qué le dirá cuando se entere de la realidad?

Barton, al oír el nombre de Savegeau, creyó que había entendido mal.

—Tendré que darle alguna satisfacción; quizá volver a subirle el sueldo. Pienso, sin embargo, contarle que usted habló con el cónsul chino y empezaron a surgir tantas complicaciones internacionales que tuve que suprimir la publicación del artículo. No tema, Ling. Está suprimido para siempre. Lo he sentido, porque es una interviú notable; pero he hecho cuanto usted me ha pedido. ¿Está usted…, está… satisfecho?

—Completamente. En cuanto a esos papeles que me dijo, destrúyalos. Creo que comprende usted la situación. Nosotros nos marcharemos de aquí pasado mañana, y mientras esté en San Francisco recibiré todos los periódicos de Chicago. Y con esto creo que hemos terminado para siempre. Adiós…, Savageau.

Al oír colgar el teléfono, Barton colgó también y salió de la cabina, sofocado y sudoroso. En aquel momento silbaba la máquina del tren de Chicago y los empleados cerraban sus puertas; pero él ni siquiera se preocupó por eso.

—¡Ese sinvergüenza de…, de Frangenac! —balbucía, ahogándose de rabia—. ¡Ese sinvergüenza! ¡Mandarme a Washington para no publicar la interviú!

Se quedó pensando, con el entrecejo fruncido.

—Savegeau…, Frangenac…, Tsum…, Lin… ¿Qué demonio querrá decir todo esto? Pero Fawcett es el que acaba de salir para Washington —se dijo con satisfacción—, y no el pobre infeliz de Jason Barton. Este último está ahora poniéndose en camino para ir a las oficinas de El Sol…, y me parece que la interviú aparecerá mañana, con firma y todo, en la primera plana de un periódico matinal y de más categoría.

Se abrió paso por la sala de espera, y tomando un taxi se dirigió directamente a las oficinas de El Sol.