Noches de Sing Sing
53. La Voz en el Corredor
Capítulo 53
LA VOZ EN EL CORREDOR
El médico salió de la habitación y volvió trayendo en una bandeja de cristal varios tubos experimentales tapados. Abrió un cuaderno, al parecer de apuntes clínicos, destapó un tubo y lo colocó bajo la nariz del paciente.
—Aspire usted esto —ordenó—, y dígame a qué huele.
—A menta —contestó Annesley sin dudar.
El médico apuntó en su cuaderno y destapó otro frasco.
—¿Y éste?
—A canela.
Entonces se desabrochó el delantal blanco de cirujano y mostró la punta de su corbata.
—¿De qué color? —preguntó.
—Verde manzana —replicó Annesley.
—¡Bien! —comentó el doctor—. Hasta ahora parece que la unión de los nervios craneales es satisfactoria.
Luego sacó el reloj de su chaleco y lo acercó a los oídos de su enfermo, que le aseguró oía el tic-tac perfectamente. También le hizo mover sucesivamente los párpados y los ojos dentro de sus órbitas, fruncir el entrecejo, abrir y cerrar la boca y ejecutar otros movimientos musculares. Cuando todos ellos hubieron dado un resultado satisfactorio, Boris Michaelovitch exclamó:
—¡Ha sido una transposición realmente notable! Si no fuera por esos largos surcos que tiene en la cabeza, nadie podría saber que ha sufrido usted tan extraña operación.
—Pero ¿cómo —preguntó por fin el otro desde su cama— voy a poder asumir en la vida la posición que tenía ese hombre…, cuyo cuerpo uso ahora? Ignoro en absoluto su nombre, su profesión, su educación, su pasado, sus amistades. Me haré un lío y me meteré en mil situaciones comprometidas si pretendo hacerme pasar por él. ¿Cómo podré arreglármelas?
—Ya he tenido yo cuidado de esos detalles —respondió el médico—. Mientras estuvo usted sin conocimiento, sus relaciones sólo entraban a verle un par de minutos; pero desde que empezó usted a recobrar el conocimiento prohibí en absoluto que entrara nadie a verle. Y mientras tanto no he perdido el tiempo.
Boris Michaelovitch sacó un paquete de papeles del bolsillo y se lo enseñó.
—Éstos son todos los detalles que he ido coleccionando durante este tiempo. Contienen todos los datos posibles sobre la persona cuyo cuerpo usa usted; su edad, sus costumbres, su posición, sus relaciones, sus familiares, y muchos detalles y sucesos de su vida pasada. Cuando se haya usted enterado de todo lo que contienen y se prepare usted con una cantidad razonable de la llamada «cara dura», podrá usted salir del hospital y ocupar la posición que le corresponde en la vida, sin temor a equivocaciones. Y aunque en alguna cosa se arme alguna confusión, todos lo atribuirán a los efectos naturales de una operación de cráneo. Tome usted los papeles y estúdielos…
El joven doctor se detuvo, aguzando el oído. Se oía claramente la voz de una mujer en el pasillo, delante precisamente de la puerta del cuarto; sus palabras llegaron a ellos con toda claridad:
—Pues ya no me tienen ustedes más tiempo alejada de él —decía con voz llorosa —. Hace una semana que no me dejan ustedes entrar. ¡Les digo que quiero, que quiero verle!
El doctor tiró inmediatamente los papeles al suelo y corrió hacia la puerta; pero ya era tarde. La puerta se abrió y una mujer entró en la habitación corriendo. Se acercó hacia la cama y cayendo de rodillas abrazó a Eustaquio Annesley apasionadamente.
—¡Mi vida, querido mío! —Decía, apretando sus labios contra su mejilla—. ¡Te han salvado la vida, gracias a Dios!
Durante unos segundos Annesley creyó que estaba soñando; el cuarto daba vueltas a su alrededor, y miraba sin comprender nada el rostro de la muchacha que tanto significaba para él, el rostro de Sibila Mainwaring. Luego, al darse cuenta de la feliz realidad, la estrechó lleno de alegría entre sus brazos.
En esta segunda operación habían metido su cerebro en el cuerpo de Geoffrey, conde de Olford. Y tanto su título como su fortuna y su mujer eran de su exclusiva pertenencia.