Noches de Sing Sing
28. A la Tercera Llamada
Capítulo 28
A LA TERCERA LLAMADA
Al llamar Barton, se callaron repentinamente las voces y siguió un profundo silencio. Un momento después abrieron una rendijita de la puerta y asomó una china vieja, vestida al estilo chino antiguo. Sin darle tiempo a que abriera la boca, Barton habló rápidamente:
—Señora, mi nombre es Jason Barton; represento la Prensa de América, El Correo de la Tarde, de Chicago. Y el país americano está muy ansioso…
—No entendel —contestó la vieja, e iba a cerrar la puerta, cuando una orden dada en palabras ininteligibles detuvo su impulso. Se quedó un momento indecisa y, por fin, abrió de par en par.
Barton entró sintiendo que su corazón daba grandes brincos.
Vio que estaba en el acostumbrado saloncito de hotel, recargado de ricos muebles de tapicería de terciopelo rojo, de aspecto tan poco acogedor; en el centro de la habitación, de espaldas a un gran espejo, había una muchachita china.
Era tan esbelta como cualquier americana, de pelo negrísimo peinado hacia arriba y con una rosa a un lado, colocada exactamente igual que la portada de una revista inglesa que tenía sujeta al marco del espejo. Barton, al sorprender con su mirada vivaz este detalle, no podía menos de sonreír ante la idea de feminidad que sugería. Llevaba, sin embargo, un complicadísimo traje chino, de pantalones y blusón cubiertos de bordados de tapicería de oro, plata y sedas multicolores, y con colgantes de jade tallado en los bordes. Calzaba zapatillas de tisú de oro; pero Barton notó en seguida que sus pies no estaban deformados. El escote de su rico traje chino mostraba un cuello fino, de contornos suaves, en armonía con el resto de su esbelta y bien formada figura, que no tenía nada que envidiar a cualquier hermana de raza blanca. Tenía unos pómulos algo altos, que revelaban su sangre amarilla; pero su cutis era la más linda mezcla de rosa y crema. Los ojos oblicuos, entre castaños y azules, estaban sombreados por larguísimas pestañas negras, y al acercarse Barton, azorado y sorprendido, notó que un exótico y suave perfume se desprendía de ella. Durante un instante le pareció que estaba contemplando un capullo trasplantado de un país de flores y sol.
—¿Usted…, usted ser hombre de periódico? —preguntó ella con curiosidad, casi tímidamente.
Barton se inclinó profundamente y le entregó su tarjeta.
—Jason Barton es mi nombre, y pertenezco a El Correo, de esta ciudad.
La princesa examinó la tarjeta; luego levantó la cabeza, y dijo con una sonrisa:
—Yo gustaría hablar con un periodista, señor Jason Barton. Todas partes que voy, nunca poder hablar, ver, vivir algo del país. ¿Quiere usted sentar?
Barton, atónito, se sentó sin dejar de examinar a la muchacha. La vieja criada china había vuelto a cerrar la puerta y se había retirado a un rincón, donde se quedó acurrucada, como una figurilla de un grabado.
—Princesa O Lyra —habló Barton—, su acompañante, el señor Tsung, ha informado a la Prensa que no concederá usted ninguna interviú mientras esté en nuestro país; pero los americanos se interesan muchísimo por las personas importantes de otros países, y también por lo que éstas piensan de América. Me haría usted un gran honor si consintiera en hablarme durante breves minutos sobre temas que pudiera luego publicar en mi periódico. ¿Es…, es pedir demasiado?
La princesa hizo una deliciosa mueca y, dejándose caer sobre una de las incómodas sillas de terciopelo, contestó lentamente:
—El honorable Tsung no querer yo vea Prensa americana. Sus palabras no ser mías; él piensa: interviú, nada; o quizá ser órdenes de mi honorable padre. No sé; pero a mí gustarme hablar a usted, y si usted no pararme, yo decirle todo lo que yo pensar y saber. Soy mujer, ¿ve usted?
Y sonrió dulcemente de su broma femenina.
Barton reía de pura alegría tanto como de la broma; le parecía increíble que todo se hubiese arreglado conforme a sus deseos. Había ido convencido de que le echarían inmediatamente, y, sin embargo, allí estaba sentado mano a mano con la hija única del emperador de la China. Sacó su cuaderno y su lápiz, y después de dudar un momento, hizo la consabida pregunta con que desde tiempo inmemorial, se aborda a todo viajero ilustre que pasa por Chicago.
—Princesa, ¿qué le parecieron nuestros almacenes?
—No gustarme; yo taparme la cara con las manos cuando pasar en coche por ahí.
Luego soltó una deliciosa carcajada.
—Pero los cerditos… ¡Graciosos cerditos!
Barton la miró asombrado.
—¡Iguales que los que yo veía en paseos por alrededores de Pekín! ¡Iguales! Gorditos, rosaditos, con rabitos retorciditos, me hacían recordar mi tierra, señor Jason Barton. ¿Por qué, señor Jason Barton —preguntó con expresión perpleja—, hay diferentes razas por el mundo, y cerditos ser iguales en todas partes?
—Le aseguro que no lo sé —contestó, sonriendo de su pueril pregunta, mientras comentaba para sí: «Esta niña debe ser bastante tonta, aunque sea la hija del emperador».
Hizo una pausa; pero la idea de que Tsung podía regresar de un momento a otro le hizo continuar con sus preguntas, sin perder tiempo.
—Princesa O Lyra, ¿qué cree usted que es mejor para la China, la Monarquía o la República?
—¡Oh!, yo ser de ideas muy radicales —replicó ella prontamente—; yo leo y estudio demasiado en China, y creo, señor Jason Barton, que todos los países debían ser Repúblicas; no gustarme la Monarquía en ningún sitio —dijo haciendo un gesto amplio con la mano—. Pero mi pueblo, cuatrocientos veintiséis millones, estar todavía en ignorancia y superstición. Todo lo que hacen es controlado por feng-shui buenos y malos, lo que ustedes llamarían «espectros». Ustedes oír hablar de unos miles de estudiantes chinos, unos cientos de generales, un par de diplomáticos, y ustedes pensar que China salió ya de su centenaria concha. Pero no, no. ¡No ser así! La luz llegar apenas a unos pocos miles, y haber millones, cientos de millones en el interior, inaccesible aún para carros de bueyes, que no saber nada, nunca oyeron hablar de América o de Inglaterra, de nada. Hay que implantar gran sistema de escuelas; son necesarias decenas de miles de maestros para educar pueblo y enseñarles a pensar solos. Esto tardar diez, veinte, cincuenta años, hasta que las masas abandonar feng-shui y poder gobernarse, pues feng-shui y culto de honorables antecesores conservan en China arados de madera todos estos años.
—Pero estas condiciones —preguntó Barton, posando su cuaderno y su lápiz para examinar las delicadas facciones de la joven y sus oscuros ojos de almendra, al notar que era algo más profunda de lo que le pareció al principio—, ¿no son debidas a su religión budista?
—¡No, no, no! —exclamó ella precipitadamente—. Religión de Estado en China es confucionismo. Tenemos budistas, taoístas, algo de mahometanos; pero la religión de Confucio ser la religión de la mayor parte de mi pueblo.
Esto dio motivo a Barton para un nuevo y provechoso tema de conversación.
—¿Y cuáles son, princesa, sus opiniones sobre la religión en general?
—¡Oh!, yo haber pensado mucho sobre esto. La religión de Confucio no ser una religión bárbara, como usted quizá pensar. Ustedes, casi todos, no conocer China, Confucio dar alto sistema ético de conducta, casi idéntico a diez mandamientos cristianos. Sus palabras clave, señor Barton, son: benevolencia, rectitud, corrección, sabiduría y generosidad. El define relaciones entre príncipe y ministro, esposo y esposa, padre e hijo, hermano y hermano, amigo y amigo. Él es muy espiritual, casi tanto como su cristianismo. Yo pensar siempre que confucionismo y cristianismo ser idénticos de corazón. Yo estudié sobre su Cristo y su hermandad universal. Sus palabras «Amad a otros» ser magníficas; la mayor sabiduría que el mundo podrá conocer jamás, como dice Renán…
—Princesa, por Dios —exclamó sin poderse contener Barton, que la oía con la boca abierta, aunque sin dejar de apuntar cada una de sus palabras—, ¿no querrá decir que usted, una muchacha china, ha leído a Renán?
Ella sonrió deliciosamente ante la admiración reflejada en el rostro del periodista.
—¡Oh!, señor Jason Barton; yo soy lo que ustedes llamar ratón de biblioteca. Yo hablar inglés, francés, alemán; leerlo también, y leí a Renán en francés. Es muy interesante.
—Pero, princesa, —replicó él, olvidado ante su encantadora ingenuidad de que hablara con la hija de un emperador—, ¿cuándo tiene vuestra alteza oportunidad para leer cosas tan profundas, teniendo que atender a las funciones de corte?
—Pero yo ser niña —respondió ella tranquilamente— y tener profesores que me enseñen, no funciones de corte. Yo prácticamente encerrada en palacio de Pekín, y nada que hacer; sólo leer, leer, leer. Yo casi como mujeres turcas que vi con el honorable Tsung, cuando pasé por Turquía, encerradas en un capullo tejido por ellas mismas; yo hacerme un capullo cerrado de mis pensamientos sobre cosas y sobre mundo.
Él escuchaba atentamente.
—Princesa, me admira usted; cuando empezamos nuestra interviú, no esperaba, en modo alguno, que iba a tomar este rumbo. Es usted una persona sumamente ilustrada.
Hizo una pausa y continuó:
—¿Me permite entonces que le pregunte cuál es su opinión sobre una de las cuestiones más importantes de la vida de la Humanidad, la cuestión racial? ¿Cree su alteza que llegará a resolverse alguna vez?
—De esto, también yo pensar mucho —respondió ella con fervor—. Sí, la cuestión racial se resolverá. No será diez años, ni cien, ni mil. Sólo se resolverá de un modo; no por ciencia, no por leyes sociales, no repartos, no gobierno universal, no desarme universal, no política internacional. Sí, señor Jason Barton; la cuestión racial, si sistema solar no queda destruido por un ca…, ca…, cataclismo, se resolverá sólo de un modo.
—Y, ¿cuál es esa solución? —preguntó él interesado, olvidando por un momento hasta su lápiz—. ¿Cuál es su solución, princesa, al problema racial, el mayor problema en la historia de la civilización?