Para darte mi vida

Valeria Caceres B · Capítulo 11 de 26

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Para darte mi vida

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Carolina había pasado un fin de semana hermoso. Antes de dormir había rememorado todo lo sucedido en aquella cabaña, se sentía dichosa y no dejaba de sonreír.

Al día siguiente, se encargó de firmar el contrato por la oficina y en cuanto le entregaron las llaves, comenzó a organizar todo.

―Esas cajas, van allí. Yo luego las ordeno ―instruyó Carolina a Joaquín.

―Antonia, pregúntale a tu madre que si cree que aquí va a caber todo. ―Miró desde fuera, Norma. Quien desde que la había descubierto besándose fuera de la casa con Camilo, la evitaba.

―Mamá, dice la Nona… ―Antonia estaba harta de ese jueguito. No comprendía el motivo por el cual no se hablaban, pero que ella fuera intermediaria, le agotaba.

―Ya escuché. ―Se dirigió a su madre―: Mamá, deja de actuar así.

Y sí, cabe todo. ¿Viniste solo a eso?

―No, también quiero ver cómo ese muchachito te ayuda. No es posible que todos estemos aquí como monigotes y él, ni señales. Pero claro… para besarte frente a casa…

―¡Mamá! ―Carolina se agarró la cabeza. Así no era como debía enterarse Antonia.

―¿Ya lo besaste? ―Antonia la miraba incrédula.

Joaquín caminó hacia la salida dejando a las tres mujeres dentro. A los lejos divisó a Camilo sobre su moto y supo que lo mejor era advertirlo y sacarlo de allí.

―¿Qué te pasa que haces tantas señas? ―dijo al frenar su moto.

―Vamos. ―Subió a la parte trasera.

―¿Me vas a decir? ―preguntó extrañado.

―¡Arranca la moto y te explico!

Así lo hizo, anduvo unas calles y en un parque cercano se detuvo.

―¿Ahora me dirás qué mierda sucede?

―Sucede que la mamá de tu mina, que resulta ser mi suegra, abrió la boca delante de Antonia y dijo que ustedes se besaron en la puerta de su casa.

―¡A la mierda! ¿Antonia ya sabe que soy yo? ―Se agarró la cabeza.

―No sé si ya se lo habrá dicho Carolina, pero ya te enterarás… No creo que le parezca muy bien.

Finalizando las palabras, el teléfono de Camilo sonó.

―Hablando del Rey de Roma… ―Enseñó su celular a Joaquín, en la pantalla se avisaba que la llamada entrante era de Antonia. Joaquín movió la cabeza, a sabiendas de lo que se venía. Atendió.

―¿Desde cuándo estás con mi madre, Camilo?

―¿De qué hablas?

―No te hagas el tonto, Camilo. Mi mamá me lo acaba de decir. Dime desde cuándo y dónde estás.

Camilo cortó el llamado, se subió a la moto y anduvo las dos calles que lo separaban de la oficina de Carolina, dejando atrás a Joaquín.

―Aquí estoy.

Entró y vio a la madre de Carolina mirándolo con desprecio. A Antonia cruzada de brazos, con los ojos abiertos y a Carolina, con una leve sonrisa que lucía mientras encogía los hombros.

―Mucho gusto, señora. Yo soy Camilo. ―Estiró su mano derecha para saludar a su «suegra». No fue recibido, fue ignorado. Norma salió por la puerta y solo dijo una cosa antes de salir.

―Cuando se les pase el calorcito en la entrepierna, no digas que no te advertí de que esto era una locura. Cuando llores como Magdalena porque te dejaron, tampoco esperes que limpie tus lágrimas. ―Miró fijo a su hija y salió.

¿Por qué no creían en lo que él sentía? ¿Qué de malo había en enamorarse de una mujer unos años mayor?

« Enamorado». Así estaba desde que la vio. Enamorado y deseando que ella sintiera igual.

Carolina no emitió palabra, miró a su hija esperando encontrar un poquito de apoyo. Y lo encontró. Antonia se acercó despacio y la rodeó con sus manos, quedando en su pecho como si fuera una niña.

―¿Eres feliz, mamá? ―preguntó suavemente. Carolina la miró a los ojos y no fue necesario que contestara. Antonia se giró y miró a Camilo―.

Ni se te ocurra hacerla sufrir. Si prometes mantener la chispa en sus ojos, eres bienvenido.

Besó a su madre en la frente, sonrió y los dejó solos. Afuera estaba Joaquín esperándola con los brazos abiertos.

―Lo sabías, ¿verdad? ―Éste asintió.

―Gracias por no decírmelo. Lo hubiera matado si mi madre no hubiese estado presente, mirándome como lo hizo.

Se subieron al auto de Joaquín, y al llegar al departamento, prolongaron la conversación.

Camilo observó contento a Carolina, que se acercaba con cautela.

―Lo siento… Veo que ya conociste a mi madre. ―Se encogió de hombros y sonrió.

―Puedo con ella… Es cosa de que se acostumbre. ―Tomó por la cintura a Carolina y depositó suaves besos en su hombro, cuello y labios.

―Conociste a Álvaro y no te intimidaste. Pero mi madre es bastante agria. El que se terminará acostumbrando serás tú. ―Acarició el cabello del joven y besó su mejilla―. ¿Cómo es tu madre? ¿Tu hermana?

―Mi mamá, es un encanto. Mi hermana, una diablita celosa. Con ella nos costará. Pero cuando te conozca, dejará todos sus prejuicios de lado.

―¿Ya sabe de mí? ¿Qué soy mayor? ―lo dijo con dolor.

Le costaba asumirlo. Asumir que se había enamorado de un hombre mucho menor. La inquietaba, no se sentía segura. Era como estar parada al borde del abismo, con la adrenalina a mil y con el temor incesante de caer.

―No, no lo sabe. ―Camilo tomó con ambas manos sus mejillas―.

No temas, yo soy quien elige con quien estar.

Besó con urgencia los temblorosos labios de Carolina. Caminó con ella hasta el escritorio que aún estaba sin ubicación designada. La sentó, se ubicó entre sus piernas y tiró con rapidez la blusa que su dama llevaba puesta. Los botones quedaron regados por alrededor y el jeans que cubría las piernas de Carolina, pronto quedó a los pies de Camilo.

Otra vez la tenía en ropa interior, frente a él. Comenzó a bajar su tanga lentamente, detuvo su andar y clavó la mirada en una cicatriz que habitaba en su vientre.

―Cesaria ―explicó entre suspiros arrítmicos.

Camilo llenó de besos aquella parte que le recordaba que ella tenía una vida antes de él. Siguió bajando para dedicarse por completo a su femineidad.

No se detuvo hasta que ella, temblando y aferrada a su cabello, gritó su nombre. Escucharla gemir y con su nombre en la boca, lo excitaba, lo hacía sentir único.

Se desprendió de sus ropas para hacerle ver su virilidad.

―Te deseo como a nadie, Carolina. Te deseo a ti, mujer. ―La recostó y subió para cubrirla con su cuerpo. Se introdujo suave, y fue recibido con la misma delicadeza.

El tierno roce entre cada movimiento, hacía que en silencio se les escaparan suspiros.

Carolina flexionó las piernas y Camilo viajó desde sus muslos hasta sus pantorrillas.

Necesitaba de su piel, necesitaba de sus besos, de su mirada transparente.

Había acertado. Hacía poco tiempo ya vislumbraba que esa mujer se colaría por rincones de los que no se escaparía jamás. La tenía en el pecho, en el alma, en la piel.

Ella no podía contener el temblor bajo la piel de Camilo. No quería dejar de sentir eso. No quería que el sueño se convirtiera en pesadilla. Lo quería con ella, haciéndola explotar como mujer, recobrando la seguridad perdida. Se sentía joven, se sentía viva, se sentía pisando fuerte. Y sabía que cada paso que daba, era observado por Camilo. Se había enamorado.

Durante la tarde, entre mimos y besos, armaron la oficina de Carolina.

Quedaron satisfechos. No solo por cómo quedó, sino por cómo la inauguraron después sobre el mismo escritorio.

―Listo. Queda oficialmente inaugurada tu oficina de contabilidad.

¿Partimos contando orgasmos? ―dijo Camilo mientras veía la sonrisa de Carolina.

―Eres un loco. ―Estiró su mano y se aferró a la cintura de Camilo―. Vamos, ya estoy lista.

Había llevado una blusa adicional para dejar en la oficina por si surgía algún impasse en el futuro, pero no pensó que la necesitaría tan pronto.

La noche no fue tan placentera como la tarde que había pasado con Camilo, pues en su casa, su madre había desatado una batalla campal.

―Ese niñito no va a entrar a esta casa, te lo advierto, Carolina.

―Mamá, no pretendo traerlo a casa. ―Venía escuchando hacía una hora el tema. Ahora que se disponía a cenar, su madre no paraba.

―Es que te has vuelto una libertina, debo advertirte. ―Carolina cerró los ojos y deseó estar otra vez en los brazos de Camilo, gritando su nombre sin que nadie le reclamara nada.

―Ya, mamá. Párala, por favor. Quiero cenar, al menos un día en paz y tú no me ayudas en nada.

―Hoy vendrá Alvarito, así que no te sientes aún.

« La guinda de la torta», pensó.

―¡Ésta sí que está buena! Cocino para mí y termina viniendo él. Y no conforme con eso, tengo que esperar a que llegue para poder comer lo que llevo preparando una hora. Mamá, cuando quieras cenar con Alvarito, o me avisas o te vas con él a otro lugar. No pretendo tenerlo aquí en casa cuando a él le guste. Si Camilo no entra, menos él.

―Él es el padre de tu hija.

―Antonia ni siquiera está en casa como para que venga a visitarla.

―Si no está, es porque tú ―dijo señalándola―, no has sabido poner límites.

―Antonia ya es grande, lo suficiente para decidir dónde y con quién quedarse, al igual que yo. Que no se te olvide, mamá. Eres mi madre y te respeto como tal, pero las decisiones sobre mi vida, hace mucho que dejaste de tomarlas.

―Si tu padre estuviera vivo, estaría muy decepcionado de tu actuar…

―Norma cuando quería manipular, lo hacía como ninguna.

―Si mi padre estuviera vivo, tú vida sería un poquito más interesante como para no meterte en la ajena.

Norma intentó pegarle una bofetada pero Carolina logró retenerle la mano en el aire.

―Eres una insolente.

―Por favor, no me hagas decirte lo que pienso últimamente de ti. No te pido que quieras a Camilo, pero sí que lo respetes. Que me respetes, mamá.

―Ya no eres digna de respeto… ―No pudo continuar, porque el timbre anunciaba la llegada de Álvaro.

Carolina se sentó en un sillón, tomó su teléfono y envió un mensaje.

«¿Tienes planes para hoy?»

La respuesta llegó al instante.

«¿En cuánto te paso a buscar?»

Vio entrar a Álvaro, quien estaba vestido de forma elegante, como siempre. Sonreía a su madre y hasta eso le molestaba de él. Le molestaba verlo, sentirlo cerca.

―Buenas noches, Alvarito.

―¿Cómo está suegrita? ―consultó abrazando a la mujer que lo miraba embobada.

―Ex suegrita… ―corrigió Carolina al instante en que se levantaba.

Álvaro pensó que se acercaría a saludarlo, pero la vio desaparecer.

―Está en sus días… ―justificó Norma.

―Ya lo creo. ¿Cómo va todo por acá? ―Se sentó en el lugar que Carolina había desocupado, pierna derecha sobre la izquierda y con un brazo extendido a lo largo del respaldo del sillón.

―Esa niñita, va a acabar con mis nervios.

―¿Qué hizo Antonia ahora? Para su cumpleaños le voy a pedir que se vaya de esta casa, ya no soporto que la haga pasar malos ratos a usted, querida Norma. Es grande y sabrá afrontar sola la independencia que viene gritando hace tiempo.

―Antonia es lo de menos. ―Hizo un gesto con la mano que representaba la poca importancia que le daba al tema―. La que me preocupa es Carolina. Está en una nube que piensa le durará toda la vida.

Yo sé que te ama, Álvaro, pero se le fijó en la cabeza pasar el ratito con ese niño… Lo vi, tenías razón… podría ser su hijo. ¡Esto será un escándalo!

Primero los vi besándose aquí, afuera de esta casa respetable. Y hoy, apareció en la oficina de Carolina.

Álvaro escuchaba atento cómo la loca de su suegra le contaba los últimos acontecimientos. Entrecerraba los ojos y fijaba la mirada; por su cabeza solo pasaban imágenes de su ex mujer en los brazos de ese chiquillo.

Un bueno para nada.

―¿Carolina tiene oficina? ―preguntó enfocando la conversación en algo que duraría poco.

Casi podía reírse. Carolina no lograría mantenerla. Y volvería a él para solicitarle ayuda, de eso estaba seguro. El muchacho no la ayudaría y

en menos de tres polvos se le acabarían las ganas de estar con la frígida de Carolina.

―¡Ay, hijo! Es una estupidez que tiene en mente. Quiere dárselas de autosuficiente y no comprende que tú eres su única salvación. Yo sé que te sentiste solo, que ella te descuidó y por eso terminaste enredado en otras sábanas. Que no te dé pena decirme que también quieres volver con ella, yo podría hacerla entrar en razón y así todos volveríamos a tener la vida de antes.

Eso era lo que quería Norma. Volver a disfrutar de los beneficios que otorgaba vivir al amparo de su yerno. Viajes, clubes, atenciones varias.

Álvaro, al escucharla, se sentía importante. Si la vieja pensaba así, Carolina también debería verlo. Él la quería. Como adorno, pero la quería.

También la quería hundida, para que cuando ella pidiera ayuda, él estuviera ahí para rescatarla y volver a tenerla.

Pronto serían las elecciones del consejo y sería un buen plus que estuviera reconciliado con su ex mujer. A la gente le gustaban esos detalles.

Las mujeres gozaban de la vida de telenovela y este era un culebrón de aquellos.

―Déjela que se entretenga un rato. Así se dará cuenta que lo que yo le di me costó sudor y lágrimas. Comprenderá que le entregué todo de mí.

Cometí errores pero estoy arrepentido. Yo le perdono los revolcones que se está dando con ese imbécil.

Norma le iba a ofrecer café, cuando Carolina entró a la sala y se despidió.

―Que disfruten mi cena, me voy.

―¿Dónde vas? ―preguntó su ex marido con voz prepotente.

Carolina se acercó, cuando estuvo a un centímetro de su cara, le espetó:

―A revolcarme con Camilo.

Su madre quedó muda. Álvaro, también sin palabras pero con mil pensamientos contra la mujer que hoy era Carolina.

Ella salió hecha furia hasta que se encontró con la tierna mirada de su amor.

―Sácame de aquí.

Así lo hizo, la sacó de allí. La amó una y otra vez, y ella se dejó amar.

Le gustaba su compañía, le gustaba lo que sentía y todo lo que Camilo le provocaba cuando estaban frente a frente.

Las semanas fueron pasando. Las discusiones con su madre no menguaban, y las apariciones abruptas de Álvaro en su casa tampoco.

Sin embargo, la oficina estaba funcionando a la perfección. Había ganado un par de clientes más, lo que le permitió comprarse el auto que deseaba.

―¡Estoy feliz! ―exclamó abrazando a Camilo.

―Lo sé, mi amor.

¡Qué lindo sonaba eso en sus labios! Era el amor de Camilo.

―¿Cómo van las cosas en tu casa? ―preguntó Camilo.

―Horribles. No soporto ver a Álvaro. Le he dicho de todo pero insiste en ir.

Él quedó pensativo. Estaba esperando una respuesta para llevar a cabo una idea que se le había metido en la cabeza, y hasta no concretarla, no pararía.

―Perdón, no debí nombrarlo. ―Se lamentó la mujer.

―¿Por qué esa carita? ―Le levantó la barbilla y se la besó―.

Carolina, si me quedé pensando no fue porque me sintiera celoso, sino porque me gustaría que no tuvieras que pasar otro mal momento por culpa de la ingrata presencia de Álvaro.

―Gracias. ―Le sonrió―. No hablemos más de él. Mejor cuéntame cómo va todo para la Universidad.

Camilo le dio detalles de cómo pensaba distribuir su dinero para que le alcanzara durante los años de estudios. Carolina lo escuchaba atenta. Le gustaba en plan soñador.

Así se pasaban las tardes, compartiendo besos, conversaciones, gemidos, sueños, alegrías y penas.

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