Para darte mi vida

Valeria Caceres B · Capítulo 21 de 26

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Para darte mi vida

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Carolina conducía nerviosa.

Luego de pasar por el mecánico a retirar su auto, fue cuando decidió tomar la ruta que la llevaría hasta la cabaña.

Casi dos años sin recorrerla. Casi dos años sin estar a solas con Camilo, sin contar la abrupta manera en la cual él entró a su habitación.

Puso música, porque los latidos que retumbaban en su garganta, la ponían mucho más nerviosa.

¿Qué fue lo que sonó? « Evidencias» de Ana Gabriel.

«Son mis temores los que me alejan.

Lo cierto es que te quiero más que a mí».

Y sí, lo quería... Sí que lo quería. Y ya no podía seguir sin decírselo.

Cuando llegó, vio salir a Ximena a toda velocidad en su auto. Desde la cabaña, la voz de Camilo sonaba extraña pero convincente.

―¡Fuera!

Dudó si estaba haciendo lo correcto. Estaba con Ximena, ella sobraba. Se quedó unos segundos esperando que el auto de la mujer desapareciera por completo y luego, sin saber por qué, siguió con su plan y bajó con cuidado. Se quedó a una distancia prudente de la puerta. Volvió a dudar, pero ya estaba ahí y no se iría sin exponer lo que venía a decir.

Entonces, tocó el timbre.

Camilo había recibido la inesperada visita de Ximena. No quería ver a nadie, le pidió en buenos términos que se fuera pero ésta no quiso dejarlo solo en ese estado. Fue descortés, pero en serio... no necesitaba que lo miraran como a un estúpido y le dijeran: «No deberías estar tomando», «no

deberías seguir pensando en ella». «No deberías...» ¡¿Qué mierda sabían todos de lo que significaba estar sin ella?!

Joaquín y Antonia lo tenían podrido preguntándole si estaba comiendo bien, pendientes de invitarlo a cuanta reunión se les ocurría para que se "distrajera".

Ximena, por su parte, hacía de amiga incondicional; le sobaba la espalda y le quitaba el trago de las manos.

En el fondo se los agradecía, pero de verdad que precisamente ese día, necesitaba estar solo... Dormir una eternidad y si era posible, despertar en los brazos de Carolina como si nada hubiese sucedido.

En eso estaba pensando cuando volvió a sonar el timbre.

Primero abrió enojado.

―Ximena, te pedí que...

Y la frase quedó colgando en el aire. Ahí, frente a él, estaba la mujer que le había roto el corazón. Aquella a la que había intentado odiar con la misma intensidad con la que la amaba. Estaba temblando, o quizás era el trago que ya no le permitía distinguir bien. ¿Y si era producto de su imaginación? ¿Y si no era real? No quiso averiguarlo. La tomó de la mano, la arrastró hasta pegarla a su cuerpo y con ambas manos le sostuvo la cara para besarla.

Primero la furia se apoderó de él. El beso se volvió violento, pero poco a poco, el sabor de Carolina pareció calmarlo, suavizar y ralentizar aquel beso que se hizo esperar años.

Sus manos comenzaron a descender por los hombros de Carolina y ella disfrutó dándole acceso a su cuello.

Carolina aferraba sus manos a los hombros de él, y con ellas apretaba fuertemente su contextura para asegurarse de que efectivamente era el cuerpo de Camilo que por fin volvía a sentir.

Camilo quitó con fuerzas el vestido que cubría el cuerpo de la mujer.

Frente a él estaba Carolina con ropa interior negra. La apoyó en la puerta de entrada y descendió por su vientre a punta de besos. Al llegar a su monte de venus, subió nuevamente hasta encontrarse con su boca y besarla de forma indecorosa.

Cuando Carolina quiso arrebatarle la camisa, éste le asió ambas manos y las inmovilizó sobre su cabeza.

―No…

Fue lo único que dijo Camilo antes de romper con una sola mano la tanga de Carolina.

A esas alturas, ella respiraba de forma irregular y tenía los ojos cerrados.

―Míreme… Míreme, señora, por favor ―rogó Camilo, abandonando su boca.

Carolina tragó saliva. Abrió los ojos y vio cómo Camilo desprendía fuego no solo por su cuerpo sino que también en su mirada.

Dos segundos bastaron para que Camilo bajara la cremallera de su pantalón y volviera a sentir el calor que se sentía estando dentro de Carolina.

Ambos gimieron, ninguno cerró los ojos y dejaron que el fuego se siguiera avivando pero esta vez unidos.

Carolina había envuelto las caderas de él con sus piernas. Éste la tomó y la dejó con torpeza en el sillón.

Besó su hombro, mordió su cuello y terminó de deshacerse de su ropa cuando el segundo orgasmo de Carolina se aproximaba.

Quitó el sostén sin previas. Su lengua se deshizo por la piel de Carolina y no dejó centímetro de ella sin demostrarle cuánto la había necesitado. Sin dejarle saber que esa piel era tan de él que lo reconocía entregándole no solo el temblor de su cuerpo sino que también los gemidos que le confirmaban que había llegado al paraíso una vez más.

Carolina no podía seguir conteniéndose. Tan pronto como bajaba del cielo, volvía a subir como en una montaña rusa. El contacto con Camilo le quemaba la piel. El calor le encendía hasta las mejillas y sus manos parecían no alcanzarle para recorrer el torso fibroso de Camilo. El alma de él seguía intacta, pero ahora su cuerpo era completamente distinto, tonificado y trabajado.

De un momento a otro, cayeron ambos a la alfombra, quedando ella sobre él. Se detuvo un momento para sentir el palpitar de ambos; allí donde sus cuerpos se unían. Se miraron a los ojos, eso ojos que jamás mentían, y se encontraron nuevamente. Otra vez encajaban y entonces ninguno de los dos pudo contener la emoción. A Carolina se le llenaron los ojos de lágrimas y Camilo no soportó verla llorar. La tomó por la cintura y con más delicadeza de lo que la había tratado desde que la vio entrar por su puerta, la arrastró a su pecho y la abrazó.

Aún unidos, posó una de sus manos en su pelo y bajó despacio por su columna. Hundió su nariz en ese cabello castaño y el olor a rosas le llenó el espíritu y le permitió olvidar por un momento, todo el tiempo que estuvieron separados.

El silencio los acompañó durante unos minutos, hasta que él, con una mano le levantó el mentón.

Esta vez, le haría el amor lento. Quería retener en su memoria cada vez que la tocaba. Quería disfrutarla suave y entregada.

Ella se dejó amar y sin palabras de por medio, recordaron viejos tiempos. Se aferró a su espalda, echó su cabeza hacia atrás y Camilo aprovechó el movimiento para recorrer con su lengua la garganta de Carolina. La lentitud con la que transitaban en el cuerpo del otro, les excitaba y a la vez los desesperaba.

La llevaba al límite, para luego dejarla caer. Acariciaba sus muslos, su cintura, sus pechos que ya eran víctimas de la gravedad.

Su cuerpo era solo un medio para acariciar el alma de aquella mujer.

Explotó en sus brazos nuevamente, alcanzaron juntos el cielo y volvieron a alcanzarlo hasta que el alba los descubrió sobre la cama, empapados de sudor y de múltiples sensaciones que no terminaban de comprender.

Sintió la tibieza de un rayo de sol en su ojo izquierdo, de fondo también escuchó el sonido de algún riachuelo y el canto de algunas aves.

Abrió los ojos y la vio. Ahí estaba Carolina, descansando con la plenitud en su rostro. Respiraba de forma pausada y mientras Camilo se deleitaba con la paz que tenía entre sus brazos, recordaba todo lo que había sucedido durante la noche. Entonces, el miedo se apoderó de él. No podía arriesgarla.

Suspiró intentando aflojar el nudo que se le había formado entre la cabeza y el corazón.

La observó con detenimiento. Sus labios rosados, un poco entreabiertos, dejaban escapar un suave aire caliente. Sus mejillas sonrosadas, su pelo alborotado y el olor a rosas, eran el panorama que la cama le ofrecía.

Se deshizo de su abrazo con cuidado y se dirigió a la cocina. Bebió agua y sobre el mueble de cocina encontró el diario que hacía mucho tiempo tenía guardado y que le recordaba que lo de ellos había terminado.

Luego dirigió su mirada hacia su ordenador. Allí dentro estaban todas las culpas ocultas de Álvaro.

¿Qué hacer? No deberían haber estado juntos, pero era lo que quería. Había soñado con despertar en los brazos de Carolina y lo había conseguido. Sin embargo, la realidad lo abofeteaba. Debió haber esperado a que la investigación terminara. A sacar del camino a Álvaro para que no siguiera siendo una sombra en medio de ellos.

―Buenos días. ―Dirigió la vista hacia la puerta de su habitación.

Carolina sonreía, y se cubría con una camisa a cuadros de él.

Se le antojaba besarla, repetir lo que habían hecho antes de dormirse. Pero no podía.

―Hola ―dijo seco y Carolina sintió que todo lo que habían avanzado, aunque no hubiesen hablado, se había esfumado.

―¿Qué ocurrió?... Te noto... ¿molesto?

―Esto... lo de anoche... no debió ocurrir. ―No la miraba a los ojos.

No podía mentirle, pero lo hacía. Claro que había disfrutado cada segundo a su lado, en sus brazos. Respiró hondo y entonces Carolina habló.

―Mírame a los ojos. Dímelo mirándome a los ojos.

Titubeante la miró.

―Váyase, señora.

―O sea que realmente me terminaste utilizando...

―¿Perdón? ―Se iba a acercar a ella, pero descartó la idea. Si llegaba a rozarla otra vez, tiraría todo por la borda y volvería a hacerla suya―. Yo no fui el que fue a la casa del otro.

―¡Cobarde! Yo no te obligué a nada.

―¿Cobarde yo? Señora, por favor. Recuerde que fue usted la que decidió acabar con esto en aquel café. Yo no fui quien la dejó. ―Y las palabras comenzaban a salir. Desde ese rincón en donde la herida había permanecido abierta, surgían todas las palabras que en dos años estuvieron guardadas.

―No tienes idea de lo que estás diciendo. ―Otra vez las lágrimas de Carolina acunaban sus ojos―. El problema es que tu orgullo no te permitirá escucharme. Quizás las heridas que te causé, jamás sanen.

―Ésta, es mi mayor herida... ―Le espetó y le enseñó el diario en el que salía su ex esposo hablando sobre la reconciliación.

Carolina abrió mucho los ojos. ¿Se estaba vengando de ella? ¿La dejaba porque ella lo había dejado? Si ya sabía de la existencia de ese titular de diario, ¿por qué la había adorado durante toda la noche?

―Mira cómo son las cosas... ―Negó con la cabeza―. Tienes razón, no debió haber ocurrido. ―Lo miró, suspiró y con la poca dignidad que sentía al saberse desnuda y cubierta solo con una prenda de él, recogió las ropas que estaban esparcidas desde la puerta hasta el living.

Al ver la tanga destrozada, cruzó una mirada con Camilo y él pareció ablandarse. Caminó hasta la habitación y abrió un cajón donde guardaba algunas cosas de Carolina.

―Estas... te las compré el mismo día que me dejaste. ―Le extendió una tanga color blanca con unas rosas pequeñas de seda a los costados.

―Gracias ―murmuró y se dirigió al baño para vestirse.

Luego de algunos minutos, salió como si nada hubiese ocurrido.

Estaba impecable, bella pero triste.

―Bueno, creo que me voy.

―Supongo... ―La miró. Quería abrazarla, decirle que no se fuera.

«Es lo mejor por el momento, mi amor».

La vio alejarse, se mantuvo firme hasta que sintió el sonido del motor del auto de Carolina.

Y entonces, cuando el silencio retumbó en toda la casa, unas pocas lágrimas hicieron acto de presencia.

Comenzó a respirar agitado y con un solo brazo, arrasó con todo lo que estaba sobre la mesa del desayuno.

Carolina salió con el cuerpo, el alma y la piel en pedazos. Esa cabaña había atesorado sus mejores momentos y esa mañana se habían empañado todos. Se maldijo por haber decidido mover las aguas. ¿Qué pretendió?, ¿que la iba a perdonar? ¡Ni siquiera pudo decirle lo que había ocurrido!

Aceleró todo cuanto pudo y desapareció por la carretera que la llevaría devuelta a su casa.

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