Para darte mi vida

Valeria Caceres B · Capítulo 12 de 26

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Para darte mi vida

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Esa mañana, Camilo se levantó entusiasta y optimista. Quizás ese día, conseguiría lo anhelado.

―Buenas tardes, tengo una cita con el agente del Banco. ―Se presentó a la recepcionista.

―Su nombre, por favor.

―Camilo Núñez ―pronunció al mismo tiempo que veía salir de la oficina del agente a Álvaro, el ex de Carolina. Éste se acercó lentamente a Camilo.

―Afuera ―le indicó tomándose de su hombro derecho, presionando fuerte.

―Señor, estoy ocupado. ―Intentó no alterarse.

―¿Cómo prefieres que te parta la cara? ¿Con público o a solas?

―preguntó entre dientes.

―Donde quiera, pero ahora no. ―Se irguió y le mantuvo la mirada.

No se iba a acobardar por las amenazas de un poco hombre.

De la oficina del agente, salió un hombre de mediana edad que se dirigió a Álvaro.

―Te espero mañana para jugar golf.

Álvaro miró a Camilo, luego a su amigo y sonrió. Podía dar un golpe mucho más fuerte de una forma significativamente más inteligente. Ese bueno para nada de seguro quería dinero… Pues no se lo haría fácil.

―Claro, mañana a las nueve. ―Curvó sus labios en lo que pareció una sonrisa de suficiencia y se tomó unos segundos para decir―: En un rato te llamaré, por favor, atiéndeme.

Se despidió de un abrazo y salió. Camilo sacudió el hombro para sacarse la sensación de pesadez que le había dejado.

―Adelante, señor Núñez. ―El agente lo hizo pasar a su oficina―.

Le tengo noticias de su préstamo.

―¿Va todo bien? ¿Faltó algún otro documento?

―Mire, hasta el momento, lo único que hace falta es que traiga un aval. Con eso estaría…―Sonó su teléfono, interrumpiéndolo. Era la llamada que esperaba―. Deme un segundo.

Abrió la puerta ventana y salió a contestar el llamado de su amigo.

―Dime, Álvaro.

―El tipejo que está en tu oficina es de quien te hablé. ¿Qué quiere?

―Lo típico que vienen a buscar a un banco: dinero.

―Bien. Escúchame bien. No se lo vas a dar.

―Pero…

―No lo harás, Norberto. ¿Para qué lo quiere?

―Es hipotecario… No me pidas que te diga más, sabes que no es ético.

―Con eso me lo dijiste todo. Quiere un nidito para llevarse a mi esposa y no se lo puedes permitir. No puedes ―enfatizó―. No me hagas recordarte los favorcitos que te he hecho, precisamente cuando te has metido la ética en el bolsillo.

―Veré qué puedo hacer.

―No veas, hazlo.

Cortó el llamado y volvió a la oficina en la cual Camilo lo esperaba.

―Señor Núñez, como le decía. Necesito un aval y estaría en condiciones de entrar a evaluación. Pasó la pre selección de créditos hipotecarios. Con el aval, sabremos si se lo concede o no el banco.

―Uf… ―Camilo resopló. Ver cercana la relación entre el agente y el ex marido de Carolina, le había dado luces para imaginar que el diablo metería la cola en eso―. ¿Cuánto más deberé esperar?

―Quince días hábiles. Son las normativas…

―Me imagino. ―Alzó las cejas―. Traeré aval mañana.

―Hasta pronto, señor Núñez. ―Norberto se levantó del asiento y estiró su mano.

―Hasta pronto.

Salió desanimado. Era el único banco que le quedaba para intentar que le aprobaran un préstamo y la traba sería Álvaro. Estaba seguro que no se lo darían, pero aun así seguía probando.

Sacó su teléfono y llamó a Ximena.

―Hola, Camilo.

―¿Cómo va todo?

―Bien, bastante trabajo. ¿A qué se debe la sorpresa?

El sueldo de Ximena era insuperable, si con ella de aval no le daban el préstamo, era porque definitivamente había malas intenciones manipulando su situación.

―Necesito un favor urgente.

Ximena aceptó ser su aval. Para entregarle los documentos que acreditaban sus ingresos, se citaron en la cafetería del banco. Error. Desde lejos, alguien muy interesado en pinchar el globo de Carolina, filmó los abrazos y las sonrisas de agradecimiento que Camilo le dirigió a Ximena.

Cuando ésta interpretó mal su agradecimiento y se abalanzó para besarlo, Camilo le puso freno.

―Si te pedí ayuda, es porque no sabía a quién más recurrir y que resultara «confiable» para el banco. No me malinterpretes. Quizás fue mi culpa, no debí pedirte ayuda. No te preocupes, ya no es necesario.

Sabía desde el vamos que esto tenía mala pinta. Tendría que hacer algo que no tenía presupuestado, pero quería hacerlo.

Se levantó y salió al encuentro de Carolina. Necesitaba verla.

Cuando llegó a la oficina de contabilidad, encontró la puerta forzada.

Le pareció extraño. Intentó comunicarse por celular con Caro, pero no la ubicó. Se preocupó.

Decidió entrar, pensando que quizás estaría dentro y dañada. El terror que le recorrió el cuerpo se acrecentaba con cada paso que daba y se encontraba con muebles fuera de lugar. Ni rastros del computador, del televisor en la salita de espera, de la impresora y la fotocopiadora. Se habían llevado todo el esfuerzo de Carolina… Y no aparecía, ella no estaba.

Llamó a su amigo.

―Joaquín, ¿sabes algo de Carolina? ―preguntó agobiado.

―¿Qué pasó? No. No tengo idea. Antonia tampoco me contesta.

―La oficina de Caro está desmantelada. ―Se tragó el nudo que tenía en la garganta y dijo―: ¿Y si se la llevaron?

―Deja intentar llamar a la abuela.

―Uf, a ver si esa señora dice algo bueno. ―Resopló nervioso.

Cortó y trató de enviar algunos WhatsApp a Antonia. No fueron respondidos. Los minutos se le hacían eternos. Tomó su moto y fue a la comisaría más cercana. Allí vio a Carolina, pálida paseándose de un lado a otro. Cuando ésta levantó la vista y lo vio, corrió para abrazarlo.

―Se llevaron todo, hasta el auto que había logrado comprar. ―Se refugió en su pecho y se permitió llorar de impotencia―. Debí poner alarma.

―Mi amor… Tranquila, lo solucionaremos. ―Besó una y otra vez la coronilla de la mujer que amaba. Sí, amaba.

También sentía impotencia, no le gustaba verla llorar. No la dejaría caer. Otra vez cambiaban los planes en un solo día, pero con tal de volver a ver su sonrisa, haría todos los cambios que fuesen necesarios.

―Se me fue todo el capital en eso. Aposté y… no pude mantenerlo.

Mi madre finalmente tenía razón.

―Shh… ―Le tomó las mejillas y besó lentamente su frente, nariz y labios―. Lo solucionaremos, corazón. Lo solucionaremos.

Antonia fue la primera en enterarse y acompañó a su madre a la comisaría para hacer la denuncia. A los pocos minutos vio cómo Camilo le daba el apoyo que ni su padre le iba a dar.

Cuando llegaron a casa, Camilo se retiró asegurándose de que Carolina estuviese más tranquila. Ambas entraron y la ola de reclamos las abrumó.

―Te dije, Carolina. Te dije que no podrías con eso. ¡Ahora te gastaste todo en esa porquería! ―Norma elevó los ojos al cielo y juntó ambas manos en su pecho―. ¡¿Dios, qué hice para merecer esto?! Ahora sí que nos fuimos a la pobreza. Alvarito, por favor di algo.

Álvaro también estaba aguardando en casa. Disfrutando internamente de la caída de Carolina.

―Te dije, Caro. Pero bueno, era obvio debido a tu inexperiencia.

Sabes que cuentas conmigo. ―Se acercó lentamente. Carolina retrocedió.

―No, no cuento contigo. Nunca conté contigo, menos ahora. Tuve la mala suerte de que me tocara a mí este robo, que es bastante confuso…

Pero bueno, me levantaré, como cuando me levanté cuando me separé de ti.

Permiso.

Subió molesta a su habitación. Estaba harta de que manejaran su vida, su consciencia y que además, se sentaran a ver su cadáver cuando caía derrotada.

Camilo, por su parte, condujo sin rumbo. Estaba enojado, no soportaba la preocupación que nublaba los ojos de Carolina. Podía soportar

los reclamos de todo el mundo, pero no podía soportar la tristeza en sus ojos.

Trazó un plan en su mente, al día siguiente lo llevaría a cabo.

―Papá, no tienes que tratar así a mamá. Fue algo que a cualquiera le pudo pasar.

―Pero le sucedió a ella. Y no le hubiese ocurrido si me hubiera hecho caso. Si hubiese aceptado volver conmigo, no tendría que estar mendigando por las calles para traer dinero a esta casa. Conmigo no le faltaría nada.

―Dime una cosa, papá. ¿Qué piensa Isabel que pases más tiempo acá que allá?

―Isabel tiene mucho trabajo, a parte no podría olvidarme de ustedes.

Sé que me necesitan aunque no lo digan abiertamente.

―¡Sí, Alvarito! En eso tienes razón, te necesitamos. Siento tanto que mi hija sea tan ciega ―aseguró Norma.

―¡Nona! Deja de decir eso. Mi mamá no necesita a mi papá. Solita se ha formado su futuro.

―Y ya viste cómo se lo arrebataron. No es capaz de retener a un hombre ¿y va a retener un negocio? ―Esa frase dolió. Le dolió a Antonia pero también le dolió a Carolina que escuchaba desde la escalera.

Caminó hasta la sala y dijo:

―Sigue, mamá. Sigue que lo estás haciendo muy bien. Camilo aún sigue a mi lado y no me ha pisoteado. ―Se defendió mirando a los ojos a Álvaro.

―¿Estás segura? ―Se levantó su ex marido―. ¿Segura que no te pisotea? ¿Segura de que a él sí lo pudiste retener?

Lanzó sobre la mesa del comedor, a pocos centímetros de Carolina, un amplio celular con el video rodando. A medida que ésta veía las imágenes, sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. ¿Otra vez con esa mujer? ¿Besándose?

―¿De cuándo son? ―Logró preguntar, reteniendo los sollozos.

―Hoy. ―Álvaro rodeó con un brazo la espalda de Carolina―. ¿Ves?

Todo era un caprichito… Ahora razona.

Antonia se acercó despacio y tomó el celular para volver a poner el video. Quiso matarlo. Carolina leyó la intención en el rostro de su hija y la miró para luego añadir:

―No te metas, Antonia. Esto es entre él y yo.

Se refugió en su cuarto. No atendió llamados y lloró en silencio.

Camilo, no logró ubicarla durante todo el día. La dejó descansar.

Había tenido un día horrible con lo del robo y no quería incomodarla.

Dedicó todo el día siguiente a llevar a cabo su plan para hacerla feliz, y decidió no insistir en llamados pero sí en mensajes, los cuales no eran leídos ni mucho menos respondidos por Carolina.

«Te extraño».

«No te preocupes. Ya verás que todo sale bien».

«Eres la mujer más linda, con la sonrisa más linda. Por favor, regálame una sola».

«Te quiero. Llámame cuando puedas».

Esa mañana llegó al banco y se encontró con Norberto.

―Buenos días, señor Núñez. Lamento informarle que la presentación del aval era hasta ayer. Sin eso fue imposible gestionar su…

―No vengo a eso. Necesito retirar el dinero de dos cuentas, por favor

―dijo molesto y mirándolo a los ojos.

―¿Tenía usted dos cuentas con este banco? ―preguntó asombrado.

―¿No me diga que si se lo hubiese dicho, el préstamo hubiese sido factible? ―preguntó irónico―. Usted sabe muy bien cuántas y qué tipo de cuentas tengo. En la evaluación financiera recopilan toda esa información.

No me vea la cara de estúpido que no lo soy.

Retiró todo el dinero en cheques y en efectivo. Luego, mientras compraba algunas cosas indispensables, contactó por teléfono al dueño de la cabaña de la montaña.

―Nos reunimos mañana en la tarde en la notaría que queda a unos pasos del centro, frente al Liceo. ¿Cierto?

Recibió la confirmación y contento ratificó la compra.

En veinte minutos estaba entrando con su llave a la oficina de Carolina. Y tres horas más tarde, la había dejado como nueva. Esa era una de las sorpresas que le tenía.

La extrañaba, no había oído su voz en todo el día. Cuando la llamó, saltó el buzón de voz.

―Caro, soy yo. Me tienes preocupado. ¿Quieres que te vaya a ver?

Dejó todo listo y se fue a la radio como era habitual. Antonia no había aparecido y cuando le preguntó a Joaquín el motivo, éste solo contestó:

―No lo sé, con esto del robo tienen la cabeza en cualquier lado.

Camilo asintió y luego de unos minutos, solicitó el computador de la estación radial a su jefe.

―Necesito buscar algo, pero te lo desocupo en seguida.

―Dale, no te demores que en media hora cerramos.

Tecleó lo que buscaba y comenzó a anotar paso a paso lo que Google le recomendaba. Sonreía imaginando la cara de Carolina cuando lo viera.

―¿Qué haces? ―preguntó su amigo, con la cara casi pegada al monitor―. ¿Receta de Reineta al horno? ―Se carcajeó de lo lindo, pegándole palmaditas en el hombro a Camilo―. Lo que faltaba, que ahora te volvieras chef por complacerla. Es que cuando le cuente a los demás, te van a enviar mantelitos bordados y todo.

―¡No seas estúpido! Quiero cocinarle algo mejor que pizza, eso es todo.

―¿Tienes fiebre? En serio, tú no eres de cocinar, menos pescado.

―Siempre hay una primera vez. ―Levantó dos veces seguidas las cejas y sonrió.

―Sí, claro. ¿Anotaste todo? Ya estoy por cerrar. ―Palmeó una vez más el hombro de su amigo y se fue hacia la salida.

―Ya voy… dame un segundo. ―Rasgó la hoja de un cuaderno y la dobló para introducirla en su chaqueta.

Esa noche, Camilo no pudo dormir de la ansiedad y Carolina, no podía creer cómo la habían embaucado tan bien. ¡Era una tonta! Los hombres eran todos iguales.

El amanecer los encontró despiertos, pero más separados que nunca.

Camilo se aseguró de tener todo listo para firmar en la tarde el acuerdo que le traería felicidad. O por lo menos eso era lo que esperaba.

Por su parte, Carolina volvió a hacerse exámenes de rutina con Ricardo.

―Ya era hora de que vinieras. Acá tienes la orden… ―Ricardo la observó más pensativa de lo normal―. ¿Está todo bien?

―Sí, Ricardo… Me decías que otra vez tengo que modificar la dieta.

Contigo siempre pierdo cuando entro aquí. ―Sonrió sin ganas.

―No, Carolina. Eso te lo dije hace diez minutos atrás. ¿Qué ocurre?

Vamos, te invito a un café.

Carolina lo miró, se apoyó en el respaldo del asiento y negó con la cabeza.

―No, por favor. Tienes que atender a más pacientes… No es nada.

―Vamos, no se dice más. ―Ricardo se levantó seguro. Tomó su chaqueta y le abrió la puerta para que Carolina se levantara y lo acompañara.

―Gracias.

Pasó junto al médico y luego de saludar a Nora, se fueron a la cafetería de la clínica.

―Te conozco hace tiempo, Caro. Sabes que no solo soy tu médico, sino que también tu amigo. ¿Qué sucede?

―No sé si precisamente sea a ti a quien tenga que contarle mis problemas. Es más, hoy almuerzo con Pao y Lili así que prefiero hablarlo con ellas. Pero querías un café. ¿Cómo estás tú?

―Bien… Liliana es magnífica. La clínica va bien… Pero tú no lo estás. ¿Otra discusión con Álvaro?

Carolina chasqueó la lengua y respondió.

―Sabes que con él las discusiones son diarias. Y mi madre no lo hace nada mal tampoco. Pero no quiero hablar de mí, por favor, te lo ruego.

―¿Qué te parece si salimos hoy con Liliana a cenar?

―Pregúntale primero. Si ella está de acuerdo en que les arruine el panorama, me prendo. ―Rio. No tenía dudas de que Liliana se opondría.

Estaba fascinada con Ricardo y ella no le quería arrebatar la diversión.

―No arruinarías nada, Carolina. ―Ricardo acarició la mano suave de la mujer. Ésta se sintió incómoda. No le gustaba esa cercanía imprudente y menos sabiendo que salía con una de sus mejores amigas.

Carolina miró fijamente la mano que la acariciaba. Ricardo la soltó al instante.

―No te extralimites, Ricardo. Eres mi médico y estás saliendo con mi mejor amiga. Te ruego que no confundas.

―No… ―Rio para distender el mal momento―…No pienses que estoy confundiendo. Para nada.

No creyó ni media palabra. O quizás estaba demasiado a la defensiva.

Sacó de su bolso el suficiente efectivo como para pagar ambos cafés, lo dejó sobre la mesa y se despidió.

―Muchas gracias, ya debo irme. Mañana paso por la consulta por los exámenes.

―Te llevo ―ofreció levantándose del asiento.

―No es necesario. Gracias.

Salió rumbo al encuentro con sus amigas. Contó todo lo referente a Camilo, a las noches que se durmió pensando que estaba haciendo lo correcto.

―Te dije que el que se acuesta con niños, amanece mojado ―advirtió Liliana―. De todas formas, Camilito no es así.

―¡No le digas Camilito, por favor! Me da la impresión de que hablaras de tu hijo.

―Carolina, podría ser mi hijo.

―Bueno, bueno ―interrumpió Paola―. El único que te podrá responder todas las dudas es él.

―A mí no me quedan dudas, Pao. En el video está clarito.

―Hay que ver de quién viene, también ―insinuó Liliana―. ¿No te parece raro? Justo Álvaro lo vio.

―¡Pero Álvaro no le puso la pistola en el pecho para que besara a esa mujer! No lo voy a justificar, Lili. Ya lo hice una vez con Álvaro, no lo voy a hacer de nuevo con Camilo.

―Bueno, Caro… Pero dile por lo menos que se acabó. El pobre lleva llamando todo el día.

Carolina se quedó pensativa. Y luego, miró la hora.

―Las tengo que dejar. Tengo trabajo, lo siento.

Tomó sus cosas, se despidió y salió.

En la tarde, Camilo salía de la notaría con una sonrisa, y del Liceo que había en frente, salía una mujer con mirada triste. Al momento de cruzar la calle, ambos se encontraron. Él corrió tras la mujer, ella volteó a la derecha, dándole la espalda y caminando firme.

―¿Mi amor? ―dijo antes de apresurarse a seguirle los pasos. No obtuvo respuestas y estiró uno de sus brazos para retenerla por la muñeca―. Carolina.

Ella se dio vuelta. Él le sonrió pero ella ya no le devolvió ni la sonrisa, ni la mirada de siempre. Esos ojos hoy le entregaban dolor, un dolor que Camilo no comprendía pero que Carolina ya había experimentado antes. El dolor de la decepción.

Sin embargo, Carolina reconocía en este sentimiento, un componente más. Era el dolor que le provocaba una persona que amaba. Y aunque fuese difícil reconocerlo, le dolía más viniendo de Camilo que de Álvaro. ¿Por

qué? Porque con él había sido quien siempre quiso ser y no fue. Había amado libremente, confiando a ciegas, con el corazón.

―¿Qué pasa, Carolina?

―Suéltame, Camilo ―solicitó con voz suave. Camilo obedeció al instante.

―¿Qué ocurre? ¿Estás triste? ¡Te tengo dos sorpresas, te van a encantar!

―No me interesa, Camilo. ―Se giró para seguir caminando.

―Carolina. Mínimo merezco que me digas qué te sucede. ¿Fuiste a la oficina? ¿Supiste lo que hice? ¿Te molestó que lo hiciera?

―¿Qué hiciste en mi oficina? ―Volteó para ver la expresión de Camilo.

―Esa era una de las sorpresas ―exclamó con el ceño fruncido y las manos a la altura de las caderas. Estaba desconcertado por el comportamiento de su pareja.

―No he ido a mi oficina ―contestó confundida.

No supo cómo, pero Camilo la arrastró tomándola de la mano hasta su moto.

―¿A dónde vamos? ―preguntó poniéndose el casco.

―A mostrarte mis sorpresas. Si quieres, después me mandas al carajo.

La convicción en las palabras de Camilo, no le permitió objeción.

Le ayudó a bajarse, la guio hasta la puerta principal y le tapó los ojos con una sola mano. La cercanía, le concedió volver a sentir el olor a rosas que le encantaba.

Con la mano desocupada, abrió la puerta que ahora revelaba un lugar totalmente equipado y ordenado. Poco a poco bajó la mano para dejar que Carolina viera la sala con el televisor, el computador, la fotocopiadora y la impresora. Había algo más, había un retrato de ambos en el escritorio.

―Camilo… ―Soltó con pena en un suspiro―. No debiste hacerlo…

―Quería hacerlo. Me hace feliz verte feliz.

Carolina se dejó caer en un pequeño sillón de cuero, cubrió su rostro con ambas manos y sollozó.

―Te juro que no entiendo nada ―confidenció ella.

―Carolina… ―Se acercó despacio―. Yo estoy enamorado de ti.

Déjame quererte. ―Se acuclilló, tomó con cuidado las manos que cubrían

la incertidumbre de Carolina y las dejó caer en sus piernas―. Cariño, yo solo quiero que seas feliz. No busco otra cosa.

―¿Y ella? ¿A ella le dices lo mismo? ―preguntó con profunda desolación.

―¿De qué hablas, mi amor? ―preguntó con ternura―. No sé qué sucedió, pero la mujer que hoy me miró frente a la notaría, no es la misma que me miró todo este tiempo.

―Ese día que nos encontramos frente a un café… Te vi con alguien.

Abrazados. ―Camilo por fin veía señas de por dónde venía todo.

―Ximena… ¿Te dijo algo?

―¿Tendría que decirme algo? ―preguntó examinando los ojos del joven―. Camilo, vengo de batallas similares. No me hagas pasar por lo mismo, te lo ruego.

Camilo sabía que tenía que contarle sobre Ximena. Pero no lo haría allí en la oficina. Se lo diría en la cabaña que había comprado para ambos.

―¿Me haces un favor? Acompáñame a la segunda sorpresa. Cenamos y te respondo todo lo que quieras saber de mí. Seré sincero, como siempre lo he sido. Quizás omití información que no creí necesaria en la relación que entablamos, pero visto lo visto, es mejor ser un libro abierto.

―No me gustan las mentiras…

―No te he mentido ―aseguró.

Se levantó, estiró la mano y otra vez, como venía siendo costumbre, Carolina se aferró a su palma. Todas las veces que lo había hecho antes, había sido extremadamente feliz.

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