Para darte mi vida
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Luego de aquello que ocurrió y que los destrozó a ambos, Camilo continuó averiguando más sobre Álvaro.
Las alertas para que dejaran el caso archivado no cesaron. Luego del volcamiento de Ivo, les jaquearon las cuentas de correo y les intervinieron las llamadas telefónicas.
Por otro lado, Álvaro no podía frenar lo que estaba ocurriendo. Él estaba en medio. Por un lado el gobierno al que servía y por otro a los empresarios que le habían otorgado beneficios de dudosa procedencia.
Si las leyes descubrían todo lo que había hecho, sin duda iría a prisión. Si los empresarios salían a la luz por su culpa, no viviría para contarlo. No tenía ni la menor idea de que quien estaba detrás de aquella encrucijada, era Camilo.
Carolina, ajena a todo, cerró todas las puertas al amor. Sus amigas no pudieron sacarla de su habitación para contenerla, ni su hija, ni su nieta.
Había renunciado a un par de clientes y dormía más de lo que trabajaba. Se había saltado sus controles médicos y el casamiento de Antonia se había aplazado en parte por el estado anímico en el que se encontraba.
Faltaba un día para el cumpleaños de Carolina y Camilo estaba nervioso. Según un informante, al día siguiente, un empresario reconocido a nivel país, le pediría a Álvaro reunirse para hacerle entrega del último pago por unas hectáreas tratadas hacía unos meses.
Era una cifra importante, pero que jamás llegaría al destino correcto.
Se irían directo a la cuenta bancaria del político y si tenía suerte, no volvería a contactarse con ellos.
Bernard Leyton, empresario hotelero de renombre dentro del país, citó a Álvaro a las diez de la mañana en un sitio eriazo, a unas dos horas
hacia el este de la ciudad.
―Viejo, estás en el horno. Si te transfiero, nos pillan de una. El pago debe ser por mano y olvídate que te daré todo. Me estoy arriesgando bastante con tus irregularidades.
―No va a pasar nada. Dime dónde debo estar.
Luego de darle la ubicación exacta, Leyton agregó:
―Fíjate si alguien te sigue. Y por último, tráete a tu esposa para despistar. Invéntate un fin de semana en las termas, ¡qué sé yo!
―No, olvídalo, no la voy a involucrar en esto.
―Mira, huevón, las reglas las pongo yo. ¿Quieres el dinero o no?
―¡Claro! Pero…
―Pero nada. Te armas un picnic en la cordillera y de paso nos encontramos donde te dije. ¿Quién va a sospechar de los recién reconciliados? ―dijo seguido de una falsa carcajada.
Tenía razón, Carolina podía ser un señuelo. Sin embargo, estaba aterrado por más calma que demostrase.
Convencer a Carolina para que saliera de su habitación no fue fácil.
Prácticamente le rogó con la excusa de su cumpleaños.
―No voy a ir a ningún lado. No tengo ni la menor intención de celebrar nada. ―Ese día cumplía tres años desde que había conocido a Camilo. Aún le dolía la frialdad de su última mirada, de sus palabras.
―Te hará bien, Caro. Prometo comportarme, de verdad.
Insistió tanto, que no supo cómo estuvo sentada en el auto de Álvaro.
―Pero volvemos temprano, tengo cosas que hacer.
―Como por ejemplo ¿dormir? Carolina, si lo que te tiene así es ese niñito que apareció, por favor te ruego que salgas de ese estado. Sabes que conmigo no te faltaría nada… ¿Por qué insistes en buscar en otros brazos lo que yo te puedo dar?
―No tengo por qué explicarte nada, Álvaro. Si no quieres que me baje, mejor no me toques ese tema.
Desde lejos, Ivo, Camilo y el chofer del periódico seguían al auto patente NM 39 09.
―Mi informante estaba en lo correcto, se van hacia la montaña
―comentó Ivo, frotando ambas manos.
―Pero no va solo, hay que tener cuidado. ―Camilo no sabía quién era el acompañante. Habían comenzado a seguir el auto desde donde terminaba la urbanización y solo habían podido distinguir con dificultad a dos siluetas dentro de él.
―Si está dentro de ese auto, es porque sabe muy bien a lo que van.
Camilo, acá vamos a tener que correr y saber capturar la imagen delatadora.
¡Esto va a ser una bomba! ―comentó extasiado.
―Ya lo sé… Solo espero que… ―Y no pudo continuar porque el sonido de su celular lo sobresaltó.
―Cuando cortes, lo pones en silencio…
―Lo siento, es Sofía, mi hermana. ―Apretó el botón para responder y habló―: Sofía, estoy en el trabajo.
―Lo sé. Te llamo para avisar que llegué a Chile.
Su hermana había logrado salir de Linares y surgir. Había traspasado fronteras y estudiaba gastronomía internacional en una prestigiosa academia. No la veía hacía más de dos años, pero precisamente en ese momento, hubiese querido que no estuviese en Chile.
―No te separes de mamá ―dijo tajante.
―¿Qué ocurre, Camilo? ―preguntó desorientada.
―Te adoro, pero no me pidas explicaciones, por favor.
―¿Por qué?
―Por una vez en tu vida, hazme caso sin chistar, ¿sí?
Fueron palabras duras y que la dejaron con dudas, pero aceptó al notar la desesperación de Camilo.
―Está bien… está bien. ¿Me llamarás?
―Te lo prometo. Tengo que cortarte.
―¿En qué andas metido, Camilo? ―preguntó molesta.
―Te adoro.
Finalizó la llamada y al descubrir el gesto reprobatorio de su compañero de investigación, se disculpó.
Viajaron dos horas y luego debieron esperar. El auto había entrado a una finca.
Carolina desayunó entre la hierba junto a Álvaro.
Estaba nervioso, pero el ánimo de Carolina no estaba para detectar nada. Hubo más silencio que el habitual, silencio que fue interrumpido por una llamada que recibió el ex marido. En pocos minutos, volvieron a subir al auto y emprendieron viaje.
Los periodistas se sorprendieron al ver que el auto retrocedía en su ruta.
―Este imbécil se equivocó… ¡La puta madre!
―Te dije que no era nada seguro… Tanto tiempo investigando y…
―Shhhhhh. ―Sin despegar la vista de la ventana por donde registraban cada movimiento del mercedes, Ivo notó algo extraño. Voltearon a la derecha y frenaron cerca de un portón gigante de madera. A lo lejos, un helicóptero se acercaba.
Carolina terminaba de abrochar el cinturón de seguridad cuando notó que Álvaro cambiaba de rumbo.
―¿Qué ocurre?
―Nada, tengo que recibir unos documentos para la oficina, pero no nos demoraremos nada.
Carolina resopló y se acomodó en el asiento. No prestó mucha atención, ya que era algo a lo que estaba acostumbrada durante su matrimonio. Salidas familiares y en medio un break para aprovechar de resolver problemas de la oficina. Ya sea un contrato sin firmar, reuniones con empresarios o políticos que estuviesen cerca. En fin, él jamás se desconectaba.
Álvaro esperó hasta que aterrizara el helicóptero y se acercó a ellos.
Bernard venía acompañado de dos jóvenes vestidos de traje negro.
―Acá está lo pactado. Hice la vista gorda con todo a lo que me has expuesto ―dijo a la vez que el viento provocado por las hélices, le volaba la corbata.
―Tenemos que firmar el contrato. Debes firmar en la parte de concesionario. Haremos como si hubieses ganado la licitación para la construcción, luego todo el mundo se olvida y armas tu hotel cinco estrellas o lo que quieras. Pero debes esperar seis meses ―instruyó Álvaro.
―Eso no es en lo que quedamos ―reclamó Bernard al instante.
―Pero por cómo están las cosas, no podremos hacerlo de otra forma. Querías ese lugar, te lo conseguí y a un precio bastante razonable.
Ganas tú, gano yo.
―Pierdo seis meses, Álvaro. ―Leyton comenzaba a desesperarse.
Eso no era parte del trato y no era primera vez que Álvaro no cumplía.
―Y yo arriesgo toda mi carrera. Tómalo o…―No pudo continuar.
Un solo gesto de Leyton bastó para que los dos hombres que lo
acompañaban sacaran sus armas.
―¿Qué haces, Bernard? ―Álvaro levantó las manos.
―Me gusta que respeten los acuerdos. Si no los respetan, para mí representan un problema y a mí los problemas me gusta eliminarlos. ¿Me explico?
Carolina notó que se estaba tardando demasiado; levantó la vista y del asombro pasó al miedo. Álvaro era apuntado con dos armas. ¿Qué estaba sucediendo?
Sin pensarlo, abrió la puerta del auto y corrió hasta donde estaba.
La adrenalina no le permitió advertir el peligro. Ni mucho menos le dio oportunidad de sentir el temblor en sus piernas y el bombeo irrefrenable de su corazón.
Camilo que estaba atento a la escena y que no sabía qué hacer, se sobresaltó cuando vio que quien acompañaba a Álvaro era Carolina.
―¡Mierda! Mierda, mierda, mierda.
―No nos podemos meter, hay que llamar a la policía ―intervino Ivo.
Ni siquiera lo escuchó. Corrió para alertar a Carolina de que se alejara. Le faltaba el aire imaginando que lo peor podría suceder ante sus narices y quizás no alcanzaría a detenerlo.
―¡Carolina! ―Gritó y ésta frenó su carrera. La mujer quedó entre su ex y su gran amor, mientras que Leyton, al percibir que tenían compañía, sacó su propia arma y apuntó a Carolina.
―¡Vaya! Tenemos espectadores, señor Irarrázabal. ―Camilo aprovechaba los descuidos de Leyton y los rayos de sol que le imposibilitaban ver con normalidad para avanzar lentamente hacia Carolina.
Álvaro calló de rodillas rogando que dejara ir a su ex esposa. A esas alturas, le importaba poco ir a prisión, pero no quería morir. Tenía miedo, mucho miedo. Y se sintió por primera vez en su vida, pequeño.
―Vamos a terminar pronto esto. Tengo tres armas, y tres personas a quienes se les ocurrió cruzarse en mi camino.
Dicho lo anterior, disparó una bala que alcanzó a esquivar Álvaro y solamente le hirió el hombro.
Pero uno de sus hombres, había disparado y aún no sabía si el disparo había sido mortal. Se subió al helicóptero y abandonó el sitio sin
importarle lo que acababa de hacer. Ni dimensionando que por aire, ya lo perseguían.
Ivo había relatado al detalle cada persona y cada acto que sucedió.
La policía ya estaba en camino y muy pronto atraparían a los culpables.
Sobre el polvo, yacían dos cuerpos unidos a la perfección. Uno de ellos estaba fatigado y el otro empapado en sangre.
Camilo en cuanto sintió el disparo, corrió a cubrir el cuerpo de Carolina. En cuestión de segundos, sintió el ardor. No sabía con exactitud dónde había entrado la bala, pero cuando apoyó la cabeza en el pecho de Carolina, durante pocos segundos, respiró en paz.
―¡Ayudaaaa! Por favor, ayúdenme. Álvaro, Álvaro si estás bien, te ruego que me ayudes.
Álvaro no le respondía. El dolor había hecho que se desmayase.
Entonces, sintió pasos. Dos hombres, uno joven y otro mayor.
―¡Dios, Camilo! ―Ivo intentó levantarlo mientras que el chofer se ocupaba de Álvaro.
―Con cuidado, por favor ―rogó Carolina entre lágrimas―. Está herido.
Ivo se quitó su sudadera y la utilizó para taponar la herida que tenía a la altura de la cadera.
En pocos minutos estaban dentro de la minivan del periódico.
―Mi amor, por favor… resiste. ―Carolina se mecía mientras sostenía la prenda que ayudaba a detener la pérdida. Ésta continuaba empapándose de sangre y las ropas de Carolina también.
―Las ambulancias vienen en camino. Debemos ir a encontrarlas para ganar tiempo.
―Está bien ―susurró Carolina y luego le habló a Camilo―: ¿Qué estabas haciendo aquí, corazón? ¿Me seguías? Te prometo que con Álvaro no tenemos nada.
Álvaro estaba inconsciente al igual que Camilo. Pero por lo que se podía observar, no había daño a ningún órgano vital, sin embargo, de Camilo no se tenía la misma certeza.
Carolina lloraba desconsolada. No lograba comprender por qué justo Camilo había salido herido. Le había salvado la vida. Si algo le pasaba, no se lo perdonaría nunca.
―Oh, Dios mío… ―Carolina se balanceaba con la cabeza de Camilo sobre sus piernas y apretaba los ojos para no tener que ver cómo la
sangre seguía brotando―. No vamos a llegar. ¡Acelera, por favor!
El trayecto que debía durar una hora para encontrar a las ambulancias, se redujo inexplicablemente a treinta minutos. Volaron en el auto.
Una vez que los paramédicos hicieron lo suyo, todo fue sucediendo en cámara lenta. El trayecto hasta el hospital les pareció eterno. Y Carolina lo único que sabía hacer era gritar para que actuaran con celeridad.
Al llegar, tanto Álvaro como Camilo fueron ingresados al quirófano.
Debían extraerles las balas.
La operación de Álvaro duró algunas horas y salió con éxito. Pero la de Camilo estaba demorando. Entre la hemorragia y la extracción de la bala, se les había complicado la situación a los médicos.
Carolina estaba en la sala de espera acompañada de sus amigas, Joaquín, Antonia y Norma.
―¡Vine en cuanto supe! ¿Estás bien? ―La abrazó Paola.
Carolina solo asintió y luego agregó:
―Él no ha salido del quirófano. ―Carolina lucía un aspecto demacrado, tanto que pareciera que mil años se le hubiesen venido encima.
Paola la abrazó nuevamente y recibió las lágrimas de su amiga―. No quiero que se muera, Pao.
―Shh… Estará todo bien, ya vas a ver.
Antonia, estaba abrazada a Joaquín. Ambos tenían a dos seres muy queridos debatiendo su salud. Álvaro estaba estable pero grave y el diagnóstico de Camilo, era tan desalentador que solo quedaba esperar.
Norma, con lágrimas en los ojos y en silencio, abrazó a su hija. No necesitaba decir nada, Carolina recibió ese abrazo que después de tanto, necesitaba.
Margarita y Sofía, fueron las últimas en llegar. Cuando vieron a Carolina, solo pudieron correr hasta ella y llorar juntas.
―Es tan joven… Es tan joven y se arriesgó por mí. Si él no hubiese estado, la bala me hubiese llegado directo. Retrocedimos unos pasos antes de que la bala impactara. ―Tenía el rostro empapado.
―¿Qué ocurrió? ¿Qué hacían los tres ahí? ―preguntó Liliana.
―No tengo idea… Álvaro sabrá explicar.
Ivo estaba presente, pero no diría nada. Ética le llamaban algunos, respeto a los que desconocían los hechos, le llamaba él.
Pasaron varias horas sin saber nada. La evolución de Álvaro era lenta y Camilo seguía luchando por su vida dentro de la sala de operaciones. De pronto, salió el doctor.
―Logramos extraer la bala, pero…
Los segundos que vinieron después de ese « pero» fueron eternos.
Carolina no quería escucharlo.
―…necesitaremos donadores de sangre. Perdió mucha y su estado es complicado.
Carolina no podía más con la angustia. Necesitaba verlo, necesitaba volver a mirarse en sus ojos, necesitaba contarle el real motivo por el cual lo alejó de su vida.
La desesperación la llevó a un ataque de histeria, y terminó siendo ingresada a un box de urgencia para inyectarle calmantes. Poco a poco se fue tranquilizando, hasta que se durmió.
Carolina cumplió su año número cuarenta y seis, en una habitación de hospital y con sedantes. Mientras que el amor de su vida seguía en riesgo vital.
―¿Cómo sigue? ―preguntaba al momento de abrir los ojos.
―Igual… ―contestaba Liliana, quien la acompañaba por las noches. Y entonces Carolina volvía a llorar y la enfermera traía una nueva dosis para mantenerla serena.
―¿No cree que es demasiado? ―preguntaba la asustada amiga a la asistente. Estaba preocupada, las dosis eran constantes y su amiga solo tenía poquitas horas de descanso. No podía seguir el resto de los días así. No podía continuar adormeciendo su pena.
―Es necesario antes de que tenga un colapso nervioso.
Paola también estaba preocupada por lo que su amiga debería enfrentar.
Álvaro ya había abierto los ojos, hablado con la policía y contado todo lo que había sucedido.
Camilo, no mostraba mejorías. Habían requerido veinte donadores de sangre, pero aun así, su estado seguía siendo crítico.
Margarita, lo único que pedía era una intervención Divina.
Y entonces, al cuarto día, se produjo el milagro. Camilo abrió los ojos y se encontró rodeado de máquinas.
―¿Dónde estoy? ―preguntó pero nadie oía.
Estaban todos afuera. Carolina había intentado controlarse ya que no quería estar sedada para cuando despertara. Porque iba a despertar a como diera lugar.
―¿Aló?
La voz de Camilo sonaba apagada y por lo mismo, las enfermeras que caminaban por los pasillos no notaron que había recuperado la consciencia.
Carolina había solicitado pasar a visitarlo diariamente, aunque solo fuera una vez y durante pocos minutos. En los dos últimos días, así lo había hecho. Le besaba los párpados, tomaba su mano y le susurraba al oído.
Ese día, cuando entró y los ojos de Camilo se concentraron en su delgada figura, sintió que todo el peso que había cargado esos días, se iba.
Dejó que un suspiro doloroso se le escapara por la boca y le hiciera caer de rodillas junto a su cama.
―Mi amor… Mi amor, no te agites. ―Intentaba no tocarlo, pero le era imposible―. ¿Te sientes bien? Asiente con tu cabeza. No hables.
―Carolina… ―Rozó con el pulgar la mano de su mujer.
―Camilo… ¿Para qué lo hiciste? ―preguntó entre lágrimas.
―Te… dije… que si estaba contigo era… para darte mi vida. ―Le costó un montón decir esas palabras. Se cansó y también le dolió decirlas.
Carolina apoyó la cabeza sobre el pecho de Camilo y ahí, cerquita de donde latía su corazón, lloró con el alma. Amaba a ese hombre y él la amaba a tal punto de entregar su vida por ella. Si no se hubiese despertado nunca, si no lo hubiese vuelto a mirar a los ojos o a escuchar su voz, se habría muerto.
Comprendía que su vida era él, porque esos cuatro días en los que la vida de Camilo pendieron de un hilo, sintió un vacío que no lo llenaba nadie.
La intimidad les duró poco. Las enfermeras y los doctores comenzaron a ocupar toda la habitación, pidiéndole que les permitieran trabajar.
Se retiraba de esa habitación, pero se retiraba tranquila, su amor ya estaba de vuelta.
Camilo salió del hospital a los diez días, pero debería controlarse mensualmente y continuar el reposo algunas semanas en casa.
Álvaro, permaneció seis días en el hospital y después debió cumplir condena por fraude al fisco, por cohecho, por utilizar información privilegiada y otros cargos menores.
Leyton y todos los involucrados, corrieron la misma suerte, a diferencia de que él y sus hombres, arriesgaban la pena por homicidio frustrado.
―¿Estás cómodo? ―Carolina entraba con una bandeja de desayuno hasta la habitación de Camilo.
―Sí, ven acá. ―Ella se sentó a su lado y luego de un pequeño beso en los labios, le dio de comer.
―Cómete todo. Tienes que reponerte.
―Carolina… ―Camilo sabía que había un tema pendiente que ninguno de los dos quería tocar.
―Dime…
―¿Me vas a decir realmente por qué me dejaste? ―Carolina suspiró. No era el momento de hablarlo.
―Sí, pero no hoy. No ahora que debes descansar.
La voz dulce de Carolina resonaba en toda la cabaña. Y el aroma a rosas otra vez volvía a su vida.
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