Para darte mi vida
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La cabaña estaba llena de globos y en la puerta de entrada, un cartel gigante que decía:
« Bienvenida a nuestro nidito»
Carolina suspiró. No le tomó el peso a ese «nuestro». Jamás imaginó que efectivamente ese lugar ya era de ambos.
Caminó despacio y vio una mesa montada.
―¿Cómo sabías que nos íbamos a encontrar?
―No lo sabía. Estaba dispuesto a ir a buscarte a tu casa, ya que no respondías mis llamadas, cuando te vi a la salida de la notaría. ―En silencio, Carolina siguió recorriendo como si por primera vez pisara el lugar. Sobre la cama, encontró pétalos esparcidos.
Camilo tenía ese poder de asombrarla, pero el beso con Ximena, se le atravesaba en la mente para empañar todo lo que estas sorpresas le provocaban.
―¿Celebramos algo? ―preguntó con la mano en la garganta, tratando de calmar con el gesto, los latidos arrítmicos de su corazón.
―Esto… ―Levantó con una mano las llaves que los hacía dueños del lugar.
―¿Eso? ―Apuntó cautelosa.
―¡Mi amor! Este es nuestro refugio. Nuestro, nuestro, nuestro. ―Se acercó a paso ligero y la levantó para hacerla girar con él. Entregó besos al azar a su rostro.
―¡Camilo! ―Golpeo suavemente sus hombros para que la bajara―.
¿Qué hiciste, Camilo? ―Llevó sus manos al rostro joven de quien decía y demostraba amarla tanto.
―Basta de preguntas. Siéntate que te voy a cocinar… Esta vez no será pizza. ―Aseguró contento―. Mi amor, sé que estás molesta y no tengo idea el motivo. Pero por favor, hasta que hablemos, disfruta. ―Volvió a
sonreír, incluyendo a sus ojos en la expresión alegre; gestos que Carolina no pasó desapercibidos y terminó sonriendo también―. ¡Bien! Así me gusta, sonriendo. ―Se acercó y le robó un pequeño beso en la boca.
―¿Qué cocinarás? ―preguntó Carolina mirándolo desde la pequeña mesita.
―Dije que no más preguntas por ahora.
―Okey, okey. ―Se levantó y tomó algunos CD que había sobre el equipo de música.
―Traje un poco de música ―comentó Camilo al verla.
Mientras Carolina estaba de espaldas, él tenía como ayuda memoria el papelito con la receta de Reineta. La cual siguió al pie de la letra.
―Me encanta esta cantante… ―dijo la mujer que se sentaba para observar a su amor cocinar con entusiasmo.
―¿Cuál?
― India Martínez… Tiene una voz preciosa. Bueno, ella, Malú y Vanesa Martín. Tienen un vozarrón increíble.
Escucharla hablar de música tan apasionadamente, lo enloquecía. En realidad, escucharla hablar de cualquier cosa era increíble. No se intimidaba ante ningún tema. Tanto podían hablar de fútbol como de moda. De economía como de filosofía. Le encantaba. Le fascinaba aprender de sus palabras, de su manera más centrada de ver la vida.
―Elige algún disco. Echo esto al horno y tenemos veinte minutos de espera. ―Sonrió mientras dejaba unas rodajas de limón sobre el pescado.
―No sabía que cocinabas ―comentó mientras se descalzaba.
―No lo hacía ―respondió lavándose las manos.
―¿Me dirás qué cocinaste?
―¿Me darás un beso y dejarás de preguntar? ―Se acercó y la abrazó por la cintura mientras Carolina ponía una canción del grupo Camila:
« Venus».
Cuando comenzó a sonar la canción, Camilo no se contuvo, la giró lentamente y la aferró a su pecho para bailar. Su primer baile, solos, en su nidito.
La canción les venía de primera, sin embargo no era casualidad.
Camilo había seleccionado qué canciones y de qué artistas. Todas hablaban de ellos, pero ésta en particular era especial, más si quien la había elegido era ella.
«Este sentimiento,
que despierta lo que soy,
calma ese dolor que me asfixiaba lento.
Llegas a mi vida,
pintando mi universo».
Creó un camino lento de besos desde el hombro de Carolina hasta el lóbulo de la oreja.
«Eres mi reflejo,
mi esencia,
mi centro.
Cuando menos lo esperaba,
Mi camino se iluminó.
Y dice tanto tu mirada.
Yo por ti camino al fuego,
y si dices ser de venus te lo creo.
Si lo está diciendo el alma,
de tu mano yo te sigo con la fe de un ciego, Porque tú ves las cosas que no veo.
Vidas paralelas,
una misma dirección».
La mirada de ambos era brillante, se escaparon suspiros y casi se fugaron dos «Te amo». Él no lo dijo para no asustarla, ella para no seguir aferrándose a él, a su manera de estremecerla con solo tocarla. Para no seguir aferrándose a un sueño del cual tarde o temprano se despertarían.
Camilo, se volvió explorador en la alfombra, aprendiéndose de memoria la piel de Carolina. Obligándola a rendirse ante la ternura de una caricia y el placer del fuego que eran juntos. Se amaron antes de cenar y probablemente lo seguirían haciendo por mucho tiempo más.
―Camilo… ―dijo Carolina temblando sobre el pecho agitado de su amor.
―Dime, mi amor. ―Acarició lentamente la espalda de Carolina.
―¿Quién es ella? ―El olor a reineta, les recordó que había cena en el horno. Ambos se miraron y se levantaron para salvar, si era posible, la comida.
―¡Suerte que no le pasó nada! Llegamos justo ―dijo Camilo.
―¿Cocinaste Reineta para mí? ―exclamó.
―Claro. Dijiste que era tu preferida, ¿no? ―Besó la punta de la nariz de Carolina y se vistió y limpió sus manos antes de servir.
―¿Alcanzo a ducharme antes de que sirvas?
―Si te vas a la ducha me voy contigo y no cenaremos. ―Tomó el vestido de Carolina y le ayudó a calzárselo.
Cenaron tranquilamente con la canción de fondo de India Martínez:
«Cómo hablar».
Cómo hablar
Si cada parte de mi mente es tuya,
Y si no encuentro la palabra exacta,
Cómo hablar.
Cómo decirte
Que me has ganado poquito a poco,
Tú que llegaste por casualidad,
Cómo hablar.
―Me dijiste que se llamaba Ximena ―intentó nuevamente, Carolina.
―Sí. Fuimos durante bastante tiempo muy amigos. ―Camilo se llevó un bocado a la boca. Se tomó un tiempo, bebió vino blanco y prosiguió―.
Nos acompañábamos en todo y decidimos tener una relación… abierta. No nos pedíamos explicaciones y de vez en cuando estábamos juntos para algo más que ver películas. ―Sonrió, pero Carolina no lo hizo.
―¿Siguen teniendo esa relación? ¿Yo tengo contigo ese tipo de relación? ―Quizás ella no había comprendido y la relación de ellos se limitaba a solamente acompañarse sin pedirse explicaciones. De pronto se sintió una tonta.
―¿Cómo se te ocurre, Carolina? Tú me importas demasiado como para compartirte con alguien más. Como para no darte el lugar que te mereces en mi vida. ¿Aún no te queda claro? Jamás en mi vida había cocinado para nadie. Jamás en mi vida había postergado…
Decidió que era mejor no dar más detalles y continuó:
―En fin. No. No estoy con ella ni tengo ese tipo de relación contigo.
La situación fue la siguiente: ese día que me viste abrazándola, fue cuando le expliqué que había encontrado a la persona que tenía mi exclusividad. A la que quería y de quien me estaba enamorando. Carolina, estoy enamorado de ti. ¿No lo ves? ―Acarició una de las mejillas de la mujer y ésta, cerró los ojos para retener la sensación que le trasmitía esa mano.
―Lo veo pero… ¿La volviste a ver? ―Quiso saber si él era capaz de contarle lo que vio por video. No le gustaba quedarse con dudas.
―Sí. Hace unos días fui al banco. Creo que el agente es amigo de tu ex marido, me lo encontré allí. ―Carolina alzó las cejas y bebió un poco de vino.
―Eso no es amistad. Se cubren las espaldas uno con otro, nada más.
Corre mucho dinero en medio de esa relación de supuesto afecto.
―Lo sé. Norberto había sido muy amable, tenía el crédito listo, pero apareció tu marido y surgieron mil trabas para obtenerlo. Me pidió un aval a último minuto, y…, erróneamente le solicité a Ximena que lo fuera.
―¿Por qué no me pediste a mí ser tu aval, Camilo? ¿Necesitabas dinero? ¿Y aun así gastaste en reponer la oficina y en arrendar esta cabaña?
―Punto uno, no te lo pedí a ti porque era una sorpresa. Punto dos, necesitaba para otra cosa y con lo que me sobró, pude comprar esta cabaña y lo requerido para tu oficina. ―En el punto dos, estaba diciendo una mentira, pero Camilo creyó que era lo mejor. Cuando se enterara que gastó todo lo de sus estudios, lo mataría.
―¡Compraste esta cabaña! Camilo, ¿tú estás loco, verdad?
―Loco por ti, ya te lo he dicho. ―Le guiñó un ojo.
―Camilo, es mucho dinero. Tienes que preocuparte de tus estudios, de la medicina de tu madre... ¡No podrás con tanto!
―Ya te dije que era plata que me sobró finalmente. Volviendo a lo que me preguntaste… Ximena aceptó ser mi aval. Nos reunimos antes en la cafetería del banco y confundió mi agradecimiento y se abalanzó a besarme.
De inmediato la frené y le pedí que por favor no se volviese a repetir. Fin de la historia.
―Entonces ahora tienes una deuda con ella y te extorsionará.
―Carolina hizo su propia conclusión.
―No lo hará, no es mi aval y finalmente pude sacar el dinero del banco. ―Eso no era una mentira, sino una verdad maquillada.
―¿Cómo te creo, Camilo? Álvaro ese día del robo me mostró un video en el que salían ambos besándose…
―¡Imbécil! No soporta verte feliz… A veces pienso que fue él quien envió a que te robaran tu lugar de trabajo ―espetó con furia.
―Jamás lo había pensado… ―dijo dubitativa―. Sí tengo que reconocer que está celoso y muy molesto por nuestra relación, pero de ahí a querer hacerme daño, no lo sé.
―Es capaz… Mira, yo he sido cien por ciento sincero en lo que te he dicho con respecto a Ximena. Si no me quieres creer, lo comprendo, pero tampoco te fíes de tu ex marido.
―Te creo. ―No sabía por qué, pero le creía. Esas palabras salieron desde el corazón, antes de pasar el filtro de la razón―. No me preguntes el motivo, pero te creo. Creo en lo que me dices, creo cuando dices que me quieres, que estás enamorado, creo en tus ojos cuando me miran… En conclusión: te creo, Camilo.
El joven se quedó obnubilado por la intensidad con que remarcaba cada frase. Sonrió y seguido de un suspiro, dijo:
―Me haces tan feliz. No sé si tú sientes lo mismo, pero yo ya te estoy… ―Camilo carraspeó y siguió con su confesión―…amando.
―Carolina ahogó un gemido doloroso. Se sentía amada, pero que lo dijera, era más de lo que esperaba. ¿Hasta dónde más la llevaría ese sueño?
Se levantó, rodeo la mesa y se sentó en el regazo de Camilo para besarlo.
―Siento igual, y estoy aterrada, pero no quiero dejar de sentirlo.
Hicieron el amor hasta avanzada la madrugada. Y antes de dormir, Carolina señaló:
―Estaba muy rica la cena. Gracias.
―Uf, pensé que nunca lo dirías ―dijo sonriendo y besando la coronilla de Carolina.
A la semana siguiente, encontraron la camioneta de Carolina, lo que le permitió seguir con el negocio como si nada. Camilo continuó trabajando arduamente para poder reunir nuevamente el dinero que lo llevaría a la Universidad. No se arrepentía de la decisión que había tomado, pero sabía que sería sacrificado.
Miel sobre hojuelas. Así parecía ser la relación entre Carolina y Camilo. Sus allegados miraban con mejor cara la relación, lo que les
otorgaba un poquito más de tranquilidad.
Una noche en la cual se dirigían a la radio, Camilo comentó ilusionado:
―Te tengo una propuesta. Hoy que Sofía no está en casa, iremos a cenar con mi madre.
―¿Estás seguro? ―preguntó aferrándose a su mano.
―Claro. Quiero que la conozcas. ―Se detuvo frente a ella y con la mano libre le acarició su suave cabellera. La miró a los ojos y delineándole esa sonrisa tímida con su pulgar, besó aquellos labios.
―De acuerdo. Pero primero hay que ir a la radio. ¿Qué tienes que ir a buscar?
―Un CD que usaremos en una fiesta.
Entraron a la radio. Estaba todo oscuro. Eran las diez de la noche y a esa hora solo dejaban un programa grabado.
Al entrar a la cabina, ambos chocaron en la puerta, quedando frente a frente y respirándose el uno al otro.
―No te muevas… ―susurró Camilo sobre sus labios.
Carolina tenía la adrenalina a mil. Era excitante sentirlo tan cerca dentro de un lugar prohibido.
Camilo le recorrió la cintura. Ambos habían quedado atrapados en el umbral, un lugar con reducido espacio.
Si ella se movía, romperían el contacto que los tenía tan acelerados.
Ella dejó que él fuera quien marcara el ritmo.
El joven desabotonó con cuidado la camisa y ante él, quedaron expuestos los senos de la delicada mujer, cubiertos con un suave sujetador color negro.
Besó desde el valle que se formaba entre los pechos hasta el cuello de la mujer que lo volvía loco. Subió lento con su lengua hasta el lóbulo de su oreja y dijo con voz ronca:
―Apoya tus brazos en mis hombros.
Y así lo hizo. Fue obediente, porque sabía que Camilo la sorprendería una vez más. La tomó de los muslos e hizo que lo rodeara con sus piernas.
La besó una y otra vez, recorriendo con su cálida mano la espalda de Carolina por debajo de la blusa.
Cuando ya no pudo esperar más, se movió con ella hasta un escritorio, muy cerca de los controles.
―Cuidado, esa tecla que estás rozando, si llegas a moverla por completo… nos pondrá al aire ―advirtió.
―¿Y… por qué… seguir aquí, entonces? ―preguntó Carolina entre besos.
―Porque no puedo parar.
En algún movimiento, la blusa cedió cayendo por uno de los hombros de ella, lo que aprovechó Camilo para seguir devorándola lentamente a besos.
George Michael sonaba de fondo, mientras ellos se amaban otra vez, como tantas veces… entregándose el alma.
Luego de ese encuentro, corrieron para llegar a tiempo a cenar con la madre de Camilo.
A Margarita le había parecido muy mayor para su hijo, pero aun así la acogió bastante bien. La declaró una dama distinguida y educada.
―Mamá, no quiero que le cuentes a Sofi ni cómo es, ni que es mayor que yo. Nada. No quiero que emita prejuicios sin conocerla ―solicitó una vez que llegó de dejar a Carolina en su casa.
―No será fácil con ella.
―Lo sé.
Esa misma semana, citó a su hermana en un restaurante. Llevó de su mano a Carolina y esperaron hasta que Sofía apareciera.
―Te aviso que es un poco reticente a la idea de que yo tenga pareja.
―¿Hermana celosa? ―preguntó Carolina.
―Eso y algo más. Luego te cuento, ahí viene.
Cuando Sofía entró, pensó encontrarse con cualquier espécimen voluptuoso, menos con el vejestorio que acompañaba a su hermano. Era guapa, pero era mayor, mucho mayor.
―Hola. ―Saludó, sentándose con desparpajo.
―Buenas tardes. ¿Sofía, verdad? ―preguntó Carolina con calidez.
―Sí. ―Sofía miró a su hermano y dijo―: ¿Ésta es? Ya la vi, ¿me puedo ir?
―Sofía, por favor no te comportes como niña. Carolina es mi pareja.
Estamos juntos te guste o no. ―Remarcaba con fuerza sus palabras, gesticulando con sus manos y con la mirada desafiante. Carolina poco a poco lo veía como el hombre que era. El niño, hacía mucho tiempo había quedado atrás.
Sofía se levantó, miró con furia a su hermano y le reclamó:
―¿Por ella casi no llegas a dormir? ¿Por ella ya casi ni te vemos? Lo dicho. Otra más que nos quita al hombre de la casa. Pero no te preocupes
―dijo moviendo la mano sin importancia―, yo me haré cargo de mamá.
Era sabido que nos abandonarías.
Cansado, Camilo se levantó, tomó por los hombros a Sofía y la volvió a sentar.
―No te muevas. Me escuchas. No he abandonado a nadie.
Simplemente me enamoré y estoy haciendo una vida junto a ella, te guste o no.
―Te estás dejando de lado a ti también. ¿O me equivoco? ―Camilo sabía por dónde venía esa pregunta. Miró a su hermana para que ésta no siguiera hablando, pero no lo consiguió―. Mire, yo no sé si usted sabe que él ―apuntó a su hermano mientras seguía con la vista fija en Carolina―, invirtió todo lo destinado a sus estudios en arreglarle la oficina y comprarle una cabañita en la montaña.
Camilo apoyó las manos en su rostro e inclinó su cabeza hacia atrás.
Estaba furioso.
Carolina, se demoró en procesar toda la información recibida. ¿Qué había hecho?
―¡Vaya relación! ¿No lo sabía? Bien, se lo cuento. Sacó los ahorros de sus estudios para tenerla feliz a usted.
Se levantó y los dejó a ambos solos.
―Camilo, te estás pasando ―fue lo único que dijo luego de un largo silencio. Se levantó y salió por la misma puerta que minutos antes había traspasado Sofía.
Camilo estaba tomando decisiones equivocadas. Apresuradas y equivocadas. Así no era como debería actuar. Tenía que ser sensato y no lo estaba siendo. ¡Por Dios! ¿Sacrificar su sueño de estudiar por ella? ¿Por algo material? Eso no era lo que ella le pedía.
El camino hasta su casa lo hizo trazando ideas para poder devolverle todo. Para arreglar en algo la locura en la cual la había hecho partícipe.
Camilo, por su parte, maldijo en silencio. Él adoraba esa cabañita en la cual había amado una y otra vez a su mujer. Adoraba esa oficina que le permitía a Carolina levantarse. Le daba lo mismo tener que trabajar un poco más con tal de verla sonriente. Fue algo que pensó mucho, no fue un impulso.
Cuando su hermana y su madre se enteraron, pusieron el grito en el cielo. Margarita decidió mantenerse al margen, pero Sofía no se guardaba nada. Lo dijo y volvió a alterar las aguas entre los amantes.
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