Para darte mi vida

Valeria Caceres B · Capítulo 4 de 26

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Para darte mi vida

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Camilo aquella mañana se levantó contra el tiempo, como siempre.

Llevaba días esperando ese sábado y se había quedado dormido.

―¡Mierda! Me quedé dormido otra vez. ―Saltó de la cama y mientras caminaba hacia la puerta, luchaba por ponerse el pantalón de pijama.

Era el único hombre de la casa y debía guardar sus «vergüenzas».

«Yo no me avergüenzo de nada de lo que tengo, no sé por qué tu insistes en llamarlas así». Esa era la respuesta que había formulado cuando su madre le sugirió hacía un par de días atrás, que «ocultara sus vergüenzas».

Al salir de su habitación, chocó con Sofía, su hermana menor.

―¿De nuevo te quedaste dormido, Camilito?

―Sofía, no me jorobes y dame permiso. ―Trató de esquivar su diminuto cuerpo para poder entrar al pequeño cuarto de baño, pero ella se adelantó y con una sonrisa pícara le cerró la puerta en la cara.

―¡Yo primero!

―No, no, no. ¡Sofía, abre la puerta! No me demoro nada, por…

―¡Ya salgo! ―gritó la joven desde la ducha.

Media hora debió esperar Camilo para poder darse un baño que duró un suspiro y salir hacia la radio.

Allí lo esperaba su jefe y amigo, Joaquín.

―Como sigas llegando tarde, no cuento nunca más contigo.

―Perdón, viejo. Sofía me pescó el baño y ya sabes cómo son las mujeres… ―Alzó las cejas y dejó su mochila sobre una mesa.

―Tenemos toda la mañana para ordenar el lugar. Es la inauguración y cuentan con nuestro enlace con la radio. Tú harás la locución desde allá y yo le pediré a Anto que me acompañe desde acá para la transmisión. ¿Te parece?

―Como digas, tú eres el jefe. ―Resopló y comenzó a organizar todo para llevarlo hasta el bar en donde se realizaría la fiesta.

Estaba en eso, cuando su madre se comunicó a su celular.

―Hola, mamá.

―Camilito, necesito urgente que vayas a la Clínica. ―Las palabras de Margarita lo alertaron al instante.

―¿Qué te pasó? ¿Estás allá? ―Tomó su mochila y, sin decir nada a su jefe, salió a la calle.

―No, hijo. Yo estoy bien… ―Camilo se había tranquilizado y vuelto a alterar en dos segundos.

―Sofía… ¿Qué tiene Sofía? ―Sin saber cómo, estaba montado en su moto y aún con teléfono en mano salió a toda velocidad―. ¿En qué parte está?

―¡Dios, qué fatalista! Se me acabó la medicina y hay que ir a retirarla antes del viaje, nada más.

―¿Y por qué no me dijiste eso antes? ―Volvió a respirar y a bajar la velocidad.

―Porque no me dejaste decirlo.

Esperó a que su madre cortara la llamada y se dirigió hasta la Clínica.

Carolina había llegado con media hora de anticipación a su cita con el doctor. Sus amigas no pudieron acompañarla, sin embargo, su celular y el Candy Crush eran su mejor aliado.

Estaba distraída, hasta que las campanas de la puerta de la consulta sonaron. Levantó la vista y ahí vio a un hombre… ¡Qué dice hombre… era un niño! «Con cuerpo de bien hombre», se corrigió. Sonrió por la situación.

Un hombre anunciado por campanas parecía cuento romántico.

Ella bajó la mirada, pero Camilo le entregó toda su atención hasta que el mostrador detuvo sus pasos de forma violenta.

―¡Auch! ―Volvió la vista a la recepcionista y sonrió―. Disculpe, vengo por las medicinas de Margarita de Núñez.

Mientras era atendido, miró varias veces hacia donde Carolina permanecía envuelta en su coraza. Intentó robarle miradas, pero no le resultó.

―Gracias, Norita. Mi madre le manda saludos.

Recibió los medicamentos, se despidió y al abrir la puerta, que estaba al costado de donde Carolina jugaba distraída, hizo sonar a propósito las campanitas.

«Un niño que necesita llamar la atención», se dijo Carolina mientras sacaba de su cartera una cajetilla de cigarros.

―¿Le falta mucho al doctor, Nora? ―preguntó levantándose de su asiento.

―Quince minutos y la llama, señora.

Carolina le sonrió y con un gesto de manos le dijo:

―Me fumo un puchito y entro.

Nora le guiñó el ojo y siguió con sus labores.

Carolina, salió a la calle para encender el cigarrillo al tiempo que buscaba entre sus contactos el número de Paola.

―¡Amiga! ¡Feliz cumple número cuarenta y tres! ―Paola alardeaba desde el otro lado del auricular.

―¿Tenías que recordarme cuántos cumplo?

―Si estás divina, Caro.

―Divina me tiene el doctor que voy a ver dentro de unos minutos. Te llamo para que me acompañes a comprar todo lo de hoy. ¿Te parece?

―Listo, le aviso a Liliana y te pasamos a buscar donde el guapo de Ricardo. ―Ricardo era el doctor. Alto, cuerpo fornido y un galán.

―En media hora estaré desocupada.

Las amigas se despidieron y cuando pisó la colilla de cigarro, sintió cómo una moto pasaba a su lado despacio y tocando la bocina. Al girar, se encontró con la misma sonrisa de minutos antes. Y en pocos segundos, la moto desapareció a gran velocidad.

Al entrar, de inmediato la atendieron.

―Hola, Ricardo. ―Dio dos besos y se sentó.

―¿Cómo te has sentido, Caro?

―Mmm… Bien, he sufrido un par de desmayos pero debe ser estrés.

―¿Desmayos? Estás comiendo bien supongo…

―Bueno… Depende a qué le llames bien. ―Intentó ser graciosa pero no lo logró―. No… con las pastillas que me diste no me da hambre. ―Se encogió de hombros.

Más de veinte minutos estuvo escuchando los sermones de su doctor.

Cambiando la dosis y finalmente, con la cabeza hecha un lío por tantas advertencias de Ricardo respecto a las consecuencias de su irresponsabilidad.

―Nora, recuérdame no venir hasta dentro de un año ―le dijo mientras cerraba la puerta de la oficina de Ricardo. Pero para su sorpresa, ésta se abrió.

―Nora, agéndale para dentro de dos semanas. Sin falta, Carolina.

―El médico cerró la puerta, Carolina suspiró y Nora sonrió.

―Llámeme mañana y así le tengo la fecha y hora de atención.

―Gracias, Nora. ―Se despidió con dos besos, uno en cada mejilla, y cuando salió, se encontró con el auto de Paola.

―¿Cómo estaba vestido hoy? ―preguntó Liliana sacando la cabeza por la ventana.

―¿Sigue casado? ―agregó Paola mientras abría la puerta del copiloto.

―No tengo idea qué le ven ustedes. Le pago la mitad de mi sueldo para que me taladre la cabeza sobre lo que tengo y no tengo que hacer.

―Lógico, es el que sabe… Ya quisiera yo que me taladrara ―se escuchó decir desde los asientos traseros a Liliana, quien sonreía y suspiraba.

―¡Qué mujeres! ―Carolina movió la cabeza―. En fin, nos vamos al supermercado y luego me ayudan a preparar todo para la noche, que ahora no tengo quién me ayude.

Desde que se separó, decidió prescindir de los servicios de Mónica.

En realidad, no quiso recibir un peso más de Álvaro. Antonia ya tenía un trabajo en la radio junto a Joaquín, y ella impartía asesorías de contabilidad en algunas empresas. Con lo que ambas ganaban, alcanzaba para lo necesario.

Su madre, era un cuento aparte. Si no se quejaba por «A», se quejaba por «B». Ya había aprendido a convivir con sus reclamos.

« Si no hubieses dejado a Álvaro, ahora tendríamos a Mónica sirviéndonos la comida y no tendría que andar yo haciendo las compras».

Era una de las tantas protestas diarias.

―Te acompañamos, pero con la condición de que este año sí o sí sales con nosotras. Un amigo mío… ―Paola sonrió y luego agregó―: Hoy inaugura su bar. Le comenté que iría con dos amigas así que te vas preparando.

―No tengo ganas, chicas. Estoy cansadísima. Toda la semana he corrido con la contabilidad de un cliente ―se justificó la cumpleañera.

―El año pasado nos dejaste solas por la culpa del imbécil de Álvaro, ahora no te salvas.

Esa noche cenaron menos de los que lo hicieron un año atrás. Antonia y Joaquín tenían que trabajar y Álvaro estaría quizás entre las sábanas de Isabel.

Esta vez, solo la acompañaban sus amigas y su madre.

―Mamá, hoy llego tarde.

―¿Me estás pidiendo permiso? ―refunfuñó.

―Te aviso… Llego tarde.

―¿Quieres que te felicite? Más vieja, más suelta… Haces lo que quieres. Yo ya no tengo autoridad en esta casa… Cuando Alvarito vivía aquí…

―Pero Alvarito ya no vive aquí… ―Carolina, cansada de los reclamos de su madre, la interrumpió―. Buenas noches, acuérdate de la medicación.

Luego de un cariñoso abrazo, cerró la puerta.

―Tu madre cada día está peor ―señaló Liliana mientras subían al auto.

―Desde que falleció mi papá y desde que se fue Álvaro, su mal humor se intensificó ―explicó sin rodeos.

―¿No crees que sería bueno que la envíes por un tiempo de viaje?

―propuso Paola a la vez que ponía en marcha el auto.

―¿Con qué plata, Pao? Con suerte me alcanza para mantener la casa

―dijo Carolina cruzándose el cinturón de seguridad.

―Bueno, que se lo pida a su querido yerno… Ese estúpido de seguro se la compra con un viaje ―acotó Liliana encendiendo un cigarrillo.

―¡Apaga esa cosa que me vas a llenar de humo el auto! ―gritó Paola al mismo tiempo que accionaba el botón para bajar las cuatro ventanas.

―¡Perdón, perdón! ―La culpable devolvió el grito sacando por la ventana la cabeza y el brazo con el que sostenía el cigarrillo.

Al llegar al bar, el anfitrión recibió con los brazos abiertos a las tres mujeres.

―¡Qué guapa que estás, Paola! ―Le dio dos besos y luego miró a las demás―. ¿Ellas son tus amigas?

―Hola, Eduardo. Sí, y ella… ―Abrazó a Carolina―, es la cumpleañera.

A la primera que saludó, fue la festejada. Le tomó la mano y se la besó, para luego hacer lo mismo con Liliana.

―Un placer. Vengan, les aparté una mesa en el primer salón. ¿Les molesta si compartimos la mesa con Ricardo, mi amigo y socio?

―En lo absoluto. ―Se apresuró a decir Paola.

Subieron las escaleras y se abrieron paso en un salón con terraza.

Pequeñas antorchas iluminaban las mesas al aire libre y en una de ellas, Paola divisó a un hombre que había visto más de una vez.

―Mira ―dijo a Carolina con un pequeño golpe de codo.

―¡Si tendré suerte! Me hará la lista de las cosas que comí y cómo debo bajarlas ―susurró sonriente Carolina.

―Si en sus planes de «cómo bajarlas» está él y su…

―En la mesa de allí, está Ricardo, mi amigo. ―interrumpió Eduardo, sin haber escuchado los comentarios previos de las dos mujeres. Y sin percatarse de la carcajada contenida de Carolina.

Al llegar a la mesa, la primera en saludar fue la cumpleañera.

―Supongo que hoy no estás de doctor porque no tengo ni la menor intención de privarme de lo que consumirán todos. ―La sonrisa de Carolina siempre era bienvenida por Ricardo.

―Me alegra que estés sonriente. ―Se acercó con familiaridad y la abrazó. Por sobre sus hombros, vio a sus dos inseparables amigas―. No sabía que eran amigas de Eduardo.

―La verdad es que lo conozco recién. ―Se giró hacia Eduardo y luego volvió a mirar a Ricardo a los ojos―. Pero Paola lo conoce.

―Bueno, siéntense, por favor; está por comenzar. Estamos teniendo problemas con la transmisión radial, pero pronto estará en orden ―indicó Eduardo a la vez que Paola y Liliana saludaban al apuesto doctor.

En la planta baja, un joven muchacho junto a su asistente, intentaba conectar con el estudio radial.

―Joaquín, no me toma nada.

―Revisa todo otra vez, Camilo. Desde acá todo está funcionando, el problema está allá.

Cortó la llamada y se acercó hasta la camioneta de la emisora para revisar las conexiones.

―¿Qué más quiere que revise? ―se preguntó y observó que uno de los cables no estaba en su lugar―. ¡Esto es!

Sacó su teléfono móvil y avisó a su jefe para dar inicio al programa.

Desde el estudio, Antonia saludaba a los radioescuchas:

―Muyyyyyy buenas noches a todos. Hoy tenemos la transmisión especial de la inauguración del bar « Summa».

―Así es, querida Antonia. Estamos en directo desde este bar que abrió sus puertas a todos los Linarenses.

La transmisión siguió su curso hasta la media noche y tanto Camilo como su asistente quedaron libres.

En la mesa de Carolina, se hablaba de todo un poco. Las carcajadas abundaban y por fin ella se sentía relajada. Rápidamente Eduardo y Paola se adueñaron de la pista de baile y Liliana conversaba muy animadamente con Ricardo.

―¿Y eres casado? ―preguntó sin miramientos.

―¡Lili! ― Carolina regañó avergonzada.

―Caro, no te preocupes. No, Liliana, soy divorciado ―respondió con la vista fija en Carolina. Luego, agregó―: ¿Cómo siguen tus desmayos, Caro?

―¿Te has desmayado? ―preguntó Liliana, quien recién salía de su nube por enterarse del estado civil del hombre que las acompañaba.

―No… ―Carolina reprendió con la mirada al médico―. Estoy perfecta. ¿Dónde dejaste el secreto profesional, Ricardo? ―preguntó de forma retórica antes de levantarse.

―Son amigas, pensé que Liliana lo sabía. ―Tomó su mano y se disculpó―. Lo siento.

―No hay problema. Voy al sanitario, permiso.

Se sentía incómoda sabiendo que Liliana estaba interesada en Ricardo y que él no le correspondía completamente, ya que tenía toda la posaba en ella. Prefirió alejarse al baño y si tenía suerte, se iría antes que las demás.

Caminó hacia la barra y se sentó en el taburete para mirar el show que se estaba llevando a cabo.

Movía sus hombros en un pequeño vaivén, al ritmo de la canción. Le gustaba mucho bailar, pero hacía tanto tiempo que no lo hacía…

―Un primavera, por favor ―pidió al barman mientras observaba las mesas. Entonces, lo vio.

Respiró una y otra vez. ¿Qué hacía allí?

«Y está con Isabel», pensó agotada.

Lo que menos quería era ver a su ex con su amante.

En cuanto le entregaron el trago, se lo devoró y pidió otro. Iba muy rápido y necesitaba calmarse, así que se tranquilizó y se giró para mirar la mesa de sus amigas: Estaba vacía. Seguramente bailaban en medio de tanta gente en el lugar.

Antes de volverse, sintió un perfume suave masculino envolver el ambiente en el que estaba, giró rápido y encontró al niño de las campanas.

Lo que la hizo sonreír. Él no la vio, pidió un trago fuerte y se refugió en él.

―Estoy agotado, Tonny ―le decía al de la barra―. ¿Hasta qué hora dura esto?

―Seis de la mañana, mínimo. Pero ya terminaron la transmisión, ¿por qué no te vas?

―No sé… Estoy solo en casa y no me gusta la soledad. Las chicas se fueron a Santiago hasta la próxima semana. Ya sabes, lo de siempre. ―Se encogió de hombros y bebió del vaso recién servido.

El barman conocía a Camilo de otros bares en los cuales había trabajado y en los que él era cliente frecuente.

Carolina, escuchaba atenta al hombre que tenía al lado. Voz suave pero varonil. Lo miraba de reojo y veía a un joven con chaqueta de cuero y jeans gastados. Se removió inquieta y el movimiento, provocó que él mirara hacia su derecha.

Camilo sintió el aroma a rosas, quizás de su cabello, quizás de su perfume. A esa mujer la había visto antes, pero ¿dónde?

―Yo a ti te conozco ―dijo apoyando el codo izquierdo en la barra mientras levantaba el vaso y apuntaba con uno de sus dedos a Carolina.

―Me parece que no. ―Negó con la cabeza y aún con la vista en su trago, sonrió.

―Ya sé… En la clínica. Eres la que estaba junto a la puerta.

―Carolina alzó las cejas y lo miró a los ojos.

―Así es ―moduló despacio y se levantó.

―¿Te vas? ―preguntó Camilo.

―Sí… ―¿Qué tenía ese «niño» que la ponía nerviosa?

―No… No quieres… ¿bailar? ―Apuntó a la pista y Carolina, ante la música, dudó. Camilo al no escuchar una negativa, insistió―. Será solo un baile, ¿te parece? Prometo ser todo un caballero. ―Y la sonrisa que Camilo le dirigió, fue la puerta de entrada para estirar su mano y dejarse guiar hacia la pista.

Camilo con torpeza y timidez desconocida, aferró una de sus manos a la cintura de la mujer, dejando que el ritmo de un cantante que no conocía los acompañara en el íntimo baile.

Era una canción movida, pero que decía mucho para ambos:

« Tal parece que yo, me acostumbré a ti en un solo día, tal parece que el sentimiento rompió las reglas que habían».

―No conocía esta canción ―le dijo él al oído.

―Yo… hace mucho que no bailaba ―le confesó ella en el mismo tono de voz mientras sentía la comodidad en los brazos de Camilo.

En cada paso, iban rozando sus cuerpos, despertando sensaciones que Camilo no había experimentado aún y que Carolina hacía mucho tiempo, años, no sentía.

Se miraban a los ojos sin soltarse del cuerpo del otro. Camilo encontró tristeza y Carolina encontró la vitalidad que le faltaba. Una sonrisa tímida los hizo sonrojar y ella se avergonzó por su comportamiento.

―Camilo ―susurró él, sosteniendo el mentón de ella.

―¿Cómo? ―preguntó confusa.

―Mi nombre es Camilo ―dijo antes de pestañar. Pestañeo que se robó la atención de Carolina por completo. Luego de un largo silencio, él interrogó―: ¿No me dirás tu nombre? ―Con una mueca divertida mostró decepción.

―Oh, perdón. ―Sacudió su cabeza y contestó―. Carolina, soy Carolina.

―Bueno, es un placer. ¿Qué hacías en el doctor? ―Fue una pregunta inadecuada, pero es que no sabía qué decir y fue lo primero que se le vino a la mente. Ella lanzó una pequeña risita, que le aportó otro tema de conversación―. Me gusta como ríes.

―Camilo… ―dijo en falso reproche―. Tengo cuarenta y tres años, no es necesario que coquetees conmigo como si tuviera quince y no conociera a los hombres.

El joven detuvo el movimiento, haciendo que ella también quedara inmóvil frente a él. La miró a los ojos y dijo:

―Yo tengo veintiocho… ― «Dios mío. Menos de lo que imaginé», pensó Carolina y tomó aire.

―Podrías ser mi hijo. ―Fue lo único que acertó a decir.

―Pero no lo soy, Carolina. ¿Te incomoda bailar con un hombre menor?

―¿Te incomoda bailar con una anciana? ―Rio divertida, pero él no sonrió.

―Eres una mujer bellísima. Nada de anciana.

―Gracias por el halago. Ahora puedes decir la verdad.

Él iba a contestar cuando un hombre hizo girar a Carolina tomando sus hombros y le dijo en un tono bastante elevado:

―Así de rapidito te olvidaste de mí. Era cierto todo lo que tu mamá me decía. Estás comportándote como una cualquiera y más encima con un mocoso. ―Álvaro aún tenía su mano aferrada a un brazo de Carolina.

―¿Con qué cara, Álvaro? Déjame tranquila. ―Miró hasta donde sabía que se encontraba Isabel y levantando el mentón en esa dirección, le espetó―: Te están esperando.

―¿En esto te gastas todo lo que te doy?

―Nunca te he recibido nada, no te hagas el machito, por favor

―interrumpió ella.

―De seguro que es un cafiche. ―Álvaro estaba fuera de control. Su mujer, aquella que solo había sido para él, hoy se paseaba públicamente con un niño que podría ser su hijo―. Qué mal estás, Carolina. ―Y de pronto y sin explicación, su tono se suavizó―. Cariño, recapacita. Sé que lo haces por despecho, pero hubieras elegido algo mejor… Me ofendes, cariño.

¿Crees que él pueda llegar a compararse conmigo? No, cielo.

―¡No me llames cielo, Álvaro Nicolás! ―Y entre dientes, volvió a hablar―: Y suéltame antes que te arme un escándalo que mañana mismo saldrá en el periódico: « Ex mujer del Gobernador, protagoniza escándalo en inauguración de bar». ―Señaló en el aire un cartel imaginario con la mano del único brazo libre.

―No te atrevas… ―amenazó.

―No me provoques ―contestó sin titubeos y soltándose de las manos de su ex marido. Él al ver su reacción, intentó volver a sostenerla, pero esta vez Camilo se interpuso entre ambos para impedirlo.

―Señor, creo que la dama ya no quiere hablar con usted.

―¡No te metas, pendejo de mierda! ―Intentó apartar con una mano el cuerpo de mediana altura del joven, pero éste se mantuvo firme.

―Me meto porque ella no quiere hablar con usted. Y creo que ya dijo lo suficiente. Retírese a su mesa si no quiere que llame a los de seguridad.

―¿Y quién te crees tú para darme órdenes a mí? ―Álvaro ya se estaba soltando la corbata. Estaba descolocado y ese niño se las daba de caballero defendiendo a una doncella―. Ve a tomarte el biberón y deja que los grandes arreglen sus asuntos.

La risa burlona que Álvaro le dedicó, más el insulto por ser menor que él, terminaron por colmar a Camilo y luego de pensárselo unos segundos, lanzó un derechazo directo al estómago de Álvaro.

En cuanto chocó sus nudillos con el abdomen del esposo de Carolina, debió retirar la mano y relajarla en el aire. Le había dolido, pero ¡cuánto lo había disfrutado!

―No, Camilo. ¡No te metas! ―rogó Carolina, pero ya había sido demasiado tarde.

―No sabes con quién te metiste, pendejo.

Fue lo último que dijo Álvaro antes de desaparecer tras la barra.

Carolina suspiró y se giró hasta donde Camilo la miraba.

―¿Estás bien? ―le preguntó preocupada. Él asintió―. Lo siento por… ―Señaló la dirección por donde se había marchado su ex marido y luego dijo―: Creo que es hora de irme.

―Déjame que te acompañe ―propuso de inmediato el joven mientras estiraba y encogía sus dedos.

―No, de ninguna manera. Ya arruiné tu noche, no quiero seguir haciéndolo. A parte ando con amigas… ―Carolina intentó ubicarlas con la mirada, pero fue casi imposible―. No importa, tomo un taxi.

―Vamos, déjame ayudarte y llevarte a donde precises. Si te vas… mi noche queda finalizada. ―Sonrió triste.

―Camilo… no es necesario que saques frases de caballero andante, no lo requiero a estas alturas. ―Elevó los ojos y sonrió.

―No es de caballero andante, es la verdad. No quiero que te vayas sola, y quiero aprovechar los últimos minutos contigo. Más sincero imposible. ―Carolina se cruzó de brazos, apretó sus labios dejándolos en una fina línea y se cuestionó el porqué de tanta complicidad entre dos extraños. El chico era amable, eso era todo. Él al no obtener una respuesta, volvió a insistir―: Vamos ―dijo estirando su mano mientras sonreía y guiñaba un ojo.

Carolina no supo qué fue lo que la impulsó a dejar caer su mano sobre la de Camilo. Una mano grande, tersa y de dedos largos.

Al salir del bar, vio que él se subía a la moto que había visto en la tarde.

―¿Piensas que…? ―Apuntó asustada.

―Así es. Ven. ―Le alcanzó su mano para ayudarla a subir.

―No, no, no. Estás loco si piensas que me voy a subir ahí.

―Vamos, ¿nunca te has subido a una? ―Ella negó con la cabeza e hizo un movimiento de hombros atribuible al frío.

Camilo sin pensarlo se sacó su chaqueta de cuero y se la acercó. El vestido rojo que marcaba las curvas de Carolina estaría cubierto con una chaqueta cuadrada, pero no por eso se vería menos encantadora. ¡Cuánto le hipnotizaba esa mujer!

―Tienes frío, póntela.

―Han sido demasiadas molestias… ―Se negó a recibirla, pero él se levantó de la moto y se encargó de calzársela. Luego le puso el casco y la subió a su tesoro.

―Afírmate bien de mi cintura ―dijo antes de echar a andar la moto.

Con un movimiento suave, Carolina recorrió el abdomen de Camilo. Era firme, lo que la hizo suspirar. «¿Qué estaba haciendo?» y entonces lo recordó: «Vivir».

Camilo anduvo un par de cuadras a alta velocidad. Sentía cómo las manos de Carolina se aferraban a su abdomen. Le gustaba el calor que ellas le proporcionaban.

Carolina, por su parte, disfrutaba del viento agitando su cabello y chocando en su cara. Se mantenía con fuerzas aferrada a la espalda de aquel joven y cerraba los ojos porque aún tenía temor. Cuando éste se detuvo, ella aún permanecía unida a él y sin abrir los ojos.

―¡Hey, ya estamos seguros! Aunque no me molesta que me sigas abrazando. ―Lanzó una risa pequeña y tomó las manos de la mujer que tiraban de su sudadera. Ella al sentirlo, se apartó y murmuró algo parecido a un «perdón»―. ¿Te gustó? ―preguntó sonriendo. Ella se quedó en silencio unos minutos, se peinó con las manos el cabello y contestó.

―Mucho, es... ―Pensó demasiado tiempo si usar o no la palabra que seguía la frase, pero finalmente lo dijo―...excitante.

Camilo resopló nervioso y luego volvió a hablar.

―Tú dirás... ¿Dónde quieres ir?

Carolina le dio su dirección, pero le pidió detenerse en un parque cercano. No quería que la vieran llegar de madrugada y con un hombre

mucho menor.

―Gracias. Fue un cumpleaños diferente, pero me encantó tu compañía.

―Espera... ¿Estás de cumpleaños? Es muy temprano para que termines la noche. Dame un segundo… tienes que festejarlo como corresponde. ―Sacó el celular del bolsillo delantero de su jeans y pidiendo tiempo con su dedo índice para que aguardara, comenzó a marcar un número.

―No, Camilo. Estoy cansada, fue suficiente para mí, pero te lo agradezco. ―Camilo cortó el llamado iniciado y se acercó.

―¿Estás segura? ¿Quieres que te acompañe a tu casa? ―Carolina miró hacia un extremo del parque. Solo una casa tenía encendida la luz de entrada, la suya y porque seguramente su madre estaría esperándola despierta.

Resopló y volvió a mirarlo a los ojos para contestar.

―No hace falta y sí, segurísima. ―Asintió con la cabeza, para luego proseguir―. Disculpa por el incidente en el bar y por hacerte venir hasta acá. Deberías estar disfrutando con tus amigos o tu novia. ―Sonrió sin ganas, bajó la vista y al ver que llevaba puesta la chaqueta de él, comenzó a quitársela.

―No te la quites. ¿Te parece si mañana te invito a un café y ahí me la das? ―preguntó esperanzado, sin aclarar que él no estaba en pareja.

―La verdad es que hace frío ―aceptó sonriendo―. Un café…

―susurró más para ella que para su acompañante. ¿Qué había de malo en tomar un café? Nada, pero se sentía una niña teniendo una primera cita.

¿Por qué?―. Está bien.

Él espero a que le diera su número, ella quedó a la espera de lo mismo. Luego de un silencio prologado, ambos sonrieron.

―Creo que ya es hora… ¿te dejo mi número? ―preguntó Carolina.

―¡Claro! Qué tonto. ―Movió la cabeza sonriendo y preparó el teléfono para agregar el contacto.

Carolina le dio su número telefónico y, luego de un beso en la mejilla, ambos se retiraron a sus respectivas casas con la sonrisa del otro pegada en el alma.

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