Para darte mi vida
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―¿Estas son horas de llegar? ―Carolina, al escuchar a su madre, inclinó la cabeza hacia atrás, inhaló profundamente y cerró sus ojos.
―Mamá…
―Me llamó Álvaro. Me habló de ti y de ese… niño. ―Se levantó del sillón en el que estaba, cruzó sus brazos y luego señaló a su hija con el mentón―. Imagino que esa horrenda prenda que llevas puesta es de él.
―Mamá, se acabó. No tengo por qué darte algún tipo de explicación.
Permiso, me voy a dormir. Y tú ―dijo señalándola con su dedo índice―, deberías hacer lo mismo. ―Dio media vuelta pero su madre la volvió a atacar.
―Mientras estés bajo mi techo… ―Carolina frenó su caminar y se giró con más enojo que nunca.
―¿Tú techo? Qué rápido actuó Álvaro. ¿Ya lo puso a tu nombre? No sabía… ―Movió la cabeza en forma reprobatoria y continuó su andar. Esta vez, no se detendría por nada.
―Antonia aún no llega… Si no es la madre, es la hija.
Cuando Carolina llegó a la habitación, se quitó la chaqueta y una vez en sus manos, sin saber muy bien el motivo, se la llevó a la nariz y la olfateó. Su vestido, también había quedado impregnado de ese olor y hasta su piel le recordaba que la chaqueta de Camilo había pasado por ahí.
A la mañana siguiente, sintió los golpes en la puerta del dormitorio y fue eso lo que la despertó. Era domingo, así que se permitía dormir hasta tarde.
―Adelante ―exclamó. En segundos, vio entrar a su hija que intentaba sostener una bandeja con la mano y su cadera derecha.
―¡Mamita! Feliz cumpleaños, lamento no haber estado contigo.
Anoche salimos tarde y me fui al departamento de Joaquín. ―Puso la
bandeja sobre las piernas de su madre, la besó y se dejó caer en el lado de la cama que hasta hacía un año era de Álvaro.
―¿Cómo les fue? ¿Todo bien? ―preguntó Carolina mientras tomaba una de las tazas de café.
―Sí, todo bien. La transmisión al principio tuvo problemas pero luego fue perfecto. A ese bar le irá bien, va mucha gente y como es la novedad… irán más.
―¿Era de un bar? ―Antonia asintió y entonces Carolina le comentó que ella había estado allí.
―¿Y qué tal lo pasaste, mamá? ―Antonia notaba retraída a su madre, ¿sería por aquello que su padre le había dicho?―. Papá me contó que se encontró contigo… No dijo donde, pero que te vio con un hombre,
¿es así?
Carolina dejó la taza de café en la bandeja y tomó la mano de su hija.
―¡Ay, hija! A tu padre no le bastó con arruinar mi noche, sino también la tuya. Quédate tranquila. Pao y Lili me llevaron al bar para celebrar mi cumple; allí estaba un amigo de Paola y él nos presentó a otro hombre, que resultó ser mi doctor. Tu padre cuando quiere hacer escándalo, lo arma por cualquier cosa. ―No le iba a contar de Camilo. No lo haría porque se moría de vergüenza.
―Dijo que era menor, mamá. ―Álvaro lo único que estaba haciendo era intentar incomodarla y avergonzarla ante su madre e hija.
―A ver. Yo no tengo que dar explicaciones a nadie. ¿Estamos?
―Carolina volvió a refugiarse en su taza de café y la miró a los ojos―.
¿Estamos? ―insistió.
―Sí, mamá.
―Por otro lado, tu abuela ya me tiene agotada. No vuelvas a quedarte fuera de casa sin avisar, Antonia. No es porque quiera controlarte, es que quiero mantener la casa en paz. ¿Es posible que me ayudes en eso?
―Mira mamá, yo estoy grande, tengo casi veinte años y no tengo que dar explicaciones tampoco… Ni mi padre me las pide.
―A ti no, pero a mí sí me pide explicaciones de lo que haces.
―Alejó la bandeja y se levantó al baño de la habitación.
Desde la cama, Antonia le gritó:
―Bueno, simplemente no se las des y punto.
―Sabes que con tu padre eso no es posible… no es nada simple
―contestó.
―Bueno, al final yo venía para compartir contigo y terminamos hablando de papá.
Carolina volvió a la habitación.
―Baja los pies de la cama, Antonia ―reprendió, tocándole las piernas y haciendo que las bajara mientras pasaba hacia el armario.
―¿Aún lo amas? ―Con prenda en mano, Carolina se volteó sorprendida.
―¿A quién? ¿A tu padre? ¿Estás loca? No, hija. Ya me equivoqué y ya creo estar reparando ese error.
―No hables de papá como un error. Lo elegiste para que fuera mi padre, y creo que como tal no se ha equivocado. Como hombre, quizás el peor… pero aun así, no es justo que lo llames error, porque yo estoy en medio y espero no ser parte de ese traspié. ―Carolina cerró los ojos y se dio cuenta del daño que sus palabras, llenas de orgullo, podían producir.
―No, hija, para nada. Discúlpame, por favor. Jamás podrías ser un error y tienes razón, elegí a un buen padre para ti y eso es un acierto.
―Dejó la ropa sobre la cama y se acercó a su hija para abrazarla―. ¿Qué te parece si hoy tenemos un día de chicas? Sin celular, sin nadie más que tú y yo.
―Me parece estupendo. ¿Y la abuela? ―Uf, su madre era otro tema que tenía que aprender a manejar―. La escuché hablar por teléfono para quedar con sus amigas.
―Perfecto, entonces nos vamos las dos. De seguro prefiere estar con sus amigas.
Ese día se dedicó por completo a disfrutar con su hija. Comieron en un restaurante, hablaron de su noche anterior y así se les pasó la hora. El teléfono, tal como había prometido, lo apagó. Fueron al cine, rieron y también ambas derramaron lágrimas al hablar de todo lo que habían pasado desde la separación.
―Yo ya soy grande mamá, si los planes siguen con Joaquín, yo me voy a ir. A la abuela en algún minuto le llegará su hora… pero me preocupas tú.
―¿Yo? ―preguntó extrañada―. Anto, tú no tienes que preocuparte por mí. Yo estoy bien, feliz con mi trabajo y viéndote a ti siendo feliz con Joaquín.
―Te admiro, mamá. Eres fuerte… muy fuerte. ―Suspiró y tomó sus cosas―. ¿Vamos?
―Vamos… ―Sonrió y juntas caminaron hasta la casa.
Esa noche, tampoco encendió el celular y se durmió temprano para ir al trabajo al día siguiente.
Como nunca, cuando Joaquín llegó a la estación de radio, vio a su amigo sentado en su puesto de trabajo. Le extrañó pero no hizo comentario alguno.
―Hola, Camilo. Tenemos despacho desde el Hotel hoy en la noche
―dijo palmeándole la espalda.
―De acuerdo ―contestó sin levantar la vista de su teléfono.
¿Cuántas veces la había llamado sin tener respuesta? Un montón. ¿Cuánto la había pensado desde que la vio alejarse? Demasiado. Ni siquiera había dormido esa noche, en la cual se encontró recordando su risa y sus gestos.
―¿Ocurre algo? ―se interesó Joaquín, que lo veía más distraído de lo habitual.
―No, nada. Tonterías. ¿A qué hora tengo que estar allá?
―A las nueve, pero intenta ir antes porque hoy está anunciada tormenta y sabes cómo se pone de denso el tráfico.
―¿Por qué no puedo quedarme en el estudio? ―preguntó a sabiendas de la respuesta.
―Porque el jefe soy yo. ―Joaquín sonrió ganador y le pasó una carpeta―. Deja de alegar. Toma, esto es el guion de continuidad del programa de hoy. Comenzamos en veinte minutos.
―Dame un momento, quiero llamar a Sofía para ver si llegan hoy.
―¿Cómo sigue tu mamá?
―Bien, el sábado viajaron a la casa de mis tíos en Santiago y hoy a primera hora la revisará el médico.
―No demores, estaré en la sala de monitoreo.
Camilo marcó el número al que había llamado todo el día anterior.
Hasta que por fin le contestaron.
―¿Aló? ―Escucharla había sido un enorme placer. Era ella, no le había mentido en el número.
―Teníamos una cita pendiente pero no pude contactarme contigo.
¿Todo bien? ―Cuando Carolina escuchó la voz de Camilo, se acomodó en su asiento del taxi.
―Camilo, perdón. Ayer estuve todo el día con mi hija y me olvidé…
Mil disculpas.
―No te preocupes, pensé que algo había sucedido. Entonces… ¿Lo dejamos para otro día? ―preguntó ansioso.
―¿Te parece y lo hablamos después? Voy en el taxi camino al trabajo.
―De acuerdo… Un… abrazo.
―Hasta pronto, Camilo.
Carolina cortó la llamada, guardó el teléfono y suspiró. «Eres un niño, Camilo… Si tan solo…», se lamentó y volvió a suspirar.
Camilo, en cuanto colgó, deseó no haber trasmitido tanta impaciencia en su voz. Marcó el número de su madre y tras comprobar que todo estaba bien, volvió al trabajo.
Cuando llegó a casa, Camilo no cenó, caminó directo a su cuarto y miró su celular. Tenía dudas. ¿Llamarla de nuevo sería demasiado para un solo día? Buscó su contacto, y debatió entre enviar un mensaje o iniciar una llamada.
―Un mensaje… uno de buenas noches. ―Pensó a viva voz.
« Que descanses. Buenas noches»
Carolina estaba terminando de cenar cuando su teléfono sonó. Norma la miró, puso atención a su reacción y aunque Carolina intentó obviar que el teléfono había alertado la entrada de un mensaje, ella apuntó a su cartera.
―Alguien te ha llamado.
―Es un mensaje, mamá... Y de seguro es de la compañía… Ya sabes, ofertas por recargar el teléfono. ―Se encogió de hombros―. Nada importante.
Lavó los platos y se olvidó que en su celular una luz intermitente seguía encendida. No estaba acostumbrada a recibir mensajes, es más…
nunca había recibido uno. Con todo el mundo se llamaba, pero no se mensajeaba jamás.
Camilo, en su habitación, se daba vueltas una y otra vez. La había asustado. Fue un tonto, no debió enviar nada.
« Buenos días. No estoy acostumbrada a esto de los mensajes. No pensé que me escribirías. Abrazos»
Ese mensaje lo despertó por la mañana. Y lo releyó durante todo el día. Le había enviado abrazos, no estaba molesta. Sonrió y deseó saber más de ella, llamarla, preguntar qué hacía, si tenía algún momento libre para
tomar un café. Pero no lo hizo, esperó hasta la noche y le envió otro mensaje.
« Mi día estuvo un poco agitado. Espero que el tuyo fuera mejor. Un abrazo.»
Cuando esa mañana vio el mensaje que Camilo le había enviado la noche anterior, su corazón se aceleró. Parecía que había estado dormido durante mucho tiempo y ahora volvía a sentir. ¿Pero qué sentía?
Le gustó recibir un mensaje de él, así que le envió uno de vuelta disculpándose por no haberlo visto antes. Y durante el día, él no envió ninguno… hasta ese instante, en que se disponía a dormir y él le enviaba abrazos. ¿Cómo sería dormir abrazada a él? Se sonrojó por sus pensamientos y para evitar seguir profundizando en lo que sentía, se durmió sin contestar.
Durante la semana, siguieron enviándose mensajes en los cuales se deseaban los buenos días y las buenas noches. No obstante, no concretaban ninguna cita. A él lo desesperaba su indiferencia y a ella le aterraba salir con otro hombre que no fuera el que siempre la acompañó: su marido.
Tenía la intención de comenzar de nuevo y rehacer su vida; sin embargo, no poseía el valor suficiente para llevarlo a la práctica. Y menos con un hombre más joven que ella, para quien solo sería algo del momento, un cheque con fecha de caducidad.
Ese viernes, la tormenta tenía calles anegadas y a la gente corriendo con paraguas por las avenidas.
―Está horrible, no creo que pueda llegar a tiempo para la cena.
Pasaré a tomarme un café y cuando la lluvia se detenga un poco, me voy
―explicaba Carolina a su hija al tiempo que salía de la oficina en la que acababa de auditar.
―¿Quieres que con Joaquín pasemos a buscarte? No me gusta que estés sola tan tarde ―respondió preocupada tomando su chaqueta con clara intención de salir en su búsqueda―. Dime dónde estás y vamos para allá.
―No, hija. Si no se calma la lluvia, me voy en taxi. Es viernes y tienen trabajo.
―Son las nueve y media, es muy tarde para ti.
―Hija, pásenlo muy lindo. Besos.
Cortó la llamada y abrazando su maletín, entró a la primera cafetería que encontró.
―Muy buenas noches, señora. ¿En qué le puedo ayudar? ―Levantó la vista y vio a un hombre joven.
―Un café, por favor.
Mientras esperaba el pedido, su teléfono vibró, lo que la hizo sonreír:
«Que esta noche descanses. Camilo»
Suspiró, iba a responder, pero el camarero llegó con su taza de café.
Llevó su vista hacia el ventanal que estaba a su lado, mientras que la lluvia infernal no menguaba. Se abstrajo tanto en lo que el panorama le ofrecía, que recorrió su vida con su ex marido y sin querer comenzó a comparar lo que estaba sintiendo con lo que alguna vez sintió. ¡Cuántos años al tacho de la basura!
A esa misma hora, a las afueras de ese lugar, un joven hablaba por teléfono:
―No alcanzo a llegar a la fiesta de hoy, Joaquín. Está todo inundado.
―Te voy a buscar, hombre. La vieja de Antonia está en las mismas, así aprovecho de recogerlos a ambos. ―Desde lejos se escuchó gritar a Anto, aclarando que su madre ya no precisaba ayuda.
―No te preocupes, te voy a retrasar más y al final no podrás cumplir.
Quédate tranquilo que yo paso a tomarme un café y vuelvo a casa.
―Mañana te quiero temprano, aunque llegues en canoa ―reprendió cariñoso. Eran amigos del alma, pero cuando se trataba de trabajo, quien regañaba era él.
―Esta vez no me quedé dormido, Joaquín. ―Abrió la puerta del café y entonces... ahí la vio, con la mirada perdida y con una taza de café en las manos―. El puto clima me dejó... ―Y no continuó. Cortó la llamada y caminó hasta una mesa cercana.
Ella no lo veía, él la llamaba con la mirada.
Ella mostraba un gesto dolorido, él quería aliviarla.
¿Ese señor del bar era su marido? ¿Él la tenía con aquella expresión tan triste?
La había visto una sola vez, y esa vez fue suficiente para descubrir a la mujer que habitaba en ella. Tenía un atractivo especial.
Cuando el mesero se acercó, no pidió café, pero le pidió un bolígrafo y una servilleta de papel que envió a la mesa de la mujer de aspecto
afligido.
«Si sonríes, el café pasa por mi cuenta».
Y Sonrió... ¿A quién se le ocurría enviar notitas? Miró a todos lados, pero nadie parecía mirarla. ¿Y si otra vez su esposo había comenzado a hostigarla?
Cuando se separaron; flores, dinero y chocolates abundaban en casa, pero todos terminaban en la basura. ¿Comprarla ahora con "detalles" que nunca tuvieron lugar dentro de su matrimonio? No, no volvería atrás.
―Vamos, cariño. Sin mí no podrás lograr nada. Asume que quieres volver conmigo y yo te perdono por dejarme tanto tiempo solo.
¡Un imbécil con todas sus letras! Ahora tenía menos, pero era más feliz.
De pronto, un hombre se sentó en su mesa, sacándola de sus pensamientos.
―¿Tú? ―Ahora sí sonrió de buena gana.
―Bien, dos cafés a tu favor. Aunque debes reconocer que esta sonrisa de ahora, es más linda que la anterior. ―Entrecerró sus ojos gracias a la amplia sonrisa que ahora también él llevaba―. ¡Me encanta volver a verte!
¿Qué tal todo? Te pescó la lluvia igual que a mí.
Ella lo deslumbraba, lo iluminaba y por los latidos acompasados y el tirón en su pantalón, también lo aceleraba.
―La lluvia me tiene retenida... pero ya es muy tarde y debo volver a casa. Termino mi café y me voy.
―No... ¿Pero cómo te vas a ir si yo vengo recién llegando? Hagamos una cosa: nos tomamos otro café, luego tomamos un taxi, y como buen chico te dejo en la puerta de tu casa. ¿Te parece? ―Compartir con Camilo eran conversación y risas seguras. Dudó un minuto y luego aceptó.
―Está bien… Pero solo un café. Te debo una disculpa por lo del domingo, habíamos quedado en compartir uno y yo me olvidé.
Y así fue, tan solo un café. Cuando les avisaron que cerrarían las puertas, pagaron la cuenta y dejaron sus tazas intactas. Ni un solo sorbo, porque entre risas no pudieron hacerlo. Juventud y experiencia juntas. Él le contaba sobre sus proyectos, que vivía con su madre y hermana y que pronto comenzaría a estudiar Comunicación Audiovisual.
Ella, le abrió su corazón y le contó porqué su ex marido había reaccionado así la semana anterior. Le contó que tenía una hija y que poco a poco se había levantado para ser feliz.
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