Para darte mi vida
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El día en que Carolina fue a buscar el resultado de sus exámenes, caminó hacia la clínica más lento de lo normal. Se cuestionó todo. Desde su alimentación hasta los miles de proyectos que dejaría inconclusos si se enfermaba. Camilo, su hija y su nieta, ocuparon sus pensamientos.
Se creyó tanto tiempo inmune y pensó que jamás le sucedería nada, que ahora le parecía estar viviendo todo desde un segundo plano. Como si no habitara el cuerpo que al parecer tenía enfermo.
Gimió con profundo dolor, lloró en silencio y también descubrió que si no cruzaba la puerta de la clínica, no sabría nunca el resultado.
Treinta y cuatro minutos estuvo parada frente al centro de asistencia médica. No quería entrar, se rehusaba. Pero Ricardo en cuanto la vio, la tomó de la mano y la llevó hasta su oficina.
―No tienes nada, Carolina. Relájate. ―El médico sonrió, y Carolina fingió que lo hacía.
Al salir de la clínica, quiso ir a su refugio. ¿A cuál iría esta vez? ¿A la tumba de su hijo o a la cabaña llena de recuerdos? Y entonces comprendió que en ninguno de los dos lugares se encontraban las personas a las que acudía para sentirse en paz. Al igual que en la cabaña no estaba Camilo, en el cementerio ya no quedaban restos de Bastián.
Prefirió caminar sin rumbo. Al conocer el resultado de sus exámenes, se alivió, pero a la vez, se sintió culpable. ¿Hubiera preferido tener un motivo contundente para alejarse de Camilo?
Ya no había vuelta atrás. Camilo hacía dos días se había marchado.
Eso por lo menos la consolaba. Aún había un importante motivo: el futuro.
Camilo decidió aceptar la beca con la intención de olvidar a Carolina, sin embargo, a miles de kilómetros, su recuerdo lo seguía acompañando.
Cuando le comunicó a su familia que se iría a Nueva York, Sofía lo abrazó aliviada y su mamá emocionada, se resistía a dejarlo partir. Lo despidieron en el aeropuerto. Fue difícil aceptar que no se verían por dos años, pero a la vez, sabían que todo ese sacrificio les permitiría tener un mejor pasar.
―Cuídate mucho, hijito. ―Lo abrazó y besó una y otra vez.
―Sí, mamá. Les enviaré dinero y llamaré seguido. ―Luego miró a su hermana―. Intenta no hacer enojar a mamá. Cuida de ella y vigila que se tome todas sus medicinas.
Sofía asintió. Estaba feliz pero sabía que su hermano estaba sufriendo porque Carolina ya no estaba en su vida. Se sintió culpable pero no lo dijo.
―¿Carolina no vendrá a despedirse? ―preguntó Margarita.
―Ella… Ya no estamos juntos, mamá. ―Camilo encogió los hombros y le acarició la mejilla, ella lo miró extrañada pero no alcanzó a decir nada. Su hijo ya debía partir.
Bajar del avión fue mucho más difícil que subir a él. Había abordado con la necesidad de arrancarla de su vida, pero en cuanto pisó tierra norteamericana, sintió su ausencia.
Su perfume, se le colaba por las fosas nasales. No se reconocía.
Miraba a todos lados pensando en que la descubriría sentada en algún café.
Respiraba y le dolía porque ahora estaba a miles de kilómetros y ya no tenía sentido buscarla por las calles. Ella no estaba.
Llegó a su departamento alquilado, el cual solo contaba con un escritorio, una cama y nada de color. No tenía cocina, así que se la pasó medio mes comiendo pizza en cualquier lugar, hasta que conoció a un buen compañero que lo invitaba a diario a cenar con su familia.
El primer año de universidad, fue difícil. Se pasaba más noches pensando en cómo estaría Carolina, que estudiando. Despertar y ver el otro lado de la cama vacío, lo llenaba de rabia y de nostalgia. Se maldecía por haberse rendido, por haber aceptado alejarse de ella, pero también por enamorarse de la forma que lo hizo. Sufrió tanto que casi llegó a odiarla, pero su corazón no estaba hecho para odiar a Carolina.
Después, la rabia fue menguando y se convirtió en desesperación.
La necesitaba, pero no volvería hasta olvidarla.
Lo único que lo llenaba de orgullo, era que siempre destacaba entre los mejores alumnos. Le gustaba lo que estudiaba y eso era lo que lo mantenía en pie. Sació su hambre de Carolina con los estudios. Se refugió en aquello que le había parecido un oasis en medio del desierto, para arrancar del dolor que le había causado Carolina. Ese fue su único objetivo y lo logró, sin embargo no era feliz.
Con Joaquín se comunicaba a diario, pero evadía el tema de Carolina. Se concentraba en preguntar por el crecimiento de Esperanza. Era igual a su abuela, pero jamás lo mencionó.
―Vas a tener que andar muy atento cuando crezca. Es una preciosura ―dijo la primera vez que se la mostraron por webcam.
―Para eso te quiero como padrino. ―Joaquín le dio la noticia así, sin anestesia. Se produjo un silencio. Uno incómodo―. Camilo… Adoras a mi hija como si fuera propia. No me falles ahora.
―Yo no viajo hasta dentro de un año… No se atrasen por mí. Mi cariño para Esperanza será el mismo si soy o no el padrino ―afirmó.
―Lo sé, pero queremos que seas tú. Vamos a esperar para cuando regreses.
La insistencia de Joaquín lo puso en alerta. No le gustaba lo que estaban tramando. ¿Querían reunirlo con Carolina?
―Joaquín… No gastes energías en algo que para mí está superado.
―¿De verdad lo había superado? No.
―¿Ya encontraste pareja por allá? ―dijo entusiasmado. Su amigo no estaba sufriendo y eso lo dejaba tranquilo―. Bien… así me gusta.
Otro nuevo silencio y, Camilo, carraspeó para contestar:
―No.
¿Cuántos silencios podrían llenar la conversación entre dos amigos?
En esa oportunidad, muchos. Joaquín conocía a Camilo y sabía en lo más profundo, que ese «no» rotundo era por Carolina. No se habló más sobre el tema. Simplemente centraron su charla en Esperanza.
Carolina, por su parte, no pudo calmar su dolor. Lo único que la alentaba era saber por medio de Joaquín que Camilo era uno de los mejores alumnos.
Cuando nació su nieta, su mundo volvió a tener sentido y fue por ella que volvió a sonreír. Esa niña con solo mirarla, le robaba el corazón.
―Será el padrino ―le comentó a Paola.
―Me lo dijo Liliana. Caro, en un año vuelve y… creo que se deben una conversación ―sugirió la amiga mientras tomaba en brazos a Esperanza.
―No nos debemos absolutamente nada, Pao.
―Sigues queriéndolo, y creo que él también.
―Estás suponiendo lo que no es ―intentó defenderse a la vez que tomaba a su nieta para acunarla.
―Y si es así… ¿Por qué estás tan nerviosa?
Carolina efectivamente estaba inquieta, pero intentaba encontrarle sentido a esa intranquilidad.
―Paola, no lo veo hace un año. No acabamos en buenos términos, es obvio que algo…
―Quedó pendiente ―completó su amiga y Carolina, se rindió.
―Está bien. Sí. Y si me preguntas, preferiría no volver a verlo
―aseguró.
―No te creo.
―Yo tampoco me creo ―admitió.
Unos pasos las alertaban de que debían guardar silencio.
―Gordita, ¿dónde quedó mi corbata? ―Paola miró a su amiga y luego a Álvaro que bajaba las escaleras.
―No tengo ni la menor idea ―contestó serena y a la vez divertida por la expresión de su amiga.
Álvaro luego de unos minutos, encontró la corbata y se marchó.
―¿Me perdí de algo? ―Paola no entendía el motivo de tanta cercanía por parte de Álvaro, y menos comprendía que su amiga le abriera nuevamente las puertas de su casa y su vida.
―Nada. Álvaro se cambió aquí para ir a una ceremonia, nada más.
Quería aprovechar de que Esperanza estaba en casa.
Paola estudió a su amiga con la mirada. Todo estaba muy calmo entre ellos y eso no indicaba nada bueno.
―Con cuidado, Caro… Que ya conoces cómo es.
La relación entre Álvaro y Carolina era confusa. Cada cierto tiempo discutían, se dejaban de hablar, pero finalmente Álvaro cedía y el trato volvía a ser cordial.
Antonia, no negaba que le gustaba la idea de que en casa se respirara la serenidad que hacía años no había. Ni siquiera Norma discutía
con su hija.
Pero entre tanta gente feliz, había una persona que sufría en silencio por un amor que ya no estaba. Y esa era Carolina.
Sus amigas intentaron presentarle a algunos amigos para que saliera y distrajera, pero prefería dedicarse a su nieta. Había tanto amor contenido dentro de ella, que Esperanza logró canalizarlo.
En Nueva York, al segundo año, Camilo comenzó a tener más vida social. Había salido con un par de chicas durante su estadía, pero Carolina estaba siempre presente al cerrar los ojos. En cada paso que daba y en cada suspiro, era ella quien venía a recordarle la felicidad que había alcanzado y le habían arrebatado.
Se permitió ir a algunos pubs y en uno de ellos, se encontró con Ximena.
Al principio ésta no lo reconoció. El tiempo le había venido muy bien.
―¡Qué alegría verte! La última vez...
―Mejor ni hablar de la última vez. ―Camilo sonrió y le besó la mejilla.
―¿Qué haces acá en Nueva York? ―Ximena le hablaba al oído, la música no dejaba entablar una conversación de una forma menos íntima.
―Estudios ―respondió con una copa en la mano―. ¿Y tú, qué tal?
―Genial, ya sabes… mucho trabajo y ahora un poquito de diversión. Ando con una amiga. Estamos en la terraza, ¿quieres ir?
―Estoy con un amigo. ―Señaló al que estaba cerca de la barra.
―Dale, dile que nos acompañe ―insistió juguetona en medio del bullicio.
Camilo dudó, pero luego asintió con la cabeza.
Se acercó hasta Patricio, y le comentó que en la terraza los esperaban unas señoritas.
―¡Buenísimo! Ya era hora. ―El amigo palmeó la espalda de Camilo y luego de tomar dos tragos de la barra, caminaron para encontrarlas.
Ximena hizo las presentaciones pertinentes y luego de charlas triviales, los amigos de ambos se dispusieron a bailar: Patricio y Bárbara se lucían en la pista.
―¿Quieres bailar? ―Ximena notaba que Camilo estaba incómodo―. Así recordamos viejos tiempos, ¿te acuerdas cómo bailábamos?
Camilo la miró. Quería mucho a Ximena pero no quería recordar viejos tiempos, ni mucho menos bailar. Ni siquiera sabía el motivo por el cual estaba allí con ella a tantos kilómetros de donde su corazón había dejado de latir igual.
―Está bien. No bailemos ―concluyó al no obtener respuesta―.
Camilo, ¿qué pasó con ella?
―No quiero hablar de eso. ¿No te enojas si me voy? ―Había estado bebiendo demasiado y se sentía mareado. Y tampoco quería que Ximena ahondara en temas que era mejor mantenerlos congelados.
―No hay problema. ¿Te parece si un día de estos nos tomamos un café?
Tampoco podía ignorarla. Ella había sido importante en algún momento de su vida; no de la misma forma que Carolina, eso estaba claro.
Sin embargo no podía reducirla a solo una compañera de cama, porque Ximena también había sido una muy buena amiga.
Asintió con la cabeza, le besó la mejilla y le pidió su número de teléfono.
―Te llamaré. ¿Le avisas a Patricio que me fui?
―Claro. Buenas noches… Lamento si te he incomodado.
―No es nada, Ximena. Ha sido un semestre complicado en la Universidad, recién salí de los últimos exámenes y la verdad es que eso me tenía un poco agotado. ―Sonrió y volvió a acercarse a ella para abrazarla―. Nos vemos en la semana.
Al llegar a su departamento, Camilo, con la ayuda de una botella de vino, comenzó a recordar.
Faltaba un mes para regresar y la espera lo tenía nervioso. En dos semanas recibiría su Título y le hubiese encantado compartir esa alegría con ella. Pero no estaba.
¿Por qué había elegido a Álvaro?
El alcohol tardó poco tiempo en hacer el efecto que jamás hubiese querido: Tomar su celular y marcar el número de teléfono de quien consideraba su mujer.
Carolina se había dormido temprano. La casa estaba en silencio y el sonido de su celular la despertó.
Pensó en que quizás su hija la llamaba por algo relacionado con Esperanza. Hacía días que la niña presentaba fiebre. Por lo mismo, ni se percató en ver el destinatario.
―¿Qué ocurre, hija? ¿Cómo está la niña?
Camilo se quedó sin aliento al escuchar esa voz. Carolina solo escuchó la respiración agitada al otro lado de la línea.
Buscó con su mano desocupada el interruptor de la lámpara y se sentó en la cama para ver de dónde venía la llamada.
« Camilo».
Se puso nerviosa, no supo qué hacer y cuando volvió a llevarse el teléfono a la oreja, el «tuuu, tuuu, tuuu», le informó que la comunicación había sido interrumpida.
Camilo lanzó el teléfono sobre su cama. El impulso de llamarla había hecho que sus fuerzas volvieran a quebrarse. Escucharla era como un nuevo respiro, pero a la vez una muerte lenta. A pesar de todo el tiempo, su corazón latía como la primera vez que la había visto sonreír o como la primera vez que la había amado. Escucharla y sentir tanto, era comprobar que su amor seguía intacto. Y si con solo oírla se alteraba, cuando la viera en un mes más, no conseguiría frenar el deseo de estrecharla entre sus brazos.
Carolina, aún aferrada al teléfono, estuvo a punto de devolverle el llamado, pero se contuvo. Le costó quedarse dormida y le hubiese encantado escucharlo aunque solo fueran unos segundos.
Ximena esperó paciente a que Camilo llamara, y lo hizo tal y como había prometido.
Conversaron de sus vidas durante el tiempo que habían estado separados. Al parecer, Ximena no había perdido el tiempo y tenía una relación bastante liberal con un compañero de trabajo, lo que alivió a Camilo. No quería que Ximena confundiera por segunda vez su amistad sincera.
―Me alegro que hayas logrado tu sueño, Camilo.
Todo el mundo se alegraba de que fuera el mejor alumno, que se titulara, pero nadie sabía cuánto él detestaba sonreír ante esas felicitaciones
sin poder expresar que el único sueño que ahora tenía, no se había cumplido.
―Gracias. Este viernes me entregan el título. Es una ceremonia solemne.
―¡Qué bien! ¿Quieres que te acompañe? Estoy hasta dentro de dos semanas aquí ―preguntó Ximena a la vez que bebía un sorbo de café.
Estaba solo, no tenía familia allí y Ximena era lo más cercano a un amigo. Patricio ese día estaría con su familia y él no quería incomodar.
―La verdad es que me gustaría mucho que me acompañaras.
―Sonrió.
Ximena le tomó una mano y mirándolo a los ojos, le dijo:
―Yo ya tengo asumido de que lo nuestro no resultó como pareja, pero en serio quiero estar para ti, para lo que quieras. ¿Cuándo vuelves a Chile?
―En dos semanas.
―Genial. Tomamos el vuelo juntos, así nos acompañamos.
Camilo la miró unos segundos y se sinceró:
―Sigues siendo una gran amiga, Ximena. ―Ella solo le respondió con una amplia sonrisa.
El mismo día que se tituló, Camilo llamó a su familia y a Joaquín para contarles que ya era todo un profesional.
―¡Felicitaciones, amigo! Estoy orgulloso de ti. ¿Cuándo vuelves?
―En una semana.
―Perfecto. Me pondré a organizar todo para cuando llegues.
Recuerda que es el bautizo de Esperanza. ―Camilo cerró los ojos y volvió a pensar en Carolina. No quería ir al bautizo solo. Miró a Ximena y decidió invitarla.
―Claro, no me olvido.
Al cortar la comunicación, su amiga preguntó:
―¿Ocurre algo?
―Tengo un bautizo y no quiero ir solo. Soy el padrino.
―Pero que no te preocupe eso. Yo te acompaño.
―Estará Carolina. ―Hacía tanto tiempo que no pronunciaba su nombre.
―Por ella fue que… ―Él solo asintió.
―Me enamoré, Ximena. Pero hay cosas que jamás funcionarán y esa fue nuestra relación. No fue suficiente habernos amado tanto. Los miedos la hicieron elegir por su ex marido.
―¿Casada? ―averiguó.
―Divorciada, con una hija y quince años mayor que yo
―confidenció. Ximena alzó las cejas en señal de asombro.
―Vaya… Pero Camilo, tú estás empezando a vivir, ella ya debe tener todo resuelto en su vida. Tarde o temprano iba a ocurrir. Quizás tú te hubieses terminado aburriendo.
―No me gusta tener que estar justificando siempre que lo que siento es real. Pero ni su edad ni que tuviera la vida resuelta eran un problema para mí. Renuncié a todo para estar con ella porque creí en lo que sentía y hasta último minuto, también creí en lo que ella sintió.
―Y cuando quisieras tener hijos ¿qué ibas a hacer? No sé, Camilo.
Ella como mujer quizá también se resguardó. Para ti iba a ser mucho más fácil reponerte. Eres joven, con toda una vida por delante…
―Han pasado dos años y aún no me repongo. Y mi vida dejó de tener sentido cuando me dejó. Yo no le pedía hijos, solo que me amara.
―Era enfático en sus palabras y Ximena decidió callar. Había dolor en lo que decía y solo podía acompañarlo.
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